Ha llegado el momento. La ocasión que se presenta es demasiado importante como para desaprovecharla. Debemos intentar descubrir lo que está en juego en esta crisis extraordinaria que se abre ante nosotros. A pesar del tiempo libre que el confinamiento nos ha ofrecido, sigue siendo difícil evaluar las consecuencias de las múltiples crisis que hacen que la tormenta del 2008 parezca una vulgar borrasca. Lo que se sabe es, simplemente, que un gran cambio cultural ha empezado y una nueva etapa de descomposición de la hegemonía neoliberal se ha iniciado. Esta conmutación se mantiene indecisa porque puede desembocar en dos modelos sociales antagónicos: el neoliberalismo autoritario, despojado de la necesidad de un consentimiento ampliado, o un compromiso keynesiano ecológico.*

Ya se presentía: el año 2020 empezaba como mal sueño. Entre los riesgos de guerra con Irán, susceptibles de encender la mecha del barril de pólvora de Oriente Medio, y los incendios en Australia, era difícil no pensar que todo se iba al carajo. A decir verdad, ya hace un año y medio que flota en el aire la sensación de que la tierra desaparece bajo nuestros pies. A pesar de la rápida amnesia colectiva, es imposible olvidar que en Francia los chalecos amarillos conmovieron toda la estructura social e hicieron temblar el poder establecido. Han pulsado algún interruptor que hasta hoy parece aún estar encendido. Aunque estos eventos no tienen un vínculo evidente ni objetivo, han revelado que algo se tramaba. Han ido construyendo la sensación dispersa de que un mecanismo se ha roto dentro del neoliberalismo y de que otras sacudidas aún estaban por venir.

Una década perdida se acaba. La hegemonía neoliberal ha reconstruido, un año tras otro, su coherencia interna después del choque provocado por la crisis de los años 2007-2009. Este mantenimiento del statu quo se ha hecho a costa de agresivas políticas de austeridad en Europa. Tanto en el derecho laboral como en los servicios públicos garantizados por nuestros Estados de bienestar, todos los asaltos han sido permitidos: pensiones, sanidad, hospitales, etc. Por esta razón, son sociedades debilitadas las que afrontan la pandemia actual, con excepción de los países del Norte de Europa que no han sufrido los mismos recortes presupuestarios y que, desde el principio, se han beneficiado de su posición privilegiada en la construcción europea. Pero esta vuelta al business as usual, pagada por el crecimiento de las desigualdades, enmascaraba fragilidades subyacentes. Nuestro sistema económico ha implosionado después de la propagación de un mero virus, que no es más que un choque externo, pero lo peor está ante nosotros. Las rápidas caídas de los niveles de las bolsas y la explosión del paro en los países que tienen un derecho laboral «flexible» (Estados Unidos, España, etc.) son simplemente un aperitivo frente a lo que nos espera.

El fin de un modelo

¿Cuáles eran las debilidades que hoy llevan a la sociedad al borde del precipicio económico y social? Es posible listar algunas sin pretender ser exhaustivo. En primer lugar, el evidente distanciamiento de las cadenas de valor mundiales. El sector del automovilístico y el sector aéreo son las primeras víctimas, por no hablar del sector sanitario. Cuando hay que abastecerse de piezas dispersas por todo el mundo, en el marco de una producción ajustada, aumenta la sensibilidad ante el primer choque logístico. En segundo lugar, el importe de las deudas heredadas de la última crisis, públicas y privadas, junto con un contexto de baja inflación relacionado con las políticas de austeridad, particularmente salarial, ha forzado a políticas monetarias peligrosas por parte de los principales bancos centrales del mundo. Desde hace 10 años, la FED, el BCE y el Bank of England impulsan políticas monetarias expansionistas que a duras penas han impedido la deflación en nuestras economías, pero han permitido una explosión del precio de los activos financieros. Estos programas de recompras de activos y de baja de los tipos de interés han acarreado burbujas inmobiliarias que podrían aumentar las desigualdades. Pero también han tenido como consecuencia el crecimiento de las fragilidades financieras y el riesgo sistémico. En un contexto de tipos de interés bajos, los actores de los mercados financieros, y en particular los poco regulados (shadow banking), toman más riesgos para mantener su rentabilidad. Estas instituciones se endeudan masivamente para llevar a cabo operaciones e incurren en pérdidas multiplicadas en el caso de una inversión del ciclo. Este tipo de inversión, amplificada por el colapso de los precios del petróleo, es una de las materias más financiarizadas, omnipresente en los balances de las bancas.

