A expensas de caer en el haterismo, en el clickbait o en la provocación, creo que el problema que pesa sobre el último documental producido por Michael Moore, que acumula más de 8 millones de visitas en youtube, es que, simplemente, es un mal producto audiovisual de divulgación. Y es una pena, porque Planet of the Humans plantea cuestiones de relevancia en el contexto del mayor proyecto de reconstrucción económica que se plantea desde la izquierda a nivel global, el Green New Deal.

El tema elegido parece ser la prevención sobre el origen “poco renovable” y los intereses económicos que sostienen a las llamadas energías renovables, una reflexión muy pertinente en la época de mayor politización climática. Pero el objetivo se diluye entre datos poco actualizados, críticas parciales, puntos de vista americano, capitalocéntricas y patriarcales y generalizaciones de trazo grueso. Moore y Gibbs escogen una estructura narrativa confusa, que vuelve sobre sí misma en varias ocasiones y que resulta tediosa en poco más de hora y media de metraje, que analizaremos a continuación:

1. Tecnopesimismo

Jeff Gibbs, el director e hilo conductor del documental, habla desde el punto de vista de un joven ecologista apasionado por la transición hacia un futuro sostenible basado en las renovables que un buen día se ‘cae del guindo’. Se nota demasiado su angustia y su desesperanza ante el shock de las dudas que pesan sobre la transición a las renovables; este resentimiento llega a hipotecar todo el film. Durante casi tres cuartos de hora el documental desgrana la poca capacidad de las tecnologías fotovoltaicas y eólicas para producir y almacenar su energía… con datos técnicos que eran de actualidad hace 10 u 8 años (placas fotovoltaicas de un 8% de rendimiento cuando actualmente tienen más del doble de rendimiento en modelos de venta habituales), vidas útiles de placas fotovoltaicas de menos de la mitad de las actuales, mixes de energía de países sin datar (que parecen tener la misma fecha que los anteriores datos) y declaraciones sonrojantes como las que proclaman que saldría más a cuenta quemar directamente petróleo para obtener energía que hacer teatro con las energías renovables (cosa que es cuestionada por los análisis de ciclo de vida menos optimistas).

En realidad, el documental parece haber sido grabado y producido en una horquilla temporal más cercana al año 2012 que al actual, algo que se puede leer entre líneas en el final del metraje. El debate se establece, a riesgo de ser caricaturesco, a nivel de la baja educación ambiental media de la sociedad estadounidense, que hace que muchos yankis se sorprendan al saber que el gas natural no es una fuente renovable o que la combustión de biomasa produce gases de efecto invernadero; no obstante, puede ser el acercamiento más mainstream del problema que supone, en realidad, que las placas fotovoltaicas y los molinos eólicos sean “dispositivos no renovables”, de una esperanza de vida limitada y muy costosos y contaminantes de producir, “capaces de captar parte de la energía de fuentes naturales renovables” ( como dice Jorge Riechmann en Ecosocialismo descalzo). Probablemente sea la única voz que llegue a mucha gente en la que se discuta el potencial de las renovables y se focalicen sus limitaciones. Pero también es necesario señalar que no es lo mismo tecnología que gestión de la tecnología; si bien el uso de energía renovable únicamente como medio para obtener ganancias crea más daños de los que se supone que debería ahorrar, también es cierto que puede suponer una democratización de la producción de algo intrínseco a la autonomía y una reducción del desperdicio energético en su distribución, como sucede en algunas pequeñas cooperativas energéticas locales.

2. Todo iba bien pero Malthus apareció

El apartado anterior evoluciona intercalando alguna crítica de pasada al tecnooptimismo, a la incapacidad de que la industrialización salve a la civilización industrial y al imposible crecimiento infinito. En el min. 44 se hace referencia al pico de la pesca, de la agricultura y de los materiales. Pero es a partir del min. 46 del documental cuando hace aparición una de las mayores polémicas que ha suscitado, al menos en los ambientes ecologistas políticos españoles: siete expertos, entre los cuales podemos contar a seis varones blancos de mediana edad y presumiblemente buena renta y a una mujer también blanca, de mediana edad (y, si se me permite la chanza, de un parecido notable a Christine Lagarde) proclaman que uno de los mayores problemas que afronta la humanidad es la sobrepoblación, de la forma más capitalocéntrica posible.

