La crisis del sistema financiero que estalló entre los años 2007 y 2008 recorrió el mundo asolando las economías de países y regiones, empobreciendo a las clases medias y obligando a los gobiernos y bancos centrales de muchos países a tomar medidas drásticas para evitar lo peor. No es esta una crisis más del capitalismo, ni siquiera comparable a la Gran Depresión de 1929, porque hunde sus raíces en lo más profundo de la tierra, hasta los últimos rincones en los que las empresas extractoras se afanan por arañar los últimos gramos de los materiales que mueven nuestro mundo.

Han pasado 12 años desde que estalló una crisis económica que, por mucho que se intente maquillar, sigue muy presente. No pasa un año sin que escuchemos que la economía se desacelera, ese eufemismo que se utiliza desde el establishment para evitar hablar de desempleo, precariedad, desahucios, o quiebra de empresas. Ya nada volverá a ser como antes, nos dicen que nos olvidemos de empleos estables y de calidad, de reclamaciones sociales, y un largo etcétera. La “salida” de la crisis que se predica va acompañada de empleo temporal, movilidad laboral y geográfica, emigración, colchones familiares y cinturones apretados. También de trabajadores empobrecidos, de un incremento en el número de accidentes laborales, y en el número de suicidios, que según el INE había aumentado un 20% en 2014 respecto al periodo previo a la crisis (y cuyas cifras son probablemente muy inferiores a los casos reales).

Los grandes capitales sin embargo se han incrementado, aprovechando la situación para reducir salarios y condiciones laborales, e incrementar sus tasas de ganancia. Podría pensarse que la crisis es la excusa perfecta para ello, pero que, en unos años, cuando salgamos de ella, podremos volver a la vida de antes. Sin embargo, existen elementos que marcan una diferencia entre esta crisis y otras anteriores. El calentamiento global, la contaminación de aguas y tierras, la escasez creciente de ciertos recursos, entre ellos los energéticos, y el incremento de la población mundial, hacen que el momento que vivimos sea un punto de inflexión en el que ya nada volverá a ser como antes.

El fin del petróleo barato

En el año 2007, en el momento de estallar la crisis hipotecaria en Estados Unidos, el precio del barril de petróleo se había prácticamente duplicado, finalizando el año con casi 100 $ por barril, y superando en julio de 2008, en el momento álgido de la crisis mundial, los 145 $ por barril, el mayor precio pagado en la historia. El precio del petróleo se había multiplicado hasta lo imposible desde los años 90, en que habían oscilado alrededor de los 20 dólares.

La crisis económica presenta múltiples aristas. Sería simplista señalar el precio del petróleo como la causa única de la crisis que vivimos, olvidando la burbuja inmobiliaria, las hipotecas subprime, la avaricia y la especulación generalizada, o las malas prácticas de algunas grandes empresas. Pero sería absurdo, por otro lado, no señalar el precio del petróleo como un factor de primer orden en el desenlace de esta crisis y de sus vaivenes, que seguirán llegando como réplicas de un tsunami.

El petróleo es la sangre que corre por las venas del capitalismo globalizado, que permite que en los estantes de nuestros supermercados encontremos productos importados desde miles de kilómetros. Del petróleo depende la industria agroalimentaria moderna, desde la maquinaria y los fertilizantes hasta el transporte y procesado de los alimentos. También la ropa, la construcción y la movilidad generalizada de los miles de millones de personas que todos los días estudian, trabajan y consumen. 

Existen factores coyunturales que llevaron a esta subida en el precio del petróleo, como la guerra de Irak, las restricciones a Irán debido al desarrollo de su programa nuclear, el cuello de botella que suponen las refinerías para atender a la demanda mundial, la debilidad del dólar o los movimientos especulativos con las materias primas. Pero sin duda, el hecho singular que marca un antes y un después en la historia reciente es la superación del pico de extracción del petróleo convencional.

La Agencia Internacional de la Energía apuntaba en su informe anual de 2010 que el petróleo convencional parecía haber llegado a su pico de extracción en el año 2006. Desde entonces, la extracción del petróleo más barato se encuentra estancada, y la demanda creciente de crudo se atiende gracias a la extracción en aguas profundas y ultraprofundas, arenas bituminosas, esquistos, o petróleos pesados, más caros y de extracción más compleja. A esto hay que añadir la reducción de la tasa de retorno energético (TRE) de estos nuevos tipos de petróleo. La TRE mide la cantidad de energía que hay que invertir para extraer cada unidad energética (en forma de prospecciones, perforaciones, infraestructuras de transporte y refino, etc.). A principios del siglo XX, por cada 100 barriles de petróleo que se extraían había que invertir uno, es decir, la TRE era de 100 a 1. Sin embargo, el petróleo convencional actual tiene tasas de retorno en torno a 20 o 30, y el petróleo no convencional por debajo de 5.