En tercer lugar, las debilidades de la Unión Europea, que nunca había llevado tan mal su nombre a pesar de los falsos pretextos en los medios de comunicación y el marketing de los planes mediocres aprobados en el Eurogrupo y el Consejo Europeo para, in fine, salvar las apariencias. Hace ya demasiado tiempo que estas reuniones no tienen más objetivos que publicar comunicados de prensa a partir de formulaciones sin compromisos firmes. Los Estados de la UE, en su divergencia creciente han llegado a ser expertos del engaño. El problema es que, por supuesto, cada vez más personas lo notan. 500, 1000, 1500 mil millones de euros, cifras extraordinarias son agitadas en la prensa para intentar demostrar que la Unión hace algo y que “mirad, estamos unidos”, mientras el abismo se ensancha entre el Norte y el Sur. Aquí está la receta de estas cifras que no obligan a nada:

  1. Créditos garantizados, que permiten anunciar un importe que representa a menudo diez veces su exposición real. Para 350 mil millones de créditos garantizados, la exposición real puede no superar los 35 mil millones, según el porcentaje de quiebras de las empresas cuyo crédito es garantizado por el Estado;
  2. El reciclaje de los gastos ya previstos en los programas ya existentes y financiados;
  3. Fondos que simulan un endeudamiento común para hacer alarde de una solidaridad colectiva mientras su utilización (condicionada) y su asignación no aportan nada más de lo que permitiría una financiación nacional, en un contexto en que el BCE recompra las deudas públicas en el mercado secundario.

Triturad estos tres ingredientes a vuestra conveniencia y obtendréis aproximadamente todos los planes anunciados en estos últimos años, del plan Juncker al último acuerdo europeo, sin que nunca se enfrente el problema principal: la necesidad de estímulo directo de la economía, un gran plan de inversión, y no de créditos garantizados y otros instrumentos desviados.

De esta forma, la Unión Europea se ha convertido en un abismo de la pospolítica en el cual algunos Estados se comportan como contadores recelosos cuidando de su dinero, con Alemania y los Países Bajos encabezando la lista, mientras otros se hunden en la desclasificación. Pensamos, por supuesto, en la Europa del Sur. En el medio, Francia, cobarde, firma cartas a favor de los coronabonos y de la mutualización de las deudas en el Consejo Europeo, en profunda contradicción con las posiciones germánicas, mientras permanece bloqueada en una afición por lo «franco-alemán» que la lleva a renunciar a sus proposiciones ante el más mínimo rechazo. La Unión Europea no necesita un simulacro de consenso para salvar las apariencias, sino un conflicto abierto sobre los pasos a seguir en el futuro. ¿Por qué Francia no ha asumido la creación de un instrumento de deuda común con los otros trece Estados de la zona euro que también estaban a favor? Esto sería perfectamente legal y puede hacerse en el marco de los tratados. Habría aislado a Alemania y podría haberla forzado a cambiar de posición. La realidad es que Francia ha capitulado y abandonado la Europa del Sur en campo abierto durante las negociaciones de marzo y abril. Resulta irrisorio ver a Emmanuel Macron desahogarse en el Financial Times, pidiendo con fuerza una reforma de la Unión, mientras él ha dejado pasar el momento oportuno. Ahora nadie puede tomar en serio la palabra de una Francia que teme a su propia sombra y a su vecino desde hace ya demasiado tiempo.

