En lo que va de año se ha vuelto a poner el foco sobre el terrorismo de extrema derecha a partir de diferentes ataques violentos, quizá el más sonado sea el atentado terrorista cometido simultaneamente en dos mezquitas en Nueva Zelanda. A pesar de la brutalidad de dichos ataques, los medios de comunicación y los poderes públicos se muestran reticentes a hablar de terrorismo de extrema derecha. Los actos criminales de corte fascista o neofascista suelen ser tratados como sucesos aislados, y quienes los cometen suelen ser considerados perturbados o enfermos mentales, y no terroristas. No obstante, este tipo de ataques constituyen una forma de violencia organizada y sistematizada y se enmarcan dentro de una estrategia más amplia. El auge político de la extrema derecha global ha podido incentivar, a través de discursos de odio y miedo, un repunte de la violencia contra todo aquel que piense, actúe o sea diferente. 

A lo largo de toda Europa se producen ataques contra personas migrantes o minorías étnicas -en Alemania se produce un ataque xenófobo cada dos horas y media-, contra activistas de izquierdas, personas LGTBI+, etc. En el último año se han producido diversos atentados contra centros de culto, como el de Nueva Zelanda, o el ataque contra una sinagoga de Pittsburgh. Asimismo venimos asistiendo a un repunte de ataques contra dirigentes políticos. Ejemplos de ello son el envío masivo de paquetes bomba a miembros y simpatizantes del Partido Demócrata en EEUU, el intento de atentado por parte de un francotirador ultraderechista contra el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, el asesinato de la concejala brasileña Marielle Franco o la agresion a la eurodiputada Elenora Firenza por parte de miembros de la ultraderechista Casa Pound. 

El objetivo final de este tipo de ataques y agresiones no es tanto el acto violento en sí (sea una agresión, un asesinato o un atentado indiscriminado), como los efectos psicológicos que este produce en la sociedad. Es decir, este tipo de violencia busca sembrar el terror entre ciertos sectores sociales con el fin de coaccionar a los poderes públicos y alcanzar ciertos objetivos políticos. Estas características constituyen los elementos definitorios de la acción terrorista, de acuerdo con la definición de terrorismo aportada por el Consejo de Seguridad de la ONU, recogida en la resolución 1566 del año 2004.

Aún existe un acalorado debate acerca de cómo definir el terrorismo, pero la mayoría de definiciones coinciden en el elemento propagandístico de la violencia terrorista. En palabras de Brian Jenkins, “el terrorismo no quiere mucha gente muerta, sino mucha gente mirando”. Se trata de un acto comunicativo, cuyo objetivo es lanzar un mensaje, lo cual sólo es posible gracias la publicidad del acto violento. De ahí la frase de Marshall McLuhan “sin comunicación, no existiría terrorismo”. Esto es evidente en los ejemplos anteriores, desde los intentos de atentado contra personalidades públicas hasta las matanzas ocurridas a plena luz del día en lugares públicos provocando decenas de muertos.

Si bien en su origen el terrorismo hacía referencia a la violencia proveniente del Estado –el término terrorismo en su origen hacía referencia al periodo del Terror durante la Revolución Francesa-, pronto se despega de su significado original, pasando a denominar a la violencia política de carácter subversivo. El origen histórico del terrorismo moderno suele situarse a mediados del siglo XIX, con el surgimiento de organizaciones populistas, tales como Naródnaya Volia (Voluntad del pueblo) en Rusia, que empleaban la vía armada, principalmente el magnicidio, para alcanzar sus objetivos políticos. Pronto este estrategia se extendió por el continente siendo emulada por grupos políticos de distintas tendencias ideológicas. 

Los distintos análisis históricos del terrorismo han tendido a pasar por alto cualquier referencia al terrorismo de extrema derecha, centrándose principalmente en el estudio cronológico del terrorismo por oleadas destacando la oleada anarquista, la anticolonialista, el terrorismo de Nueva Izquierda y el fundamentalista religioso. Algunos autores, como el historiador González Calleja, han desarrollado estudios más complejos que hacen referencia a una oleada más, el terrorismo de entreguerras. Este se caracterizaba por el control totalitario y la mística nacionalista y hacía referencia a los grupos paramilitares de extrema derecha surgidos en Europa en los años ’20. Del mismo modo, Calleja incluye el terrorismo neofascista en su análisis del terrorismo de los años ’70. No obstante, estos intentos por prestar una mayor atención al terrorismo de extrema derecha no han tenido demasiado impacto.

Sorprende la falta de atención prestada al terrorismo de extrema derecha, ya que este no resulta en absoluto un fenómeno novedoso, sino que hallamos ejemplos de él desde los albores del terrorismo. Quizá el primer ejemplo y uno de los más ilustrativos es el Ku Klux Klan, quienes comenzaron a emplear la vía armada casi desde su fundación, tras la Guerra de Secesión de EEUU. En Europa, tras la Primera Guerra Mundial proliferaron diferentes sociedades secretas ultranacionalistas, racistas y antisemitas, que también recurrieron al empleo del terror. La más conocida es la Sociedad Thule en Alemania, siendo uno de sus miembros el ejecutor del atentado contra el político socialista Kurt Eisner, presidente de Baviera. 

