Por Vincent Ortiz*

Los programas escolares se focalizan en las obras de la Tercera República: libertades públicas, escuela gratuita y obligatoria, laicidad, etc. Callan el hecho de que antes que estas medidas ya se habían puesto en práctica mucho antes. En el espacio de dos meses, de marzo a mayo de 1871, la Comuna de París (es decir, el municipio administrativo) ya había realizado lo que la Tercera República tardará treinta años a hacer. Pero los Communards (los partidarios de la Comuna) no se contentaron con instituir las libertades públicas y la escuela gratuita, laica y obligatoria. Deseaban también poner en práctica unas estructuras democráticas directas y poner en marcha una revolución social. Una perspectiva insoportable para la clase dominante, que reprimió con la sangre esta revolución parisina.

En 1870, el Segundo Imperio vacila. Después de más de veinte años como jefe de Estado, Napoleón III llega a una Francia en plena ebullición. La situación social es terrible y la cólera popular ruge. Nunca en la historia de Francia la condición obrera había sido tan cruel. La ley, mal aplicada, limita el trabajo diario a once horas. En ciertas regiones, se trabaja 14 o incluso hasta 16 horas al día. Una gran pobreza acumulada y unas condiciones sanitarias desastrosas provocaron una tasa de mortalidad vertiginosa; dentro de los barrios obreros más pobres la mortalidad infantil oscilaba entre el 30 y el 40%. En lugar de cuestionar las estructuras sociales, los miembros de la alta burguesía responsabilizaron de la miseria obrera a los mismos obreros; la imagen del trabajador borracho y perezoso es omnipresente en el discurso de la clase dominante. En uno de sus textos, el diputado Jules Favre escribe: “La clase obrera se ha habituado a ser alimentada por otra, a no hacer nada”.

A esta crisis social se superpone una crisis política y militar. Napoleón III había declarado la guerra a la Prusia de Bismarck. Los ejércitos franceses son rápidamente derrotados y las tropas prusianas contraatacan: caminan en dirección a París. El Imperio de Napoleón III es derrocado por una insurrección, y un “Gobierno de Defensa Nacional”, coalición de republicanos moderados y monárquicos, se constituye. Su finalidad es defender la Francia asediada por las tropas prusianas, una voluntad que se encuentra refrenada por el miedo que sienten los representantes del gobierno hacia el pueblo armado. Muchos temen que los obreros la tomen con los grandes terratenientes después de haber hecho huir a las tropas prusianas.

Durante algunas semanas, un aparente consenso nacional emergió, desde la extrema izquierda hasta los monárquicos: hacía falta defender Francia contra los ejércitos prusianos. Víctor Hugo, Jules Vallès, Louise Michel o, incluso una vez, Auguste Blanqui se habían opuesto a la agresión de Prusia por parte de los ejércitos napoleónicos.

No obstante, cuando los ejércitos prusianos invadieron Francia, todos se unieron en la defensa nacional: aunque no aprobaran el gobierno conservador, consideraban que la independencia de Francia era la primera condición para construir una sociedad democrática e igualitaria.

El Gobierno de Defensa Nacional no lo vio de esta manera. En la cúspide del Estado y de las esferas más altas del Estado mayor hay quien prefiere colaborar con Prusia y firmar un armisticio en lugar de arriesgarse a tener que enfrentarse con una insurrección popular. Otros estiman que la situación militar es desesperada y que lo mejor sería buscar las condiciones de una paz honorable. Como consecuencia, el gobierno se mantiene a la espera y disuade las tentativas demasiado intrépidas de desalojo de París.

La mujer de Edgard Quinet, miembro del Gobierno de Defensa Nacional, escribe: “Si París se da cuenta un día de que la hemos engañada, el resultado será terrible”. Inevitablemente, los parisienses acaban sospechando del gobierno a causa de su falta de ardor en la defensa de la causa. Jules Vallès, redactor del diario Le Cri du Peuple, escribe: “Francia, nuestro país, está ahora sobre la cruz; y nunca los calvos habían sido provistos por tantos Judas ni hundidos por tantos verdugos”. Blanqui, uno de los representantes más radicales del movimiento socialista, en 15 de junio, escribe en su periódico Le patrie en danger “el corazón se agita ante la sospecha de una inmensa mentira”. Denuncia “la abominable comedia” que constituye este Gobierno de Defensa Nacional que pretende defender Francia, pero rechaza dar al pueblo los medios para cazar a los prusianos. Consciente de su influencia sobre la opinión, el Gobierno de Defensa Nacional, lo hace detener y encarcelar. Es la primera etapa de una larga escalada.