Obviamente esta situación no es nueva. Todas estas fragilidades han aumentado desde hace veinte años y parecen hoy no tener otra salida que una desclasificación generalizada de los países europeos. Hay que decir que Europa ha sido el epicentro del “fin de la historia”, de la comodidad mullida de la modernidad, de la ceguera sobre la evolución del mundo. El Brexit no habrá bastado para sacudirla. Hay una fuerte probabilidad de que los Estados den marcha atrás en medio del pánico y miren para otro lado cuando un Estado de la UE se desmorone. El BCE no puede hacerlo todo.

Lo peor está por venir

Las letanías remilgadas sobre el “mundo de después” tienen la virtud paradójica de destacar nuestra baja capacidad de aprendizaje. El confinamiento no ha sido un paréntesis de un par de meses. La crisis actual está solamente en sus comienzos. Su duración se prolongará en Europa debido a que el nivel de coordinación europea en la respuesta a los eventos ha sido más bajo que nunca, tanto en el plano sanitario como económico. Es en este último aspecto que el drama apenas comienza.

Las redes de seguridad establecidas por el gobierno no bastarán para impedir las quiebras en cadena y las destrucciones masivas de empleo. Las garantías de créditos y el desempleo parcial son útiles para tratar la crisis de liquidez del sector privado, pero no bastan para tratar la crisis de solvencia que viene. Algunos sectores van a verse afectados de forma duradera: turismo, restauración, eventos, etc. La recesión será profunda y las quiebras son inevitables. ¿Es necesario recordar que la hipótesis de una caída del PIB de un 8% para Francia, formulada por el FMI, es optimista, dado que no tiene en cuenta los bucles de retroalimentación? Ya podemos estar seguros de que el déficit público va a superar el 9% del PIB en 2020, y los ingresos fiscales serán gravemente comprometidos de forma duradera. Es probable que también se supere la hipótesis del 115% de la ratio de endeudamiento público/PIB. Puesto que se sabe que el Estado no podrá retirar su apoyo a la economía hasta dentro de mucho tiempo, que los estabilizadores automáticos continuarán a ser requeridos y que un plan de estímulo está por venir, no es estrafalario imaginar que superaremos el 130% de la ratio deuda pública/PIB. Esta trayectoria revela lo absurdo de los diez años de austeridad infligidos a la población para realizar ahorros insignificantes. Los años que han sido necesarios para que los países europeos recuperasen su nivel de riqueza de antes de la crisis ya se han deshecho en humo.

El endeudamiento privado no es inmune a todo esto. ¿Cómo las empresas van a poder reembolsar los préstamos concedidos por el Estado? En muchos sectores, será imposible. Otras quebrarán pura y simplemente sin hacer ruido. Una pequeña empresa tiene un promedio de tres meses de tesorería, por no hablar de los independientes y los microemprendedores, que en Francia son poco elegibles a los dispositivos de ayuda establecidos por el Estado. Como subcontratistas, son a menudo las primeras víctimas de la desorganización actual. Rubros enteros de nuestras economías no podrán hacer frente a sus vencimientos y obligaciones. Un drama social se avecina y el número de parados se va a disparar.

Esta situación podría seguir degradándose según la amplitud de la recesión que golpeará a los Estados Unidos y a nuestros vecinos europeos. Hay razones para creer que la crisis financiera no ha quedado atrás, sino que está ante nosotros, está por venir. Si los hogares y las empresas no pueden hacer frente a sus deudas, muchos activos financieros no valdrán nada. En Estados Unidos, millones de neoparados se verán de aquí en adelante amenazados de desahucios, por no poder hacer frente a los vencimientos de sus créditos. El espectro del 2008 y de las subprimas emergen de nuevo a la superficie y amenazan con arrastrarlo todo consigo. Pero la conmutación podría venir de Europa.

