En el libro “Calibán y la bruja” Silvia Federici rescata del olvido y de la historia de los vencedores la desposesión “sexista” original. A finales del s. XIV, tras la crisis demográfica de la peste negra, el campesinado femenino puso patas arriba las tasas de beneficio de la nobleza feudal buscando una sociedad más libre; transgrediendo las normas del régimen patriarcal. Como reacción, la Iglesia y el Estado en gestación organizaron una represión y una matanza sistémica de mujeres acusándolas de brujería. Se impuso, a través del miedo y la violencia, un nuevo orden mucho más estricto sobre las mujeres para controlar los cuerpos, la sexualidad, la maternidad, y con todo ello, la fuerza de trabajo. Eran los años del advenimiento del capitalismo.

A finales del s. XVII Newton sentó las bases de la mecánica clásica mediante su tercera ley, que explica que a cada acción se le opone una reacción de la misma intensidad y de sentido opuesto. Hoy parece un hecho que el patriarcado rescata este principio de acción-reacción contra los movimientos emancipatorios feministas para imponer unas normas culturales e institucionales regresivas.

Lo cuenta también Nerea Barjola en una entrevista para La Penúltima publicada en este número. La construcción social del discurso sobre el triple crimen de Alcàsser fue una forma de responder al movimiento feminista de los años 70,: a las voces por la libre sexualidad de las mujeres, por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y por la presencia y el empoderamiento de las mujeres en lo público. Fue un intento de disciplinar a las mujeres por parte de las instituciones del estado, la justicia y los medios de comunicación

No iba a ser distinto con la cuarta ola feminista. Hoy, casi un año después del 8 de marzo del 2018 y tres años después de que el movimiento feminista comenzase a llenar las calles y los debates políticos, es innegable que hay un movimiento reaccionario en marcha contra todos los avances que el feminismo es capaz de lograr, avances que cuestionan los privilegios no sólo de los hombres sino también de las élites económicas y políticas.  Contra un proyecto de sociedad alternativa que pone en cuestión el status quo y que viene a dar una salida tanto a la crisis de establishment en todo el mundo como a su correlato en forma de crisis del régimen político del 78 en este país.

El resultado electoral en las recientes elecciones en Andalucía ha demostrado que ese movimiento reaccionario en el plano político institucional se llama VOX. Han entrado en el parlamento andaluz superando todas las previsiones y todo augura que tendrán representación en la mayoría de parlamentos del Estado. Y lo han hecho con  un programa, con un discurso, y con un estilo que apela directamente al varón blanco heterosexual: noción de familia católica y patriarcal, devolver al hombre el rol más masculino y a la mujer las labores reproductivas; derogar los avances en libertades sexuales: identidad y orientación; identificar a los maltratadores con enfermos y acabar con la idea central de la violencia machista, que “es un violencia contra las mujeres por el hecho de serlo”.

Estos resultados no son sino el correlato en el plano de lo político institucional de lo que lleva tiempo caldeándose en lo social. Hemos visto surgir réplicas de “la manada” por grupos de whatsapp, hombres que presumen de ser violadores, que idolatran a  personajes como“el Prenda”. Hemos visto a chavales youtubers o raperos que hacen vídeos contra la “ideología de género”, a escritores como Javier Marías despreciando a las mujeres, a tertulianos movilizando a sus oyentes… Una reacción al temor de que a los hombres les roben los privilegios de su masculinidad que, como describe Virginie Despentes, lleva incorporada la potestad de violar y someter a las mujeres.

También debemos estar alerta ante otro tipo de reacciones a la ola feminista: la cooptación o utilización de sus lenguajes y maneras para beneficio propio. Por un lado, las élites económicas tratando de convencernos del feminismo neoliberal, basado en una idea de igualdad y de libertad individualista y mercantil, que se expresaba en el Foro de Davos o en las declaraciones de Patricia Botin de Ana Rosa, de Cristina Cifuentes, del “liderazgo” de Ciudadanos o de la misma reina Letizia. Y por otro lado, el populismo de derechas que dice defender los derechos de las mujeres nacionales para enfrentarlas con las inmigrantes. Marine Le Pen es su mejor representante, teniendo como imitación autóctona  el Hogar Social Madrid.

Tampoco hay que perder de vista las reacciones “desde la izquierda”.Daniel Bernabé, Soto Ivars o  Víctor Lenore son ejemplo de quienes han identificado al movimiento feminista como uno de los culpables, de los retrocesos de la clase trabajadora en las últimas décadas. Trasladan la visión de que el feminismo es un movimiento identitario y no vinculado a “lo material” que viene a hacerle un favor al neoliberalismo. No es de extrañar que buena parte de sus seguidores y lectores apuntasen hacia el feminismo como el culpable del ascenso del fascismo en las elecciones andaluzas.

Frente a estas diversas formas de reacción, no caigamos en su trampa. En primer lugar, pensando que existe una jerarquía de reivindicaciones no complementarias y en la que el feminismo tiene un lugar subsidiario. El feminismo en la calle demuestra que radicalidad y capacidad de llegar a las mayorías no son cosas contradictorias. En segundo lugar, el movimiento feminista no defiende luchas referenciales o identitarias, sino que cuestiona jerarquías institucionales, económicas y éticas planteando un modelo de sociedad alternativo y más justo para el conjunto de la sociedad. En tercer lugar, lo hace en Madrid, en Andalucía, en EEUU contra Trump, en Brasil contra Bolsonaro; es un movimiento transnacional. Es la esperanza contra el miedo, la sacudida al inmovilismo y la denuncia de la normalización de los monstruos en todo el mundo.

Es, por último, un movimiento a la ofensiva. Esa es su principal virtud hoy. Frente a quienes tratan de ponernos a la defensiva, amenazando avances como las leyes contra la violencia machista o el matrimonio homosexual, el error del movimiento feminista sería conformarse con la defensa de lo establecido. Su fuerza reside precisamente en ser acción, en usar energía para  seguir construyendo una nueva sociedad, más justa, democrática y libre; siendo conscientes de que se generen, seguramente, reacciones de sentido opuesto pero cada vez más reducidas en su intensidad.