Vivimos tiempos interesantes, tiempos difíciles, que como recuerda el proverbio chino original, citado agoreramente por Zizek [1], pueden sonar a maldición. Más cuando estos tiempos se trufan de derrotas, y frustraciones, colectivas de las que nadie se libra. El mayor peligro en este contexto es la tríada encabezada por el fantasma del desencanto político, el reverso cínico (a modo de giro intelectual o político a la derecha) y la impotencia desmoralizada de los que aguantan. Pareciera que, en Europa, al menos, hay todos estos ingredientes esparcidos en una suerte de desarrollo desigual y combinado sin parangón.

La victoria abrumadora de los Tories británicos, el ascenso de la extrema derecha en Francia e Italia, el auge de Vox en España, la vía turca hacia el autoritarismo y la importante, y trascendente, derrota de Syriza, parecen haber echado por tierra el ciclo de las irrupciones indignadas.

Pero en todo ello hay dos fenómenos que, aunque menos llamativos no dejan por ello de ser importantes poleas de este cambio. Por un lado, el surgimiento de la mal llamada izquierda parda, o ese sector conocido como rojipardismo. Por otro lado, la desvinculación de la izquierda de una propuesta estratégica de cambio de orden, en un sentido constituyente, en un sentido utópico. Si lo primero es una consecuencia de un giro cínico que da lugar a una derechización de tal nivel como es pensar que la extrema derecha defiende mejor los derechos sociales. Lo segundo genera una indefensión enorme frente a las utopías reaccionarias, o mejor dicho distopías, de los adversarios.

Así que lo que se propone en este artículo es un análisis del rol fundamental de la imaginación utópica para una estrategia emancipadora que prevenga el desencanto, el cinismo y la impotencia política. Más cuando el tono derrotista que acompaña muchos análisis recientes, sobre todo a raíz de las elecciones británicas, pasan por alto aquellas pequeñas grandes esperanzas que desde distintos vectores ofrecen un material utópico persistente. Y en política no todo es asalto, también es persistencia.

Vino nuevo en copas viejas: las distopías y los frentes de orden que vienen

Si hubiera que juzgar estos últimos años por algunas de las películas y series que nos han llegado de Hollywood pareciera que la tónica general se inclina por la predilección por las distopías. Desde las catástrofes climáticas de Interstellar (2014), de Christoper Nolan, o Elysium (2013) que dibujan una crisis ecológica sin soluciones que no sean el éxodo o un despotismo extremo para garantizar oasis de bienestar en medio de un desierto social y ecológico, hasta revueltas impotentes, como en Joker (2019), o revoluciones corrompidas como en la última temporada de Juego de Tronos.

Tenemos pues un oleaje de ficción, acerca de las más variadas distopías, que representa, acompaña y modula el malestar de nuestro tiempo hacia un pesimismo derrotista cuando no reaccionario. A propósito de esta corriente marina en la ciencia ficción advertía recientemente un artículo publicado en Contra el diluvio: “posiblemente las distopías tengan la esperanza de matar a las sociedades que retratan [2]”. De ahí la necesidad de:

“hacer frente a los ataques políticos a la idea de la utopía, ya que suelen ser declaraciones reaccionarias en nombre de quienes en este momento tienen el poder, de aquellos que disfrutan de una utopía para unos pocos apenas disimulada a la vez que existe una distopía para la mayoría» [3]

Por este motivo es tan importante responder a unos ataques que están diseñados para la desmoralización a la par que para la construcción de un imaginario de orden. Imaginario de orden que se decanta o bien como restauración o bien como refundación. En el primer caso suele apelarse a la perdida hegemonía de socialdemócratas y conservadores que hasta la crisis de 2008 garantizaron en Europa un momento de gobernabilidad institucional y estabilidad social que garantizaba el elitismo y los privilegios. En el segundo caso, algunos sectores de la extrema derecha retoman la idea de una comunidad de iguales en la servidumbre; una comunidad protegida, y sometida, a un patriarca sea el Estado (del bienestar chovinista), sea un caudillo a semejanza de lo que antaño habría sido un señor feudal o uno particularmente poderoso como un rey.

La inscripción explícita de algunas extremas derechas a referentes feudales de la Edad Media parece atestiguar este retorno de lo patriarcal como ideología, como utopía reaccionaria. En el caso de Lepen con la apelación a Juana de Arco, heroína de la guerra “de liberación nacional” de los Cien Años, como personificación mítica, y divina, de la construcción estatal y nacional de Francia. Algo extraordinariamente semejante a la reconstrucción histórica que hace Vox para establecer una genealogía de la construcción nacional-estatal de España que vincule la idea de nación patriarcal con un padre simbólicamente registrado en la figura del caudillo feudal Don Pelayo.