El 18 de marzo de 1871, el Gobierno de Defensa Nacional ordena el desarme de París. Las tropas se activan por toda la ciudad para sacar todo el material utilizado para defender la capital. Pero sobre la colina de Montmartre, los obreros parisinos rechazan que les quite los cañones. Los soldados enviados para desarmar Montmartre reciben la orden de disparar a los obreros; rechazan, acaban uniéndose a los obreros y librar a sus oficiales a la cólera popular. Así empieza la insurrección de la Comuna.

Los movimientos republicanos y socialistas reclaman desde algunas semanas la constitución de una “Comuna” de París, la función de la cual sería defender París del Gobierno de Defensa Nacional y socorrer a la población, víctima del frío y de la miseria. Sobre un cartel publicado en enero de 1871 y coescrito por Jules Vallès, se puede leer: “¿El gran pueblo del 89 que destruye Bastillas y derroca tronos, esperará en una desesperanza inerte que el frío y el hambre hayan helado su corazón, del cual el enemigo cuenta los latidos, hasta su última gota de sangre?”, concluyendo con estas palabras: “Requisición general. Racionamiento gratuito. Ataque masivo. ¡Abrid paso al pueblo! ¡Abrid paso a la Comuna!”

Después del 18 de marzo se convocan elecciones para dirigir la Comuna. Una mayoría jacobina es elegida, heredera de la tradición republicana de 1793 y tintada de elementos socialistas, colectivistas y anarquistas. Aterrorizados, los representantes del Gobierno de Defensa Nacional se refugian en Versalles. Así Francia se encuentra dividida entre “Communards” y “Versalleses”, partidarios de la defensa de Francia de un lado: republicanos y socialistas entre muchos, trabajadores pobres la mayoría. Del otro lado, promotores, sino de una colaboración con Prusia, al menos de una actitud menos agresiva respecto a esta: “republicanos” moderados, monárquicos, “orleanistas” (liberales). Los representantes de los grandes poderes económicos, aterrorizados por la insurrección parisiense, hacen bloque tras estos últimos.

Comunista, la Comuna no lo era. Su objetivo era defender “la patria en peligro” contra Prusia, según la expresión consagrada. Sin embargo, la Comuna llevaba en ella misma una innegable dimensión popular y revolucionaria. El “patriotismo” del cual se reclamaban los Communards no era el mismo patriotismo de la Tercera República, ni el chovinismo de un Maurras o de un Barrès. Era el patriotismo igualitario y revolucionario de la Primera República, aquella de 1793 y de los sans-culottes. La patria no era para los Communards una entidad telúrica o geográfica. Era la comunidad misma, o más exactamente la “comunidad de afectos”, por retomar la expresión de Saint-Just. Defenderla, darle cuerpo y darle vida implicaba para los Communards hacerla una propiedad de todos, y no sólo de los poderosos. Así se explica la radicalidad de las medidas tomadas por la Comuna de París: la instauración de instituciones redistributivas del poder y de la riqueza iban a la par, para sus representantes, con la defensa de Francia.

