Por Antoine Cargoet. Publicado originalmente en Le Vent Se Lève. Traducido por Beltza Rodríguez-Antigüedad.

 

La Revolución Francesa es el lugar donde se dan cita las emociones más extremas. De hecho, ¿qué otro momento histórico puede presumir de concentrar tal densidad emocional? Las emociones están asociadas al pueblo y el pueblo es culpable del Terror y de la Guerra de la Vendée. Es presa de las más extremas emociones, desde el miedo a la alegría, desde el placer a la ira, y es responsable de los peores excesos. A partir de esta lectura, realizada tanto por los contemporáneos como por los autores que se interesaron posteriormente en la Revolución, nace en muchos una condena de las pasiones y el deseo de contenerlas. Sin embargo, tras del destierro de las pasiones, lo que surge es el distanciamiento de la gente. ¿Cómo podemos entonces dudar de que la recuperación de las pasiones podría conducir al despertar de la historia?

El reciente estreno de la película de Pierre Schoeller Un pueblo y su Rey contrasta con las representaciones generalmente ofrecidas de la Revolución Francesa, en el sentido de que muestra los acontecimientos desde el punto de vista de los héroes populares. El pueblo ya no está representado en esta película como una masa informe de personas difuminadas dentro de una multitud irracional y peligrosa. El director, por el contrario, saca a la luz individualidades inmersas en el tumulto revolucionario. El trabajo de Schoeller destaca por la marcada ruptura con la representación tradicional de la Revolución, la cual ha sacudido de miedo a los autores contrarrevolucionarios, o sencillamente más moderados, aterrorizados ante la idea de que las pasiones del pueblo podrían volver a desatarse.

Hoy en día la idea de que no se puede entender la historia de la Revolución francesa solo con el estudio de los actos legislativos está generalmente aceptada. Igualmente se sabe que tampoco se puede captar la esencia de esta historia si se aborda con una mirada fría y desapasionada. La objetividad necesaria del historiador no prohíbe tener en cuenta el papel motor que tienen los sentimientos en el desarrollo de los acontecimientos. Es por eso que hemos considerado pertinente traer aquí la historia de las emociones como forma de abordar el episodio histórico tan relevante que es la Revolución Francesa. La Revolución es ese momento en que la historia cambia, estableciendo un régimen emocional nuevo e inaugurando una nueva relación entre razón y emociones.

La irrupción de las pasiones en la historia

 

Desde sus primeros momentos, cuando se desencadena, la Revolución solo se concibe como el esbozo de un mundo nuevo. La impugnación fiscal de sus inicios está envuelta por la organización que los revolucionarios intentan conferir a la nueva sociedad. Aristócratas, clérigos, vagabundos, burgueses y campesinos desaparecen detrás del nombre de ciudadano. Desde la constitución del tercer estado en la Asamblea Nacional, el 17 de junio de 1789, hasta la proclamación de la declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano, el 26 de agosto, este deseo de modelar un hombre nuevo se consolida.

La Revolución de 1789 se anuncia desde el principio como la irrupción de las masas en el gran escenario de la historia. La cosa pública se desincrusta de los pasillos de Versalles y empieza a discutirse en torno a la redacción de cuadernos de quejas, en las tabernas, en la calle y enseguida en los clubs y en las asambleas populares. La política ya no es esa cuestión distinguida y reservada para el disfrute de unos pocos, sino que es el asunto de todos e inmediatamente es investida con los sentimientos más extremos. «Se necesita exaltación para fundar repúblicas«, señaló Danton.