El mínimo denominador común en ambos, porque hay diferencias de contenido importantes, es el intento de hacer del Estado el representante de la comunidad nacional.  De ahí que su apelación a la soberanía tenga una acentuación puesta en una institución muy particular como es el Estado. Institución que históricamente ha estado más vinculada a la construcción de regímenes autoritarios, como las monarquías absolutistas primero, y luego de formas oligárquicas de Estado, con el liberalismo doctrinario por bandera.

Políticamente, sobre todo en nuestro país, el Estado retoma esos impulsos demofóbicos con más fuerza que nunca cuando desaparecen estrategias de democratización y son las distopías reaccionarias las que marcan el rumbo. De alguna manera sería como si la victoria del adversario estuviera, en buena medida, garantizada por la incomparecencia de una opción emancipatoria. André Gorz explicaba así esta peculiar manera de jugar a perder y la manera, o la necesidad, de volver al ring:

«Si una utopía se hunde, lo que entra en crisis es toda la circulación de los valores que regulan la dinámica social y el sentido de las prácticas. Es esta crisis la que nosotros vivimos. […]

Esto no quiere decir que todo sea ahora en vano y que sólo nos quede someternos al curso de las cosas. Esto quiere decir que nos es preciso cambiar de utopía: porque mientras permanezcamos prisioneros de la que se viene abajo, seguiremos siendo incapaces de percibir el potencial de liberación que la actual mutación contiene y sacar partido de dicho potencial imprimiendo su sentido a esta mutación.» [4]

Por ello, creo que un primer paso para salir de esta marisma, que de continuar solo puede conducir a un lamentable desencanto colectivo con la política emancipatoria, es retomar aquellos fenómenos del presente que pueden ofrecernos un código de construcción de una utopía colectiva movilizadora.

Dado que en definitiva esta es una época de su crisis y la peor manera de pensarlas es rehuyendo su ausencia problemática como si fuera posible desvincular una propuesta como la Green Industrial Revolution de una posición entorno al Brexit, o la defensa de Escocia frente a Johnson, de una idea transformadora del conjunto del Reino Unido.

De forma similar advertía hace poco Albert Noguera cómo en nuestro país ocurría algo semejante ante la dificultad por leer las distintas propuestas soberanistas y como por ello se cae en diagnósticos sorprendentes. Sorprendentes en la medida que en lugar de sacar fuerzas y hermanar las propuestas de reafirmación soberanista progresista frente al Estado se rehúye una propuesta de soberanía popular en aras de regresar a una difícil, y poco democrática, distopía de plena soberanía estatal. Lo que lleva al “fuego amigo” hacia los enemigos históricos de la soberanía estatal. Por esto, Albert Noguera señalaba lo paradójico de:

«Afirmar que la culpa del auge de Vox es responsabilidad inmediata del independentismo supone convertir la consecuencia en causa, la víctima en victimario, y construir un muro o velo detrás del cual se oculta el verdadero culpable del neofascismo: el régimen. […] lo que da alas a la extrema derecha no [es] combatir el régimen sino repetir discursos que reproducen el mismo. Y, precisamente por eso, las luchas democráticas contra el régimen, como es la lucha republicana, sea española o catalana, no son las que consolidan el neofascismo sino la única vía para acabar con la causa real que posibilita su consolidación: el régimen del 78.» [5]

El realismo político de soñar algo nuevo

Quizás cabe aquí recordar, de acuerdo con el historiador libertario catalán Ferran Aisa, el papel que las utopías habían jugado como forma de rebelión contra la Edad Media y su compromiso con el infierno y los finales apocalípticos [6]. Una tendencia que como señalaba más arriba parece haber vuelto renovando esta filia por el infierno. Por ello, la utopía siempre ha sido una clara, emotiva y racional, conciencia de la idea de construir otro mundo a pesar de las resistencias existentes al cambio [7] o como dice Christian Ferrer, historiador del mismo ramo:

“Soñar es una de las libertades más extrañas que nos habitan y de la cual, para bien o para mal, no podemos huir. […] Como militante, el anarquista no sólo es <<soñador>>, es también creador de sueños, un <<sueñero>> que relata los fantásticos contornos de un horizonte prometedor. Su máximo objetivo es que su relato sea soñado colectivamente. Ciertamente, la superioridad de la idea anarquista reside en su cualidad de <<imaginación política>>. Y bien sabemos que las utopías no son imposibles por ser fantasiosas sino por no evocar sueños mejores en la imaginación política colectiva.” [8]

