Fuente: elespanol.com

Sálvame de la explotación laboral en directo

¿Cuánto dinero pediríais a cambio de ser humilladas en la televisión tres o cuatro tardes a la semana? ¿Y si le sumáramos un plus de peligrosidad ante la más que probable posibilidad de que en algún momento también se vulnerara la intimidad tus seres queridos, sin ningún tipo de escrúpulos más allá de evitar de forma desganada una posible demanda?

No es fácil encontrar los datos oficiales de los sueldos que cobran cada tarde las colaboradoras de Sálvame, pero tras cotejar unas cuantas webs sensacionalistas amantes del clickbait sin ningún tipo de credibilidad creo que podemos establecer que las personalidades más respetadas del plató pueden agenciarse en torno a mil euros por tarde. La cifra exacta es bastante irrelevante, en realidad. Lo verdaderamente interesante es cuestionar cuánto cuesta la dignidad de una persona; cuánto dinero necesitarías para aceptar ser el hazmerreír de todo un país, el punching ball de tus compañeras, el juguete roto de una cadena de televisión.

Hay un sinfín de críticas que se le pueden hacer y se le hacen a Sálvame, de eso no cabe la menor duda. Pero, irónicamente, la gente que afirma desde el desprecio que “solo es un circo” jamás entenderá por qué esto no es sino una señal de lo inteligentemente bien montado que está todo y lo bien que entienden sus redactores cómo funciona la televisión y cómo funciona el ser humano. Podríamos hablar de lo absurdo que es que un formato aguante más de una década ocupando cuatro horas al día, seis días a la semana, en una de las cadenas de mayor éxito del país, cuando supuestamente nadie lo ve, pero ese es un tema para otro artículo. A estas alturas, la audiencia de este circo es indiscutible, por mucho que frustre a mucha gente incapaz de llegar a los salones de medio estado.

¿Por qué gusta tanto Sálvame? Es bastante dificil de explicar, pero por la brevedad de este artículo podemos resumirlo burdamente en que responde a unos impulsos completamente primarios. Cuando pones Telecinco a las cuatro de la tarde, o a las diez de la noche si es un sábado, te encuentras con una puesta en escena, un guion, un director y unos personajes pensados para que no te levantes en cuatro horas. A veces es como ver un accidente de tráfico a cámara lenta, sabiendo que va a pasar y que no puedes evitarlo, y siendo incapaz de apartar la mirada.

Es curioso analizar en qué momento esto empezó a ser así, porque hasta hace relativamente poco la prensa del corazón se limitaba a realizar reportajes amables sobre las clases altas, para que los pobres plebeyos tuvieran la oportunidad de acercarse por unos segundos a través de sus páginas a aquellas deidades a las que idolatraban. Por supuesto, la sátira es tan antigua como el ser humano, y numerosos reyes, duquesas y grandes terratenientes la han sufrido, pero esta necesidad de desacralizar a quien a nivel económico y social está por encima de nosotras es más bien moderna.

En un contexto en el que las crisis cíclicas del capitalismo son cada vez más acusadas y dejan cada vez una sociedad más desigual, necesitamos burlarnos de las celebridades, cuestionar sus decisiones y humillarlas para contener nuestras ganas de hacer algo más radical relacionado con un invento francés que se ponía en las plazas en el siglo XVIII. Con programas como Tómbola, Aquí hay tomate o el propio Sálvame, se consolida esta nueva dinámica, muy alejada de los reportajes pagados con fotos bonitas y declaraciones pomposas de Hola!.

En un principio, los papeles estaban claros, los famosos vivían y los periodistas (o más bien tertulianas, ya que el título de periodismo pasó a ser bastante relativo) comentaban con mayor o menor crueldad dichas vidas. Pero en los tiempos líquidos de Bauman y especialmente en la televisión fundada por Berlusconi, estas consideraciones han dejado de tener el más mínimo sentido. La diferencia entre profesional de la noticia y protagonista de la noticia es casi inexistente cuando tus trabajadoras se han convertido en figuras de interés y sus vidas son a menudo más interesantes para el público que la de cualquier famoso.

