«¿Estamos apoyando a quien no quiere hacer nada?» 

La frase que ilustró el cartel de campaña de CHEGA, el nuevo partido que se presentó a las elecciones europeas no dejaba margen para las dudas.

El rostro de la campaña, André Ventura, ex-militante del PSD y candidato derrotado de la derecha en la cámara municipal de Loures en 2017, no escondió de su agenda el odio social.

El nuevo ensayo de la extrema derecha en Portugal no vaciló en definir sus enemigos: las mujeres (criminalización del aborto), la comunidad gitana (estigmatización de los apoyos sociales) y del sistema democrático (reducción del número de diputados).

Con 49496 votos, los 1,49% alcanzados por la coalición establecida entre CHEGA, el Partido Popular Monárquico y el Partido Pro Vida (1), provocaron, una vez más, que Portugal sea una excepción en el escenario europeo y mundial de crecimiento de la extrema derecha. Por el camino quedó el atrevido apoyo del Patriarcado Católico de Lisboa y la promesa de la militancia activa de dos sindicatos de la policía.(2)

Y ahí las razones coyunturales, hay tres factores para que Portugal figure hoy como un país libre de la amenaza sombría de la extrema derecha. El primero radica en la orden constitucional impulsada por el proceso disruptivo del 25 de abril de 1974. El desmontaje de la orden dictatorial fascista, con origen en los cargos intermedios del ejército, agotados por la guerra colonial (1961-1974), que abrió las puertas a un proceso de movilización y radicalización popular de gran escala. La urgencia en acomodar el nuevo orden político, obstaculizando las movilizaciones de base, llevó al Partido Socialista y a los partidos de derechas a aceptar en la inscripción constitucional de una serie de derechos emancipadores que moldearon las relaciones institucionales durante las últimas décadas. El resultado es que no exista, ni siquiera hoy, la percepción popular, una diferencia constitucional sobre el modelo democrático o una tensión sobre la unidad nacional del país.

Los discursos de la judicatura en torno al ejercicio de los cargos electos es más abiertamente autoritario, creciendo en los últimos años, pero todavía sigue siendo muy reducido.

La segunda razón, que surge de la primera, viene de un modelo social y un papel del estado social. Ahora, deficitario y desequilibrado, el modelo del Estado del Bienestar, permitió al país superar los atrasos en lo que se refiere a la escolarización, al acceso a la Sanidad Pública y a combatir la pobreza extrema. El uso universal e interclasista de los servicios públicos dejaron poco espacio a la agenda de la derecha que apostaba en movilizar a los sectores intermedios de la sociedad para una polarización necesaria.

La contraposición entre la defensa de los “contribuyentes“ contra la inversión pública y los apoyos sociales, permitió al CDS-PP disputar un espacio propio en la derecha, sobre todo con la estigmatización de la pobreza y de la población gitana, pero nunca fue suficiente para la construcción de una mayoría social.

Por fin, la relación de fuerzas fue afectada por el cuadro de crisis, la financiera, la de representación social y la de los refugiados, explica también la contención de crecimiento de fuerzas de extrema derecha en Portugal. La interpretación que fuerzas de izquierda, el Bloco de Esquerda, hicieron sobre la crisis económica y financiera fue determinante para la articulación de una representación social movilizadora de combate a sus resultados. El aumento del desempleo y la precariedad durante los años años de la troika podrían haber conducido a respuestas propagadoras del miedo y odio social, no a enormes movilizaciones populares contra las políticas de austeridad. Lo mismo podría haber sido dicho del trabajo sistemático y la profundización de denuncia de la élite económica y su captura de recursos y cargos de representación. La imagen de las puertas giratorias existentes entre el poder político y económico permite hoy a la contraponer un cuadro más claro de los debates necesarios, reduciendo el espacio a los discursos populistas de judicialización de la política.

En 2015, el enfrentamiento al gobierno de derechas protagonizado por el Bloco de Esquerda y la imposición al PS de abandonar las medidas más liberales que estaban en su programa y en sus prácticas fueron determinantes para la recuperación de derechos y la reposición de beneficios, devolviendo algún grado de seguridad a las personas.