La fragilidad de Italia es conocida desde hace varios años. Desde su entrada en la zona euro, la economía italiana ha conocido tres recesiones de las cuales ha salido cada vez más debilitada. Todos los indicadores están en rojo: productividad a media asta, degradación de las infraestructuras, desempleo elevado, demografía parada, endeudamiento público elevado, poca inversión en capital humano, etc. Antes de la crisis, Italia estaba endeudada en un 134% del PIB y esta ratio podría dispararse hasta un 180% del PIB. La pandemia ha chocado el corazón de la economía italiana: Lombardía, Emilia Romaña y el Véneto. Los ingresos fiscales van a seguir sumiéndose y conducirán a que las dudas sobre la solvencia del país se exacerben. Más aún cuando Italia tiene otra fragilidad: los balances de sus bancas están lastrados por créditos podridos heredados de dos décadas perdidas, situación que va a seguir degradándose. Es todo el sistema bancario de la península que corre el riesgo de necesitar una recapitalización por parte del Estado, él mismo sobreendeudado. Por otra parte, la población probablemente se negará a que el Estado pague otra vez en lugar de las bancas del país. En otros términos, la situación italiana es insostenible. Si no es el riesgo económico, será el riesgo político. En veinte años, Italia ha pasado de ser un país muy eurófilo al récord en materia de euroescepticismo. El Instituto italiano Tecnè (instituto de búsqueda y desarrollo de políticas) ha publicado recientemente una encuesta realizada el 9 y el 10 de abril de 2020 que indicaba que el 49% (+20) votaría a favor de la salida de la Unión Europea en el caso de un referéndum, y el 50% votaría en contra (-20). El 14% de los encuestados está indeciso. La opinión pública italiana ha cambiado y rechazará humillaciones adicionales. El mismo instituto revelaba hace poco que el 88% de los italianos estima que la Unión Europea no ha hecho nada para afrontar la pandemia en el país. Las fuerzas políticas, en consecuencia, van a verse animadas a reforzar sus discursos y sus actos.

Los cimientos del orden sociopolítico neoliberal

Antes de avanzar en los posibles escenarios que se abren para el futuro de los Estados de la UE, es necesario volver a los cimientos de la hegemonía neoliberal que se basa en varios pilares:

La exclusión de la deliberación política de un conjunto cada vez más amplio de políticas públicas, en particular en el campo económico. Esto se refleja, por ejemplo, en el desarrollo del constitucionalismo económico, heredado de Friedrich Hayek y sus discípulos de la escuela de Friburgo. Se trata, en particular, de todo el marco jurídico y económico de la Unión Europea.

La sedimentación de un bloque histórico capaz de anclar una parte de la sociedad a su proyecto. En este caso, se trata de un bloque formado por las diversas franjas de las élites económicas, políticas y culturales, aliadas de las grandes masas de votantes pensionistas y de las categorías socio profesionales más integradas en la economía globalizada: los ejecutivos y las profesiones liberales, en particular. Es toda esta red de relaciones entre grupos diversos la que forma el bloque histórico neoliberal.

La materialización de este bloque en una serie de instituciones clave que guían a la sociedad: medios de comunicación, partidos, administraciones del Estado, universidades, think tanks (laboratorios de ideas), direcciones de empresas, etc.

La existencia de un sentido común neoliberal, es decir, de la constitución de declaraciones neoliberales de evidencias cotidianas: «El Estado está demasiado presente”, “Si se busca trabajo, se lo encuentra”, etc. Estas evidencias pertenecen particularmente al grupo dominante pero difractan de manera diferente en las representaciones de diversos grupos sociales. Al ser siempre mayoritarios, el mismo sentido común domina.

