Todos los 14 de abril mi padre entraba en casa con una botella de cava cantando aquello de “Si los frailes y curas supieran la paliza que van a llevar… “Pero ¿por qué tanto entusiasmo, me preguntaba yo entonces?

Probablemente porque en 1931 muchos españoles, como mi padre, que en ese momento tenía 17 años, sintieron que en España se había abierto una puerta por la que nuestro país podía ¡por fin! entrar en la modernidad y abandonar todos los siniestros elementos medievales que nos caracterizaban.

España, antes de aquel 14 de abril de 1931 era un país eminentemente rural dominado por caciques, terratenientes y religiosos. En el campo, además, la maquinaria agrícola escaseaba y la tierra se cultivaba igual desde hacía muchos siglos, con arado y bueyes. No había industria, salvo en algunos pocos lugares, como el Pais Vasco y Cataluña: el 25%, aproximadamente, de nuestras exportaciones eran las naranjas. La tasa de analfabetismo era superior al 29% (casi el 40% en el caso de las mujeres) y la educación estaba en manos de la Iglesia, no exigiendo a sus profesores ni siquiera tener el título de maestros para impartir docencia. El divorcio no se había regulado, el aborto era un delito y la universidad, un lugar al que solo tenían acceso los hijos, que no las hijas de los privilegiados.

Buñuel rodó en 1933 “las Hurdes, tierra sin pan”, un documental que ilustra lo que todavía sucedía en algunos rincones de España en los años 30: la miseria más absoluta y la ignorancia como forma de vida campaban en zonas de nuestro país, sin que nadie se hubiera preocupado de cambiar esta situación. Y desde luego no lo hicieron nuestros monarcas.

El 14 de abril de 1931 la alegría desbordó las calles de las ciudades. Alfonso XIII, que había apoyado la dictadura de Primo de Rivera, acosado por los escándalos económicos y ante los resultados de las elecciones municipales que dieron la victoria a los partidos republicanos, tuvo que abandonar el país. El pueblo español había echado al monarca y se había convertido en pueblo soberano, tomando el control de su historia. Alcalá Zamora, el primer presidente de esa II República, era un político moderado. No había habido una revolución bolchevique, como parece insinuar tan a menudo la derecha actual, aunque sí que había empezado un gran cambio en nuestro país.

Después de aquel 14 de abril vino la Constitución de 1931 por el que España deja de tener religión oficial, estableciéndose la libertad de conciencia y de culto y suprimiendo el apoyo económico estatal a la Iglesia católica y a las órdenes religiosas, que pasaron a tener la condición de asociaciones.

Se reconocieron las regiones autónomas y se abrió la puerta a un modelo mucho más descentralizado del Estado.

Esta Constitución protegía explícitamente los derechos de los trabajadores, y establecía un seguro de enfermedad, de paro, y para la vejez. La educación, sin separación de niños y niñas en las aulas, pasó a ser laica, obligatoria, gratuita en su etapa primaria e inspirada “en ideales de solidaridad humana”.

La educación fue una de las grandes prioridades de la República: solo entre 1931 y 1933 se construyeron más de 13.000 escuelas, se incrementó notablemente el número de maestros y se dignificó la situación de éstos, mejorando su remuneración.

El pueblo español había echado al monarca y se había convertido en pueblo soberano, tomando el control de su historia. Alcalá Zamora, el primer presidente de esa II República, era un político moderado. No había habido una revolución bolchevique, como parece insinuar tan a menudo la derecha actual, aunque sí que había empezado un gran cambio en nuestro país.

Para acceder a los lugares más remotos y para que la cultura llegara a las zonas más despobladas del país se pusieron en marcha “las misiones pedagógicas”. Éstas misiones organizaban actividades culturales, como recitales de poesía o representaciones teatrales, y en ellas colaboraban de manera altruista personajes como García Lorca, Miguel Hernández o Rafael Alberti, además de estudiantes, maestros y personas de cualquier índole comprometidas con llevar la cultura a toda la ciudadanía.

Y claro, otro elemento de orgullo es el reconocimiento del derecho al voto de las mujeres, que se proclamó en nuestro país antes que en Francia o Italia. Y tuvimos en 1936 a la primera mujer ministra de Europa, a Federica Montseny.

