¿Por qué van más al médico las mujeres?

La ciencia en general y la ciencia médica en particular han ignorado a las mujeres, sus cuerpos, sus características y sus necesidades no han sido tenidas en cuenta en el trabajo científico. Ni la investigación ni mucho menos la práctica clínica diaria han concebido la incorporación de las diferencias de sexo o género.

El desarrollo de la medicina se ha llevado a cabo mediante el modelo masculino. Los estándares, indicadores, medidas, dosis, etc. estaban basados en los cuerpos de los hombres, mientras los de las niñas, mujeres adultas, embarazadas o mujeres mayores estaban invisibilizados.

Aunque en los últimos años esta situación está cambiando, el patrón masculino sigue siendo la base de la mayoría de los estudios científicos. De tal forma que todavía hoy en muchos de los tratamientos farmacológicos, quirúrgicos o en las pruebas diagnósticas no se tienen en cuenta las características del cuerpo de las mujeres y ni sus actividades habituales.

Así nos encontramos con cuestiones básicas a las que no se da importancia y por tanto no se investigan, como el probable impacto para el desarrollo musculoesquelético de las niñas que ha podido tener la forma del vestir, impuesta culturalmente. O cómo de la menstruación se ha hecho un tabú y se han naturalizado los dolores que sufren muchas mujeres, no suscitando ningún tipo de estudio científico, a pesar de poder implicar patologías que se ignoraban. La “edad fértil” sólo ha servido para considerar a las mujeres como paridoras, después vuelven a caer en la invisibilidad, cuando no se transforman en unas ancianas pesadas para los/as médicos/as. Sin embargo, cuando la normatividad hegemónica lo impone, se impulsa la esterilización de mujeres con alguna discapacidad.

Vivimos en una sociedad capitalista y patriarcal que ha venido formando a los profesionales médicos y médicas ignorando las características distintivas de los cuerpos de las mujeres. Los síntomas y signos, o la misma historia natural de la enfermedad, se estudian sin hacer ninguna referencia a las especificidades que presentamos las mujeres.

Así sucede con el trato que reciben las mujeres con enfermedad mental o el mismo tratamiento obstétrico que sufren, pasando por el reconocimiento tardío de la isquemia miocárdica, o la ignorancia del problema de salud pública que supone la violencia de género. La medicina ha afrontado la salud de las mujeres sin ninguna consideración hacia sus características diferenciales, generando un discurso, una praxis y una investigación que no sólo invisibiliza a las mujeres, sino que pone en peligro su salud y en ocasiones su vida.

Aunque se haya avanzado en las últimas décadas no podemos ignorar que el género es el  determinante social de la salud que afecta a todas las mujeres junto al de clase y por lo tanto, estas desigualdades afectan de forma negativa a su salud.

La frecuentación de las mujeres en las consultas de Medicina Familiar y Comunitaria, en el año 2017 según el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social es de 5,77 veces al año. Mientras los hombres es de 4,34 veces al año. Y si consultamos las estancias medias hospitalarias del último año para el que hay datos, es de 7,4 días para los hombres y de 6,3 para las mujeres.

Estas diferencias requieren una explicación que no obtenemos en ningún sitio al consultarlas, en principio porque no se discriminan cuando estos datos se recogen, en segundo lugar porque no parece que interese a nadie. Pero la experiencia nos dice que las mujeres que acuden a su médica/o de familia incontables veces, son habitualmente las “agentes de salud” por cuestiones que aquejan a sus hijas/os adolescentes que trabajan o estudian en la universidad y no tienen tiempo. En otras ocasiones acuden para consultas acerca de las personas a su cuidado. Y también visitan al médica/o porque sus maridos tienen problemas de salud, pero no pueden dejar de ir a trabajar.

Es decir, aunque obviamente las mujeres consultan con su médica/o cuando tienen algún problema de salud, todavíade forma muy mayoritaria lo hacen por dolencias del resto de la familia.

Enlazando con esto y de modo empírico sabemos por qué las mujeres permanecen menos días ingresadas en los hospitales, si excluimos los días del parto. Y eso sucede porque todavía es una realidad que muchas mujeres rehúsan su ingreso al tener que cuidar de hijas/os, pareja o personas mayores con las que conviven y dependen de sus cuidados, y por eso no se pueden permitir el “lujo” de estar unos días ingresadas, a pesar del deterioro que puede representar para su salud. Se posponen intervenciones, se posponen pruebas, se posponen días de rehabilitación.

Por otra parte hay tratamientos médicos que presentan diferencias significativas cuando se aplican a hombres y mujeres, sin que esta actitud esté respaldada por ninguna evidencia científica, sino que es un ejemplo más de la subutilización de los recursos terapéuticos para con las mujeres. Menos medicación que sí está indicada, menos revascularizaciones, etc., De esta forma numerosas mujeres no acceden al correcto tratamiento cuando sufren una angina. Pero es que tampoco las/os y médicas/os tenemos presente en la misma medida el diagnóstico de isquemia miocárdica ante una queja de dolor precordial en un hombre o en una mujer. Es decir, que también se  infradiagnostica la enfermedad arterial coronaria en las mujeres con demasiada frecuencia. Y esto sucede cuando, sin embargo, la enfermedad cardiovascular es la principal causa de mortalidad en las mujeres.

La mujer con enfermedad mental también ha sido, y todavía lo es en ocasiones, objeto de discriminación. Las demandas y malestares son etiquetados como procesos psicosomáticos en las consultas con frecuencia. Y aquí entran los dolores precordiales por ejemplo, que sin embargo en un hombre se tendrían inmediatamente en cuenta para descartar enfermedad coronaria. Por esto las mujeres corren el peligro que desde una primera evaluación se tilden de somatizaciones y se les prescriba en mayor medida ansiolíticos, antidepresivos, relajantes, etc. Podríamos pensar que no se ha extendido a la práctica clínica la consideración y el valor de los determinantes socioeconómicos y de género. Pero es que lo que no se suele contemplar en toda su dimensión es el peso que supone la cultura patriarcal en la génesis de la enfermedad mental en las mujeres.

Otro aspecto de la salud en el que la medicina ha tenido una actitud de “encarnizamiento” con el cuerpo de las mujeres ha sido con el embarazo y el parto. Se considera a las mujeres gestantes como enfermas. Y de un hecho natural se ha pasado a unos controles tan exhaustivos y numerosos, como innecesarios en la mayoría de las ocasiones, para luego igualar el parto a una intervención quirúrgica y hacer del mismo una de las experiencias más angustiosas y agresivas para muchas mujeres.

La ciencia médica no puede seguir ignorando las características diferenciales del cuerpo de las mujeres y la investigación tiene que profundizar en el conocimiento de las mismas. Pero lo que la atención sanitaria no puede seguir obviando es la centralidad de los determinantes de género y socioeconómicos en la práctica clínica.

Carmen San José Pérez
Médica de Familia
Diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid