Yo no sé vosotros, pero al próximo que vuelva a escuchar decir: “10 películas superimprescindibles para esta cuarentena”, “ponte a leer pero ya estos tropecientos libros ahora que hay tiempo” “apúntate a mi club de debate online” … le pienso agredir con las 600 novelas, la guitarra eléctrica y el ajedrez sin abrir que tengo en mi casa. Sé que no soy la única que se siente culpable al no estar cultivando suficiente mi intelecto con excelsos placeres para el logos, porque, entre otras cosas, no me está dando la real gana. Con todo, os voy a recomendar, si queréis, que cojáis una mantita tejida de papel higiénico y os pongáis ver  Good bye, Lenin! Si ya la habéis visto, le dais a reiniciar. También está la opción de agredirme físicamente, lo que mejor veáis.

La película Good bye, Lenin! se enmarca durante los años 1989 y 1990, concretamente tras los hechos que se desataron en Alemania tras la caída del muro. No contaré toda la cinta, pero toda ella se sostiene en la construcción de mentiras, como se desarrollan y, sobre todo, el porqué de éstas. Lo bueno que tiene este largometraje es que jamás ha dejado (ni dejará) a nadie indiferente. Y el secreto es que, aunque su trama se base en una serie de supuestos engaños, si la sabes escuchar, entiendes toda verdad de lo que significó la caída del muro, de los gobiernos satélite y de la cultura socialista. Es como los niños, nunca te mienten, sólo que hablan un lenguaje distinto al tuyo.  A continuación, analizaremos las distintas mentiras por las cuales se desarrolla la película, y así entender la necesidad que tienen los personajes (y por extensión, la sociedad de Alemania Oriental en su conjunto) para sostenerse en ellas.

Casi en el desenlace de la película, nos enteramos de que Christiane, la misma acérrima defensora del Estado Socialista que se nos había presentado, mintió a su familia durante años al ocultar que había estado a punto de huir con su marido al Berlín Occidental, pero desechó en el último momento aquella idea por puro miedo. En sus propias palabras, “fue el mayor error de su vida”. Tras pasar una profunda depresión, decide dedicar todos sus esfuerzos a servir los valores socialistas. Lo hará de tal forma que hasta despertará recelos dentro de ciertos dirigentes por su “excesivo idealismo”.

Según Sttella Wittenberg, en su artículo Good Bye, Lenin! ¿Adiós a la identidad?, este comportamiento lo podríamos achacar a la culpabilidad de su generación con respecto a la II Guerra Mundial. En la Alemania Oriental, la población intentó compensar las responsabilidades que tuvo en su momento la ciudadanía alemana al aceptar el nazismo adoptando la nueva cultura y valores que ofrecía la RDA. Esto aún a sabiendas lo que suponía la renuncia a libertades personales y democráticas.  Yo diría que lo más caló (o al menos así lo refleja la película) fueron los valores del socialismo. A éstos se agarraban gran parte de los habitantes, que creían con sinceridad en los propósitos finales del comunismo, al enfrentarse a las contradicciones que suponía vivir en RDA, en concreto, lo que suponía vivir en un Estado autoritario y con fuertes restricciones a la población, como le pasó a la propia Christiane.

En la Alemania Oriental, la población intentó compensar las responsabilidades que tuvo en su momento la ciudadanía alemana al aceptar el nazismo adoptando la nueva cultura y valores que ofrecía la RDA. Esto aún a sabiendas lo que suponía la renuncia a libertades personales y democráticas.

La segunda mentira de la película es el grueso de la trama. Es el entramado organizado por el protagonista para que su madre no se entere de los cambios tan drásticos que estaba viviendo Alemania. El propósito inicial de Alex es únicamente familiar, mantener la salud de su madre, pero conforme va avanzado la historia, nos damos cuenta de que en realidad está montando esta ficción para sí mismo.

La construcción del personaje que interpreta Daniel Brülh es muy compleja: por un lado, Alex es un joven con una historia personal que le hace actuar como un individuo distinto al resto, pero por otro, tiene la suficiente capacidad para asumir la representación de su generación, una muy diferente a la de su madre. Se nos presenta a Alex, al igual que el resto de los alemanes jóvenes orientales, como un admirador de la cultura occidental (como se observa, por ejemplo, en la decoración de su habitación). Se aparta del lenguaje soviético que utilizan su madre y los camaradas de ella, y no duda en criticar la falta de libertades individuales de su país. Lo que lo separa de la generación de su madre son principalmente perspectivas culturales, no realmente sociales o económicas, como él mismo irá descubriendo a lo largo de la película.