Y después de aquello, tras apenas 63 meses en los que la derecha también gobernó, con sus fracasos (como la nunca llevada a cabo reforma agraria), pero con triunfos inolvidables, vino el desastre. La desgracia. La marcha atrás. Los que sobrevivieron al genocidio franquista, los que no tuvieron que exilarse, los que no sufrieron cárcel, perdieron sus derechos más básicos y las mujeres volvieron a llevar mantilla y fueron sometidas a la custodia del marido.

Y la España que surgió era, como siempre se ha dicho, en blanco y negro (y así la recuerdo yo) De “las Hurdes “de Buñuel pasamos al “Cochecito” de Berlanga, con apenas cinco años de paréntesis que muchos, como mi padre, recordarían como aquello que “pudo haber sido” y que atisbaron en su juventud.

Para muchos de los que nacimos al final del franquismo la República es la bandera que no nos hicieron odiar, el himno que llenaba de alegría mi casa el 14 de abril y la patria que nunca tuvimos, porque preferimos ser apátridas que españoles de Franco.

Casi 80 años después, un Borbón ocupa de nuevo la jefatura del Estado de nuestro país, por deseo explícito del dictador. Para los monárquicos (que no deben ser tantos porque el CIS ya no nos pregunta al respecto y por algo será), el rey es un símbolo. El símbolo, dicen, de la unidad de España.  Si tenemos en cuenta que en Donosti, cuando gobernaba BILDU, se izó varias veces la tricolor en el Ayuntamiento y que en las paredes de muchos locales de los CDR catalanes puede verse también esta bandera, podemos pensar que sí, que el monarca es el símbolo de la unidad de España. Pero de la unidad por la imposición y por la fuerza y el discurso que Felipe VI pronunció sobre Cataluña, aquel 3 de octubre, así lo corrobora. La República, en cambio, es la única forma de organización política que podría tener capacidad para unir, por voluntad propia y  mediante la construcción política compartida,  a todos los pueblos y naciones que componen la actual España.

De “las Hurdes “de Buñuel pasamos al “Cochecito” de Berlanga, con apenas cinco años de paréntesis que muchos, como mi padre, recordarían como aquello que “pudo haber sido”.

Sí. Es indudable que la monarquía es un símbolo. Es el símbolo del sistema de privilegios de clases (o castas, diría yo) que pervive en España. Un ejemplo de lo absurda que es esta institución frente a las necesidades ciudadanas son los 67 millones de euros que, presuntamente, Juan Carlos I, transfirió a su “amiga” Corinna y que representan más del doble de la cantidad que Sánchez anunció que el Gobierno dedicaría a la investigación de una vacuna contra el coranovirus. Un despropósito, se mire como se mire.

Los rumores sobre cobro de comisiones por barriles de petróleo, sobre la fortuna familiar, sobre los viajes de lujo a matar elefantes (que muestran además un desprecio por el sufrimiento ajeno, sea este animal o humano), sobre amenazas a ex-amantes o sobre cuentas en paraísos fiscales hubieran hecho caer a cualquier presidente de una república occidental y hubieran cercenado la carrera política de cualquiera de sus descendientes. Y si el hijo de un presidente de la República hubiera reconocido conocer desde hacía tiempo que su padre poseía dinero opaco de procedencia no esclarecida, hubiera tenido que rendir cuentas, al menos en el Parlamento. Y dimitir.

Probablemente, si no conseguimos que el pueblo pueda elegir periódica y libremente a su jefe de Estado, dentro de unos años los medios más afines a la monarquía, que son casi todos, nos hablen de lo feminista e innovador que va a ser tener a una mujer dirigiendo la más alta institución de la nación. Convendrá, en ese momento, recordar a su transtatarabuela Isabel II y releer” la corte de los milagros” de Valle Inclán. Feminismo es, ante todo, igualdad. Y nada hay más desigual que puestos políticos  (sin utilidad conocida, por otra parte) reservados, en exclusiva, a una familia.

Por Beltza R. Antigüedad, republicana.