Éric Cantona vuelve a la pantalla, a la pequeña pantalla, de la mano de una serie que retrata el perverso horror del nouvelle neoliberalismo francés. “Dérapages”, una miniserie del canal francoalemán de televisión pública ARTE (Association relative à la télévision européenne) basada en la novela de Pierre Lemaitre “Cadres Noirs” (Le livre de poche, 2010), que parece rememorar, a modo de trasfondo, las luchas sociales contra el último gobierno de François Hollande y contra el inicio de la era Macron.

La huelga de Air France de 2015, el movimiento Nuit Debout contra la reforma laboral del primer ministro Manuel Valls en 2016, la lucha contra la deslocalización industrial que retratara el documental “Merci Patron!” de François Ruffin, flotan en el ambiente de esta serie cuyo título significa “deslizamientos” si bien en castellano se ha traducido como “Recursos Inhumanos”.

Éric Cantona encarna un ex jefe de recursos humanos, Alain Delambre, condenado a un descenso a la precariedad más absoluta tras perder su antiguo puesto de trabajo como trabajador de cuello blanco. Múltiples trabajos en negro escalonados a lo largo del día y la noche, medias jornadas con sueldos por debajo del salario mínimo, salpican a un working poor pluriempleado que sin embargo a pesar de todos sus esfuerzos no llega a final de mes para pagar el alquiler y las facturas de agua, luz y gas. Por si no fuera suficiente, además, en algunos de estos trabajos tiene que aguantar los malos tratos y las recurrentes humillaciones de los capataces de turno. Las deudas, la amenaza del paro y del desahucio asoman en cada esquina de la realidad cotidiana de Alain Delambre.

El despido de una empresa de mensajería por devolver una patada del jefe con un cabezazo a lo Zidane parece anunciar el principio del fin de este Dante precario. Sin embargo, una poderosa multinacional francesa está realizando un proceso de selección para contratar a un tipo duro, un liquidador a lo Nissan, capaz de despedir a toda la plantilla de una fábrica de la empresa. Este proceso de selección pretende generar una situación límite entre los candidatos para probar cuál de ellos está hecho de la pasta de un Bismarck.

La multinacional al buscar un comisario político despiadado al que no le tiemble el pulso ante cualquier conato de protesta sindical realizará un particular proceso de selección con el que conseguir su boina verde empresarial. Cantona, en el papel de Alain Delambre, se agarra a esta oferta de trabajo dándole la vuelta a los planes del comité central de la multinacional. En la lucha por desbaratar el proceso se enfrentará al neoliberalismo de rostro inhumano representando la ira de los parados, los precarios y los condenados al descenso hacia la servidumbre.

A riesgo de hacer algún que otro spoiler vale la pena comentar algunas de las escenas finales de la serie especialmente espectaculares. Ya que la lucha de Delambre estallará de forma violenta y su resolución se decidirá a lo largo de un juicio político por determinar el culpable de la ruptura del pacto social: ¿la soberbia de los nobles o la ira del pueblo?

En un proceso judicial en el que los arreglos de la correlación de fuerza se determinarán por cauces informales se expondrá, sin embargo, por boca del fiscal del Estado el miedo a que un cierto orden se quiebre. Delambre se convertirá en un Dreyfus del precariado a los ojos de la opinión pública y ante la mirada acusadora del aparato judicial del Estado encarnado en el fiscal. El duelo retórico entre fiscalía y abogada defensora planteará así la relación de fuerzas en juego:

“[Fiscal del Estado]: Yo apelo a la responsabilidad del jurado. Deben juzgar no solo a un hombre sino los fundamentos de nuestro pacto social. Hoy, los obreros despedidos se creen con derecho a recurrir a la violencia, a la extorsión, al pillaje, a los bloqueos y amenazas… ¿El jurado los autorizará a añadir la toma de rehenes a los medios que consideran legítimos? […]

[Abogada defensora]: “Agradezco al fiscal haber mencionado dicho concepto del pacto social. Porque tienen ahora ante ustedes el ejemplo de un hombre que ha respetado al pie de la letra las condiciones del pacto social, que obedeció los requerimientos de la sociedad. (…). Y de pronto, tras 40 años de un servicio leal, cuando creía justo cobrar los frutos de su cumplimiento del pacto social la sociedad cambió de idea. Sin trabajo, una pensión decreciente y la humillación. Trabajo no cualificado, precariedad, la pobreza rampante, la promesa de un futuro sin felicidad, de una vejez sin felicidad. Por eso les pregunto, ¿quién rompió el pacto social? ¿a quién juzgamos hoy?”

Realmente el último capítulo, que es en el que tiene lugar el juicio, es digno de formar parte del guion de The Wire. Pero, es más, la polémica es como para tomar notas con los clásicos republicanos al lado. Ya que lo que se está ventilando es el carácter social y ético de la Francia de la quinta república. Para el bloque de poder que representa el fiscal Delambre no es más que un corrupto y revoltoso siervo que solo representa sus propios intereses y sus propias ambiciones. Para la abogada defensora, su hija, en cambio es; “la Francia que sufre”, “la encarnación del paro”, los tres millones de parados de larga duración… Es decir, el conjunto de agraviados por unas élites que han roto la precaria economía moral que garantizaba un cierto acuerdo entre los de arriba y los de abajo.

El derecho a la revuelta de los oprimidos, tan querido por los republicanos estadounidenses, toma cuerpo a lo largo de la serie. Incluso podríamos ver otras nociones como la autonomía relativa del Estado en las fricciones expresadas a lo largo del juicio entre el Deep State, la fiscalía, y la “bourgeoise conquérante” del capital financiero, menos preocupada por el orden que el propio Estado y, en cambio, más por la acumulación inmediata de capital.

