“¡Votad, que viene el lobo!” Más de medio siglo después de que el mundo creyera haberlo matado, buena parte de las américas y del viejo continente han abierto la puerta, acercado la silla e invitado a cenar al temible animal. Para analizar las causas materiales del ascenso de la extrema derecha, este artículo intenta desenredar la tupida red ecosocial que conecta el mito del perpetuo crecimiento, las crisis globales y el alejamiento entre la política y las necesidades de la sociedad.

1. Extralimitación

 “La crisis ecológica es tan seria que es urgente no hacer nada al respecto” 

Michael Löwy parodiando las conclusiones de las grandes cumbres del clima.

El capitalismo es inherentemente expansivo; tanto las corrientes liberales como las socialdemócratas basan su modelo de bienestar en un imposible, continuo e infinito crecimiento económico como vía para generar y repartir riqueza. A nadie se le escapa que la tierra no es infinita ni soporta un crecimiento ilimitado: a día de hoy la humanidad necesita más de un planeta y medio para mantener su ritmo de expansión.

La huella ecológica mide la superficie productiva necesaria para generar los recursos que consume una persona, una comunidad, un estado… así como para absorber los residuos que genera. Esa huella se dispara en los países occidentales, en los que no basta con los recursos generados en sus propios territorios, sino que necesitan apropiarse de las materias primas, la energía y el trabajo de los países más pobres. Es lo que, en palabras de Boaventura de Souza Santos, llamamos fascismo territorial.

De esta crisis no sólo nos percatamos los humanos, sino que se están resintiendo todas las escalas de la vida en el planeta; nuestro entorno biofísico no para de encender luces de alarma. Ya sea por razones climáticasbiológicas  o materiales el mundo está obligado a  pasar de la lógica de la abundancia material (a costa de terceros) a una lógica de contención extractiva (“keep that oil in the ground” nos repite Greta Thunberg ). Esta obligación va a condicionar nuestros órdenes políticos, culturales y económicos. Hay una correspondencia evidente entre los picos de extracción de materias y las grandes crisis económicas: en 1972 los EE.UU. llegaron a su peak oil (pico del petróleo), y un año más tarde se desencadenó una crisis global; en 2001, varios países productores llegaron a su peak oil, la producción de petróleo mundial empezó a frenarse y se produjo otra gran crisis global; a finales de 2005 o principios de 2006, la producción mundial de petróleo crudo convencional llegó a su peak oil global y dos años más tarde, comenzó la mayor crisis económica en décadas. Todo apunta a que la recesión económica en ciernes estará relacionada con la crisis actual de la producción de diésel, líquido del que depende un porcentaje altísimo del transporte mundial de mercancías. Además, los períodos de recuperación se acortan más en cada ciclo y las crisis se agudizan, llevándose consigo los restos del estado de bienestar y las redes de protección comunitaria que habían sobrevivido del ciclo anterior. Los estados, las empresas e incluso las economías familiares llevan tanto tiempo asumiendo cada vez más deudas e intereses para mantener su nivel de vida que ven con una perspectiva bastante sombría el futuro.

 “El mundo está obligado a  pasar de la lógica de la abundancia material (a costa de terceros) a una lógica de contención extractiva. Esta obligación va a condicionar nuestros órdenes políticos, culturales y económicos”

2. La decadencia del turnismo democrático.

 “El dinero piensa, el dinero dirige; tal es el estado de las culturas decadentes” 

Oswald Spengler

El filósofo e historiador Oswald Spengler, en su obra “La decadencia de Occidente” define las fases de evolución de las civilizaciones. Analiza los sistemas democráticos y describe cómo, a medida que el poder económico se concentra en menos manos, la democracia se transforma en plutocracia. Los partidos, que no presentan alternativas sobre cómo organizar una sociedad sino únicamente políticas de “gestos” o matices, indistinguibles en sus principios, acuden a unas elecciones donde se escoge al mejor mayordomo de los poderes financieros. La ciudadanía, viendo que todo el proceso sólo agudiza su empobrecimiento y la concentración de riqueza y poder en manos ajenas, asumen que la democracia es defectuosa y depositan su confianza en distintos “césares”: figuras fuertes, autoritarias, que, según ellos, luchan contra la plutocracia “en beneficio del pueblo” aun siendo obvio que principalmente ansían poder. 

