Por Emanuele Bellintani y Oreste Veronesi

En motivo del 75ª aniversario de la Liberación de Italia, necesitamos más que nunca celebrar la libertad que conquistaron nuestros progenitores y nuestros abuelos luchando contra la dictadura fascista, la ocupación nazi y la locura de la guerra. El 25 de abril de 1945 renació la esperanza de un mundo de paz, solidaridad y justicia social: ¿Cuál es su significado después de tantos años, en plena pandemia y con indicios de un «después» nada tranquilizador?*

La historia no es un bloque de mármol inamovible, sino materia viva y plasmables que refleja las relaciones de fuerza presentes en la sociedad: en Italia no ha habido nunca una memoria compartida sobre la Resistencia partisana y la Liberación, sino el resultado de continuos encuentros -enfrentamientos entre visiones del mundo diferentes. Al terminar la guerra, en el marco del compromiso constitucional entre los partidos antifascistas, dentro del Partido Comunista Italiano (líder de la Resistencia) se reivindicó la liberación como una lucha popular prerrevolucionaria para derrocar el fascismo y la explotación por parte de los empresarios y terratenientes que lo habían apoyado. Desde el punto de vista de la Democracia Cristiana de De Gasperi, se trataba de una lucha por la libertad democrática más interclasista y abstracta. Setenta y cinco años después el pacto constitucional ya no existe, y los partidos que lo crearon tampoco. Una parte importante de la política rechaza más o menos abiertamente los valores de la Resistencia y del 25 de abril: en cambio, la mayoría de los que se identifican como herederos políticos de ese «pacto antifascista» lo hacen como seguidores acríticos de la visión degasperiana de la Liberación.

De la misma manera, en los últimos años una infinidad de intelectuales han reducido el fascismo histórico a una «dictadura del racismo» ignorando el profundo carácter de clase: el hecho de haber sido una tropa armada de la burguesía nacionalista, que por su parte la protegía y apoyaba para eliminar con el terror y las matanzas el movimiento obrero, sus organizaciones solidarias y sus reivindicaciones, tal como gritaba Gerard Depardieu al final de Novecento en 1975. Esta omisión del origen clasista del fascismo es la base de gran parte del antifascismo mainstream, que grita «¡fascista!» a cualquier persona que exprese miedos o dudas relacionados con el fenómeno de las migraciones y sus retos (incluso dirigiéndose a otros antifascistas), entregando las masas a las fuerzas políticas más reaccionarias y alejándolas de un natural sentimiento popular antifascista.

Por este motivo, es fundamental entender el fascismo como momento del proceso de modernización, y por tanto paso decisivo en la formación capitalista italiana. Esto significa volver a las profundas consideraciones de Karl Polanyi, quién en los años treinta definía el fascismo como «la expresión más reciente del ataque sostenido contra las formas populares de gobierno por parte del capitalismo», y profundizando en sus características afirmaba que «el fascismo quiere abolir la política, absolutizar la economía, apoderarse del Estado. […] El fascismo elimina con la esfera política la esfera ideal de la libertad; su fuerza está en la promesa que después de esta ‘eliminación de la política’, la economía volverá a funcionar».

Además, las personas que lucharon por la libertad de todos nos están dejando cada vez más rápidamente: al abandonar este mundo nos dan su herencia de lucha, un relevo del cual tenemos que estar orgullosos y ser dignos de él. Esto va más allá de las reconstrucciones y los compromisos que enmarcaron el 25 de abril como una edulcorada «fiesta de todos». El hecho de despolitizar la conmemoración de la liberación de la ocupación nazi-fascista ha servido para borrar la importancia de las reivindicaciones de las que surgió. El octubre de 1970, en la escenificación de un espectáculo del dramaturgo Darío Fo sobre el sentido del fenómeno de la Resistencia, el actor en escena pronunció las palabras que seguirían siendo significativas hoy en día: «La preocupación por sacar cualquier referencia a la lucha del pueblo -antes que nacional, lucha de clase- contra otra clase responsable del fascismo y no de un antifascismo genérico, ha ensuciado, enrigidecido, momificado el significado de aquella guerra». Por tanto, somos testimonios orgullosos, porque tenemos que recordar con fuerza las mujeres y los hombres que conspiraron, sabotearon, dispararon para derrocar las bestias del exterminio, de las matanzas y de la injusticia social. Su historia es grande y terrible, y tiene que ser depurada recordando a todo el mundo, desde quién escondió a un perseguido hasta quien murió en batalla.