Todo el mundo sabe qué pasa en el plató, en ese escenario donde todo se magnifica y todo el mundo parece interpretar una versión hiperbólica de sí mismo, cuando no está interpretando directamente a otra persona. Casi nadie sabe qué pasa un par de horas antes, en la reunión de contenidos. En palabras del vicepresidente estadounidense Aaron Burr en Hamilton, no one really knows how the game is played, the art of the trade, how the sausage gets made.

¿Hasta qué punto está pactado cada insulto y cada ataque personal? ¿A cuánto se cobra el exabrupto? A pesar de que el programa presume de una total honestidad con la audiencia, es prácticamente imposible saberlo. Quienes dirigen esta neorrealidad disfrutan enseñándonos todo aquello que en otros programas quedaría fuera de plano para no arruinar lo que hasta ahora entendíamos como la magia de la tele, ya sean las conversaciones privadas durante la publicidad, las órdenes del regidor, los pasillos del estudio, o incluso el control de realización. De este modo consiguen que la audiencia sienta que ese plató es una extensión más de su propio salón y que podrían estar perfectamente entre sus personajes favoritos merendando y opinando.

En un contexto en el que las crisis cíclicas del capitalismo son cada vez más acusadas y dejan cada vez una sociedad más desigual, necesitamos burlarnos de las celebridades, cuestionar sus decisiones y humillarlas para contener nuestras ganas de hacer algo más radical

El único espacio que se nos veta es the room where it happens, las reuniones en las que se decide quién acusará, quién defenderá, quién llorará y quién se irá del programa bajo amenaza de no volver. No tienen ningún problema en hacer referencia a la existencia de un guion, se escucha a menudo la frase “eso no fue lo que dijiste en la reunión de contenidos”, pero a no ser que alguien traicione al programa (probablemente incumpliendo alguna cláusula de su contrato), no tenemos forma de saber si está todo guionizado o no.

Si lo está, podríamos llegar a la conclusión de que algunas personas se dedican profesionalmente a dejar que sus compañeros arruinen su reputación, pongan en duda su profesionalidad y cuestionen todas sus decisiones a cambio de dinero. Si no lo está, en Sálvame se manipula y se tortura a sus trabajadoras para conseguir audiencia.

Hay numerosos ejemplos de momentos en los que el programa ha defendido y apoyado prácticas que en otros contextos estarían consideradas como mobbing o acoso laboral. Uno de los más conocidos fue cuando la periodista Karmele Marchante decidió abandonar el programa en 2016. Se trata de una de las pocas personas que han pasado por Sálvame y se atreven a criticar abiertamente su experiencia como colaboradora. En su día afirmaba lo siguiente: «Las cosas que tenía que soportar eran un auténtico maltrato. Ese programa maltrata a la gente. No tendría que existir, no quiero hablar de él porque me da asco.»

Los motivos por los que decidió dejar su trabajo, sin despedirse de nadie y antes de que terminara su contrato, son múltiples y comprensibles, pero tan solo tres meses antes, Karmele había sufrido uno de sus momentos más humillantes. En septiembre de 2016, se decidió realizar una encuesta a su audiencia en la que se le preguntaba básicamente a quién despedirían si estuviera en su mano. El director del programa en ese momento, Raúl Prieto, argumentó que la gente tenía derecho a opinar sobre los colaboradores, tal y como ellos hacían a diario en el programa, y añadió que el resultado no sería vinculante ni implicaría despidos, sino que tan solo se trataba de un sondeo de opinión.

