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«La línea invisible» es una serie que narra los inicios de la organización armada ETA. Aunque trepidante, tiene algunas descontextualizaciones que vale la pena señalar. Por Toni Rico Garcia*

En primer lugar, decir que la serie me ha gustado. Tiene ritmo y está bien ambientada. En la línea de El día de mañana, también de Movistar. De hecho, los directores son los mismos: Mariano Barroso y Alejandro Hernández. Por tanto, me parece que es una buena serie para estos días de confinamiento. El papel de los actores, especialmente el de Alex Monner (Txabi Etxebarrieta) y Enric Auguer (José Antonio Etxebarrieta) junto al de Antonio de la Torre (Melitón Manzanas), es excelente.

Seguramente el principal defecto es el del acento vasco que a veces desaparece. Pero, como digo, me parecen unas interpretaciones muy buenas. Ahora bien, como todo, siempre hay uno, dos o tres «peros». Por la parte que me toca, como historiador, he echado cosas en falta. Carencias, debilidades y elementos que, de una manera u otra, a pesar de que los directores intentan crear un producto que se aleje de la interpretación presentista del fenómeno ETA, al final terminan cayendo, por activa o por pasiva, en aquellos lugares comunes de dónde quieren huir. Vamos por partes.

El contexto internacional

La serie no lo tiene en cuenta. Al menos, con la profundidad que debería tener. Más allá de un poster del Che Guevara y de algunas imágenes del Mayo del 68 francés, el contexto político internacional en que aparece ETA no está reflejado en la serie. Y es fundamental. Sin la repercusión y el impacto de la revolución cubana, los debates políticos del mayo parisiense (más allá de las piedras que volaban), la guerra del Vietnam, la revolución China o la Independencia de Argelia, es imposible entender la aparición de ETA. Pero, sobre todo, la decisión de iniciar la vía armada. Porque ETA no fue un fenómeno aislado, fruto de unos fanáticos culturalistas vascos y un grupo de curas como, en algún momento, se puede intuir en la serie. ETA aparece en un momento histórico en el que tomar las armas para defender postulados políticos desde la izquierda era una práctica habitual en todos los continentes y que contaba con el apoyo de un número importante de jóvenes militantes políticos. Ya fuera por romanticismo revolucionario, por idealismo o porque realmente se veía como una práctica viable, el caso es que la lucha armada apareció más allá de Euskal Herria en Irlanda, en la República Federal Alemana, en Italia, entre muchos otros países.

Foto: Fotograma de la serie

ETA, más allá de las armas

Como muchos otros movimientos políticos del momento, ETA iba más allá del frente armado. De hecho, este era uno más y no precisamente ni el central ni el que más militantes tenía. El frente militar, como se ve reflejado en la serie se dedicó durante mucho tiempo a acciones de tipo propagandístico que no buscaban víctimas mortales ni heridos sino únicamente situar «la causa» en las primeras portadas de los periódicos e ir acumulando simpatizantes. En la serie aparece una división entre la ETA obrerista y la ETA culturalista. La división, que parte de unos debates y posicionamientos reales pero simplificados, olvida que, precisamente, la decisión de la V Asamblea y la figura de Txabi Etxebarrieta representaron la línea que unificaría los dos posicionamientos políticos. Para ser obrerista no hacía falta ser españolista y para ser independentista no hacía falta ser Sabino Arana. Desde mi punto de vista, aquí la serie se equivoca y nos lleva a debates presentistas en que parece que hubo una ETA buena y una ETA mala. La primera, obrera e internacionalista, amiga de los otros pueblos de España y luchadora por la democracia. La segunda, fanática y nacionalista, enemiga radical de los obreros españoles. El debate, como digo, es totalmente falso y además descontextualizado. Y si alguna cosa representó Extebarrieta es la síntesis en el País Vasco de las dos luchas tal y como estaba ocurriendo en otros lugares del mundo.