También tenemos que recordar que muchas de sus esperanzas fueron defraudadas en seguida: en 1946 los fascistas ya estaban libres y en posiciones de primera línea, mientras que los partisanos habían sido arrestados o silenciados si no seguían la línea del partido. Es una cuestión de la cual nunca se ha hablado suficientemente, la de la amnistía de una parte, y de la otra la llamada «continuidad del Estado» entre fascismo y república. Por Estado tenemos que entender tanto la organización de la máquina institucional hecha de servicios, despachos y procedimientos, como los códigos, sobre todo los de procedimiento penal. Pero también, y quizás con consecuencias aún más importantes, la continuidad institucional en la sociedad: escuelas, prisiones, manicomios hospitales, etc. Por esto tenemos que ser testimonios dignos, porque las incógnitas del presente y del futuro nos ponen ante dilemas y decisiones muy parecidas a las que animaron la generación que escogió rebelarse contra un mundo injusto. ¿Cómo tenemos que entender entonces la ayuda recíproca y solidaria de coser y entregar mascarillas a quién no las recibe del Estado, el apoyo a los trabajadores abandonados en trinchera para contagiarse, o la donación de alimentos a quién no tiene recursos, sino cómo los descendientes directos del escondite de los perseguidos, de la protección de los fugitivos o del compartir comida con los desplazados que protagonizaron nuestros abuelos? ¿Qué significa construir una idea de sociedad radicalmente disociada del pasado si no nos preguntamos cuál es el fundamento de la estructura de la explotación y de las desigualdades de hoy en día?

Para entender esta paradoja italiana nunca resuelta, sino más bien exacerbada, es suficiente pensar en la canción más famosa de la Liberación, «Bella Ciao». De esta melodía de lucha por la libertad, difundida durante décadas de este a oeste, se han hecho eco tanto los combatientes de las montañas de Rojava hasta los manifestantes de las plazas de Occupy Wall Street. Aún y así, en Italia es una canción <<controvertida>>: algunos prefectos y alcaldes la prohíben durante las celebraciones del 25 de abril, otros multan a quién la canta por protestar y grupos de madres y padres no quieren que sus hijos aprendan la canción en la escuela. A pesar de las prohibiciones, «Bella Ciao» ha remontado con fuerza con «La Casa de Papel», una serie española de éxito planetario que trata de una pequeña brigada que ataca el corazón del sistema económico y ridiculiza continuamente los altos cargos del Estado con esta canción de fondo. Y quizás es justo que sea así, porque un canto que va de lucha partisana y de la Liberación no es para todo el mundo; no es para una sociedad orientada a la obediencia y al provecho, sino que tiene que estar en boca de los que aman la libertad y la justicia social. Sobre todo hoy.

Foto: wallpaperflare

Sacudido por el virus, un sistema entero está colapsando: los mismos que crearon el desastroso «antes» ahora se meten prisa para gobernar el «después». Estos empresarios, administradores, políticos o ejecutivos son los mismos responsables de veinte años de privatizaciones, contaminación y explotación. Ellos ya cuentan el dinero mientras nosotros contamos los muertos. El paralelismo es evidente: es como si en 1945 con Italia en ruinas, los caciques locales y jerarcas del fascismo y los empresarios hubiesen gestionado la posguerra; y efectivamente esto pasó, aunque la aclamada «memoria compartida» no mencione nunca este aspecto. Las primeras previsiones sobre el «después» aparecen entre frases insidiosas como «tendremos que convivir con el virus y hacer sacrificios»: apps de control de los desplazamientos, exaltación policial, didáctica en línea, comercio digital, distanciamiento, obediencia. Ciudadanos lo más recluidos posible en «viviendas-colmena» dotados de todas comodidades tecnológicas, que salen tan sólo para producir riqueza (para otros); la vida norma de ir a un concierto, a una manifestación o a una huelga se transforma en un crimen en la guerra contra el virus. ¿Os suena?

Aquí esta una vez más la herencia viva del 25 de abril y la Resistencia. Nos enfrentamos a un sistema en crisis que no tiene ninguna intención de curar el miedo, sino de hacerlo orwellianamente estructural, «como una bota que pisa una cara, para siempre».

Nuestros predecesores nos lo enseñaron y nos los gritan desde la tumba: por esto todas y todos estamos llamados a cambiar el final. Recordemos las palabras de Giovanni Pesce, militante comunista, combatiente en la Guerra Civil española y héroe de la resistencia italiana: «Cuarenta y ocho horas antes éramos pocos, ahora somos multitud».

*Publicado originalmente en Catarsi. Traducción del italiano por Anna Viguetti. Traducción del catalán por Albert Portillo.