Fuente: ketanjoshi.com

Si asumimos, de una manera reduccionista, que la huella ecológica y las emisiones de gases de efecto invernadero se producen por una multiplicación de dos factores, población y consumo, la solución del problema no viene de forma mecánica por reducir sólo uno de ellos, mientras se mantiene la tendencia creciente del segundo. Además, el problema de la sobrepoblación se enuncia de manera acrítica con la realidad de que hay habitantes de una parte del mundo que consumen insumos y generan residuos como si hubiera 4 y hasta 5 tierras además de la única que tenemos y otras partes que no llegan ni a un décimo de tierra, o con el hecho de que el 10% de las personas más ricas generan casi la mitad de gases de efecto invernadero que se emiten en el planeta, mientras que el 50% más pobre únicamente produce el 10% de las mismas. Por último, se obvia que la natalidad más alta la tienen, de forma habitual, países y regiones de muy bajo consumo y huella ecológica, y que el simple acceso a derechos básicos como educación o sanidad reduce notablemente la natalidad. Cuando alguien dice que el problema urgente es la sobrepoblación, sin ningún matiz a mayores, implícitamente reclama que haya una parte de esa población que se muera o que no se reproduzca, y mágicamente esa persona no está en entre el grupo a las que invitar a la castración  o al suicidio. Creo que la respuesta debe ser, como le sugería la gran Alicia Ramos precisamente a Christine Lagarde, ‘muérete tú’; y si no se quiere ser tan cáustico y se llega a la conclusión de que, a medio plazo y de manera voluntaria debemos llegar a la autocontención reproductiva y, por tanto, a la reducción de la población global, deberíamos referirnos a estudios más cuidadosos entre decrecimiento y sobrepoblación, como el de Jorge Riechmann.

Respecto al segundo de los factores, el consumo, sólo hay anotaciones o frases que lee el narrador sin contexto y sin explicación, relativas al crecimiento. No hay ninguna entrevista, ninguna cita a ningún estudio o ensayo de ningún experto sobre decrecimiento, lo que llama la atención, siendo un documental que se extiende en entrevistas y en referencias a distintas investigaciones. Me llevan al sonrojo los análisis que hace la prensa más bienintencionada sobre el ‘decrecentismo’ del documental cuando no se hace la menor referencia a ninguna posición política o moral holística al respecto, ya que el problema del cambio climático, de la crisis energética y material es, evidentemente, una cuestión fuertemente política, moral y sociológica.

3. Greenwashing

Cuando dejan atrás el tema de la sobrepoblación, Gibbs y Moore ponen el foco en la biomasa, el biofuel y las distintas formas de obtención de energía procedentes de la quema de materiales ajenos al carbón y al petróleo, algo que ya habían nombrado antes, en el apartado de las renovables y cuya separación no se entiende bajo el punto de vista narrativo. Es el momento más lúcido del documental, en el que se deja ver todo el greenwashing capitalista consistente en incluir, bajo subvención, la quema de todo tipo de material (orgánico o inorgánico, deshechos, tala de bosques o líquidos de descomposición orgánica, de manera indiferente) como fuente de energía renovable.  Estos procedimientos están incluidos como energías renovables en todos los recuentos energéticos del mundo por más que tengan unas emisiones de gases de efecto invernadero asociadas altísimas y unas tasas de retorno energético muy bajas, que las hacen inútiles a gran escala como fuentes energéticas contra el cambio climático y la crisis energética. Y, por si fuera poco, como nos muestra el documental, las grandes empresas petroleras están invirtiendo cada vez más en la producción de biofuel en países tropicales como Brasil, cuyas plantaciones de caña de azúcar entran en conflicto con los bosques y son uno de los mayores causantes de la tala y quema incontrolada del Amazonas. Una hora y media de documental sobre lo verde que resulta la industria de la biomasa y lo pegajoso de sus tentáculos financieros hubiera sido mucho más satisfactorio, Michael.

Aún así, como es recurrente en el film, no se analiza la capacidad que tiene la biomasa, la madera, los residuos de los bosques y el biofuel del compost de ser una fuente de energía para pequeños núcleos de poblaciones agrarias o de alta montaña y su manera de cerrar círculos.

4. Todo mal

El documental acaba con una oda a la falacia de extensión. La (justa) acusación de la industria de la biomasa se extiende, muy probablemente de forma injusta, desde los negocios de ‘activistas’ como Bloomberg  o incluso Al Gore hasta las actividades de un Bill McKibben, diana habitual de los negacionistas climáticos que abjuró hace años del apoyo que dio y recibió del lobby de la biomasa. Aun así, Gibbs se complace en destruir la supuesta alianza entre algunos grandes movimientos verdes y los grandes capitales que los financian y que, en algunos casos, han hecho fortuna en las industrias extractivas… un tema que sería de actualidad si no se centrase en movimientos sociales como 350.org, cuyo auge y decline data del año 2014. Al publicar el documental en 2020, Gibbs y Moore meten implícitamente la nueva generación de activismo ecosocial (Fridays For Future, Extinction Rebellion y 2020 We Rise Up) en la misma saca por más que estos nuevos movimientos tienen un discurso más antirracista y decrecentista.

