Lo confieso. Yo soy uno más de los millones de enganchados. Cómo todo espectador pretencioso, opté por pedirla en el restaurante de Netflix como al que le da por cenar una ensalada: algo ligerito, sano, que no me embote más el cerebro. Lo que no me esperaba, aunque ya debería estar prevenido, es que la iba a devorar como si se tratase de un delicioso Big Mac. He pulsado tan ansioso el botón de siguiente episodio que me he tragado, con gusto, el documental que viene de postre. Y al postre voy. 

 

La casa de papel: el fenómeno es el clásico documental de cómo se hizo. Además de recordarnos el espectacular giro que tomó la producción tras su fichaje por Netflix (de serie segundona española al boom internacional) nos da los que esperamos: ese momento en el cual casi todo se viene abajo o ese tour detrás de las cámaras que acrecienta la sensación de que estamos dentro del atraco. Y es que, si de algo se preocupan todo el rato, es de tenernos dentro. El personaje de Estocolmo (pero también el de Lisboa, el de Manila, el de Antoñanzas o el de tantos otros) son un desdoble de lo que estamos sintiendo nosotros. En este relato está claro que los buenos son los de la máscara de Dalí. Sino…¿por qué narices iban a depositar en policías corruptos y torturadores la responsabilidad del Estado? ¿Por qué mierda es el papanatas de Arturito el que entona el cántico de la resistencia? ¿Por qué el único enemigo secuestrado interno capaz de hacerles frente es, también, un sicario sádico? 

 

En una trama tan fulgurante, llena de personajes, no hay tiempo para demasiadas divagaciones. Los coprotagonistas son contradictorios, porque si no no conectaríamos con ellos. (La simpatía, etimológicamente, significa algo así como compartir los dolores). Pero ya está. Stop pajas mentales. Ninguno va a acaparar tantos minutos como para que entendamos, desde todos los prismas, sus razones profundas. En los casos en los que lo que hay un amago de ello (Berlín, el profesor, Lisboa) el conflicto siempre se resuelve hacia el objetivo común: el éxito del plan. 

Sin embargo, y sabiendo todo esto, hay un momento muy interesante en el documental: ese en el que mencionan que los monos rojos y las máscaras de Dalí no solo estaban siendo reinterpretadas por algunos atracadores como el mejor uniforme para asaltar un banco. Al igual que ocurrió con V de Vendetta, muchos están adoptando la estética de la serie (populista, superficialmente anti-sistema, ambigua pero de izquierdas) para utilizarla en protestas en todo el mundo.

Protesta en Santiago de Chile. Foto: Carlos Figueroa.

Protestas con uniforme: un esbozo semiótico

¿Por qué sucede esto? Puede ser porque, como también indican en el documental, somos una sociedad sedienta de símbolos. Los símbolos, en una interpretación simplona de la tríada semiótica de Charles Pierce, son aquellos elementos capaces de congregar en torno así significados diversos. Ese es uno de los aciertos del guión: es complicado no empatizar con la banda, aunque sea un poco. 

 

Los personajes, siguiendo al filósofo americano, también son icónicos. Es decir: se parecen a nosotros. Un mapa es un icono porque se parece, en principio, al lugar que representa. El arco de atracadores es suficientemente amplio como para que muchos espectadores puedan señalar el que se asemeja más a ellos. Y si él es capaz de hacerlo…¿por qué no nosotros?

Por último, pero no menos importante, está el propio uniforme. Es absolutamente accesible. Un cartón, un pijama, una goma. Su simpleza es un índice, una huella material de que realmente tú podrías ser el atracador. Dentro de la Casa de la Moneda y el Banco de España se encargan de demostrarlo: la velocidad con las que los secuestrados cambian su ropa inicial por la del uniforme es paralela a la que nosotros necesitamos para aceptar, voluntariamente, el confinamiento (no vírico) telemático.

Captura de pantalla propia.

Las mejores protestas, las más exitosas, las que dejan marca, han seguido, de alguna u otra manera, este manual que La casa de papel solo nos ha recordado. Esto es una buena y una mala noticia. Positiva si hablamos del 15-M o el 8-M, graciosa si pensamos en Moderdonia, compleja si mencionamos a los chalecos amarillos y desastrosa si el #TeamFacha, los herederos patrimoniales de los peones negros, es capaz de articularla con inteligencia. Vivimos tiempos interesantes, pero si algo nos demuestra esta serie es que nuestra identidad y nuestras carencias simbólicas están inmunodeprimidas y tienen la guardia baja. Si no somos capaces de entenderlo y ponerlo en práctica pronto alguien lo hará por nosotros. Puede que ya lo esté haciendo.

Por Miguel Gómez Garrido, periodista.