La Comuna impuso medidas de urgencia encargadas de aligerar la población parisiense: moratoria del pago de deudas durante tres años, prohibición del desalojo de los y las inquilinas de sus casas, racionamiento gratuito… Embriones de medidas sociales que fueron votadas luego: prohibición de trabajar por la noche en los hornos de pan, expropiación de las empresas abandonadas por los grandes propietarios y administradas ahora por los trabajadores, y el trabajo se limita a 10 horas diarias. La Comuna pone sobre todo en práctica los gérmenes de una democracia directa. De los jacobinos a los anarquistas, existía un objetivo común entre los Communards: la instauración de las condiciones de una soberanía popular real. Es la razón por la cual la Comuna experimentó un nuevo contrato entre representantes y representados bajo la forma de un mandato imperativo: los representantes electos ya no eran considerados como autónomos de cara a sus electores durante su mandato, sino constantemente revocables. Los Communards pensaban que, sin el control de los elegidos por el pueblo, sin la implicación permanente y cotidiana del pueblo en los quehaceres políticos, sin la politización intensa y constante de la vida de cada ciudadano, la democracia sería tan sólo un caparazón vacío. Como durante la Revolución Francesa, una multitud de clubes políticos, de sociedades populares y de periódicos pululaban por todo París. Favorecían la implicación permanente del pueblo en la vida de la ciudad. Karl Marx, observador atento de este episodio, se congratulaba; así a sus ojos, el sufragio universal bajo el régimen representativo permite al pueblo “decidir de una vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dirigente ha de ‘representar’ y pisotear al pueblo en el parlamento”. Con la Comuna, añadía, el sufragio universal da al pueblo los medios “de reemplazar a los siempre arrogantes amos del pueblo por unos servidores siempre revocables”.

Con el mismo espíritu de concretar la soberanía popular, la Comuna fomenta la toma del poder militar por parte de la población. El ejército profesional fue abolido, y los representantes de la Comuna animaron a cada ciudadano a tomar las armas. El comité central de la Comuna llamaba a la creación de una “milicia nacional que defienda los ciudadanos contra el poder, en lugar de un ejército que defienda al gobierno contra los ciudadanos”.

La Comuna pone sobre todo en práctica los gérmenes de una democracia directa. De los jacobinos a los anarquistas, existía un objetivo común entre los Communards: la instauración de las condiciones de una soberanía popular real.

Un planteamiento tan radical de la jerarquía que existía entre propietarios y trabajadores, entre representantes y representados, no podía no afectar a todas las esferas de la sociedad. Esta efervescencia política condujo igualmente al cuestionamiento del papel que la sociedad tradicionalmente reservaba a las mujeres: ciudadanas pasivas, naturalmente inferiores a los hombres. La Comuna fue una experiencia política que permitió a muchas mujeres implicarse dentro de la vida de la ciudad en el mismo grado que los hombres. Fueron ellas las que, dirigían clubes populares y periódicos feministas como la Sociale de Andrée Léo, fueron ellas las que impulsaron a la Comuna sus medidas sociales más avanzadas. Es durante la Comuna cuando aparecieron algunas de las grandes figuras del feminismo, como por ejemplo Louise Michel.

En el ámbito escolar, la Comuna conseguiría en dos meses lo que la Tercera República tardará tres décadas a poner en marcha. La escuela gratuita, laica y obligatoria para todos es votada y se construyen edificios. Obviamente, las clases dominantes no podían aceptar tal revolución. Rouland, gobernador del Banco de Francia, escribe “El Banco de Francia ha sido aplastado”. “Delante nuestro” añade “está la República roja, jacobina y comunista”. Concluía: “esta gente sólo conoce una forma de fracaso: el de la fuerza”.

El 28 de marzo de 1871 se organiza una fiesta gigantesca. Bajo las banderas rojas mezcladas con las tricolores, 200.000 guardias nacionales desfilan. Jules Vallès, la audiencia del cual deviene considerable durante la Comuna de París, se alegra de la conmoción de la jerarquía de los poderes provocada por la Comuna. Por primera vez, escribe, el pueblo armado ya no es esta “carne de cañón enamorada de su cañonero”, que obedece ciegamente para defender intereses diferentes a los suyos. Está armado para conquistar sus propios intereses, su propia soberanía y su dignidad. Jules Vallès da cuenta de este estado de ánimo de ese 28 de marzo en el Cri du Peuple: “Este sol tibio y claro, el estremecimiento de las banderas, el murmullo de esta revolución que pasa, tranquila y bella como un río azul (…) ¡nuestra generación se consuela! Ya hemos sido vengados de 20 años de derrotas y angustias.” Y añade “¡Hijo de los desesperados, serás un hombre libre!”.

