Las poblaciones kurdas, dispersas en cuatro países (Irán, Irak, Siria, Turquía), ocupan periódicamente  la portada de los medios de comunicación debido a su persistente voluntad autonomista. Esta ambición, cuya historia se remonta a varios siglos atrás, es, a menudo, dejada de lado debido a su complejidad. Sin embargo, solo es posible entender hasta qué punto el factor kurdo se ha hecho decisivo en los problemas geopolíticos de Oriente Medio, si se tiene en cuenta  la profundidad histórica de su conciencia nacional.*

En el corazón del Oriente Medio medieval los kurdos ocupan una posición de bisagra entre imperios hostiles. En el siglo XIII, tras la desaparición del  Sultanato ayyubí, fundado por el príncipe kurdo Saladino, el Kurdistán está dominado principalmente por el inmenso Imperio mongol que se extiende, desde Asia Central, hasta el este de Anatolia. Más al sur se encuentra el Sultanato mameluco, que comprende Egipto, Cisjordania y gran parte de la actual Siria. Los kurdos juegan un papel estratégico entre ambos imperios, aliándose unas veces con uno, otras con el otro. Y, de nuevo, a mediados del siglo XVI, los kurdos vuelven a ejercer este papel de bisagra, cuando el sultán otomano Solimán el Magnífico les convierte en aliados en su lucha contra Persia. Aunque los kurdos conservan una «tendencia irrefrenable a la sedición» (Boris James), se integran en la estrategia otomana debido a sus notables cualidades bélicas.

Sin embargo, a fines del siglo XVI, la idea de una nación kurda independiente se empieza a abrir paso y, en Charafnameh, a partir de 1596, se teoriza ya sobre ello. Esta conciencia nacional está basada en la singularidad histórico-cultural de los kurdos. Los orígenes de este pueblo son difíciles de establecer, porque ya se habla de él en el año 400 antes de Cristo. Sin embargo, lo que sí se sabe es que los kurdos descienden de las tribus iraníes que emigraron gradualmente de Asia Menor a regiones más al sur, al comienzo del segundo milenio antes de Cristo. En asuntos religiosos, los kurdos fueron, antes de la conquista árabe, los primeros seguidores de la religión de Zoroastro, tras lo cual se les impuso el Islam en el siglo IX. El 80% de los kurdos son hoy en día, sunitas y un 12% chiitas. También los hay pertenecientes a minorías yazidíes, cristianas y judías, la mayoría de ellos emigrados a Israel. Por ello, más que la religión, es sobre todo la lengua la que crea la conciencia nacional kurda. Las lenguas kurdas, pertenecen al grupo lingüístico iraní pero tienen, sin embargo, muchas diferencias con el persa. La magnitud de las persecuciones contra el pueblo kurdo ha contribuido también a crear una comunidad de destinos entre los kurdos que ahora viven en cuatro estados (Irán, Irak, Siria, Turquía) pero que siguen siendo, como señala Camille Bordenet, “el pueblo apátrida más grande del mundo.

Los kurdos y el sultanato otomano

A finales del siglo XIX, desde su palacio de Topkapi, el sultán-califa turco Abdülhamid II (1876-1909) siente que su autoridad flaquea. Su Imperio, mordisqueado casi continuamente desde el siglo XVII  por sus poderosos vecinos, se ve asimismo sacudido por el aumento de las demandas de las minorías árabes y, sobre todo, de las armenias. Uno de sus predecesores, el sultán Mahmoud II (1808-1839),  consciente también de la necesidad de reorganizar su territorio, había iniciado, en 1839, reformas modernizadoras llamadas Tanzimat (reorganización en turco). Sin embargo, éstas no parecen ser capaces de superar las dificultades estructurales que amenazan la supervivencia misma del «hombre enfermo de Europa». Además, las relaciones entre el poder imperial en declive y los kurdos se enfrentan a los rápidos cambios de la geopolítica y siguen, por ello, una trayectoria especial, con varios reveses. A mediados del siglo XIX, por temor a la aparición de autoridades rivales en su territorio, Estambul termina por meter en cintura a los principados kurdos, a los que el sultán Selim I (1512-1520) había otorgado autonomía durante su reinado. Sin embargo, esta reafirmación de la autoridad imperial se enfrenta con revueltas principescas que a veces logran socavar la base otomana de la zona. Pero, invariablemente, la dominación turca termina por restablecerse con más o menos rapidez. A finales del siglo XVI, Abdülhamid II intenta ganarse la confianza de los kurdos encomendando a unidades auxiliares de sus filas la protección de  las fronteras imperiales y la represión del nacionalismo armenio: los hamidiyeh. Además, el sultán hace resaltar su estatus de califa, símbolo de su autoridad religiosa en el mundo musulmán, y juega la baza del panislamismo para obtener el apoyo de los musulmanes no turcos  del Imperio. Estas políticas tienen como consecuencia destacable la marginación de las minorías cristianas, especialmente las armenias, y refuerzan un sentimiento anti armenio ya presente dentro de varias tribus kurdas que participan, a finales del siglo XIX, en las masacres de armenios y caldeos, conocidas bajo el nombre de «masacres hamidianas».