De ello eran bien conscientes los activistas de la idea republicana y federal en España, o como dijera Josep Fontana, aquel gran mito, aquella gran esperanza, compartida por clases medias y clases trabajadoras [9]. Ricardo Mella, afanado republicano federal gallego primero y luego deslumbrante teórico libertario, señalaba la importancia de las pasiones para el cambio social:

“Todas las pasiones, aun las peor reputadas, dentro de su medio natural de expresión, constituyen el fondo real de su vida y ellas hacen que el progreso humano no sea simple palabra […] Sin la temeridad, no habría héroes. Sin la curiosidad, no habría ciencia […] Sin el deseo del placer, el mundo se convertiría en un inmenso cementerio. Sin el amor de la gloria, sin ambición de gloria, si se quiere, todos seríamos unos pobres diablos” [10]

En definitiva, si no queremos renunciar a una política apasionada hay que volver a la ambición utópica. Más en un momento en que distintos movimientos como el feminismo, el ecologismo y el soberanismo, emocionan a amplios sectores de la sociedad en sus aspiraciones comunitarias, niveladoras y antielitistas. Imaginar una sociedad cuya vida vuelve a fluir hacia sus pueblos y regiones y deja de tener puntos metropolitanos colapsados, sobrepoblados y encarecidos mientras otras partes sufren el abandono, la despoblación y la devaluación económica es sin duda un sueño con un poderoso nervio confederal que implica reconocer soberanías si se quiere combatir el centralismo.

Quizás por ello algunas de las intervenciones que más han brillado en estas últimas sesiones de investidura son aquellas que no han renunciado a un horizonte de este calado y sin por ello dejar de tomar parte en la coyuntura evitando a la par aquel presentismo antipolítico del que avisaba Daniel Bensaïd, es decir:

“la prioridad otorgada a lo local sobre los grandes horizontes, a la eficacia inmediata sobre los sueños lejanos, al pragmatismo modesto sobre las abstracciones teóricas, no es más que el trillado estereotipo de todas las retóricas de la resignación”.

Por ello, hacía bien Pablo al decir en motivo del importante giro político que supone la investidura de este nuevo gobierno, y las alianzas históricas que acuña, que «tenemos que asumir una oposición que en realidad no nos va a criticar por lo que hagamos, nos va a criticar por lo que somos. Hagamos lo que hagamos» [11]. Seamos pues nosotros mismos, como decía acertadamente Mella, y abramos bien los ojos a nuestro proyecto, a nuestra utopía, como en su tiempo hicieron aquellos republicanos federales que prefiguraban unas soberanías populares contrapuestas, por cierto, al Estado.

Notas

  1.  Véase aquí; Zizek, Slavoj. Bienvenidos a tiempos interesantes, Txalaparta, Nafarroa, 2012. Disponible online aquí: https://img.txalaparta.eus/Archivos/Bienvenidos_a_tiempos…..pdf
  2. Stanley, Kim. “He aquí las distopías”, Contra el Diluvio, publicado el 20 de noviembre de 2019. Disponible aquí: https://contraeldiluvio.es/2019/11/20/he-aqui-las-distopias/
  3. Ibídem.
  4. Gorz, André, «Introducción» en Metamorfosis del trabajo -búsqueda del sentido-, Fundación sistema, Madrid, 1991, pp. 11-21.
  5.  Noguera, Albert. “El auge de la extrema derecha, el conflicto y la símpatia”, Eldiario.es, publicado el 17 de diciembre de 2019. Disponible aquí: https://www.eldiario.es/contrapoder/auge-extrema-derecha-conflicto-simpatia_6_975062496.html
  6. Aisa, Ferran, Utopia -Del somni igualitari al pensament únic-, Icaria Editorial, Barcelona, 2012.
  7. Op. Cit. pp.  7.
  8. Op. Cit. pp. 272.
  9. Fontana, Josep. La fi de l’antic règim i la industrialització a Historia de Catalunya, Volum V, direcció Pierre Vilar i coordinador Josep Termes, Edicions 62, Barcelona, 1989, pp. 317.
  10. Mella, Ricardo. “Breves apuntes sobre las pasiones humanas –cartas a un adversario-“, La Biblioteca Anarquista. Recuperado el 6 de abril de 2013. Disponible aquí:
    https://es.theanarchistlibrary.org/library/ricardo-mella-breves-apuntes-sobre-las-pasiones-humanas
  11. Gil, Andrés. “Pablo Iglesias: ‘No nos vamos a olvidar de dónde venimos’”, Eldiario.es, Entrevista publicada el 7 de enero de 2020. Disponible aquí: https://www.eldiario.es/politica/Pablo-Iglesias-vamos-olvidar-venimos_0_982002194.html