La ilimitación moderna es un monstruo único y proteiforme.

Con esta alusión a los enclaves más críticos de la mesura entre la modernidad y la posmodernidad, Serge Latouche (Vannes, 1940) expresa el contenido esencial de su ensayo “Límite” (2014). 

El autor, con una extraordinaria mano izquierda pedagógica e ideas cargadas de contenido reflexivo ahonda en lo relativo de la crisis ecosocial y los límites del mundo que habitamos. En un alarde de cosmovisión de su propuesta, nos invita a identificar los siete límites que constituyen, a efectos prácticos, temas de abordaje teórico: los límites geográficos o territoriales; los límites políticos (o más bien geopolíticos); los límites del mundo de la cultura; los límites ecológicos de sostenibilidad; los límites económicos del sistema de acumulación; los límites del conocimiento y la epistemología y por último los límites morales de la sociedad.

Para Latouche, el límite siempre define un territorio en un determinado espacio. La inconmensurabilidad de la globalización implicaría, en este sentido, que una ciudad-región como Osaka tendría más peso económico que países como España. Sin embargo, no cede ante los augurios y consensos de la academia para contraponer la vieja idea del Estado-Nación herencia de Westfalia a el espacio natural de desarrollo de la vida, precisando que antes de ampliar fronteras, quizá sería más interesante “reterritorializar la vida”.

No obstante, en la onda expansiva que supone territorializar la vida en sistemas donde la vida está al servicio de la ilimitación, Latouche interpreta dos fenómenos: la dislocación de lo nacional-estatal y la transnacionalización económica. Fenómenos ambos que promueven o posibilitan la irrupción de un poder sin límites, sin contrapoderes trasnacionales que puedan alterar el curso despótico de organismos como el G7, el BM o el FMI. Latouche propone la república universal y el pluriveralismo como elementos clave para construir una nueva relación política.

La cultura siempre está mediada por un conflicto. Es más, toda cultura es etnocéntrica por naturaleza. Con mucha polémica, Latouche configura un diagnóstico crítico casi teológico donde la “invasión” y la “otredad” son ejes para entender esta culturización occidental ilimitada. Así pues: “el desmantelamiento […] de las preferencias nacionales es la destrucción de las identidades culturales”, maximizando la “occidentalización” del mundo a través de un elenco de características y rangos.

Si bien lo cultural, lo político y lo territorial gozan de centralidad, para Latouche lo ecológico tiene un valor sustancial. Los recursos comunes (commons) antes eran puestos al servicio del Príncipe o del Estado, y aunque hoy la propiedad no sea exactamente igual, el ritmo de explotación de los recursos ha aumentado. El excrecimiento entendido como crecimiento que supera la huella ecológica sustentable, implica hiperdesarrollo y sobreconsumo para Europa, pero subdesarrollo para las periferias. Por decirlo de otro modo: un ciudadano estadounidense consume al año 9.6 hectáreas en relación a la absorción de deshechos y vertidos de la producción y el consumo, mientras que un haitiano quema 0’5 hectáreas. En la depredación del modo de producción y vida occidental –señala Latouche- serían necesarios entre 3 y 6 planetas como el nuestro para hacer viable el estilo de vida, algo a todas luces insostenible.

Por todo ello, ante la amenaza de colapso, el autor plantea “cuestionar la lógica de crecimiento exponencial ilimitado”. Y precisamente para ello el autor subraya la importancia de poner coto al crecimiento económico desaforado, en esa “transgresión oficializada de todas las normas sociales, morales y medioambientales […] que el capitalismo ha construido”, que genera ciclo de consumos masivos e ilimitados que requieren de una corrección inmediata ante la devastación del medioambiente y la degradación de las condiciones de vida.

Por último, Latouche aborda los límites epistemológicos y de la moralidad, ambos entrelazados. La tecnificación de los cotidiano (Organismos Genéticamente Modificados), la clonación, las nanotecnologías y demás técnicas industriales al servicio del capital productivista, requiere la atención del autor, que planteándolo en el plano de la sostenibilidad y la necesidad para la vida digna, vincularía la obsesión humana por la ciencia con otra hipótesis: el transhumanismo, donde el decrecimiento, la humanización de las relaciones científicas y la política contra el colapso tendrían un encaje forzado, como cualquier límite, pero al mismo tiempo eficaz.

Para Latouche, en una recurrente preocupación a través de sus líneas, la solución pasa por pensar mundos en común, autolimitación(es) paradigmáticas que exploren fórmulas de cooperación poscapitalistas, donde reencontrar el sentido de los límites pase por cuestionar la anomia realmente existente y combinarla, virtuosamente, con la conjura de la ilimitación. Siguiendo a André Gorz: “el sentido fundamental de la política ecosocial […] es reestablecer la correlación entre menos trabajo y menos consumo, por una parte, y más autonomía y más seguridad existencial por otra”.

Por Víctor D. Valdés Camacho