Algunos de estos pilares se ven amenazados, en particular la coherencia de este bloque histórico y el estado del sentido común. La exclusión de la deliberación política acerca de las políticas públicas podría también disminuir en el caso de una ruptura con el marco europeo, pero existen fuertes tendencias a la tecnocratización de las políticas públicas que van más allá de la simple construcción europea. El tercer pilar, constituido por el entramado de instituciones políticas, administrativas y sociales es seguramente el más intocable del Estado, debido a la presencia en las instituciones del poder de una élite que adhiere al sentido común neoliberal, y a la perpetuidad de estas mismas como instituciones orgánicas del proyecto neoliberal. Por tanto, constituye un obstáculo importante a cualquier proyecto de cambio, que tratará de neutralizar inmediatamente. Tan solo es posible comenzar a desmantelarlo una vez en el poder, aunque esta guerra de posiciones se orquesta por encima de este poder. La razón es bastante simple: estas instituciones son demasiado poderosas, las personas que las componen son demasiado numerosas como para plantear una especie de batalla campal contra las mismas. Solamente tiene sentido la guerra asimétrica, pero, por su naturaleza, esta no se puede librar a una escala lo suficientemente grande como para sumir a estas instituciones y que la sociedad civil salga victoriosa. De este modo, para extraer las universidades y la investigación de las lógicas del mercado, se puede más fácilmente modificar su funcionamiento desde el poder que desde una posición aislada en un laboratorio o en un consejo de administración. Lo mismo ocurre con las reglas que rigen el funcionamiento de los medios y las barreras de entrada que complican la tarea de los medios de comunicación no dominantes, dotados inicialmente de un escaso capital.

La guerra de posiciones progresa

Nuestros líderes políticos están acostumbrados a tomar prestado el léxico del radicalismo y de la reinvención cuando se produce una crisis a gran escala. En Francia, cabe recordar los discursos de Nicolas Sarkozy contra el capitalismo inmoral en 2008 para poner en perspectiva las grandes declaraciones que hace Emmanuel Macron a día de hoy. Son cosas del momento. Así es como Patrick Artus predijo el fin del capitalismo neoliberal en una nota para la banca Natixis, o como Alain Minc pidió, en el periódico francés Les Échos, que se cancelasen de facto las deudas mantenidas por el BCE, transformándolas en deudas perpetuas. Entre las élites, las mentes más exigentes son muy conscientes del laberinto en el que estamos atrapados y de que hay pocas soluciones para salir de él. Lo que antes era inaudito, ahora parece obvio. El sentido común se mueve y se transforma, la ventana de Overton se ensancha. Así, hemos visto cómo la opinión se reforma a favor del proteccionismo, contra la globalización, por la intervención estatal en la economía, etc. Es probable que los actores exploten este momento de vacilación y de fluidez de opinión, ya sea porque quieren radicalizar este cambio cultural o porque piden sangre y lágrimas en nombre del desafío al que se deben enfrentar.

Este cambio en el sentido común tiende a desarticular el bloque elitista del poder que garantiza la continuidad de la hegemonía neoliberal. Puesto que no hay nada que esperar de los planes de acción europeos, las élites gobernantes solo tendrán tres alternativas: aceptar la austeridad después de las elecciones presidenciales de 2022, forzar un ajuste del marco económico y financiero en marcha o romper con él. Las dos primeras tendencias parecen ser actualmente las más fuertes entre las clases dominantes. ¿Qué ocurre con cada una de estas hipótesis?

El regreso de la austeridad enfrenta un problema de viabilidad política y económica. La sangre y las lágrimas no bastarán para volver al camino presupuestario europeo. Después de tal explosión en la deuda pública y privada, serían necesarias políticas de austeridad de largo alcance, comparables a lo que Grecia ha experimentado, para lograr sus objetivos. Peor aún, existe una buena posibilidad de que tal ajuste destruya cualquier posibilidad de recuperación y arrastre nuestra economía hacia abajo. Políticamente, la sociedad francesa parece cada día más polarizada, la aceptabilidad de una purga presupuestaria es más que cuestionable después de lo sucedido con los chalecos amarillos. Sin embargo, puede ser que este camino sea tomado, por o contra su voluntad, por una parte de las élites enfrentadas a la falta de soluciones. El ministro francés de Economía y Finanzas, Bruno Le Maire, y el gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, ya han enviado señales en esta dirección al recordarles a los franceses la necesidad de pagar la deuda después del estímulo. El primero dijo en particular que deberíamos «hacer esfuerzos» y el segundo que estaríamos condenados a «pagar» la deuda adicional. Si este escenario llegase a realizarse, las élites que llevan a cabo este proyecto se verían obligadas a liderar una agenda firmemente autoritaria para realizarlo correctamente. La regresión de las libertades públicas ciertamente está en marcha, pero la transformación iliberal del neoliberalismo sería necesariamente más exitosa.

