¿Cuestión de dieta?

“Si quieres luchar contra el cambio climático, cambia de dieta”. La preocupación por el cambio climático se ha instalado en amplios sectores de la población. Nuevos movimientos vinculados a rebeliones climáticas irrumpen en la escena social, con pretensión de lograr cambios radicales. Cuando se extiende la conciencia de que nos enfrentamos a un reto existencial sin precedentes se apuntala una corriente que es alimentada por los medios de comunicación, en lo que parece una vez más un reduccionismo eficaz para canalizar inquietudes sociales, apaciguarlas y confirmarnos en nuestros respectivos espacios de confort: nos induce a cambiar la dieta, comer menos carne y más de la tierra.

¿Tenemos entonces la solución? No exactamente. Cambiar de dieta es necesario, pero no suficiente. Y es conveniente dirigir las reflexiones y cuestionamientos al conjunto del modelo, no solo a la dieta. Podemos empezar por mirar a nuestro territorio. Si a nivel estatal necesitamos casi 4 veces la superficie de la que disponemos, podemos preguntarnos: ¿sobre qué territorios descansa nuestro bienestar? ¿a costa de quién?. Y en un contexto de creciente escasez de recursos ¿cuánto vamos a poder mantener el actual modelo?

Agroecología en un tiempo que se acaba: acompasarnos con la tierra

Mucho antes de que la emergencia climática se hubiera colado en los corazones de buena parte de la población, grupos ecologistas y movimientos por la soberanía alimentaria estaban ya reivindicando la “agroecología para enfriar el planeta”. Una reivindicación que nace a partir de constatar la profunda insostenibilidad no solo de la dieta, sino del modelo de producción y consumo y que se nutre de objetivos de justicia social y climática. Una reivindicación que cuestiona el modelo alimentario dominante en los países del norte, que está basado en la agricultura industrial, intensiva en el empleo de energías fósiles, tanto en maquinaria y transporte, como en insumos, embalaje, procesado y conservación de los alimentos. Las cifras llegan a hablar de que la agricultura (sin contar el transporte ni el resto de la cadena alimentaria) es responsable de hasta un 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero debido a su propia actividad y a la deforestación derivada de la expansión de tierras de cultivo. A modo de ejemplo podemos citar el informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que en 2016 alertaba que casi el 70% de la deforestación en América Latina fue provocada por la agricultura comercial.

Buceando en las estadísticas, se hace evidente el círculo vicioso que se establece entre alimentación y cambio climático. Vuelve a ser la FAO quien advierte, no solo de la contribución de la agricultura al cambio climático, sino de la creciente vulnerabilidad a la que se expone el sistema alimentario, por su dependencia de recursos no renovables, y por el incremento de las sequías y los fenómenos meteorológicos extremos que afectan a su capacidad productiva. Fenómenos que viven con mayor virulencia las poblaciones que menos han contribuido a provocarlos.

Es el momento de recuperar sistemas que se adecúen a los recursos disponibles, y por ello los movimientos sociales recurren a la agroecología como una de las vías para sortear la crisis ecosocial a la que parecemos estar abocadas. La agroecología aplica los principios ecológicos al diseño de agroecosistemas diversificados, que se apoyan en las interacciones biológicas y sinergias entre las partes, sustituyendo insumos externos, diversificando especies y recursos genéticos y mejorando la materia orgánica y la actividad biológica del suelo. La agroecología ofrece además un marco desde el que construir nuevas relaciones urbano-rurales basadas en la solidaridad y en la justicia social, persiguiendo un acceso más justo a los alimentos y a los medios de producción por parte de toda la población y de todos los territorios.

La agroecología permite hacer realidad la soberanía alimentaria, que se basa en el derecho de los pueblos a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Esta soberanía alimentaria va de la mano con la soberanía energética y la tecnológica. Se apoya en el empleo intensivo de conocimiento que permanece y se desarrolla desde las comunidades campesinas.  Los movimientos por la soberanía alimentaria hablan de alianzas entre los mundos urbanos y campesinos, que nos acerquen al bienestar y al bien común.  Hablan de recuperar capacidad y poder para las comunidades y recuperar estructuras ecológicas  en las que la producción de alimentos se integre en los procesos naturales y sustente sistemas socioterritoriales complejos, basados en  principios de justicia social. 