La revolución de los Jóvenes Turcos

Ante la incapacidad del sultán de detener la desintegración del imperio, estalla una revolución que conduce a la restauración del Parlamento otomano en 1908 y en cuyo origen se encuentra el Comité Unión y Progreso (CUP), estructura política de un movimiento revolucionario y nacionalista muy popular dentro de las filas de los oficiales: el movimiento Jóvenes Turcos. Muchos kurdos apoyan esta organización y dos de estos, Abdullah Cevdet e Ishak Sükuti, se encuentran entre los principales fundadores del movimiento. Después del fracaso de una contrarrevolución monárquica al año siguiente, Abdülhamid II es depuesto y reemplazado por su hermanastro Mehmed V (1909-1918). El objetivo de los Jóvenes Turcos es nada más y nada menos que salvar al Imperio. Para conseguirlo, el movimiento intenta lo que Philippe Boulanger describe como «una síntesis entre el califato, la modernidad y el Islam”. Entonces se produce el choque  entre diferentes corrientes dentro de la CUP,  por el papel que deben jugar las minorías que constituyen el Imperio. Al final prevalece la corriente étnica. La derrota otomana de Sarikamis contra los rusos, en 1915, durante la Primera Guerra Mundial, proporciona, al joven triunvirato turco en el poder, el pretexto para planear el genocidio de los armenios ese mismo año. Las poblaciones cristianas del Imperio, a las que se responsabiliza de la derrota, son masacradas y en ello participan nuevamente varias tribus kurdas. Cabe señalar, sin embargo, que algunas tribus, como los kurdos alevíes de la región de Dersim, protegen a los perseguidos. El alcance de la participación kurda en el genocidio armenio sigue siendo un tema de debate histórico en la actualidad. Sin embargo, hay que señalar que, a diferencia del estado turco, varias organizaciones kurdas han reconocido su responsabilidad en estas masacres.

Del tratado de Sévres al tratado de Lausana

Al final del primer conflicto mundial, los astros parecen alineados para que se puedan alcanzar las reivindicaciones autonomistas o, incluso, de independencia de los kurdos. En primer lugar, el Imperio Otomano, un obstáculo para la emancipación de una gran parte de Kurdistán, está entre  los derrotados en la Gran Guerra y su desmembramiento parece asegurado. En segundo lugar, el principio de autodeterminación de las nacionalidades, reconocido en los famosos 14 puntos del presidente estadounidense Woodrow Wilson, legitima la creación de un estado kurdo. Y, por último, los kurdos parecen, en este momento, los mejores aliados para Occidente, en el centro de un espacio inestable, en medio de la reorganización geopolítica. La combinación de estos tres puntos explica por qué el Tratado de Sèvres, acto de desmantelamiento de la Sublime Puerta, prevé la creación de los estados independientes armenio y kurdo en el este de Anatolia. Este tratado, firmado el 10 de agosto de 1920 y que reduce el territorio turco a Anatolia, es inmediatamente rechazado virulentamente por el nuevo hombre fuerte de Estambul, Mustafa Kemal quien reanuda rápidamente la lucha contra los Aliados y suma a muchos kurdos a su causa. Este sorprendente apoyo a priori al poder kemalista se puede explicar por la estrategia de los Jóvenes Turcos de la época. De hecho, Kemal  aboga entonces por la unidad turco-kurda frente a las potencias occidentales y es conciliador, al prometer autonomía al Kurdistán turco. Además, el discurso kemalista de la época incluye por completo a los kurdos en su plan para construir una Turquía moderna. Eso hace que miles de kurdos se sumen a las tropas kemalistas que se alzan con la victoria en 1923. Durante todo este proceso, los kurdos consiguen modificar el Tratado de Sèvres con la firma del Tratado de Lausana, ratificado el 21 de septiembre del mismo año. Turquía amplía con ello su territorio y Kemal está exultante. Una vez que ha logrado su objetivo, Kemal da un giro completo, entierra las promesas hechas a los kurdos e inicia una política brutal de negación de su identidad.  Abandonados a partir de entonces por Occidente, traicionados por el nuevo poder turco y víctimas de sus divisiones internas, los kurdos acaban de sufrir un terrible revés en su búsqueda de un estado. Sin embargo, este fracaso no es suficiente para extinguir sus aspiraciones nacionales, que reaparecen de nuevo en los años posteriores.