Ya el PS, mientras Europa nunca se desvió de los cánones de Bruselas, siendo hoy el protagonista y propulsor de la alianza con los liberales, supo eliminar de su imagen pública el fantasma de la corrupción que lo perseguía por la figura de José Sócrates, ex líder del partido y ex líder del gobierno acusado por varios crímenes de corrupción.

La derecha portuguesa, a su vez, se agrupaba históricamente en dos polos (CSD-PP y PSD) escogió su oposición al nuevo gobierno del PS con una agenda difusa sobre la «crisis de Estado», sin avanzar, todavía, con imágenes y fantasmas que hay en otros lugares de Europa. En 2019, Portugal sigue siendo uno de los cinco países más seguros del mundo en índices de criminalidad y no hay un número de refugiados significativo en el país. La perspectiva de derrota de la  derecha en las elecciones legislativas de octubre de 2019 hizo que hubiera una disputa feroz entre sus filas, sin que se vislumbre todavía una escisión radicalizada y extremista como ha ocurrido en otras corrientes conservadoras de Europa. La existencia de pequeños grupúsculos neonazis y autoritarios, como el PNR o la Nova Orden Social representa más un fenómeno de criminalidad e indigencia política que una amenaza concreta de crecimiento.

Es preciso decir que a esta crisis de la derecha política ha sido correspondida con la radicalización de algunos sectores de la derecha periodística y social. Es el caso de la polémica de la historiadora María de Fátima Bonifacio en el periódico » Público» , en julio de 2019. La periodista se sublevó con la posibilidad de creación de cuotas para la comunidad gitana y las personas racializadas en la Enseñanza Superior con argumentos racistas y xenófobos , alegando la inferioridad moral de ciertas «culturas». El episodio demuestra el atrevimiento de gente que hasta ahora estaba en las catacumbas de los prejuicios, dejando claro que ahora hay una agenda de odio a las personas racializadas, a las mujeres y a los pobres que podría servir para el crecimiento de una nueva derecha radicalizada. La izquierda y los movimientos sociales tendrán que encontrar las estrategias y respuestas capaces de sostener a una mayoría social contra el miedo y el regreso a la oscuridad.

1.El partido Pro Vida tuvo su origen en el Movimiento Portugal ProVida, creado después de la aprobación de la descriminalización del aborto, por vía de referéndum en 2007. Nunca logró tener más del 0,37% de los votos en las elecciones de ámbito nacional.
2. En las elecciones europeas del 2009 esta importante entidad de la iglesia católica lanzó en las redes sociales un cuadro descriptivo con las propuestas de los partidos en los que CHEGA surgía para combatir la prostitución, «los vientres de alquiler» la ideología de género, el aborto y la eutanasia. Después de la suma de críticas, la imagen fue retirada.
3. En las elecciones europeas de 2019, el CHEGA presentó como candidatos a Pedro Magrinho, presidente de la Federación Nacional de los Sindicatos de Policía (FNSP) y a Peixoto Rodrigues, presidente del Sindicato Unificado de Policía (SUP). Este último lidera el sindicato al que pertenecen 16 de los 17 policías de la Escuadra de Alfragide, acusados de racismo y tortura contra seis jóvenes de la Cova de Moira, barrio de la periferia de Lisboa (Amadora). Este sindicato tiene un número extremadamente reducido de afiliados.
4. Partido ultranacionalista de extrema derecha con lazos en los movimientos skinheads, que obtiene un máximo del 0,50% de los votos en el ámbito estatal.
Movimiento neonazi encabezado por Mario Machado, un ultranacionalista y condenado a pena de prisión en octubre de 2008, en un proceso del homicidio de Alcino Monteiro, ciudadano portugués de origen caboverdiano, golpeado hasta la muerte, en 1995, en el Barrio Alto, de Lisboa.

Por Adriano Campos