La generación de Alex nace y se cría en un Estado Socialista, y vive en unas circunstancias que, como dice Wittenberg, de la noche a la mañana desaparecen, y esos mismos jóvenes, y no tan jóvenes, deben renunciar a los principios que han aprendido consciente e inconscientemente. Así que, en la película, Alex decide dar un paso atrás y dar un tiempo más adecuado a su madre y a él mismo para asimilar que el país donde él se había criado, con sus virtudes y defectos, ya no existiría nunca. Es también una maniobra de defensa contra la imposición de unos valores capitalistas y consumistas con los que él no podía sentirse identificado. De la noche a la mañana, no se reunificó Alemania, cayó la RDA, y sus expresiones culturales (lenguaje, valores, ideología, etc.) ya no cabían en ese país.

Alex decide dar un paso atrás y dar un tiempo más adecuado a su madre y a él mismo para asimilar que el país donde él se había criado, con sus virtudes y defectos, ya no existiría nunca. Es también una maniobra de defensa contra la imposición de unos valores capitalistas y consumistas con los que él no podía sentirse identificado.

La tercera mentira la encontramos en las restricciones de información y tránsito que la propia RDA aplicaba a sus ciudadanos. Los medios de comunicación estaban intervenidos y no estaba permitida la libertad de prensa ni la difusión de contracultura disidente con el régimen. Alemania Oriental desarrolló una fuerte presión sobre la ciudadanía porque ésta miraba con envidia a la zona Occidental, la cual aparentemente tenía un nivel de vida mucho más acomodado que en el Este. La RDA tenía miedo de que la influencia occidental pudiera ocasionar más interés por la sociedad capitalista, pero sus esfuerzos por negar la información e intentar retener a la población resultaban infructuosos, pues generaba aún más descontento social y se admiraba cada vez más los valores occidentales, llegándose a construir, incluso, un discurso con respecto a Occidente y su estilo de vida que, en ocasiones, se alejaba de la realidad. La batalla cultural la había ganado Occidente.

Una metáfora de esto podría ser el momento en que Christiane entra en coma. Podemos reflexionar como la RDA, tratando de reprimir una manifestación que considera un peligro para su gobierno, acaba “perjudicándose” aún más cuando provoca el infarto de una firme defensora de ese mismo régimen.

La última mentira que desarrollaremos será la del nuevo sistema impuesto. Como ya he mencionado anteriormente, lo que se produjo no fue una unión planificada de dos Estados, lo que se produjo fue la asimilación-anexión de la RDA dentro de la RFA. Los ciudadanos, independientemente de que estuvieron conformes o no, tuvieron que renunciar en poquísimo tiempo a los valores con los que se habían criado. Ciertamente, la mayor parte de la población oriental envidiaba las libertades individuales y civiles propias de los Estados Liberales, por lo que socialmente se pretendió asimilar la libertad individual y cultural con la libertad económica.

Se suponía que la caída del muro supondría la libertad y felicidad de todos los individuos, y que, por lo tanto, había que adaptarse de forma entusiasta a todo cuanto representaba el mundo capitalista.  Alex, conforme avanza la trama, acaba llegando a la misma conclusión a la de la canción de Sabina El muro de Berlín (1990): en muy poco tiempo la gente ha renunciado a una forma de ser y de actuar socialmente, y, aparentemente esa cultura, que se había desarrollado y fortalecido durante más de un siglo, supuestamente ha desaparecido sin dejar rastro. La respuesta oficial que se ha dado es que todo se produjo de forma natural y voluntaria, y que la mayor parte de la población deseaba el modo de vida ofrecido por la cultura capitalista, pero la realidad es que este sistema contiene una serie de contradicciones, entre ellas la desigualdad económica y la necesidad continua de competición. Oficialmente, se pretendió construir un discurso de que este modo de vida era querido por toda la población, pero la realidad fue muy distinta. Ahora nadie sabe si reír o si llorar.

La realidad es que este sistema contiene una serie de contradicciones, entre ellas la desigualdad económica y la necesidad continua de competición. Oficialmente, se pretendió construir un discurso de que este modo de vida era querido por toda la población, pero la realidad fue muy distinta.

Por Marina Gómez Garrido

Este ensayo se trata, en su mayor parte, de una práctica propuesta por la profesora Ángela Pérez del Puerto en la asignatura Historia del Mundo Actual, del primer curso del grado de Historia de la Universidad Autónoma de Madrid. Se pedía describir las cuatro mentiras presentes en la película Good bye! Lenin, así como reflexionar acerca de su relación y condición como estrategias de supervivencia.

BIBLIOGRAFÍA:

Wittenberg, S.   “Good Bye Lenin!”, ¿adiós a la identidad?   Revista de Filología Alemana 2010, Anejo II, 299-310