por Alex Ghit

Desde 2010 las ideas y asociaciones feministas han ido tomando cada vez más notoriedad y visibilidad en el ámbito público. En particular en los últimos cuatro años, las feministas se han hecho más efectivas desde un punto de vista político y más sofisticadas en lo ideológico, acompañado de un viraje general del movimiento hacia la izquierda. En la actualidad, prácticas radicales interseccionales coexisten con iniciativas formales liberales. Debido a que las primeras se hacen visibles a través de acciones públicas puntuales, publicaciones ocasionales o alianzas estratégicas en cuestiones específicas, sus propuestas políticas radicales pasan desapercibidas o son descartadas considerándolas moderadas carentes de interés.

El surgimiento en Rumania de un espacio político feminista que podemos calificar de más complejo y subversivo se debe a la difusión de discursos y tácticas de un pequeño conjunto de grupos no formales, que abarcan desde corrientes feministas anticapitalistas hasta activistas de organizaciones más convencionales. Con anterioridad a 2014/15, el feminismo en Rumanía consistía mayoritariamente en grupos formalizados en organizaciones no gubernamentales cuyos objetivos se acompasaban a las políticas de género y antidiscriminación de la Unión Europea. Al igual que en otros lugares, estas organizaciones se están convirtiendo en parte de un proceso global de re-movilización de las ONGs. La aparición de una escena cultural de izquierdas ha facilitado ampliamente la transición, aunque todavía sea de manera moderada, de un liberalismo ONGizado del bienestar a versiones feministas mucho más a la izquierda en cuestiones de justicia social.

Por otro lado, el viraje a la izquierda del movimiento feminista en Rumania está complicando la ya difícil relación de los grupos con las instituciones estatales. Hasta hace unos años, las organizaciones feministas intervenían esporádicamente en los programas gubernamentales como proveedoras de conocimientos y experiencia en incorporar una perspectiva de género y llenando el vacío existente en servicios sociales dirigidos a mujeres (llevando programas para víctimas de violencia de género, abusos sexuales o violaciones y tráfico de personas). Todo ello en el marco de una agresiva neoliberalización de ciertas ayudas sociales que ya de por sí eran ciegas a la hora de entender como el género interviene en la necesidad y la vulnerabilidad social. La formación de varias coaliciones entre organizaciones de mujeres y feministas en contra de los proyectos de ley parlamentarios anti-mujeres supuso un reto a las políticas públicas que no había existido hasta entonces. Formada en 2003, la Coalición contra la Violencia contra las Mujeres encabezó la legislación que en la actualidad criminaliza la violencia doméstica y, más posteriormente, introdujo la orden de restricción en la práctica legal rumana. Organizaciones dentro de esta Coalición pasaron a formar parte de la Coalición por los Derechos de la Reproducción que llevo a cabo campañas en contra de la creciente influencia de los lobbys anti-abortistas. Dichas campañas culminaron en las protestas de 2012 que frustraron un proyecto de ley que habría limitado gravemente el acceso de las mujeres al aborto. Algunas activistas veteranas, así como un conjunto de jóvenes feministas -algunas de ellas dependían de prestaciones y ayudas para su subsistencia- se organizaron rápidamente cuando en 2013 un proyecto de ley para reformar el Código Penal hizo de la violación uno de los delitos que podrían resolverse fuera de los tribunales a través de un procedimiento de mediación no judicial. Cabe afirmar que la radicalización de las feministas liberales estaba provocando que se les excluyera del sistema de protección social, espacio cedido a una Iglesia ortodoxa rumana cada vez más hábil para articular una misión de ortodoxismo social ultraconservadora.

Más allá de la formulación de políticas, las iniciativas anticapitalistas, así como las iniciativas no formales en general, también definen lo que es -y puede ser- el feminismo en Rumania, principalmente a través de intervenciones públicas antifascistas y desafíos a las políticas de representación a través de prácticas artísticas feministas. Sin embargo, asumir que las feministas radicales de izquierdas están muy alejadas de aquellas más orientadas a las políticas institucionales es malinterpretar los muchos sombreros que, cualquiera que dedica su tiempo a la causa, llega a vestir en Rumania. Superando la división que existe entre las políticas del bienestar y las anticapitalistas, la coalición informal del Frente por el Derecho a la Vivienda ha desarrollado prácticas intrínsecamente feministas en su lucha junto a las mujeres que habían sido desalojadas de viviendas sociales.

Frecuentemente descartadas (de la izquierda y la derecha) como sirvientas del neoliberalismo cuando se formalizan, o como insuficientemente teóricas debido a la preferencia por el activismo performativo cuando actúan en grupos no formales, las pocas personas identificadas como feministas de izquierdas en Rumania se unen estratégicamente a las feministas liberales y otros progresistas en coaliciones pro-LGBTQ + explícitamente feministas. Ciertamente, somos parte de la escena de la izquierda radical, pero a menudo a expensas de la crítica y la crítica feminista. En las filas de la izquierda anticapitalista, las propuestas feministas radicales de izquierdas y queer con frecuencia provocan posturas superficiales o reaccionarias. Se trata de una gran tarea pendiente que debemos afrontar y superar, pero hacerlo no pasa por que nuestros compañeros se hayan enseñado a sí mismos a ayudar.