Como a estas alturas es fácil de imaginar, la colaboradora que menos simpatía despertó en la audiencia fue Karmele. Realmente esta encuesta roza lo absurdo con los conocimientos de los que disponemos hoy en día, ya que la segunda persona más odiada en ese momento era Belén Esteban, pero aun así esta vejación fue la gota que colmó el vaso de la tertuliana. Cuando se le preguntó por qué aguantó tanto tiempo esa clase de desprecios, la periodista afirmó que estuvo mucho tiempo obligada a trabajar en un ambiente en el que no se sentía a gusto, pero necesitaba el dinero porque estaba en la ruina.

Fuente: elespanol.com

Cuatro años después, este tipo de estrategias por parte de dirección para generar tensión entre los tertulianos e interés en el público se han repetido en numerosas ocasiones, con diversos grados de crueldad. Uno de sus momentos más dramáticos fue cuando tras una supuesta filtración de la cúpula del programa, se estuvo especulando una semana en directo sobre un posible despido, quedando en duda los puestos de Lydia Lozano y Terelu Campos. Esta trama ideada (o aprovechada) por la dirección nos dejó escenas tan distópicas como la de las dos trabajadoras de pie en medio del plató, siendo juzgadas y analizadas por todo el mundo, como si no estuvieran presentes y no pudieran oír todas y cada una de las opiniones sobre su personalidad o la calidad de su trabajo.

Hemos podido ver recientemente una jugada muy parecida, solo que esta vez la pregunta que se le hacía al público todopoderoso era si este opinaba que Kiko Jiménez, conocido por ser pareja de Gloria Camila y posteriormente Sofía Suescun, debía o no reemplazar a Rafa Mora, colaborador en el programa desde 2016. En este caso no llegó la sangre al río porque la audiencia decidió permitir que Rafa Mora conservase su puesto. Eso sí, después de pasarse todo el día llorando en directo y recibiendo llamadas de familiares reivindicando su valor como tertuliano y pidiendo clemencia ante un ente superior que bien podía ser el público o los propios directivos.

No todo el mundo estuvo de acuerdo con este juego macabro, alguno de los pesos pesados del programa, como Belén Esteban o Mila Ximénez, comentaron con una timidez y una humildad que no las suele caracterizar que “yo lo siento por mis directores pero me parece un poco feo lo que se le está haciendo a Rafa…”. A pesar de ello, también reconocían que “yo sé cómo funciona esto y entiendo por qué lo hacen”, dando a entender que jugarte tu puesto laboral en una encuesta abierta en internet está más que justificado si resulta entretenido.

Como avanzaba en el título, los ricos también lloran. Dado que es muy difícil establecer con un mínimo de seguridad si estas lágrimas son honestas o no, veo absurdo centrarnos en la situación laboral de gente que cobra miles de euros a la semana por representar lo que bien podría ser una obra de teatro. Es en cambio bastante más interesante preguntarnos por un segundo cómo afecta esto a su público.

Desde Sálvame siempre se ha intentado buscar una empatía con la clase obrera, por la simple razón de que esta compone la base de su audiencia. A pesar de que ahora mismo sus tertulianos no podrían estar más alejados de una mujer de sesenta años que ha trabajado de ama de casa toda su vida y sobrevive gracias a la miserable pensión de su marido, el espíritu se mantiene. Belén Esteban no ha dejado de ser la princesa del pueblo a pesar de que en su mejor momento llegó a cobrar 360.000 euros al año solo por su contrato con Sálvame, sin contar el resto de sus acuerdos publicitarios y exclusivas pagadas. También son habituales en plató comentarios ligeramente populistas y dramatizados pensados para mostrarse cercanos y comprometidos, como por ejemplo: “¿Quinientos euros te parece poco?, muchas familias viven solo con quinientos euros al mes”.

Es posible que haya un punto de honestidad en estas actitudes, debemos tener en cuenta que la mayor parte de los colaboradores actuales de Sálvame eran personas anónimas que no venían de un entorno especialmente privilegiado. El propio Jorge Javier forma parte de este sector del programa que tan solo ha conseguido escalar socialmente gracias a lo que podríamos considerar con muchas dudas un hipotético efecto democratizador de la televisión.