Reconstruir comunidades y sistemas para reducir vulnerabilidad

Una situación de crisis o catástrofe exacerba la condición de vulnerabilidad del sistema alimentario. Lo vimos con la crisis financiera global de 2008, que tuvo su reflejo en una crisis alimentaria en la que el número de personas hambrientas superó los mil millones de personas. La crisis trajo revueltas sociales por el encarecimiento de productos básicos, por algo se llamó en Egipto “revuelta del pan”.  Sin llegar a estos casos extremos, la vulnerabilidad del actual sistema alimentario se hace patente cuando falla el sistema de transportes o energético. Con solo dos días de una huelga de transportes, que corte el suministro de mercancías, los estantes de fresco y los arcones de congelado aparecerían vacíos en los supermercados. En el informe elaborado durante la redacción de la estrategia alimentaria de Toronto, se afirmaba que en sus comercios hay productos frescos para alimentar a la población solo durante tres días. Esto se debería, según el estudio, a que las empresas logísticas  y las grandes superficies, diseñan sus estrategias contando con un stock de tres días de almacenamiento para minimizar los costes de inventario, evitar pérdidas por productos frescos que se deterioran rápidamente y costes de acumular grandes volúmenes de alimentos congelados, con el consiguiente empleo intensivo de energía.

 Huerta agroecológica comunitaria Cantarranas. Vía flick.

Somos dependientes de las energías fósiles y eso nos hace muy vulnerables. En Ecuador, donde el gobierno aplicando las recomendaciones del FMI pretendía reducir las subvenciones públicas a los carburantes, las comunidades indígenas y otros sectores salieron con determinación a la calle porque la subida que encarece los productos, pone en peligro su subsistencia. Sabemos que tenemos que superar nuestra dependencia de los combustibles fósiles, pero no se puede hacer de la noche a la mañana. Sobre todo no se debería hacer sin avanzar alternativas que integren a las poblaciones más expuestas. Enfrentar el cambio climático y la sobreexplotación del planeta pasa por cuestionar el modelo de desarrollo económico y cómo este vertebra los modelos culturales y políticos hegemónicos. Es una tarea fundamental de cualquier movimiento actual que se pretenda emancipatorio y debería ser motivo de reflexión la reacción social a las subidas de precios de carburantes que ha habido en sociedades tan dispares como la francesa o la ecuatoriana.

Que el camino sea difícil no significa que no haya que transitarlo.Y desde el primer paso podemos, eso sí, atajar fallos crónicos del modelo actual. Empecemos por lo más sencillo: que la comida no acabe en la basura. No es anecdótico, según estadísticas del Ministerio de Agricultura, una tercera parte de los alimentos se desperdician. Eliminando ese desperdicio, se consigue (sin perjudicar a nadie) reducir una tercera parte del consumo de energías fósiles, de las emisiones de gases de efecto invernadero, y de la contaminación y sobreexplotación de acuíferos asociadas a la producción de alimentos. No hay recetas, y no sirven las simplificaciones, pero si queremos luchar contra el cambio climático desde la comida, escuchemos lo que dicen quienes trabajan con ella:  “Si no la vas a comer, no la compres. Si la vas a comprar, que sea agroecológica. Si te va a sobrar, no la tires, compártela. Y composta los restos que quedan de cocinar, volverán a alimentar la tierra.”

En el campo de la alimentación, los movimientos agroecológicos reclaman una nueva cultura alimentaria que refuerza lo comunitario y las relaciones más próximas con trabajos dignos, prácticas agroecológicas y relaciones de cooperación, en procesos inclusivos y generadores de autonomía. Aunque la acción de cada persona cuenta,  las propuestas desde la agroecología y la soberanía alimentaria van más allá del recurso a las soluciones individuales, mensajes simplificadores que apelan al cambio de dieta y de consumo sin mostrar el extractivismo y violencia estructural sistémica, contra el suelo vivo, la tierra, los ecosistemas y las comunidades campesinas. Es necesario crear  entornos favorables a la transición agroecológica,  a  través  de la acción pública. Impulsar  transformaciones  estructurales pasa  por superar la visión  dominante de que la alimentación  se resuelve en el ámbito privado y a través del mercado. Los movimientos por la justicia climática tienen la oportunidad de introducir la agroecología en la agenda política, no de manera anecdótica, sino para dotarnos como sociedad de la capacidad de hacer efectivo el derecho a la alimentación  desde principios de soberanía alimentaria y con modos más respetuoso con las comunidades de vida en el planeta.

Por Marian Simón , Componente de Surcos Urbanos y de Madrid Agroecológico.