El segundo escenario, el de un ajuste forzado del marco económico y presupuestario, podría tener la preferencia de otra fracción de las élites. Después de los episodios de polarización en los últimos años, algunos de nuestros líderes consideran que es deseable volver a un capitalismo más moderado y menos confrontativo, que compromete una parte de sus lógicas y las enmienda. En otras palabras, a veces hay que saber aguantar las pérdidas para mantener lo esencial. Sin embargo, el segundo escenario chocará con las condiciones de ajustes del marco económico y presupuestario europeo. Para evitar las políticas de austeridad en el futuro y moderar la deuda pública y privada, habrá que pasar necesariamente por el mantenimiento o por la extensión de políticas complacientes del BCE y cancelar parcialmente las deudas públicas. En los intersticios de los tratados, esto podría llevar al BCE a utilizar el mecanismo del helicóptero monetario para aliviar a los hogares, las empresas y el Estado, lo cual generaría un poco de inflación para reducir el peso de la deuda. Esto no sucederá sin un conflicto abierto dentro de la Unión Europea, que necesariamente será arriesgado e incierto en cuanto a sus resultados. Este último aspecto dependerá en particular del nivel del conflicto que los actores estén dispuestos a desplegar y de su propensión a recurrir a decisiones unilaterales. Si descartamos el escenario de una ruptura clara y franca, los resultados serán necesariamente limitados.

Una variante de este escenario podría tener lugar si los Estados del norte se muestran relativamente cooperativos para mantener el sistema en funcionamiento durante unos años más. En este escenario, el BCE no solo absorbería lo que hay que absorber, sino que la Comisión y los países del Norte silenciarían el Pacto de Estabilidad, ya que entenderían su naturaleza tóxica y destructiva en términos políticos.

El último escenario, el de la ruptura, es actualmente minoritario dentro de las élites. Pero frente a la ausencia de alternativas, algunas fracciones de estas élites podrían entrar en esta hipótesis en los años por venir. ¿Qué implicaría una ruptura? Podría tomar muchas formas. A nivel europeo, podría implicar la creación de un instrumento de deuda común entre todos los Estados que lo deseen, pidiéndole al mismo tiempo al BCE que compre este instrumento en los mercados secundarios. Del mismo modo, podría resultar en la práctica forzada del helicóptero monetario mediante la requisición del Banco de Francia en caso de un bloqueo a nivel europeo, lo que conllevaría a una amenaza de la integridad de la unión económica y monetaria. Pero es probablemente gracias a una mezcla sutil de golpes de fuerza unilaterales y movimientos coordinados que se podrían devolver diferentes niveles de libertad a la política económica de los Estados de la UE. Este escenario debe ser considerado en conjunto con los países del sur de Europa, que tan solo esperan a Francia para avanzar en sus posiciones. La probabilidad de tal hipótesis depende en gran medida de las fuerzas políticas que lleguen al poder en diferentes países europeos en los próximos tres años.

La oportunidad del cambio

Los pilares del orden sociopolítico neoliberal solo se desintegrarán progresivamente si aparece una coalición social que remplace a la anterior y que lleve consigo una visión del mundo y un nuevo proyecto hegemónico. La susodicha coalición no podrá formarse sin actores que la unifiquen, que le den forma, que la encarnen electoralmente y que aseguren su despliegue en la sociedad civil y en las instituciones.