Arresto del gobernador de la Bastilla, Jean-Baptiste Lallemand, hacia 1790-1792, Wikipedia Commons

Los revolucionarios de 1789 no son los agentes de un gran plan diseñado desde arriba, sino que son, como lo describe Tymothy Tackett, arrastrados por el tumulto de los acontecimientos y se acogen a una política de adaptación a circunstancias cambiantes. No cabe duda de que el pueblo de los suburbios de Paris o del campo es el elemento motor de este enorme revuelo que surge en el verano de 1789. Pero no es todavía un pueblo revolucionario.  Apegado a su Rey y profundamente religioso, el pueblo francés de entonces se compone mayoritariamente de campesinos que sufren por los impuestos y por las malas cosechas. Al mismo tiempo que entra a formar parte de la Sociedad, el pueblo de 1789 porta consigo y en bandolera el elemento pasional. El sentido común de entonces está modelado por la religión. Los recientes trabajos historiográficos presentados por Guillaume Mazeau en su capítulo del segundo volumen de La historia de las emociones, muestran como la visión del mundo de los campesinos franceses está impregnada por el miedo escatológico de un fin del mundo inminente. La época está plagada de emociones.

El final del siglo XVIII es también un período optimista, y no vamos a insistir en el papel jugado por los ideales de la Ilustración en la formación de las mentes educadas, que es sobradamente conocido. Se detecta en los escritos de los revolucionarios la influencia ejercida por una época de progreso moral y técnico: ello puede verse desde la súplica de Robespierre para la instalación de un pararrayos en St-Omer en 1783, hasta en el uso de la metáfora de la electricidad, aún mal conocida, para describir los problemas parisinos. Del progreso moral y técnico hasta el perfeccionamiento del hombre no hay más que un paso que los revolucionarios están prestos a dar.

De hecho, la cuestión institucional que se plantea en la Asamblea Constituyente se ve atravesada muy rápidamente por la problemática del papel de las personas en la Sociedad y, en consecuencia, del lugar otorgado a las emociones. La Revolución, ”Insurrección del espíritu» según las palabras de Saint-Just, desafía el embrutecimiento de las masas y quiere ennoblecer a los hombres.  Esto debe llevarse a cabo, según la opinión de la época, por el retorno a un estado de primitivismo civilizado idealizado por varios revolucionarios, en especial por los más influenciados por el pensamiento de Rousseau. Los hombres de 1789 apuestan así por la razón sensible. Contra las lecturas teleológicas, debe tenerse en cuenta que las emociones no se consideran en ese momento como lo fueron después de los episodios de la guerra revolucionaria y del Terror. La sensibilidad se considera entonces una prerrogativa de los aristócratas: hay que estar educado en la sensibilidad. El historiador de las emociones William Reddy sostiene así la tesis de que el siglo XVIII estuvo más marcado por el advenimiento del sentimentalismo que por el de la razón. El sentimiento natural lleva a la virtud pública; en la corte, experimentar emociones es una señal de civilización.

Se puede, por tanto, creer en el advenimiento durante los primeros momentos de la Revolución de un nuevo régimen emocional colocado bajo el signo de la razón sensible. Según la definición dada por W. Reddy, se entiende por régimen emocional «el establecimiento de la normatividad emocional y de rituales oficiales» como «fundamento necesario para cualquier régimen político«. Estudiar a la Revolución a través del prisma de la historia de las emociones es por eso pertinente, porque las emociones solapan a todas las posibles diferencias que surgen. Esto implica examinar el uso político de las emociones, su movilización popular, el lugar que se les otorga en los textos legislativos y en los discursos, la distribución social de las emociones y, finalmente, restituirles el eminente papel que han jugado en la escalada revolucionaria.

Las emociones se ubican socialmente. En los primeros momentos de la Revolución, son un marcador social. En 1791, por ejemplo, el debate en torno a la creación de una guardia nacional está condicionado por la decisión de a quién dar armas. No se puede confiar la guardia de la ciudad más que a personas razonables contra la insensibilidad del pueblo, es decir, su barbarie. La Asamblea Legislativa, elegida por sufragio censitario, reserva el derecho de pertenecer a la Guardia Nacional solo a los ciudadanos activos.

