El actual momento del ecologismo social, vehiculado a partir de las iniciativas Fridays for Future (con Greta Thunberg como referente internacional) y otras plataformas como Extinction Rebellion (lanzada como manifiesto desde varias instituciones científicas británicas), anuncian un cambio de compás del movimiento ecologista a escala transnacional. De un tiempo a esta parte, el ecologismo ha recuperado su fuerza como agente de transformación, marcando la agenda gubernamental, entrelazándose con demandas específicas de sectores sociales vulnerables, ligando la lucha por el planeta a la lucha por la vida digna planteada por el movimiento feminista y articulando a escala global semanas de movilización sin precedentes en las últimas décadas. 

Además, y por suerte, ha configurado un corte generacional: las voces del movimiento ecologista computan una media de edad asombrosamente baja y un liderazgo particularmente juvenil. Esto implica que el ecologismo tiene relevo generacional y que incorpora a la movilización política a una amplia capa de militantes que todavía no han cumplido la mayoría de edad y en quienes se pensaba, con frecuencia, como personas despolitizadas. Los reproches sobre la poca profundidad crítica hacia el capitalismo vertidos sobre Greta Thunberg son, seguramente, críticas al propio ecologismo: dudas acerca de su capacidad, desde un planteamiento no-de-clase, para aglutinar fuerzas mayoritarias y proyectar una sociedad alternativa. Dudas similares a las escuchadas desde ciertos sectores de la izquierda sobre el movimiento feminista.

Analizando las reivindicaciones del nuevo ecologismo, y repasando las conclusiones de  Luis González Reyes, podemos concretar los 4 ejes de disenso ecologista contra el sistema capitalista: emergencia climática, extinción de la biodiversidad, crisis energética y crisis de consumo/cuidados.

Para dar respuesta a estos 4 aspectos, el movimiento ecologista ha dispuesto de un debate entre dos modelos aparentemente contradictorios: el “Green New Deal” (GND en adelante) o el “decrecimiento”. La reproducción ampliada de capital tiene límites objetivos en términos energéticos, climatológicos, de recursos y de fuerza de trabajo.  Inevitablemente, tanto la emergencia climática como la crisis energética y la pérdida de biodiversidad poseen un carácter global y, por ende, han de abordarse desde escalas diversas y múltiples enfoques. 

Una primera respuesta a este dilema: tan necesario es el decrecimiento en Europa, EEUU, Japón y China como lo es el crecimiento sostenible en los países del sur global, fundamentalmente en las economías en vías de crecimiento del sureste asiático y África; lugares donde se concentra la mayoría de la población y donde además se expresan claramente conflictos globales de clase. Occidente no puede exigir a sus proveedores que disminuyan su producción sin que se haya reducido la demanda; la discusión ecológica no puede ser una simple guerra comercial encubierta, sino que requiere sacrificios de todos los actores. 

Además, en el contexto occidental, la contradicción entre ambas propuestas puede resolverse si pensamos que cada una de ellas demanda un acercamiento temporal diferente. Buena parte de quienes defienden hoy el GND asumen que, a una generación vista, el planeta se enfrentará a una escasez de recursos que habrá que resolver de la forma más justa posible; es decir, se enfrentará al decrecimiento forzoso.

Por otro lado, el movimiento ecologista plantea contradicciones al mundo del trabajo: En estas reivindicaciones, la mayoría de centrales sindicales tienen una posición timorata y poco interesada en el ecologismo. Para el sindicalismo mayoritario, su tarea termina donde acaba la relación salarial y el convenio colectivo; instituciones que pueden verse afectadas por demandas de reducción de la esfera material de la sociedad . Quizá por ello, y por la composición de su afiliación, CGT sí estuvo más presente en las semanas de movilizaciones: análisis y práctica.

El movimiento ecologista tiene capacidad de agencia transnacional. Tal y como demuestran las movilizaciones del 27 de septiembre y del 7 de octubre, el ecologismo es un movimiento con mucha mecha que puede reeditar jornadas de movilización global. Ni siquiera la fase del 15M o los movimientos estudiantiles contra el EEES tuvieron tanta coordinación. Algo que aplaudir teniendo en cuenta el bajo nivel de compromiso organizativo habitual entre la militancia.

En definitiva y para alimentar el debate en el plano más político-ideológico cabe decir lo siguiente: el próximo ciclo de demandas ecologistas tendrá resonancia en los partidos, pero sus efectos habrá que analizarlos con mesura. Los partidos verdes europeos, más allá de su integración etapista en el “establishment” europeo –siendo paradigmático el caso alemán u holandés- generalmente no recogen la ola verde de disidencia contra el sistema allí donde existen también fuerzas políticas de la izquierda transformadora. De nuevo las diferencias entre centro/periferia europeas persisten. Al contrario que en Holanda o Alemania, en la periferia los partidos verdes pierden fuelle soslayados por partidos a la izquierda de la socialdemocracia. En el estado español no parece que ningún partido (ni Más País, ni Podemos, ni IU, ni las izquierdas independentistas) esté en condiciones de representar las expectativas del movimiento ecologista. No por desazón o desacuerdo, sino porque en cierta medida, son demandas que atacan la condición de estabilidad dentro del marco de gobierno, dentro de las instituciones. En este sentido, la fuerza política de la izquierda transformadora que mayor capacidad tenga de desplegar políticas ecologistas y de corte ecofeminista será aquella que no se erija como “fuerza verde” sino la que mejor entienda las demandas, la relación de respeto y apoyo entre el partido y el movimiento y quien pueda aplicar en el corto plazo iniciativas concretas. El hecho de que la reivindicación ecologista necesite una expresión electoral mayoritaria no significa que tenga que expresarse en un único partido o plataforma política. De forma coyuntural, deberá expresarse como tendencia dentro de un partido más amplio, como coalición preelectoral o bien como alianza postelectoral entre varias fuerzas políticas.

Por último, nos quedan pocas dudas acerca de la capacidad del ecologismo, de la mano del feminismo, para proyectar una cosmovisión de futuro que nos permita imaginar una sociedad alternativa; una nueva cultura construida por y para la mayoría social y su entorno biofísico; una forma de relacionarnos solidaria, que ponga en el centro la vida y su cuidado y que asegure las condiciones de una existencia digna, frugal y cercana para toda la población.