5. Conclusiones

En pleno 2020, asumida la crisis climática y con el auge del movimiento verde global , un documental que, como dice Antonio Turiel, alerte de que “ lo que se está vendiendo como ‘transición ecológica’ está muy lejos de ser tal cosa y en realidad está dirigido por inconfesables intereses económicos y corporativos que nos van a precipitar en el abismo de nuestro colapso ecológico” es un documento más que necesario. El hecho de que lo financie alguien como Michael Moore, que se ha ganado a pulso su altavoz mediático desde su acidez narrativa lo hace aún más relevante. Pero si el resultado lo aplauden los negacionistas climáticos, el lobby de las nucleares y de las petroleras y toda la alt-right americana, mientras que recibe críticas (incluso antes de su publicación) por parte de numerosos científicos, Naomi Klein o Georges Monbiot, quizás es que algo no se haya hecho demasiado bien.

Es cierto que una transición completa hacia las energías renovables supone, de forma casi ineludible, tener menos energía disponible de forma permanente, por más que los datos que el film presenta para argumentarlo, en su gran mayoría, estén bastante anticuados o sean erróneos. Esta consecuencia energética, teniendo en cuenta la relación entre consumo de energía y crecimiento PIB, supone el fin del crecimiento perpetuo, una de las bases de nuestro sistema económico. También es verdad que la tecnología eólica y fotovoltaica está basada en la extracción muy contaminante de materiales escasísimos, y que los primeros lustros de una transición energética de nuestra economía hacia estas tecnologías supondrían un incremento de emisión de gases de efecto invernadero. Por lo que es necesario, como decía Gramsci, una «reforma intelectual y moral» que posibilitase un más allá del capitalismo previo al cambio de modelo energético. La tarea histórica de nuestras generaciones consiste en generar un consenso social alrededor del buen vivir y la lujosa pobreza, de la redistribución global de bienes, del tiempo libre per cápita y de unas sólidas redes familiares y de amistad.

Pero esta consecución de hechos, que están en el credo del movimiento ecologista, no son los que el documental presenta por más que se insinúen y que, desde fuera se alaben de forma voluntarista. La única solución al tecnooptimismo de las energías ‘verdes’ presentada y debatida por expertos es el decrecimiento demográfico unido a la (justa) demonización del capitalismo verde. Además, Moore y Gibbs extienden el manto de la duda al movimiento ecologista sin hacerse responsables del cambio cualitativo (y cuantitativo) que han tenido en los últimos 6 años.

Ninguna victoria política es completa; toda revolución choca con los límites sociales y antropológicos de la sociedad en la que se encuentra. Para contribuir a esa reforma intelectual y moral necesitamos tanto conseguir los cambios políticos que están sobre la mesa como ampliar el campo de lo factible; podríamos atrevernos a ofrecer una terna de sugerencias: Política para conseguir lo posible, Cultura para imaginar lo que aún no es posible, y Activismo para empujar por lo imposible. La televisión y el cine constituyen un claro aparato de hegemonía, construyendo la cultura dominante de la sociedad, por lo que documentales como el que tratamos son de especial importancia. No se debería descuidar, como teorizaba Murray Bookchin, exigir unas propuestas de máximos unidas a las reformas existentes en un programa de transición. Esta pretensión traducida a nuestros días pueden ser los Green New Deals más decrecentistas, en los que se vinculen, por ejemplo, la renta mínima a una futura renta básica que garantice por derecho universal el buen vivir, la reducción de la jornada laboral a la progresiva ludificación de nuestros hábitos, la creación de redes de transporte público y la rehabilitación de edificios a un decrecimiento energético… en fin, una transición económica y energética vinculada al desmantelamiento del capitalismo. Todo ello de la mano de la pujanza de unos movimientos sociales que, en su discurso y su praxis, lleven a la sociedad a experimentar y exigir los cambios ineludibles. En estos tiempos de reconstrucción, impidamos que el ‘business as usual’ o las presiones iliberales nos marquen los límites de la nueva normalidad y recuperemos una primavera en la que quepamos todas.

Por Alberto Pajares.