Llegamos al corazón estratégico de la guerra de posiciones. La formación de una coalición, la articulación de una visión del mundo y la forma en que encaja en la sociedad proceden del mismo movimiento. Por visión del mundo, Antonio Gramsci se refería a una concepción que abarca todas las esferas de la vida social, desde sus aspectos más infrapolíticos hasta sus manifestaciones partidistas más inmediatas. Está anclada en la vida cotidiana y traduce la exigencia de reformas intelectuales y morales, punto culminante de cualquier plan de verdadera ruptura. En este caso, la visión del mundo que nos interesa es la que nos permitirá abrazar la heterogeneidad de las representaciones de las diferentes capas de las clases populares y medias opuestas al bloque de la élite establecida. Tendrá que poner en el centro de su proyecto la necesidad de recuperar el control en todos los aspectos de nuestras vidas donde se ve amenazado: en el campo democrático por la oligarquía establecida; en la vida ordinaria por la extensión indefinida de las relaciones de mercado y sus implicaciones antropológicas; y a nivel internacional, donde se teme la pérdida de soberanía de los Estados. Lo siguiente será el sentimiento de protección, que es un requisito creciente en un mundo donde las certezas de la vida cotidiana se han eliminado gradualmente en las últimas tres décadas, ya que están siendo golpeadas por una debacle ambiental que ya ha comenzado. Esta exigencia se separa en ámbitos sociales, económicos, ecológicos e internacionales. Si estas dos ideas principales no son suficientes para dibujar la totalidad de los contornos de esta concepción de la vida ordinaria que nos falta, al menos permiten dibujar un nuevo eje como punto de partida.

La visión negativa del sistema en funcionamiento y sus representantes puede mantener reunidos a electorados profundamente divergentes en el sentido común. Si este registro se moviliza naturalmente en contextos electorales como las elecciones presidenciales, no es suficiente para que se construya un bloque histórico duradero que dé dirección a la sociedad. Esta es la razón por la cual es imposible ignorar la construcción de una visión del mundo poderosa, capaz de modelar el sentido común al mismo tiempo que se basa en la experiencia de la vida ordinaria.

Pasemos a la coalición sociológica en cuestión. Desde la izquierda, a menudo se evoca la alianza de los “burgueses-bohemios” – pijos-progres – con los proletarios. Esta se presenta como la piedra angular de la victoria de un proyecto contrahegemónico, pero no se dice nada sobre la naturaleza de tal alianza. Peor aún, son normalmente los intelectuales orgánicos de las clases medias con educación universitaria los que imploran implícitamente a las clases trabajadoras que les brinden su apoyo. Recordemos, en el caso de Francia, el asombro y el angustioso estado de las diversas fracciones de la izquierda sociológica durante el movimiento de los chalecos amarillos… Entre el asombro y el rechazo, la línea fue muy delgada a principios del movimiento. Podemos detectar cierta frustración ante la idea de ser despojados de su juguete, de “su» revolución y de “su» protesta. La realidad es que las clases medias y las populares pocas veces se habían visto tan divididas, especialmente debido a aquellas alianzas sociales que beneficiaron demasiado a menudo a las primeras. Por ende, lo que está en juego es simple: esta alianza será posible solo si son las clases trabajadoras las que tienen el papel principal dentro de este nuevo bloque histórico. El hecho de que tengan el papel principal no implica necesariamente que las élites intelectuales en este bloque sean todas de las clases bajas, pero requiere como mínimo que el nuevo grupo gobernante tenga la capacidad de sentir y aceptar las demandas políticas de las clases populares.

No obstante, será indispensable acercar algunas de las élites tradicionales a este proyecto. Todos los que se han enfrentado de frente al sistema siempre se han dado contra un muro de piedra. Es aún más relevante hoy tratar de atraer una parte de la élite establecida, ya que el estado de tensión en la sociedad termina siendo difícil de soportar para una fracción creciente de nuestros líderes. Algunos de ellos se verán tentados a asumir sus pérdidas y aceptar un compromiso, en lugar de perseverar en una lógica de polarización que llevará a Francia a una exacerbación de las tensiones sociales. Lo que es seguro es que es más fácil derrotar a un adversario dividido que si se provoca en él un reflejo cohesivo.

