En esta reseña, publicada originalmente en Catarsi, Carles Viña aborda la serie de Netflix que narra el paso del amateurismo a la profesionalización del fútbol inglés y a la apropiación de este por la clase trabajadora británica.*

 

Son una epidemia. Así define Francis Marindin, presidente de la Football Association (FA), a los nuevos equipos formados por trabajadores que emergían durante el último tercio del siglo XIX por toda la Inglaterra victoriana desafiando así el dominio de las public schools, las instituciones escolares privadas reservadas a la aristocracia y a la burguesía mercantil. El fragmento se recoge en uno de los capítulos de la miniserie televisiva de The English Game, traducida aquí como Un juego de caballeros. Inspirada en personajes y hechos reales, a pesar de alguna distorsión histórica y de una visión edulcorada y excesivamente condescendiente en varios pasajes, la serie nos descubre uno de los momentos capitales del primigenio fútbol moderno inglés, el paso del amateurismo a la profesionalización. Todo ello en un contexto de cambios que provocó que este pasara de ser una disciplina deportiva monopolizada por las élites enriquecidas a devenir el deporte más popular entre la clase trabajadora.

La serie describe, con licencias propias de un producto televisivo -estrenado por la plataforma Netflix-, la compleja incorporación de los equipos de trabajadores al fútbol inglés, hasta entonces dominado en exclusiva por las élites acaudaladas del país. A pesar de los recelos de personajes como Samuel Butler, director de la Shewsbury School, que percibía el fútbol como algo más apto para chicos del campo y trabajadores manuales y no para jóvenes gentlemen, desde mitades del siglo XVIII en sus centros formativos se había introducido la práctica deportiva para desarrollar, a partir de su codificación, cualidades como el liderazgo y para disciplinar al alumnado. Resiguiendo así la máxima del reverendo Thomas Arnold, director del Rugby College: <<el deporte es el antídoto de la inmoralidad y una cura contra la indisciplina>>.

En Eton y Harrow la práctica del field game, el particular precedente del fútbol actual era toda una tradición. Más allá de formar a los alumnos para gestionar y liderar el capitalismo industrial y el Imperio Británico, la actividad física era la excusa para extender un tipo de sociabilidad más allá de la etapa académica. Como muestra la serie, los exalumnos acostumbraban a celebrar veladas y cenas para rememorar los partidos disputados.

Sin ningún tipo de duda, el cabo mejor atado de la serie es la ambientación detallada y la estética que lucen los personajes, no por casualidad entre sus creadores encontramos a los de las aclamadas Downton Abbey y The Crown (Fellowes no decepciona nunca). Aun así, este mérito contrasta con la torpeza con que se muestra a la hora de resolver la filmación de los partidos o la mención a la introducción del passing game, una innovación táctica antagónica al dribbling game de Eton que revolucionó el fútbol de la época basado en la fusión del combination game escocés con el espíritu de colectividad de la fábrica. Tampoco terminan cuajar en exceso las subtramas sobre los valores familiares y la moralidad de la sociedad del momento.

Partido entre los Old Etonians y el Blackburn. Foto: Wikipedia – S.T. Dadd

 

Por lo que respecta a la trama principal, sostenida a partir de una rivalidad clasista entre el Eton (el equipo de los gentlemen) y el Darwen (representante de la comunidad vinculada a una fábrica textil), se focaliza en el paso del amateurismo a la profesionalización con el trasfondo del impacto desigual provocado por la Revolución Industrial, la lucha de clases e, incluso, las rivalidades que encendían un primigenio hooliganismo.

En este contexto, el Old Etonians (los Antiguos alumnos de Eton), fundado en 1871, representaba la clase que ostentaba el poder económico y político, mientras el Darwen encarna la tentativa de empoderamiento deportivo de la clase trabajadora. La victoria deviene, pues, una metáfora de esta conquista social a partir de la pugna entre el amateurismo (el banquero de casa bien Arthur Kinnard) y el profesionalismo (el picapedrero glaswegian Fergus Suter), entendido este último como un factor de homologación social que permitió competir en igualdad de condiciones a los equipos obreros. Esta es la gran paradoja, el hecho de percibir dinero por jugar posibilitó que los conjuntos de trabajadores disputaran la hegemonía a los equipos de las public schools. Con el bolsillo lleno asegurado, los trabajadores podían practicar deporte sin tener que completar jornadas laborales prolongadas, como evidencia el comentario que le achaca en un episodio Suter a Kinnaird: <<trabajamos de 5 de la mañana a 9 de la noche. No competimos en igualdad de condiciones>>. Se había acabado el jugar agotado o mal alimentado. Esto precipitó el fin del monopolio del fútbol por parte de los equipos aristocráticos (Old Etonians, Old Carthusians y Wanderers), que también controlaban la Federación, y el inicio de la apropiación del mismo por parte de las clases populares. No solo fue posible a raíz de las graduales conquistas que limitaron desde el ámbito legislativo la jornada laboral, como las siete Factory Act aprobadas por el Parlamento entre 1844 y 1878 (Factory and Workshop Act) que regularon las condiciones de trabajo en las fábricas. También tuvo su incidencia el broken time payment, que discretamente los amos de las fabricas implementaron para salvaguardar a sus <<obreros de la pelota>>. Esta remuneración bajo mano les permitió disfrutar de mayor tiempo de ocio para entrenar y, además, jugar en mejores condiciones.