La presión del Régimen

En paralelo a las pocas acciones armadas de ETA de los primeros tiempos, el régimen persiguió, torturó y asesinó tanto militantes como ciudadanos vascos identificados como si fueran miembros de la organización, aunque no lo eran. Este último elemento, el de la represión, aunque aparece y está magistralmente interpretado por Antonio de la Torre haciendo de Melitón Manzanas, no queda reflejado en toda su plenitud y complejidad. Da la sensación de que son pocos los torturados, pocos los represaliados. Y, sobre todo, olvida en muchos momentos la transversalidad de la represión que el régimen aplicó contra vascos y vascas de diferentes ámbitos sociales. La represión fue un factor fundamental para entender la evolución de los militantes de ETA hacia posicionamientos favorables a la lucha armada contra personas físicas. Cuando ETA decidió matar, antes fueron muchos los vascos que habían muerto a manos de la dictadura y, sin que una cosa justifique la otra, tiene que tenerse en cuenta para entender la decisión final.

El papel de la Iglesia

Efectivamente, una parte de la Iglesia vasca vio con buenos ojos la aparición de ETA. Pero ETA no apareció en un seminario como algunas fuentes han intentado hacernos creer. Ni tampoco tuvo en la Iglesia su núcleo duro de militancia. Como en la resta del Estado, y especialmente en Catalunya, en Euskal Herria hubo una parte de la Iglesia que se acercó progresivamente al movimiento obrero, a los movimientos nacionalistas como el catalán o el vasco, que apostó por colaborar con la oposición al régimen y terminó fomentando la aparición de grupos de cristianos obreros de base. Esto es una cosa y otra la omnipresencia a lo largo de la serie de determinados curas que en un momento dado son los encargados de otorgar el visto bueno a ETA de matar. Como digo, el papel de la Iglesia vasca está sobrevalorado y es otro de los puntos presentistas de la serie que acaba consolidando una de tantas ideas falsas sobre la aparición de ETA.

Foto: Fotograma de la serie

Militancia y formación política

En la serie da la sensación de que los militantes de ETA son «cuatro y el cabo». Tanto en la reunión de creación de la organización dónde se decide el nombre (por cierto, «el Inglés» de la serie, representado como un fanático culturalista, es el histórico Julen Madariaga hijo de exiliados políticos vascos y con los años impulsor de organizaciones contrarias a la lucha armada como Aralar o pacifistas como Elkarri) como en las asambleas, son poca gente. La serie olvida que los presentes en la V Asamblea, por ejemplo, eran delegados. Igualmente, si atendemos al círculo inmediato a Txabi Etxebarrieta, la sensación es que son pocos los que deciden radicalizar la vía armada. Esto no fue así. Es difícil saber cuánta militancia tenía ETA entonces, pero era mucha más de la que se ve y refleja en la serie. Algunas fuentes hablan de unas 600 personas entre 1966 y 1970 de las cuales unas 102 habrían hecho de liberados de la organización. Igualmente, hay que tener en cuenta la existencia de otras organizaciones que también realizaban acciones armadas propagandísticas en aquellos momentos en Euskal Herria. Desde EGI a la ORT, la AST o diferentes ramificaciones de ETA como ETA-Berri o ETA-Bai. Es decir, un ecosistema político mucho más complejo de cómo se representa en la serie. Además, tanto la formación académica e intelectual de los hermanos Etxebarrieta como la del resto de la militancia no se ve reflejada. Sí, Txabi es representado como un poeta, intelectual y profesor universitario, pero al final se impone más la idea de un joven idealista que no la de un militante que reflexiona y termina actuando fruto de esta reflexión, no por romanticismo sino por convicciones políticas firmes.

En definitiva, como toda serie o película se tiene que mirar con unos cuantos libros al lado. Y siempre con la lupa de la sospecha bien colocada para no ver tan solo lo que nos quieren enseñar sino también el pequeño detalle.

 

*Artículo publicado originalmente en Catarsi. Toni Rico es historiador especializado en nacionalismo y profesor. Autor de «No tots els mals vénen d’Almansa» (El Jonc, 2013). Traducción Redacción.