Los kurdos frente al kemalismo

Como señala Philippe Boulanger, los kurdos «no son elementos exteriores, ajenos a la dinámica nacional» de sus respectivos países. Sin embargo, sus reivindicaciones autonomistas e incluso independentistas tropiezan con estados centralizadores portadores de nacionalismos a menudo opuestos a las demandas kurdas. La relación conflictiva entre los kurdos y Ankara, la nueva capital turca, es  ratificada por el Tratado de Lausana y por el nuevo giro étnico del nacionalismo de Jóvenes Turcos. Una vez que los griegos y armenios son expulsados ​​del país, los kurdos se convierten en el último obstáculo para la homogeneidad étnica de la joven y muy centralizada república turca. Este país rechaza, además, el reconocimiento de la identidad kurda y prohíbe el uso de su idioma en la escuela y en la administración. La misma palabra «kurdos» es eliminada del vocabulario de las nuevas autoridades, que la reemplazan por la expresión «turcos de las montañas». Esta política violenta conduce a varios levantamientos kurdos en los años posteriores.

Los kurdos frente al nacionalismo árabe

Fuera de Turquía los kurdos se ven inmersos también en otras transformaciones geopolíticas, cuando Irak y Siria, después de la guerra, alcanzan finalmente su independencia. Es lo que ocurre con Siria, que  la consigue en 1946, e Irak, que  se convierte en verdaderamente soberano durante el golpe nacionalista del general Kassem, en 1958. Escarmentados por las dificultades encontradas durante  décadas de combate político, los nacionalistas árabes están decididos a no ceder ni una pulgada de su país, ganado con tanto esfuerzo a los nacionalistas kurdos, de modo que el conflicto entre los kurdos y Bagdad comienza inmediatamente después de la guerra. Fundado en 1946 por Mustafa Barzani, el Partido Demócrata de Kurdistán se opuso primero a Kassem antes de hacer frente, diez años y un golpe de estado más tarde, al despiadado régimen de Saddam Hussein. Al mismo tiempo, los servicios secretos estadounidenses utilizan los movimientos autonomistas kurdos como  instrumento destinado a romper la construcción nacional iraquí y frenar la soberanía de Bagdad. La represión del movimiento kurdo por Saddam Hussein alcanza su clímax en 1988 con la operación Anfal supervisada por el primo del líder iraquí, Ali Hassan al-Majid, apodado «Ali el químico» debido al uso que hizo de gases químicos para masacrar a las poblaciones kurdas, especialmente en la ciudad de Halabja. El bombardeo de  Estados Unidos y sus aliados sobre Irak, tras la invasión de Kuwait en 1991, trae consigo el despliegue de las tropas de Naciones Unidas sobre gran parte del Kurdistán iraquí, protegiendo así a las regiones afectadas por las inclinaciones genocidas de Saddam Hussein. Con ello se consolidan décadas de alianzas entre los principales movimientos kurdos y  Estados Unidos, presagiando las nuevas convergencias entre la voluntad autonomista kurda y la visión geoestratégica estadounidense que surgen tras la invasión de 2003.