Es en la vertiente de los actores capaces de encarnar este nuevo bloque histórico donde existen los mayores motivos para dudar de la capacidad del personal político para aprovechar la oportunidad de desalojar la hegemonía neoliberal. Incluso si cuesta identificar a los actores que podrían dar forma a este proyecto, se basaría en un nuevo compromiso ecológico y popular keynesiano, capaz de anclar una parte de las élites a su agenda e impulsar otras nuevas al mando.

Este compromiso se concretaría en varios pilares:

Una transición ecológica masiva de nuestra economía, en línea con un «Green New Deal«. Es probable que esta transformación de arriba a abajo cree muchos trabajos calificados y no calificados. El control público de sectores clave de la economía es imperativo: energía, telecomunicaciones, transporte, etc.;

Barreras proteccionistas (arancelarias o reguladoras) que proporcionen un contexto favorable para las nuevas industrias verdes emergentes e inmaduras;

Una dinámica de crecimiento del poder adquisitivo que compense con excedente el costo social de ciertas políticas de transición ecológica. Esto requiere una nueva regulación del mercado laboral y un mayor poder de negociación sindical, pero también potencialmente el uso transitorio de ciertas herramientas como el dinero helicóptero;

Un régimen de inflación más alto, que probablemente reduzca el peso de las deudas del pasado y reequilibre las relaciones entre acreedores y deudores en beneficio de los deudores;

Finalmente, la salida gradual de la globalización financiera que pasaría por el retorno de ciertas formas de control del capital y por un cuestionamiento del marco económico y monetario europeo.

A estos cambios en la estructura económica, habrá que agregar la extensión más política de los derechos que cambian la vida cotidiana de las personas: empleo garantizado, progreso profesional, reconocimiento del trabajo, acceso a la vivienda y a la salud, etc – todas las áreas que han sido marcadas por regresiones significativas en los últimos treinta años.

Es cierto que estos cinco pilares están en desacuerdo con el orden sociopolítico neoliberal y que no serán fáciles de construir. Sin embargo, la crisis que tenemos ante nosotros es tan grave que no ofrecerá otra alternativa que un neoliberalismo autoritario e iliberal. Este último ya está germinando en la extensión de los métodos de vigilancia y seguimiento, pero también se ha manifestado en el endurecimiento creciente de la represión policial y judicial con respecto al desafío de las políticas gubernamentales. El neoliberalismo se encuentra en capacidad de terminar su muda cesarista y transformar a la policía en una guardia pretoriana. ¿Quién sabe qué podrán hacer sus representantes cuando la amenaza de un cambio real se agudice? Nos han acostumbrado a liberarnos de un número creciente de límites con respecto a las libertades públicas y los fundamentos del estado de derecho. Si se toma el camino de la austeridad después de la recuperación actual, no cabe duda de que el gobierno se preparará para un nuevo recrudecimiento autoritario que permita imponer su agenda.

Si no deseamos vivir en sociedades cada vez más polarizadas e iliberales, será necesario aprovechar la oportunidad del cambio que se presenta mediante un trabajo serio y concienzudo que precipite la llegada de un compromiso ecológico y popular keynesiano. Aunque el orden neoliberal flaquea, no caerá por sí solo. Para imponer este cambio a los líderes recalcitrantes, será necesario desplegar una sutil mezcla entre guerra de posición y guerra de movimiento. Tendremos que lanzarnos al asalto de los cielos desde los intersticios de la secuencia histórica que se está abriendo.

Publicado originalmente en Le Vent Se LèveTraducción del francés: Romain Lacroze, Adrià Sisernes Domene, NI

Lenny Benbara

Fundador de Le Vent Se Lève y responsable del laboratorio de ideas Institut Rousseau