Los Communards, como tantos otros, son víctimas de lo que Malraux llama <<la ilusión lírica>>. Si se ha de definir una característica que singularice a los Communards, es esta desconexión total entre la urgencia crítica de este momento y el carácter utópico de sus proyectos. Mientras los Versalleses han demostrado un sentido estratégico agudo y maquiavélico, los Communards parecen olvidar de vez en cuando que vivían en una ciudad asediada, buscando multiplicar los proyectos sociales y destrozando los símbolos. En el mismo momento que los Versalleses reunían a sus tropas alrededor de París con el objetivo de aplastar la Comuna, esta se preocupaba… de reformar la educación para hacer de ella un instrumento que extrajera el individualismo y el egoísmo de la mente de los ciudadanos. En una nota del Comité encargado de la educación, dirigido por Jules Vallès, podemos leer: “La escuela tiene que enseñar a la infancia a respetar y amar a los otros. Inspirarle la ávida preocupación por la justicia. Hacerle entender que se tiene que instruir no solo para su propio futuro, sino también para el interés de la colectividad”. Algunos días después, mientras París seguía rodeada por las tropas prusianas, los Communards arrancan la columna Vendôme erigida a la gloria de Napoleón. Esta columna constituía, según ellos, “un monumento de barbarie, el símbolo de la fuerza brutal y de la falsa gloria, la afirmación del imperialismo, la negación del derecho de la gente”.

Mientras los Communards afirmaban la vocación internacionalista de su ideal -multiplicando igualmente las llamadas a la fraternidad con los soldados alemanes- en Versalles se constituía otra internacional: la de las clases dominantes.

Este idealismo no en vano es el aura que hoy en día tiene la Comuna, que tiene todos los rasgos de una paloma agredida por un halcón; la ceguera al equilibrio de poder que provocó (el rechazo de la “Realpolitik, como diríamos hoy en día) y que fue, no obstante, fatal para ella. Esta obsesión por sus principios en detrimento de toda otra consideración incluso llevó a los Communards, mientras empezaban los primeros combates con los Versalleses, a instaurar estructuras de democracia directa extremadamente avanzadas en el seno de su ejército, provocando una considerable pérdida de sus tropas.

Adolphe Thiers, presidente del gobierno provisional francés, se encargó de la represión de la Comuna. Después de haber firmado el armisticio con el ejército alemán, ordenó la movilización masiva de las tropas desde todas las regiones de Francia para marchar sobre París. Con la complicidad del ejército prusiano, entró en la capital el 21 de mayo y masacró metódicamente a los insurgentes, mal organizados, mal preparados, mal informados por sus periódicos y espantados por la crueldad de los primeros combates. La “Semana Sangrienta”, que tuvo lugar entre el 21 y el 28 de marzo, es reconocida como uno de los episodios más brutales de la historia de Francia. Entre 17.000 y 30.000 Communards fueron masacrados por el ejército versallés. Los supervivientes fueron internados en campos, sometidos a humillantes torturas y generalmente encarcelados o deportados. Esta hecatombe fue apoyada por la inmensa mayoría de la élite intelectual y política de esa época, fuera monárquica o republicana (entendida como republicana “moderada”, en contraposición a los republicanos “jacobinos” de la Comuna). ¿Qué justifica tan grande barbaridad por parte de los sitiadores? La respuesta a esta pregunta se entiende leyendo la correspondencia y el discurso de la gente de Versalles; que acusaban a los Communards de haber cometido, más que un crimen, un sacrilegio, de naturaleza casi religiosa -no es casualidad que el Sacré-Coeur, símbolo religioso, fuera escogido para conmemorar la vuelta al orden-. Desde el punto de vista del Duque de Broglie, la Comuna marca <<la negación del pueblo a reconocer la ascendencia de las clases superiores>>. Gustave Flaubert, por su parte, vio en la Comuna un intento de los hombres <<de intervenir en el derecho natural>>. La respuesta tenía que ser proporcional al crimen. Ninguna piedad había de contener el furor vengativo de los Versalleses contra la Comuna, que había cometido el peor de los crímenes al cuestionar las jerarquías naturales y en última instancia el orden social en sí mismo, tal como siempre había existido y tal como estaba destinado a permanecer para siempre.

*Artículo publicado originalmente en Le Vent Se Lève. Publicado y traducido al catalán por Alex Ribere y Louis Dagues en Agon: Qüestions Polítiques. Traducido al castellano para La Penúltima por Albert Portillo.