Los Kurdos frente al centralismo del Shah y a la posterior república islámica

Por último, los movimientos kurdos aparecen también en el este de Oriente Medio, en el seno de un imperio persa que, a principios del siglo XX, está envejeciendo. En 1925, el joven oficial Reza Pahlavi (1925 – 1941) derroca el poder de Qadjar para reemplazarlo por su dinastía que está apoyada por los británicos. Al mismo tiempo, los kurdos iraníes se levantan varias veces en los años 1920-1930. Primero lo hacen contra las autoridades británicas y luego contra el régimen del Shah, debido a su agresiva política de negación del idioma y de la identidad kurda. En el año 1946 se produce un nuevo episodio de rebelión kurda contra Teherán, con el levantamiento y la creación, en el extremo noroeste del país, de la república de Mahabad. En diciembre siguiente, esta república, establecida por el Partido Demócrata de Kurdistán y apoyada por la Unión Soviética, es rápidamente destruida por las tropas iraníes.  Este estado kurdo de Mahabad, aunque efímero, ocupa un lugar importante en la historiografía kurda. Tres décadas después, Irán y la geopolítica regional se ven profundamente agitadas por la revolución de 1979 que antes de convertirse exclusivamente en islamista, recibe el apoyo tanto de partidarios del ayatolah Khomeini, como de los liberales, de los comunistas y  de los kurdos, víctimas del centralismo autoritario del Shah. Los mulás partidarios de Khomeini están mejor organizados jerárquica e ideológicamente y logran así imponer su posición y su concepto de república islámica. El ayatollah Khomeini, futuro Guía Supremo de la Revolución, había fingido querer otorgar a los kurdos la ansiada autonomía, pero cambia de chaqueta en cuanto  se confirma su victoria. Una vez más, las reivindicaciones autonomistas y democráticas de los kurdos son pisoteadas.

La influencia de los movimientos marxistas

El último cuarto del siglo XX es testigo de una importante transformación  del nacionalismo kurdo con la creación, en 1978, del PKK, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán. Esta organización, fundada en Turquía por, entre otros, su carismático líder Abdullah Öcalan, tiene de inédito que su matriz ideológica es, en primer lugar marxista, y surge de los movimientos revolucionarios turcos. Al igual que muchas organizaciones de extrema izquierda y de extrema derecha de la época, el PKK se introduce en la lucha armada contra el estado turco y a partir del final de  los setenta organiza atentados. La formación de Öcalan, aislada de las otras organizaciones kurdas, debido a su radicalidad, participa en la guerra civil kurda de 1992 durante la cual se enfrenta a las organizaciones kurdas iraquíes apoyadas por Ankara. Sin embargo, el aura innegable de la formación marxista lleva a los otros partidos kurdos a cooperar con ella. De esta forma, a mediados de la década de los noventa, el PKK se transforma en un partido nacional kurdo, integrado desde entones en el movimiento nacionalista. Otra tendencia ideológica del partido participa, en 2005, en la teorización del confederalismo democrático de Öcalan. En lugar de un estado kurdo independiente, esta teoría política quiere implantar un autogobierno multiétnico «que defienda una sociedad igualitaria, paritaria, respetuosa con los derechos de las minorías” (Mireille Court y Chris Den Hond). Esta idea, adoptada por el Partido de la Unión Democrática Siria (PYD), se pone a prueba en Rojava a partir de 2014. Esta herencia ideológica pone de relieve la importancia de la influencia ejercida por este grupo dentro de los movimientos kurdos.