Muchos de estos grupos derivaron en organizaciones paramilitares, destacando las SA alemanas, o la Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional o “camisas negras” italianas. Estos grupos actuaban como el brazo armado del partido nazi y fascista respectivamente. En España la violencia terrorista de extrema derecha durante los años ‘20 y ‘30 fue ejercida principalmente por el pistolerismo de la patronal y la Unión de Sindicatos Libres, organización sindical de ideología carlista. Estas organizaciones terroristas europeas en muchos casos fueron institucionalizadas con el triunfo de los fascismos en Italia, Alemania y España.

En los años setenta, el terrorismo de extrema derecha experimentó un nuevo empuje. El surgimiento del llamado terrorismo de Nueva Izquierda, inspirado por la oleada reivindicativa de 1968 y por el triunfo de diversos movimientos de liberación nacional en las décadas anteriores, llevó a una reorganización de la extrema derecha, en muchas ocasiones con la connivencia de algunos elementos de las cúpulas estatales, inaugurándose los llamados años de plomo en Italia y en España. 

Estas organizaciones emplearon el terrorismo contra población civil, principalmente contra militantes de izquierda, y en muchos casos adquirieron carácter transnacional, como fue el caso de la Operación Gladio dentro de la cual se cometieron  diversos atentados en Italia, Grecia, Turquía o España. Asimismo fueron surgiendo organizaciones de carácter nacional como la OAS en Francia, Ordine Nuovo en Italia o la Triple A, el Batallón Vasco Español o los Grupos Antiterroristas de liberación en España. 

Si bien en las décadas siguientes la violencia proveniente de la extrema derecha seguía una estrategia cada vez menos organizada y estructurada, ésta ni mucho menos desapareció. La violencia de extrema derecha más habitual durante las décadas de los ochenta y los noventa estuvo protagonizada por grupos neonazis, formados normalmente por jóvenes de estética skinhead poco organizados y con una menor articulación ideológica, que se gestaban en los ambientes del hooliganismo en torno a diferentes equipos de fútbol. Llevaban a cabo acciones violentas bastante indiscriminadas, normalmente dirigidas contra población vulnerable, como minorías étnicas, población migrante, personas en situación de calle, personas LGTBIQ+, etc. 

Si bien estos grupos carecían de la estructura, de la formación ideológica y militar y de  la cohesión de las organizaciones terroristas de las décadas anteriores, estos no resultaban requisitos indispensables para hablar de terrorismo. Seguían manteniendose los elementos definitorios antes enumerados: la violencia, el elemento mediático y la existencia de objetivos políticos. La violencia no era un fin en sí mismo, sino que el objetivo era lanzar un mensaje a través del cual provocar temor entre ciertos sectores sociales y de esta forma alcanzar ciertos objetivos de caracter político. De hecho, tras la reforma del Código Penal de 2015, la pertenencia a organizacion terrorista dejó de ser requisito para hablar de un delito de terrorismo, por lo que la falta de una estructura organizativa  dejó de resultar una clave para perseguir los delitos de terrorismo.

La reticencia a hablar de terrorismo de extrema derecha puede deberse  a los vínculos de estas organizaciones o grupos con elementos del Estado, de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o incluso de las Fuerzas Armadas. Estos  quedaron probados durante el terrorismo de extrema derecha de los años ’70 y aún son tangibles en la actualidad, como demuestra el caso de Josué Estébanez, militar neonazi condenado por el asesinato de Carlos Palomino. De igual modo, con la irrupción de partidos políticos de extrema derecha en las instituciones, se constata que muchos de sus miembros han participado en algunas de estas organizaciones o incluso han sido condenados por haber cometido delitos relacionados con la violencia de extrema derecha.

Actualmente, el hecho de que la extrema derecha esté cada vez más organizada políticamente puede suponer el abandono de la vía armada que aún seguían practicando muchos de sus miembros y simpatizantes, dado el elevado coste político y electoral que dichas acciones podrían tener. Pero esto no ha significado el fin de este tipo de violencia. Que estas corrientes disfruten de un mayor espacio mediático e institucional ha permitido que sus discursos de odio impregnen la sociedad, pudiendo influir o incluso incentivar ataques y atentados terroristas.

Como consecuencia a la escasa atención que recibe este tipo de terrorismo y a la reticencia a hablar de ello la mayor parte de actos violentos provenientes de la extrema derecha son tratados, en el mejor de los casos, como delitos de odio, y en el peor, como peleas entre bandas, como resultado de brotes psicóticos, o directamente pasan desapercibidos bajo el velo del silencio mediático. Como ejemplo ilustrativo, tras los atentados terroristas cometidos por Anders Breivik en Noruega en los que murieron 77 personas, gran parte de la cobertura mediática se centró más en el estado mental del atacante que en su tendencias ideológicas neofascistas. 

Al centrar todos los esfuerzos en buscar las motivaciones personales e individuales tras este tipo de ataques se está dejando de lado su naturaleza social y política.  Es necesario prestar atención al papel que juega el entorno y el contexto social en la aparición de este tipo de violencia terrorista. Mientras sigamos pensando que sus perpetradores son psicópatas o desequilibrados en lugar de terroristas, será imposible poner en marcha una estrategia de prevención efectiva. Para ello es indispensable tener en cuenta las variables de tipo social -desde los discursos de odio al fracaso de las políticas de integración- que se encuentran tras el terrorismo de extrema derecha. Este supone actualmente una amenaza para la convivencia, la paz y la seguridad tan grave como cualquier otra forma de violencia terrorista.