El resultado es que el precio del petróleo en estos últimos 12 años se ha mantenido muy alto (entre los 50 y 100 dólares el barril) y con una alta volatilidad en los precios. El consumo no ha parado de incrementarse, fundamentalmente debido a la economía de China, India y el sudeste asiático. Un incremento entre los años 2007 y 2017 de más de 13 millones de barriles diarios, a un ritmo anual del 1,2%.

Consumo insostenible de materiales

La economía devora petróleo, gas natural, carbón y uranio. También una cantidad enorme de metales y minerales, algunos de los cuales no son especialmente abundantes y están concentrados en lugares muy puntuales del planeta, como es el caso del Litio o del Cobalto. El precio del cobre se multiplicó por cuatro desde el año 2000 hasta el 2008 y desde entonces se mantiene en precios altos, el del paladio se ha multiplicado por 8 en los últimos 15 años. El zinc, el estaño, el oro o el germanio… son algunos de los metales que no cuentan con grandes reservas disponibles, y que pueden agotarse o encarecerse aún más, en las próximas décadas, de mantenerse el ritmo de extracción actual. El problema de los minerales es su dispersión en la naturaleza, lo que exige tasas más altas de consumo de energía, tiempo y esfuerzo para su extracción una vez que se agotan los yacimientos más accesibles y concentrados. Sucede lo mismo que con las fuentes energéticas. 

El reciclaje puede ser una solución, pero para que sea factible y eficiente son necesarias dos premisas:  un diseño de los productos que desde el principio esté enfocado al aprovechamiento de los materiales al finalizar su vida útil, y una gestión de los residuos que haga posible su separación y reutilización. La consecuencia del modelo actual de producción y desecho es una dispersión de materiales muy valiosos en vertederos alrededor de todo el mundo. Se habla desde hace años de qie, precisamente estos vertederos serán las minas del futuro. Lo que no sabemos es el coste económico, ecológico y social que tendrán esas labores de minería.

Ni los coches eléctricos serán la solución a los problemas de movilidad, ni las energías renovables lo serán, por sí solas, para el abastecimiento de energía. Como se ha comentado, en ambos casos son necesarios metales y minerales escasos y que empiezan a dar muestras de agotamiento. La sociedad de la información y la comunicación tal y como la conocemos tampoco resolverá nuestros problemas, puesto que está basada en una tecnología que requiere estos mismos materiales. Los centros de datos y comunicaciones ya consumen el 5% de la energía a nivel mundial, y en aumento exponencial a medida que nuestros hogares, oficinas, o vehículos incrementan el número de gadgets de los que nos rodeamos.

Un basurero a nuestros pies

Si por un lado encontramos problemas cada vez más evidentes en la extracción de los recursos que precisa nuestro modelo de sociedad, por otro son también cada vez más visibles las consecuencias que tiene el otro lado del metabolismo industrial, los desechos que generamos. Uno de esos subproductos es el dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero (GEI), consecuencia fundamentalmente de la quema de combustibles fósiles. Año tras año se baten récords en la concentración de estos gases en la atmósfera. La medición más reciente, en junio de 2019, arrojaba un dato altamente preocupante, 415 ppm (partes por millón) de concentración atmosférica, una cifra nunca vista desde hace millones de años. 

El calentamiento global de la atmósfera y los océanos es un fenómeno claro, con consecuencias importantísimas que empezamos a percibir, y que requiere una actuación más urgente que nunca. Pese a que la comunidad científica internacional lleva varias décadas advirtiendo sobre el problema, las casusas y las soluciones, la inacción de los diferentes gobiernos ha sido la tónica general. De seguir con el ritmo de emisiones actual, se prevé un incremento de la temperatura global del planeta por encima de los 3ºC o 4ºC, con consecuencias imprevisibles y que pueden superar todos los pronósticos hasta la fecha. De hecho, ya se están observando fenómenos que suceden más rápido de lo que la ciencia había predicho.

