Es evidente que el ascenso de la extrema derecha está cambiando en aspectos sustanciales el mapa político europeo y global. No hace mucho, eran partidos situados en los márgenes, con escasa proyección política y mediática, pero ahora han ganado una considerable centralidad, participando directamente en gobiernos o influyendo decisivamente en las políticas que aplican. Además de la influencia directa de estos partidos, cuando llegan a las instituciones o a los gobiernos, es muy destacable a corto plazo su capacidad para condicionar los debates y las agendas del resto de los partidos, sobre todo los de perfil conservador. También hay que enfatizar su creciente presencia en los grandes medios de comunicación -siempre a la búsqueda de audiencias, cualquier que sea el precio a pagar para conseguir este objetivo- y en las redes sociales. 

La irrupción política de la extrema derecha en Europa no se puede analizar sólo en clave europea; es un fenómeno de alcance global que ha echado raíces en otras regiones y países. Nos sitúa ante un escenario profundamente inestable y conflictivo, caracterizado por el reordenamiento geopolítico y económico internacional, el cuestionamiento de los liderazgos y los consensos globales, la pugna por los recursos escasos y el predominio de las políticas no cooperativas o directamente hostiles. Sin que sea el único factor a tener en cuenta, este panorama de inestabilidad y confrontación, en el que hemos entrado de lleno, ya está contribuyendo a la desaceleración del crecimiento económico y del comercio mundial, así como a la volatilidad financiera, y podría ser un factor desencadenante de la próxima gran crisis global.

El curso seguido por las economías europeas y las políticas económicas aplicadas desde las instituciones comunitarias y los gobiernos tienen mucho que ver con el ascenso de los partidos de la extrema derecha. 

Han pasado los años y las élites económicas y políticas europeas no han sido capaces de impulsar una nueva arquitectura institucional que corrija los déficits de gobernanza con que surgió la moneda única. Y mucho menos todavía encontrar una salida a la crisis económica -que es mucho más que una carencia institucional- que recorre Europa y el capitalismo global. Entretanto, hemos asistido al empobrecimiento de segmentos importantes de la población y el obsceno enriquecimiento de las élites, el aumento de los desequilibrios productivos y territoriales, la intensa precarización de las relaciones laborales y la represión salarial, la privatización y mercantilización del sector social público, el trato de favor recibido por los grandes bancos y corporaciones y el impulso a la concentración empresarial.

Añádase a todo ello que en los últimos años el ritmo de crecimiento económico de la Unión Europea se ha desacelerado y los pronósticos para los próximos confirman que se mantendrá o incluso se acentuará la atonía, sin que se descarte una nueva y más profunda crisis. Este escenario da la razón a quienes sostenían que, a pesar de la superación de la recesión y la recuperación de la actividad económica, los graves problemas estructurales de las economías europeas se mantienen. 

La respuesta de los partidos del establishment a esta situación, entre cómplice y condescendiente, ha contribuido a que las derechas extremas -por demagógicos, primarios e inconsistentes que sean sus planteamientos económicos- se abran camino y conquisten espacios electorales crecientes entre amplios sectores de la población. Es muy probable que la problemática que acabo de acabo de presentar telegráficamente -cuyas causas de fondo trascienden con mucho la coyuntura- se enquiste o incluso se agrave, lo que, en ausencia de una alternativa desde la izquierda transformadora, continuará abriendo un espacio político para el auge de la extrema derecha.

Es evidente que su irrupción en absoluto supone una impugnación de las políticas comunitarias en sus líneas maestras, sino que, más bien, apuntala la vertiente más conservadora y regresiva de las mismas. De hecho, uno de los efectos más relevantes del creciente protagonismo político de la extrema derecha es la derechización de los partidos conservadores, preocupados por la merma electoral que están experimentando. Ello contribuye a que las medidas de signo redistributivo y las orientadas a la equidad de género, que ya ocupaban una posición subalterna, casi testimonial, en las políticas comunitarias, se ven especialmente afectadas.

Una de las señas de identidad de la extrema derecha se encuentra en el rechazo a la inmigración y a la llegada de personas refugiadas, presentando ambos fenómenos como responsables de la pérdida de bienestar, el deterioro de las condiciones laborales y el aumento de la inseguridad y la violencia. Sus alternativas se pueden resumir en “primero los nacionales”. “no hay recursos para todos” y “echar un candado a las fronteras comunitarias”. Este es un mensaje que, en una población despolitizada y desinformada -o que se informa a través de la televisión, la radio y las redes sociales- prende con facilidad.

Más que colisionar con las políticas implementadas desde Bruselas, que en la práctica se han deslizado hacia ese territorio xenófobo, este discurso contribuye a su endurecimiento. El resultado es menos Europa en cuanto al movimiento de personas y a las políticas de acogida a las personas refugiadas, presionando para que se retiren recursos destinados a las políticas sociales destinadas a estos colectivos. Entendida esta problemática en clave de amenaza, inseguridad y violencia, hay un impulso en la dirección de incrementar de manera sustancial el gasto militar.

Si bien la extrema derecha no impugna el Pacto por la Estabilidad y el Crecimiento ni la lógica austeritaria que se deriva del mismo, es en el ámbito presupuestario donde, quizá, tenga más recorrido su crítica a las políticas europeas. Encontrarán provechoso tomar distancia de los imperativos de Bruselas -aunque finalmente se plieguen a ellos- para justificar que, finalmente, aceptar esos rígidos preceptos es la camisa de fuerza que obliga a aplicar políticas antisociales, que constituye el ADN de su acción política.

Desde diferentes ámbitos se proclama la urgente necesidad de un cierre de filas de los europeístas frente a las amenazas de desintegración del “proyecto europeo” que llegan desde la extrema derecha (y también desde la extrema izquierda). Este dilema, por esquemático y reduccionista que parezca, se abre camino tanto en los medios de comunicación como en el debate político. No está abriendo ni facilitando una reflexión, muy necesaria, sobre las causas de fondo que han llevado a la construcción europea a una situación crítica y a vivir una verdadera encrucijada histórica. Levantar la bandera de “Más Europa” (los partidos y think tanks y el magma de intereses que la sostienen) no cuestiona el núcleo duro de las políticas económicas aplicadas desde Bruselas, de las que en buena medida han sido responsables. Reivindican, como mucho, la necesidad de reforzar la institucionalidad comunitaria y de la zona euro, corrigiendo y completando los déficits actuales. El dilema que se vislumbra sitúa en una posición políticamente incómoda, aunque muy necesaria, a los partidos y movimientos sociales que defienden la urgencia de construir Otra Europa democrática, cooperativa, feminista, equitativa y sostenible.

A pesar de la retórica anti-europea, atacando la burocracia de Bruselas y la pérdida de soberanía, muy rentable a la hora de captar el voto del descontento y la desafección, es poco probable que los partidos de la extrema derecha en Europa postulen la salida de la Unión Europea o de la Unión Económica y Monetaria, máxime tras la experiencia del BREXIT, que ha lanzado el mensaje de las dificultades, los costes y las resistencias de ese proceso. No obstante, desde otra perspectiva, complementaria de la anterior, el nuevo mapa político representa un factor añadido de perturbación e incertidumbre, de intensificación de las tendencias centrífugas, en una Europa atravesadas de fracturas y de disensos.