Por Víctor D. Valdés Camacho

El día 8 de abril, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez apeló, en medio de la crisis generada por el COVID19, a los distintos actores sociales, empresariales, políticos, sindicales y administrativos a lanzar un “Plan de reconstrucción” de las dimensiones sociales y económicas del país, en el marco de unos nuevos Pactos de la Moncloa. Cabe preguntarse, en el elenco de menciones que realizó el presidente del Gobierno, qué posición ocuparía Felipe VI y la monarquía española al calor de esta idea: ¿Imagen simbólica de representación internacional?, ¿Guiño a las derechas más o menos reaccionarias como garantía del «cambiar todo para que nada cambie»? o simplemente un escollo para cualquier reforma del aparato político del Estado.

Es evidente que este 14 de abril tiene una dosis de propio y una dosis de extraño. Más que rememorar, hay varios hechos que nos permiten despejar incógnitas sobre las perspectivas de cambio que permanecen latentes en el subsuelo de la corriente democrática española. Alfonso XII no es Juan Carlos I, por supuesto tampoco es ya Felipe VI. El significado de cada uno de sus mandatos hereditarios tiene razones que no podemos desglosar aquí, pero hay melodías de fondo, algo de propio a la ciudadanía y a la monarquía en este país de países que siempre va en paralelo y que merece la pena rememorar un 14 de abril: cuanto más «borbonean» los monarcas, más anhelos de “desborbonizar” tienen la gente trabajadora de este país. Atención: desborbonizar no es un verbo vacuo, es la idea práctica que se convierte en hechos tan concretos como significativos. Por ejemplo, la masiva cacerolada del 18 de marzo convocada por redes sociales, sin ninguna organización republicana reivindicándola, creemos que es la última gran expresión del republicanismo no articulado en este país, después de las oleadas de referéndums republicanos en barrios, pueblos, universidades y ciudades enteras, que rebrotan como acciones lo más amplias y radicalmente democráticas posibles.

Es que esta cuarentena ha sustanciado hechos extraños a la composición social alterando el orden de prioridades. Si bien antes la protesta ante la monarquía carecía de prioridad para la mayoría de la gente trabajadora, ha tenido que desbordarse la sanidad, crearse un cierto shock social con la pandemia del COVID19 y golpearnos de frente la corrupción de Juan Carlos I para generar una indignación social grande, todavía difusa (¿acaso no es así como inician las impugnaciones?), pero que traza una línea entre la falta de recursos sanitarios y el papel de un monarca como Juan Carlos I con sociedades financieras en Suiza y comisiones no declaradas directamente desde el régimen saudí. Todo pasa y todo queda. Y entre lo que queda es el «no» del PSOE a la apertura de la Comisión de investigación parlamentaria a las cuentas del monarca.

En este interregno caben destacar algunos aspectos del futuro más cercano del conflicto monarquía/república, y trataremos de responder acerca del por qué, del cómo y del para qué de la corriente subterránea republicana y democrática que subyace en este país.

Cabría preguntarse, ¿Por qué una república? Si hay una idea que manejamos las generaciones convencidas del cambio político es que la monarquía permitió el ensamblaje de las condiciones de posibilidad del Régimen del 78’, instituyendo un esquema basado en un modelo de acumulación capitalista, tan arduo como aspiracional para la gente trabajadora, hasta que el «crac» del 15M hace saltar por los aires, entre otras cuestiones, la impunidad de la monarquía. Quizá superar (¡ni más ni menos!) el Régimen del 78’, o sea, el modelo de acumulación capitalista especulativo y su entramado sistémico de corrupción y de baja intensidad democrática, consista en cuestionar la monarquía de Felipe VI, hacer mover los vientos y que estos lleguen, tan pronto como sea posible, al Palacio de La Zarzuela.

¿Cómo nos acercamos a la república? Con mucho acierto, Boaventura de Sousa Santos (2018) cuestiona en base a diversas experiencias de gobiernos populares en América Latina las dicotomías históricas asociadas a los debates más encarnizados del marxismo. Concretamente, sobre la dicotomía «reforma o revolución» Boaventura sintetiza la necesidad de reformas revolucionarias, esto es, la constitución de políticas transformadoras que hagan girar el entero cuadro institucional hacia posiciones de progreso. Esas reformas revolucionarias de Boaventura, son prácticamente correlaciones de fuerzas en distintos niveles del aparato del Estado, pero no solamente: respecto a la república, hoy en nuestro país necesitamos articular al menos dos propuestas para que la idea de república sea más permeable al conjunto de la gente trabajadora.

Nunca es fácil guiarse bajo las estrellas, pero si se tiene una herramienta colectiva, será algo más sencillo: es urgente que las republicanas y republicanos podamos construir un instrumento fuerte y de masas (o Consejos Populares Republicanos), con capacidad de demarcar debates, lanzar ideas a la sociedad y marcar la agenda de pensamiento. Un híbrido entre instituto cultural y organización asamblearia con nodos republicanos en cada pueblo y ciudad, para de manera transversal, abordar los callejones sin salida en esta fase de transición en la que nos hallamos, en los enclaves más oscuros de las posibilidades de cambio republicano para dotarles de luz material, seguridad colectiva e ideas para la acción. Así mismo, se hace fundamental dotar de contenido al ya manido «proceso(s) constituyente(s)» contra la monarquía, por la destitución del orden del 78’.

En este marco, podemos trazar las líneas maestras del para qué construir una realidad republicana en los tiempos que corren. No hay república sin mujeres e igualdad real y efectiva en todos los ámbitos; no hay república sin cuidados y blindaje de lo público para garantizar una vida digna; no hay república con una mayoría golpeada por la precariedad. Así, una república feminista para impedir cualquier agresión machista, democrática para la participación real de la gente, una república para los comunes, donde los servicios públicos, los derechos sociales y la vida digna no se puedan confinar para unos pocos. Además, es fundamental proyectar la república con muchos acentos y lenguas, una república plurinacional a la altura de los retos de la crisis de la unidad territorial.

Poner el cuerpo, la inteligencia y las energías constituyentes en imaginar qué república deseamos es una necesidad acuciante y deberá serlo para toda fuerza democrática, y con todas las reticencias a equivocarnos, pensar esa república es también combatir la bestia reaccionaria, es el mejor antifascismo posible, es reescribir nuestra relación con el miedo, para comenzar a escribirlo con la esperanza.

 Notas

  • De Sousa Santos, Boaventura (2018). Democracia y transformación social.