El calentamiento global no es el único problema preocupante de nuestro modelo de vida. El Centro de Estocolmo sobre Resiliencia (Stockholm Resilience Center), perteneciente a la Universidad de Estocolmo, lleva años estudiando una serie de parámetros que inciden a nivel global en el mantenimiento de los ecosistemas y de la vida tal y como la conocemos, y los datos son preocupantes. Entre los parámetros que actualmente están totalmente fuera de los límites de la sostenibilidad, además del calentamiento global, figuran la diversidad genética, los flujos del fósforo y del nitrógeno, y la utilización de la tierra. Existen otros parámetros altamente preocupantes sobre los que existen pocos datos, como la creciente carga de aerosoles en la atmósfera o la dispersión de sustancias químicas contaminantes en el medio natural.

Quizás las imágenes más gráficas sobre residuos son las asociadas a la contaminación por plásticos, con imágenes impactantes sobre playas cubiertas de estos materiales o grandes extensiones en los océanos en forma de islas del tamaño de países enteros. Impactantes también son las imágenes de tortugas, cetáceos y otros animales marinos, muertos o moribundos a causa de estos materiales, ya sea por ingestión o por estrangulamiento. 

Pero el problema de nuestros residuos va mucho más lejos de los efectos visibles. Los océanos y mares tienen problemas de contaminación por metales pesados, como el mercurio, el cadmio, el estaño, o el arsénico. Muchos de ellos son bioacumulativos, lo que quiere decir que se acumulan a través de la cadena trófica en los peces de mayor tamaño, y que se encuentran en muchas de las especies comerciales capturadas. Ocurre lo mismo con los microplásticos, que ya se encuentran en cientos de especies de peces y mariscos, y que, junto con los metales pesados y otros tipos de contaminantes, llegan al ser humano en la alimentación diaria. A la contaminación física y química se unen otra serie de problemas como la contaminación acústica, asociada a varamientos de cetáceos, o la sobrepesca de una gran cantidad de especies comerciales. 

La FAO estima, en su último informe anual de pesca y acuicultura (2018), que aproximadamente un tercio de las especies comerciales se capturan por encima de sus límites ecológicos a nivel mundial, un 57% están explotadas a un nivel de sostenibilidad máximo, y sólo el 10% se explotan por debajo de su capacidad biológica de regeneración. La situación es diferente según las regiones, siendo el Mediterráneo, el Pacífico sudoriental y el Atlántico sudoccidental, por este orden, las más sobreexplotadas, donde cerca del 60% de las especies son capturadas a niveles insostenibles.

Cambiar el sistema para salvar la vida

El panorama que se dibuja asemeja apocalíptico, y no es para menos. El ser humano lleva miles de años habitando el planeta como si no hubiera un mañana, extrayendo recursos de la tierra y los mares sin miramientos, y arrojando sus desechos allá donde le era más fácil. El descubrimiento de fuentes de energía fósil propició la sociedad industrial y el desarrollo de la población de forma exponencial. La disponibilidad de energía en abundancia y los avances tecnológicos han dado a la humanidad una capacidad de transformación del entorno como nunca antes se había visto. También ha propiciado la globalización de la economía y la acumulación de recursos y poder en unas pocas manos, con desigualdades abismales entre unas personas y otras, de mano de un capitalismo dominante y sin ningún contrapeso desde la caída del muro de Berlín.

La humanidad se enfrenta a un reto único en su historia: hacer frente a los límites del planeta, en un entorno que requiere una gobernanza global bajo parámetros sostenibles. Frente al encarecimiento de la energía, el cambio climático plantea límites más inminentes: evitar lo peor del calentamiento global requiere dejar en el subsuelo las dos terceras partes de las reservas conocidas de petróleo, gas y carbón. Por ello es muy pertinente la declaración de emergencia climática, lo que significa de forma urgente plantear una política de autocontención, algo parecido a una economía de guerra.

Un nuevo sistema económico debería hacerse valer frente al actual, generador de desigualdades y devorador de recursos. El nuevo sistema no debería precisar un crecimiento continuo de sus indicadores, pues hasta la fecha esto ha significado mayor consumo de energía y materiales, al tiempo que mayor grado de desigualdades sociales. Este nuevo sistema debería estar basado en el cierre de los ciclos de los materiales y en el aprovechamiento de los flujos energéticos renovables. Entre sus prioridades debería estar el mantenimiento de la vida en todas sus forma y conseguir una vida digna para todas las personas, presentes y futuras.

Por Rodrigo Irurzun