Más allá de lo que podamos imaginar hoy, el hecho de cobrar para jugar a fútbol -una práctica ilegal hasta entonces- era altamente reprobable dado que aquellos que hasta entonces disponían de tiempo para hacerlo, es decir, las clases altas, únicamente lo hacían por amor al juego. Por tanto, para ellos era inconcebible recibir dinero para jugar. En las public schools lo que imperaba era el fair play, una expresión que más allá de significar el respeto a las reglas del juego también hacía referencia a una forma de jugar concreta, el llamado espíritu del juego, donde evidentemente no tenía cabida el profesionalismo, pero sí el honor, la contención y el respeto. Para esos gentlemen, un verdadero amateur nunca se aprovecharía de ninguna ventaja para superar al oponente. Un código de caballerosidad implícito que se evidenció, por ejemplo, en actitudes como las del Corinthians, club fundado en 1882, que retiraba su portero si el árbitro silbaba un penalti en su contra dado que entendían que sería un error no aceptar las consecuencias de una falta.

Estos sportsmen, además, no entrenaban nunca al entender que la práctica excesiva socavaba la gracia y el talento natural. Como explica el historiador Richard Holt, <<los amateurs eran caballeros que no tenían que trabajar ni sudar por sus laureles>>, únicamente jugaban por placer y diversión. En esa ocasión amable no tenían cabida actitudes ni comportamientos deshonrados, que se consideraban impropios de un gentleman británico. Tampoco la rivalidad apasionada ni la violencia. De hecho, entre el siglo XIV y el XVII el fútbol se había prohibido en Inglaterra una treintena de ocasiones por su rudeza. Claro que entonces jugaban granjeros y villanos, no hijos de las familias acaudaladas que monopolizaron su práctica desde 1868 a través de colegios como Harrow, Cambridge, Eton, Westminster o Charterhouse.

Fergus Suter. Foto: Wikipedia

 

La Revolución Industrial, pero, puso de patas arriba esta situación. La organización del obrerismo, favorecida por la legalización en 1824 de los sindicatos, y la conquista gradual de los mentados derechos laborales adquiridos mediante huelgas y movilizaciones posibilitaron la incorporación de la working class al fútbol. Una irrupción que vino favorecida por la predisposición de algunos patronos que concibieron la creación de clubes de trabajadores como un método para aumentar la identificación de los obreros con la fábrica, mantener el orden y la disciplina a raíz del trabajo en equipo, mejorar la condición física de los empleados, controlar el tiemplo de ocio, cohesionar la comunidad e incentivar un espíritu competitivo que relegara todo anhelo reivindicativo. Un ejemplo que más tarde seguirían clubes como el Arsenal (fundado en 1886 como Dial Square FC por trabajadores de una fábrica de munición) o el West Ham United (gestado en 1895 bajo el nombre de Thames Ironworks FC de la mano del propietario de la empresa Arnold F. Hills, exalumno de Harrow) entre otros. Además, los partidos ofrecían una breve y emocionante válvula de escape de las implacables y monótonas jornadas laborales en las minas, las fábricas, las atarazanas o las acererías.

La proliferación de estos equipos, pero, chocó con la voluntad de garantizar el monopolio del juego en manos de las élites que percibían estos nuevos clubes como forajidos a los valores que entendían inherentes al fútbol, como la caballerosidad, el comportamiento honorable o el amateurismo, que entonces eran los elementos distintivos en la ideología de las élites británicas.

Aun y así, inicialmente, la actitud paternalista de los gentlemen favoreció que no pusieran trabas para jugar contra los trabajadores, aun y considerarlo algo poco apropiado para los hombres de su estatus. No les pasaba por la cabeza que podían ser derrotados por esa <<turba de don nadie>>. Cuando se hizo evidente, pero, que los clubes obreros del norte, como el Darwen o el Blackburn (ambos originarios del Lancashire, epicentro del textil inglés), pagaban a sus jugadores las críticas subieron de tono y trataron de evitar jugar contra equipos integrados, según ellos, por social inferiors. Algunos miembros de la federación, incluso, como aborda la serie, reclamaron su expulsión después que el Darwen se plantara hasta los cuartos de final de la FA Cup la temporada 1878/79 con Suter en el once. Al hecho de cobrar para jugar se añadió la amenaza de perder ante un equipo formado por trabajadores, como expresan veladamente algunos de los jugadores del Old Etonians en uno de los últimos capítulos.