El GRK iraquí y el camino hacia la autonomía

A finales del siglo XX, en Irak, más al este, la situación también evoluciona, con el surgimiento del Gobierno Regional de Kurdistán, considerado a veces  un estado kurdo de facto dentro de Irak, dada su gran autonomía.  Se puede citar como ejemplos de ella el control ejercido por el KRG de su comercio e, incluso, la existencia de un ejército específico de la región: el Peshmerga. Sin embargo, el establecimiento y la estabilización de la autonomía kurda en Irak estaban lejos de lograrse, por la política tan violenta y hostil ejercida por Saddam Hussein contra las reivindicaciones kurdas. No obstante, la protección de la ONU consigue que el Kurdistán iraquí disfrute de una autonomía muy importante desde 1991, autonomía que se  sostiene durante la caída de Hussein en 2003 por la unión de los clanes de Barzani y Talabani, fundador este último de la Unión Patriótica del Kurdistán que, esta vez, logra superar sus divisiones. Estos principales movimientos apoyan la invasión de Estados Unidos y sus aliados, país éste que se apoya en los kurdos para socavar la autoridad del régimen de Bagdad. La autonomía del Kurdistán iraquí, vista como el producto de la injerencia estadounidense, sigue siendo desde entonces un motivo de tensiones para el gobierno central iraquí.

Los kurdos frente al DAESH y la experiencia de Rojava

El grupo Estado Islámico, nacido en Iraq a finales de la década del 2000, experimenta un considerable crecimiento internacional durante los años 2010, lo que le permite autoproclamar su califato en 2014. Su dimensión, profundamente oscurantista, y la multiplicación de sus atentados a lo largo de  todo el planeta, le convierten en el enemigo número uno de la región. Las potencias occidentales se niegan, sin embargo, a utilizar tropas terrestres contra él y sus relaciones conflictivas con el régimen sirio de Bashar al-Assad les llevan a la búsqueda de  alianzas con los kurdos. Estos últimos disfrutan del apoyo de los rusos que les proporcionan armas. El Peshmerga iraquí al igual que las YPG sirias demuestran ser particularmente eficaces en la lucha contra los yihadistas. El Peshmerga toma Mosul, mientras que  las YPG se hicieron cargo de Kobane. El precio pagado es alto: 36,000 kurdos mueren durante el conflicto. El 17 de marzo de 2016, basándose en sus éxitos militares en el norte de Siria, el PYD proclama la creación de una federación democrática (de facto existente desde 2014) en Rojava. Esta federación constituye un enclave feminista, democrático y laico en medio de las dictaduras y grupos yihadistas que riegan de sangre la región. Se constituye en modelo exportable al conjunto de todas las áreas kurdas de la región, aunque, sin embargo, debe gran parte de su existencia al apoyo logístico de Estados Unidos…

Más de un siglo de luchas nacionalistas y autonomistas no han sido suficientes para establecer un Kurdistán independiente. La oposición de regímenes autoritarios, la falta de constancia de las alianzas occidentales, pactadas con los nacionalistas kurdos o con sus enemigos, dependiendo de si se encuentran en Irak o en Turquía, y las divisiones internas de los kurdos han representado  demasiados obstáculos para la consecución de este objetivo. A la cuestión de la autonomía kurda frente a los Estados-nación se plantea la de la independencia de los imperios: estadounidenses y rusos, que nunca han dudado en apoyar la causa kurda cuando converge con sus intereses geoestratégicos. El movimiento kurdo cuenta con varios éxitos frágiles en su haber, como la cuasi independencia virtual del Kurdistán iraquí y la autonomía de Rojava. Sin embargo, estas victorias contra las potencias regionales se han logrado al precio de llegar a pactos con las potencias mundiales, pactos en términos inciertos y fluctuantes. Estos accesos regionales a la autonomía sacan también a la luz la importante capacidad de evolución ideológica de los nacionalistas kurdos que, para en algunos casos, se orientan hacia la autonomía en un marco confederal (Siria), aunque la idea de la independencia sigue siendo un horizonte deseado, especialmente en Irak, como lo han demostrado los referéndums de 2005 y 2017. Aunque los kurdos son admirados en su lucha contra el yihadismo,  han sido muy mal recompensados ​​por el presidente estadounidense Donald Trump, pero han logrado una gran simpatía en la opinión internacional y han conseguido poner un foco de atención nuevo sobre sus aspiraciones y, especialmente, sobre la experiencia democrática y confederal del Kurdistán sirio. Actores siempre protagonistas de la geopolítica de Oriente Medio, los kurdos todavía están confrontados con estados reacios a concederles la autonomía. Sin embargo, no han renunciado a sus reivindicaciones autonomistas, cuyo epílogo puede extenderse todavía durante varias décadas.

*Publicado originalmente en Le Vent Se Lève. Traducido por Beltza Rodríguez-Antigüedad.