La crisis civilizatoria que nos encontramos transitando encarna múltiples facetas: es una crisis económica, pero también política, y ecológica. El ensanchamiento de la pobreza y las desigualdades, el vaciamiento del contenido democrático de las instituciones públicas, o las consecuencias asociadas al declive de la energía fósil disponible constituyen diferentes caras de una crisis poliédrica. En el nudo gordiano que entrelaza todas esas dimensiones de la crisis civilizatoria se encuentra un mismo mecanismo detonante: la lógica de funcionamiento del proceso de acumulación del capital y, en un orden superior, la subordinación a esa lógica de la organización de la reproducción social, es decir, de la vida y las bases para sostenerla.

Al mismo tiempo que todas estas problemáticas se encuentran vertebradas por la lógica de reproducción del sistema capitalista, desde un amplio abanico de posicionamientos existe un consenso más o menos claro en ubicar a la tecnología, y en concreto al desarrollo tecnológico, como una herramienta omnipotente, una vía de solución de todas estas crisis. La tecnología como fuente de incrementos de la productividad y, en consecuencia, mayor abundancia material para el conjunto de la sociedad; la tecnología como herramienta capaz de descentralizar los centros de decisión hacia una suerte de democracia basada en la soberanía individual del consumidor; o la tecnología como palanca de una mayor eficiencia en el uso de los recursos fósiles en los procesos productivos. Estas son solo algunas de las respuestas que desde el tecno-optimismo se ofrecen para el abordaje de los problemas planteados anteriormente y que, como podemos comprobar, comparten como núcleo axiomático ese mantra.

Esta fe religiosa en la tecnología se ha forjado históricamente sobre la idea de progreso. Como señala Almudena Hernando, el avance de la técnica ha supuesto para el hombre un dispositivo de control y dominio de cada vez mayores esferas de un entorno natural y social desconocido y plagado de incertidumbres y amenazas. Tecnología, dominio y potencia -poder- sobre las cosas. En la modernidad capitalista el papel del avance tecnológico ha estado estrechamente ligado al desarrollismo productivo y el crecimiento material. El avance de la técnica nos empuja hacia el progreso, nos hace saltar hacia delante en términos históricos. Aunque sea de espaldas al futuro.

Las ideas de desarrollo tecnológico y progreso histórico se funden en un marco en el que se neutraliza y despolitiza el papel que juega la tecnología en nuestra sociedad. La tecnología no es exclusivamente la agregación de conocimiento, energía y materiales; en su desarrollo también subyace una orientación política. Y esta orientación política del avance de la técnica, como es lógico, se alinea en mayor medida con la agenda de intereses de aquellos actores que detentan el poder.

Desde el siglo XIX la actividad científica ha ido tejiendo conexiones cada vez más estrechas con el proceso económico mediante la aplicación de los avances de la técnica en diferentes ámbitos de la actividad productiva. Una parte importante de la actividad científica se ha ido poco a poco canalizando a través de centros de investigación que concentran elevados recursos materiales, pero también enormes conexiones con grandes empresas privadas, principalmente de tipo financiero. Estos intereses crematísticos y la red de intereses, financiación, en definitiva, dependencias que se articulan en torno a ellos pervierten el hipotético objetivo general que debería perseguir la investigación científica, es decir, su orientación a mejorar las condiciones que permiten a una sociedad reproducirse como tal. En lo concreto, ante el gran problema de época que supone la crisis ecológica, investigaciones enfocadas a proyectar una transición ecosocial justa.

Este hecho no es problema exclusivo del campo de las ciencias experimentales. En el ámbito de las ciencias sociales, y en concreto de la economía, también se han desarrollado estructuras de poder. Dentro de la comunidad científica existen normas explícitas e implícitas, y poder para imponerlas a través del control sobre las publicaciones, la financiación de las investigaciones, etc. En definitiva, nos encontramos con toda una estructura de recompensas y de promoción en la actividad docente e investigadora donde la visión ortodoxa de la economía recorre transversalmente dicha estructura.

Al igual que sucede con la idea ilusoria, consolidada en la modernidad capitalista, que teje el vínculo entre desarrollo de la tecnología y nuestra capacidad de control y dominio del entorno, de las ciencias sociales también emerge de manera paralela durante el siglo XX la idea de un ser humano emancipado de sus dependencias físicas y sociales. Una fantasía de la individualidad, la del homo œconomicus, que se apoya en una lectura del comportamiento del cuerpo social como resultado de la mera agregación de las conductas utilitaristas de los individuos que las conforman. Aun a riesgo de simplificar, esa lectura psicológico-moral del individuo se construye sobre su independencia de la naturaleza y de lo social. El individuo dispone de información suficiente sobre su entorno y, poseedor de una racionalidad económica, no tiene problema alguno para desenvolverse en el mercado con objeto de maximizar su utilidad. Una aberración antropológica en la que hacer encajar al individuo en una sociedad (de libres e iguales) que no existe. La fantasía de la igualdad de las libertades y capacidades para todos se ha construido sobre la negación de la desigualdad de los intereses de cada uno, y la distinta fuerza para hacerlos efectivos.

La idea de progreso histórico anclada sobre estos presupuestos acerca de la tecnología omnipotente y el individuo soberano de sí mismo actúan de ejes fundamentales, de soporte intelectual, del proyecto político de las élites dominantes durante las últimas décadas. Resulta relevante el hecho de que este orden no desciende únicamente de arriba, sino que la tecnología es un dispositivo que también genera subjetividad, y el avance de la técnica, tanto dentro como fuera de los centros de trabajo, contribuye y refuerza la atomización del individuo y la subjetivación de su razón autónoma. 

El regresivo proceso de tecnificación, neutralización y atomización del individuo ha derivado en una creciente despolitización de la sociedad que, en última instancia, refuerza el poder de las élites. Si consideramos la política como gestión de la contingencia con vocación de producir futuro -horizontes emancipatorios-, con el desplazamiento de la política del centro de referencia de la sociedad el futuro nos viene determinado por el avance tecnológico y las tendencias del mercado. 

En este marco el Estado queda relegado a ser un subproducto del proceso mercantil, y sus intentos de control de la economía no van más allá de ser meras operaciones de gestión de tendencias tecnológicas y económicas que nos vienen dadas y le sobrepasan. La puesta al día de sus funciones en un contexto como el actual, de restauración capitalista tras la crisis de 2008, es la de adaptar a la sociedad a los imperativos de la acumulación de capital, esto es, de la rentabilidad. Y esto se produce -y se producirá- bajo los parámetros de una creciente violencia y exclusión institucional.

El progreso capitalista en su fase actual está demoliendo la sustancia misma de lo social y, en un orden superior, de la vida en su conjunto, incorporando a la rueda de su molino cada vez más parcelas de la misma. Y en ello la tecnología está jugando un papel determinante. La denominada gig economy, o el uso comercial que se hace de nuestra información, da buena muestra de ello. 

No hay progreso bajo el capitalismo porque bajo el capitalismo no hay futuro, y el avance de la técnica, mientras quede sujeto al imperativo de la rentabilidad, no va a ser instrumento suficiente que lo garantice. La lógica de funcionamiento de nuestras sociedades bajo ese imperativo es biocida y, por tanto, la producción de futuro debe desembarazarse de la idea de progreso en la que la modernidad capitalista ha encapsulado a la política. Debemos elaborar estrategias sobre otros vectores alejados de la linealidad histórica que nos marca el capitalismo. Y para ello es necesario repolitizar la tecnología, que no es otra cosa que repolitizar nuestra relación con ella. La tarea que tenemos por delante es histórica.

Por Darío Claver Seguí