En la Inglaterra victoriana, el debate alrededor del profesionalismo para estos caballeros tenía también un trasfondo moral. Si el fútbol se convertía en una mercancía -es decir se cobraba para jugar- los jugadores y seguidores estarían más interesados en ganar al precio que fuera y no en mantener el fair play.

Según esta visión suya, era degradante para los hombres respetables jugar contra profesionales. En este contexto, el reglamento de la FA confeccionado en 1863 -una vez unificado con las Sheffield Rules en 1877- se utilizó, de facto, para excluir a los equipos obreros que, según los dirigentes del ente rector del fútbol inglés, pervertían el amateurismo, uno de ellos fue el Preston North End. La pugna entre detractores y defensores del profesionalismo deviene uno de los ejes principales del guion de The English Game. La derrota de los etonians, pues, simboliza el fin de la hegemonía de los gentlemen y del amateurismo en el fútbol británico. Por primera vez un equipo de obreros, en realidad fue el Blackburn Olympic en 1883, se alzó con el título de copa.

El equipo del Preston North End después de declararse campeones en 1888/89. Foto: Wikipedia

 

Dos años más tarde, Fergie Suter, ese escocés que había llegado al fútbol inglés de la mano del Darwen ganaba la segunda de las tres FA Cup que obtuvo con el Blackburn, el equipo de moda del momento. Atrás quedaban los triunfos de Kinnaird con el Wanderers (1873, 1877 y 1878) y el Old Etonians (1879 y 1882).

Finalmente, la FA permitió el profesionalismo en 1888, cuando doce clubes disputaron la primera liga alineando futbolistas a sueldo. Los dirigentes lo aceptaron con la idea de tratar de controlar y aislar el fenómeno y, además, manteniendo el control del ente federativo. No se salieron con la suya. El dominio de los equipos del norte industrial terminó obligando a los gentlemen de las public schools a jugar mayoritariamente entre ellos. En 1891 ya había en el país más de 450 jugadores profesionales. Nunca más los caballeros amateurs volvieron a dominar el juego, la clase obrera les había sustraído su pasatiempo predilecto. EL fútbol burgués ya era historia, o no…

En 1902 Suter admitió en una entrevista al Lancashire Daily Post haber cobrado para jugar a fútbol en el Darwen. A cambio de 10 libras cada tres semanas el protagonista de la serie puso rumbo al norte de Inglaterra. Suter, como Love, formaba parte de lo que se conoció como los Scotch Professors, un grupo de jugadores del Partick y el West End de Glasgow, que revolucionó el fútbol inglés gracias a su estilo. Su sobrenombre obedecía a su forma de jugar, caracterizada por los pases rápidos, que fascinó a los espectadores. Hasta su irrupción, el fútbol inglés se basaba en las habilidades individuales de los gentlemen, el dribbling game, hacía falta desbordar al rival en solitario porque pasar la pelota a un compañero era sinónimo de debilidad. Quizás, entonces, la serie tendría que haberse llamado The Scottish Game, pero aquí entraríamos en otro debate político que a buen seguro nos permitiría entrever la peculiar concepción plurinacional del Reino Unido y la hegemonía del nacionalismo inglés. Más allá de esta controversia, lo cierto es que la dualidad geográfica (norte vs sur) y conceptual del juego (equipo vs individualidad), nuevamente representa la realidad social del momento. El trabajo comunitario en la fábrica frente la gestión unipersonal al frente de la empresa o el banco de turno. En síntesis, la extensión implantación y popularización del fútbol vino determinada por el desarrollo del capitalismo y el imperialismo, que permitió exportar su práctica por todo el mundo.

The English Game nos acerca al período en que su práctica y seguimiento, preparatoriamente, se <<democratizó>> a raíz de la incidencia del obrerismo organizado en la consolidación del modo de producción capitalista, hecho que posibilitó la aparición del profesionalismo. Esta transversalidad, pero, a la vez devino sinónimo de pacificación social. En realidad, pues, las élites, lejos de perder el dominio del fútbol terminaron cediendo para que se erigiera en un instrumento de control social, la <<religión laica del proletariado británico>> en palabras del historiador Eric Hobsbawm. Las clases populares, via working class, habían recuperado el fútbol, desde que los gentlemen se apropiaran de ese folk football practicado en la Edad Media por campesinos y aldeanos. Aunque se consolidara como deporte de la clase obrera, el capitalismo volvería a ponerlo patas arriba a finales del siglo XX cuando volvió a apoderarse del fútbol para extraerle los máximos réditos económicos posibles. La historia da muchas vueltas, casi tantas como una pelota.

 

*Publicado originalmente en catalán en la revista Catarsi. Traducción de Albert Portillo.