A casi nadie le importó una mierda al principio. Los casquetes polares se derritieron y nosotros pensamos que más hielo picado para el mojito. La capa de ozono se tornó un colador y los únicos cabreados fueron los pijos que en su día compraron carísimas cabinas de rayos UVA. Hasta en Segóbriga aplaudieron las migraciones forzosas porque nunca antes se habían visto allí jirafas africanas. En Madrid un grupo de gilipollas pusieron pegatinas con calaveras en los cristales de sus todoterrenos y se hicieron llamar los nuevos piratas del diésel ePlus. Los escotes masculinos crecieron hasta el ombligo y los calvos la palmaban por doquier debido al abrasador sol de justicia. Un huracán borró Almería del mapa y los cristianos alzaron sus brazos al cielo dando las gracias al señor por tal dicha. Las noticias dijeron que una zumbada de Alpedrete se había colado en el zoo y se había hinchado a secuestrar parejas de animales al grito de “yo soy Noé, emisaria del diluvio”. El infierno climático se había desplomado sobre el país, el continente y el planeta tal como caen dormidos los niños en las bodas. No pudo ser más previsible pero más sorpresivo. Los pocos activistas que intentaron concienciar desde el principio llevaban más de cuarenta años muertos. Alguien dijo que la culpa la tenía Mad Max por gustarle tanto a la gente. Alguien se cortó un brazo como sacrificio en llamamiento de las nuevas lluvias pero solo consiguió que Netflix le grabase un documental. Hacía calor, mucho calor. Hacía calor hasta en Ávila. Y se respiraba mal, muy mal, tan mal que hasta un par de médicos empezaron a recomendar fumar en los núcleos urbanos, pues según su parecer si el tabaco te quita años de vida y la polución te quita años de vida, menos por menos es más. El agua se empezó a racionar y a los pobres de Villaverde Bajo no les daba ni para lavarse a medias los sobacos. Los del sur huyeron al norte. El gobierno de Cantabria construyó un tremendo muro de anchoas a lo largo de toda su frontera para no permitir el paso a la ingente cantidad de refugiados climáticos que huían de la chicharrera. La gente se moría a puñados y sin embargo nadie pronunció jamás la palabra distopía, al menos hasta que el propio caos adquirió consciencia y el cambio climático empezó a ponerse faltoso.

El primer caso lo denunció un bañista bronceado en la por el entonces costera Ciudad Real. Al ser preguntado por las cámaras de televisión, que se hicieron eco de la noticia por lo extraño de la situación, el bañista, que se llamaba Ramiro y era fresador de profesión, simplemente dijo que se estaba bañando tranquilamente cuando una voz empezó a increparle.

– ¿Y qué te dijo? –preguntaron las cámaras.

– Eh, tú, puto gordo.

– ¿Cómo?

– Eso. Eh, tú, puto gordo. Eso me dijo.

– ¿Y ya está?

– No. También se rió. –dijo Ramiro el fresador.

– ¿Y no preguntaste quién era?

– La distopía climática. Me dijo que era la distopía climática.

A Ramiro, el bañista gordo, no le creyó ni la recién fusionada Antena 5. Los medios le llamaron loco y trastornado. El canal católico dijo que los videojuegos le habían frito el cerebro. Pasada una semana un nuevo caso volvió a encender las alarmas. Una señora bien del barrio de Salamanca denunció en un cuartel de la Guardia Civil que una nube negra de contaminación le había acosado a la salida de la peluquería. “Me llamó vieja pelleja forrada de privilegios”, dijo a los agentes, quienes ante la novedad de esta tipología de ataques no pudieron hacer otra cosa que perseguir un par de nubes de humo de los tubos de escape de dos autobuses y atrapar en una botella el polvo del ya muy abandonado Metro. En cosa de unas semanas las agresiones y las faltas de respeto indiscriminadas se multiplicaron, las comisarías se inundaron y los psiquiatras se hicieron de oro. Los afectados eran ricas y pobres, rubios y morenas. Personas sin trabajo y falsos autónomos, fresadores como Ramiro, altas ejecutivas y carteristas. De todo un poco. La faltosa distopía climática no miraba a quién jodía. Un ex alcalde de Madrid fue perseguido por toda la Gran Vía al grito de “¡corre, gafotas, corre!”. Una famosa actriz internacional residente en Barcelona fue llamada “inexpresiva” por un halo de calor en Plaza Catalunya en plena presentación de su nueva película, y aunque probablemente este insulto fuese de los más flojos que se registraron fue suficiente para hacer a llorar a la actriz y obligarla a retirarse indefinidamente de la interpretación. Los afectados se multiplicaban cada día, pues la distopía climática no estaba en un sitio sino en todos. El Ejército entrenó dos batallones de la Legión para luchar contra la amenaza, pero claro, al deshielo y al calufo no se le puede disparar. Se fundaron dos sectas, una a favor y otra en contra de no se sabe muy bien qué, y la situación era tal que hasta el Ministerio del Interior tuvo a bien el crear y financiar con copiosas partidas de billetes la flamante Asociación de Víctimas del Faltosismo Climático, que organizaba reuniones grupales de dolidos y manifestaciones el día de la Hispanidad. Cuando la emergencia fue extrema y un convento de monjas entero se tiró del campanario ante los insistentes insultos indecorosos de un granizo en agosto, el gobierno decidió etiquetar a la distopía climática como organización terrorista y pedir ayuda a los cuatro países que aún quedaban en la OTAN. Las naciones amigas mandaron mensajes de apoyo, montaron telemaratones en favor de las víctimas y se comprometieron a totalmente nada con buenas palabras y fuertes apretones de manos. Todo el mundo empezó a exiliarse a las partes más remotas del planeta. Familias se partieron y relaciones se rompieron. El caos fue tal que algunos empezaron a reciclar de verdad. Muchos abandonaron sus coches en cunetas. Las fábricas se cerraban a centenares cada hora. Se dejó de producir energía y todos los agricultores menos un señor de Valdepeñas empezaron a comerse sus rastrojos con tal de no quemarlos en verano. La gente por fin empezó a preocuparse. Cuando ya no hacía falta. Cuando la concienciación importaba una mierda. La sociedad estaba hundida, los individuos estaban hundidos. La distopía climática nos había vejado donde más nos dolía, en todo lo gordo de nuestro orgullo, y aunque una marcha atrás era ya impensable, a todos dejó de gustarnos Mad Max y las jirafas de Segóbriga.

Por Alberto Sepúlveda