A pesar de todas las evidencias científicas, vemos cómo ningún actor con peso relevante se atreve a exponer con claridad a la ciudadanía los gravísimos problemas de crisis ecológica y por tanto civilizatoria a la que nos enfrentamos, ni a poner este asunto en el centro del debate electoral. En la calle, el malestar latente se empieza a manifestar con revueltas como la de los chalecos amarillos, que tanto desconcierta a la política sin perspectiva ecológica, y que quizás sea la primera explícitamente ecosocial de las que están por venir.  Si, como dice Emilio Santiago Muiño “en la situación actual de emergencia planetaria, el tipo de intervención política que se requiere se parece más a las transformaciones súbitas y revolucionarias dadas en las naciones industriales bajo la economía de guerra de la Segunda Guerra Mundial” y además es palpable el malestar de gran parte de la sociedad ¿por qué la fuerzas progresistas no marcan la diferencia conforntando decididamente a la crisis ecosocial?

Manifestación de los gillets jaunes, Paris. Foto de Colin Schmitt

Manifestación de los gillets jaunes, Paris. Foto de Colin Schmitt

Por otro lado, en el artículo “The Signs of Deconsolidation” de la revista Journal of Democracy se analizan un conjunto de encuestas realizadas en una serie de países occidentales entre 2010 y 2014  acerca de la opinión de la población sobre la democracia. En todos los países encuestados se puede ver un descenso del número de personas que piensan que es esencial vivir en democracia. Más de un 40% de la generación millenial encuestada está abierta a tener un “líder fuerte” que gobierne el país sin elecciones. ¿Estamos entrando en el momento cesarista marcado por Spengler?

Frente a la política del “business as usual”, el argumento neofascista “no hay para todos” (o su variación “aquí no cabemos todos”) es el único que enfoca el problema sistémico, y, con honestidad, en parte tiene razón: no se puede universalizar, ni siquiera mantener, el nivel de consumo de nuestras sociedades occidentales. Ante la escasez, la nueva ultraderecha sí que recoge el malestar no explícito y reacciona cerrando filas alrededor de un nosotros que prefiere depredar y, llegado el caso, matar, antes que empobrecerse. Hasta que las fuerzas progresistas no alerten de las contradicciones materiales de la socialdemocracia, el ideario de extrema derecha se ajustará más a la inquietud mayoritaria. Por eso los mensajes de Trump, Bolsonaro o Vox parten con ventaja, porque teatralizan el anti-stablishment y avivan a través del miedo el anhelo de un cambio fundamental, mientras apuestan por desatar el extractivismo. Detrás del “Make America Great Again” y del muro de Trump se esconde la voluntad de apurar la era del combustible fósil hasta las últimas consecuencias del fracking, negando el cambio climático, desregulando e incluso nacionalizando las enormes pérdidas de las empresas petroleras. Escondidos bajo la homofobia de Bolsonaro encontramos financieros del agronegocio o ministros y asesores investigados por fraudes medioambientales que ya sólo ven negocio bajo el suelo amazónico y las reservas indígenas. De forma similar trabaja Vox, que mientras clama por La Reconquista, contra la inmigración y contra el feminismo, sus medidas económicas consisten en declarar todo el suelo español como urbanizable (en definitiva, el “petróleo” o “bosque tropical” español) bonificando a las grandes fortunas y la continuidad de los cotos de caza, de los mares de plástico de Almería, del saqueo de acuíferos, canteras y minas, despreciando cualquier alerta medioambiental. 

3. Alternativas

Emilio Santiago Muiño: lo ecológicamente obligatorio parece políticamente imposible.

Siguiendo con el trabajo de Spengler, la fase opuesta al cesarismo y su alternativa es la que denomina Neo-estoicismo, momento en el que se incide en el aspecto ético de la vida y se cultiva una existencia frugal y virtuosa. Es urgente confrontar desde sus cimientos el problema de fondo, que no es otro que este sistema capitalista que necesita depredar ilimitadamente para crear riqueza y que ya ni siquiera es capaz de sostener nuestras vidas. Urge establecer un nuevo pacto ecosocial construido por y para la mayoría social y su entorno biofísico, que sea solidario y que ponga en el centro la vida y su cuidado; una economía orientada hacia el decrecimiento energético y material pero que avance en la regeneración ecológica y asegure también una vida digna, frugal y cercana para toda la población. De otro modo, las únicas respuestas al colapso hacen que peligre la supervivencia de nuestra especie. Se trata de Extinción o Rebelión, como grita la juventud en nuestras plazas.