¿Qué siente un público tan cercano al programa al ver cómo torturan a sus trabajadores? Es posible que sientan exactamente lo mismo que sienten las propias colaboradoras al burlarse de famosos, una morbosa satisfacción al ver a alguien de un status superior en una situación patética y bochornosa. Además, esa obsesión enfermiza típica del capitalismo con “el cliente tiene la razón” pone a la audiencia en una situación de aparente poder. Si los emperadores romanos decidían el futuro de los gladiadores con un giro de muñeca, en este caso el empleo, la estabilidad económica y la carrera de un tertuliano de Sálvame parece depender de dónde haga click una persona aleatoria en su casa. Y sin duda alguna, la gente de a pie, con salarios miserables, jefes explotadores y vidas mediocres, va a disfrutar y ejecutar ese poder que el dios Vasile le ha concedido momentáneamente.

Aunque suene terrorífico, podemos encontrar comprensible este resentimiento que lleva a alguien a querer torturar (dentro de un supuesto juego sin consecuencias graves) a otra persona a la que envidia. Lo preocupante aquí es el discurso que se está retransmitiendo en prime time sobre derechos laborales.

Cuando en Sálvame se insinúa que alguien no está dando todo el juego que podría (entiéndase por esto abrirse en canal, confesar sus peores secretos, involucrar a sus seres queridos y hundir su reputación por el bien de una narrativa), el programa no tiene ningún problema en afirmar que esta merece ser despedida, porque es mucho más importante el entretenimiento constante de la audiencia que su dignidad y estabilidad. Las encuestas que realizan para conocer a los favoritos entre el público no son tan distintas de las que se nos hacen sobre la eficiencia de las trabajadoras que nos han atendido en cualquier servicio para tener una excusa para bajarles el sueldo si nuestra satisfacción no llega al diez.

La tensión con la que (ojo, aparentemente) viven las colaboradoras las lleva muchas veces a soportar vejaciones y agresiones en directo por miedo a perder su trabajo si se levantan y exigen que se les trate con respeto. Este servilismo es el mismo miedo que las grandes empresas intentan generar en sus empleadas, para que vivan en un esfuerzo constante por llegar a unos niveles sobrehumanos y acepten cualquier injusticia por saberse desamparadas ante las órdenes de los directivos.

Fuente: tvienes.com

Cuando aceptamos y disfrutamos los juegos del hambre particulares de programas como Sálvame estamos comprando consciente o inconscientemente la teoría de que todos estos abusos están justificados. Lo único que importa es el aumento de beneficios por parte de unos dueños multimillonarios y la felicidad efímera de unos consumidores igual de explotados que necesitan creerse tiranos durante unos segundos para sentirse mejor con su propia miseria.

Tardaremos mucho en ver un sindicato de trabajadoras de la prensa rosa, ya que el mundo de la televisión, especialmente Telecinco, es la jungla. El espectáculo debe continuar, a costa de quien sea, y tanto las colaboradoras como la audiencia aceptan este juego y ofrecen sacrificios a los dioses. Somos la televisión que vemos y la televisión que vemos es lo que somos, y si pido empatía hacia sus protagonistas es porque si normalizamos las torturas a las que las someten también estaremos interiorizando el derecho de nuestros jefes a destrozarnos la vida por un bien mayor.

Si la gente empatiza con Lydia Lozano cuando llora cuatro veces a la semana porque han cuestionado su profesionalidad y le han insinuado que su vida entera está en juego si no se esfuerza más es porque en este contexto económico todas somos Lydia Lozano. La única diferencia es que no todas cobramos lo suficiente mientras lloramos como para podernos permitir coger la puerta un día e irnos.

Por Sara Riveiro, periodista.