Hace unos años, en Brasil estaba de moda apoyar al juez Sergio Moro y al fiscal Deltan Dallagnol, encargados de investigar al expresidente Lula da Silva. Incluso personas que habían votado a Lula y que aprobaban su gestión como presidente (dejó el gobierno con un 85% de aprobación) elevaron a Moro y Dallagnol a la categoría de Héroes. Eran dos hombres jóvenes y determinados luchando contra el establishment y la corrupción.

Al mismo tiempo, la presidenta Dilma Rousseff afrontaba un proceso de moción de censura.  El carisma de Rouseff no era el de Lula, y con la mala situación económica que atravesaba Brasil, también estaba de moda echarle la culpa de todos los males a ella. Y nadie lo hacía mejor que Jair Bolsonaro, un veterano diputado que nadie tomaba en serio. Pero las diatribas de Bolsonaro contra Dilma Rouseff fueron haciéndose cada vez más virales. En ese momento Bolsonaro también se puso de moda. 

Lo mal visto era decir que Moro era un juez parcial, que el proceso contra Lula parecía más un show mediático en busca de un buen “share” que un proceso judicial serio (han sido muchas las irregularidades cometidas por Moro en este tiempo), y que la presidenta Rousseff era una mujer honesta a la que se imputaba un delito que no había cometido para expulsar a la izquierda del poder. 

En poco tiempo se descubrió que Dilma Rousseff era una mujer honesta, y el delito que supuestamente cometió y que justificaba su expulsión del cargo nunca se investigó después, porque simplemente nunca existió. Pero para entonces las olas Moro y Bolsonaro eran ya imparables. Sin embargo, las encuestas indicaban que Lula arrasaría en las elecciones. Claro que Moro ya estaba a punto de dictar sentencia. Y, sin Lula, Bolsonaro logró hacerse con la victoria. Una victoria sucia, fake news e inhabilitación de su principal rival mediante, pero victoria al fin y al cabo. Entre el 55% del electorado que lo votó, una buena parte habría elegido a Lula por sus políticas sociales, pero acabó eligiendo a Bolsonaro por considerarlo un tipo honesto y, cómo no, determinado.

El caso es que, tras seis meses inmersos en un gobierno tan ultra como caótico, en el que Moro ocupa el Ministerio de Justicia, la verdad de aquel proceso empieza a desvelarse. Unos “hackers” y un equipo de periodistas de investigación estadounidenses están sacando por fascículos conversaciones entre Moro y Dallagnol (juez y fiscal del “caso Lula”) que demuestran que el Juicio, efectivamente, fue una farsa. Juez y fiscal hablan de filtrar datos a la prensa, sobre si fingir investigar o no a otros políticos para darle al juicio “apariencia de imparcialidad “, sobre Lula en términos incompatibles con la imparcialidad exigida a un Juez, etc. El compadreo entre acusación y juez, y la evidente subordinación de Dallagnol frente a Moro demuestran que Moro era el director de una obra de teatro cuyo fin no era una sentencia justa y con arreglo al Derecho brasileño, sino cobrarse una pieza de caza como el Presidente Lula para poder aspirar a algo más que un Juzgado de primera instancia. Y ahí está, lo ha construido: hoy es Ministro de Justicia y tiene el control de otras importantes áreas del Estado brasileño. 

Mientras tanto, ya son varios los organismos internacionales, y como novedad también los nacionales (entre ellos, el Colegio de Abogados de Brasil), los que piden la anulación del Juicio y, en consecuencia, la liberación de Lula y la inhabilitación de Sergio Moro. Algunos miembros del Supremo Tribunal Federal de Brasil ya han dejado claro que, tras la filtración de algunas conversaciones entre Moro y Dallagnol (y quedan más por desvelarse) esto es inevitable. Pero la mayoría del Tribunal no hace más que dilatar una respuesta que, supuestamente, llegará en agosto. Pocos confiamos ya en el Estado de Derecho, vistas tantas tropelías (ya dijo un senador pillado en una conversación con otro que el acuerdo para “echar a Dilma y frenar la sangría [las investigaciones serias contra la corrupción] está pactado también con el Supremo”), pero la esperanza es lo último que se pierde. Si Lula tiene fuerza dentro de la celda, en las calles y combativo, y saliendo de la cárcel con la cabeza bien alta tras demostrarse que no es el condenado de un Juicio sino la víctima de una farsa, puede ser determinante para ponerle freno a la deriva ultra de Brasil. Confiamos en que, por una vez, los jueces decidan en base a las leyes y la Constitución brasileña. No pedimos más.