Cabría añadir que el liderazgo de Delambre de “la Francia que sufre” es menos feliz de lo que pueda parecer. Y, de hecho, al final de la serie se revela en un conjunto de contradicciones tales entre el Tercer y el Cuarto Estado, o como diríamos hoy entre clases medias y trabajadoras, como son los destinos del propio Delambre y su amigo Charles Bresson. Mostrando la difícil e inestable alianza de lo que en América Latina se solía llamar el “frente policlasista”. Dicho de manera comprensible, se trata del problema de que por parte de las clases medias empobrecidas la alianza con otros sectores sociales esté motivada más por un cálculo instrumental por conquistar ciertos lugares en la escala social que no en la completa transformación del sistema.

No es lo mismo auparse en los que están por debajo tuyo para llegar algo más arriba que tratar a los que están peor que tú como iguales con los que estás dispuesto a tomar la locomotora del tren.

Otro aspecto al que cabe prestar atención, y aquí es importante traer a colación de nuevo el concepto de economía moral, tiene que ver con el marcado patriarcalismo del protagonista. No por “plebeyo” lo es menos. La precariedad del cabeza de familia es asumida como una doble crisis: primero, como frustración material por no poder cumplir su rol, segundo, como fragilidad de la autoridad del patriarca. Hay varias muestras de como a lo largo de la serie Delambre adolece de los mismos déficits de fraternidad para con su familia que el patriarca empresarial, Alexandre Dorfmann (Alex Lutz), para con sus trabajadores.

No por casualidad Dorfmann le echará en cara el parecido de familia entre ambos, nunca mejor dicho. A uno le preocupa su estatus de autoridad en el mundo de las finanzas, a otro conservarlo en su hogar. Se trata del “matiz patriarcal”, que empalma los destinos de la gentry y de la plebs, señalado por Thompson en la formación social precapitalista inglesa [1], reverberando de forma bien actual en la Francia neoliberal que retrata Dérapages.

Flora Tristán citaba un pasaje ejemplar de “Vindicación de los derechos de la mujer”, de la gran feminista republicana Mary Wollstonecraft, para ilustrar este patriarcalismo cuya implantación en el conjunto de la sociedad, no por desigual deja de ser combinada, asociando a todos los cabezas de familia en un mismo despotismo:

Los tiranos de todas las denominaciones, desde los reyes hasta los padres de familia actúan y razonan igual; ellos se apresuran en destruir la razón, en usurpar los derechos, y afirman que es por la utilidad general que ahogan la voz de todo.” [2]

Por último, si hay algo que a lo largo de los deslizamientos aparece con toda crudeza es que los cambios se autorizan por sí mismos. Si hubiera que esperar la sanción legal de un orden despótico los cambios jamás ocurrirían. No por casualidad decía Robespierre de las revueltas populares contra el régimen monárquico que “todas esas cosas eran ilegales, tan ilegales como la Revolución, como la caída del trono y de la Bastilla, tan ilegales como la propia libertad.” [3]

Esta revuelta contra un orden constitucional, pero injusto, entraña un poder constituyente que emerge por fuera de la legalidad. Son estos los deslizamientos, los dérapages, los más interesantes que aparecen en la serie. Mostrando, por cierto, dos aspectos muy importantes para el autor “Del contrato social o Principios del derecho político”. El primero tiene que ver con la legitimidad de la voluntad popular para modificar todo entramado legal y constitucional:

“No hay en el Estado ninguna ley fundamental que no se pueda revocar, ni siquiera el pacto social; porque si todos los ciudadanos se reunieran para romper este pacto de común acuerdo, no puede dudarse de que sería roto legítimamente.” [4]

En consecuencia, para el republicano ginebrino “el acto por el que un pueblo es un pueblo” es el pacto de libre asociación [5]. Es decir, el reconocimiento explícito y formal de la soberanía sea en el ámbito doméstico, civil o político. De aquí que la conquista a los derechos a sindicarse, a votar, a divorciarse, a la existencia, a la autodeterminación…, aspiren a un reconocimiento material y formal. Aspiración de la que si bien Alain Delambre se desliza premeditadamente en el desenlace narrativo no es el caso de Éric Cantona el futbolista que al recoger el premio honorifico que le otorgó la UEFA musitó una frase del rey Lear de Shakespeare para expresar su visión del fútbol:

“El fútbol es una escuela formidable de la vida. (…). Aprendes a relacionarte con los demás, a perder, a levantarte otra vez, a luchar por tu compañero”

Verdaderamente Cantona, el futbolista republicano de Argelers, se desliza más allá del personaje que magistralmente interpreta, pero esta ya es otra historia que va más allá de la serie.

Notas

[1] Ver en Thompson, E. P., “La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?” en Tradición, revuelta y consciencia de clase, Editorial Crítica, Barcelona, 1984 [1979], pp. 13-61.

[2] Wollstonecraft citada en Tristán, Flora, “Las mujeres inglesas” en Paseos en Londres, Bibloteca Nacional del Perú, Lima, 1972 [1840]. Versión digitalizada disponible en Marxists Internet Archive.

[3] Robespierre, Maximilien, “Extractos de la <<Respuesta a la acusación de Louvet>> en Zizek, Slavoj, Robespierre: virtud y terror, Akal, Madrid (2010 [1792]), pp. 122.

[4] Robespierre, Maximilien, “Sobre el juicio al rey” en Zizek, Slavoj, Robespierre: virtud y terror, Akal, Madrid (2010 [1792]), pp. 151.

[5] Rousseau, Jean-Jacques, Del contrato social, Alianza Editorial, Madrid, 2017 [1762], pp. 45.