La historia de las emociones, que se ha convertido en las últimas décadas en un área científica especifica recoloca a las emociones en la historia, restaurando su anclaje socio-histórico que les pertenece y refuta la idea comúnmente aceptada de que “siempre han existido” sin importar el tiempo y el lugar. Rechaza, sobre todo, su inaccesibilidad. Las «pasiones» estaban relegadas hasta entonces al ámbito de lo irracional y los historiadores se mostraban reacios a aceptarlas como objeto de análisis. La Revolución francesa, porque es un concentrado emocional por antonomasia, es probablemente el mejor objeto de análisis que existe para una disciplina en plena construcción.

La revolución como desborde de las emociones

 

Las emociones se imponen en la Revolución y cambian su curso. Durante el verano de 1789, el episodio del «Gran Miedo» se introduce en la Asamblea Constituyente, todavía instalada en el palacete de “los Pequeños Placeres” de Versalles. El historiador americano Timothy Tackett profundiza en el papel de los rumores en una revolución. Estos rumores son, de hecho, el carburante del Gran Miedo. Los nobles enviarían bandas armadas para asaltar el campo y saquear las aldeas. En una revolución, la irracionalidad tiene carta de naturaleza. La cuestión de la represión de los disturbios a lo cual Robespierre opone resistencia contra la opresión, ya contiene todo el futuro de la Revolución. Entre los diputados, el control de las emociones se convierte en un marcador político: se da preferencia muy gustosamente a la sensatez, pretendiendo tomar decisiones sobre el destino de la nación, al margen de las emociones y lejos de la presión del pueblo. Sin embargo, a medida que la Revolución de 1789 avanza, cada vez va resultando más sospechoso el no sentir emociones

Retrato de Maximilien de Robespierre, pintado por Adélaïde Labille-Guiard en 1791. Wikimedia Commons

El asunto de las emociones, de hecho, pone en cuestión la cristalización de los sentimientos populares en algunas figuras. La palabra «popular» adquiere un nuevo significado y describe el hecho de ser «amado por el pueblo». Primero Mirabeau se convierte en un héroe. Él es, como más tarde lo fuera Danton, ese tipo de vividor valiente que trae la Revolución. Los discursos y la complexión de ambos hacen que se olviden su condición social y los actos de corrupción que han cometido. «Quizás él pensaba que, en los grandes movimientos revolucionarios, la fogosidad de las pasiones y la energía de la voluntad eran más necesarias que una virtud estrecha y débil«, dice Jaurès de Mirabeau. La oposición entre Danton el vividor y Robespierre el asceta, aunque es en gran medida inexacta y ha sido instrumentalizada contraviniendo así la realidad histórica, tiene sin embargo la ventaja de poner en cuestión la proyección de las aspiraciones individuales en figuras como las de estos dos hombres. Marat tenia, más que nadie, la capacidad de disgustar a las élites políticas y movilizar a las masas por sus excesos, su aire desvergonzado y sus repetidos llamamientos al asesinato. En cambio, no se entiende tan fácilmente que un hombre como Robespierre pueda electrificar a las masas de los barrios parisinos. Hervé Leuwers se pregunta precisamente por el prestigio que gozaba el diputado de Arras. «El amigo del pueblo”, Marat, se parecía a las masas populares. Robespierre, sin embargo, vestía escrupulosamente y usaba una peluca empolvada como era la costumbre bajo el Antiguo Régimen. Al contrario del estilo de Marat, Robespierre fue un razonador implacable, que pronunció discursos de dos, tres o cuatro horas en la Convención o en los clubs jacobinos, logrando, a pesar de ello, imponer sus puntos de vista entre la masa de los sans-culottes. Billaud-Varenne escribe sobre él: “Si me preguntaran cómo logró obtener tanta influencia sobre la opinión pública, respondería que fue demostrando las virtudes más austeras, la entrega más absoluta, los principios más puros”. A pesar de las considerables diferencias de estilos que separan sus respectivas artes oratorias, cada una de las figuras más importantes de la Revolución consigue cristalizar las aspiraciones y los sentimientos de las comunidades emocionales que se forman en aquel momento.

El amor y la empatía unen a las masas y las convierten en pueblo, pero las emociones conquistan también a los revolucionarios. Después de que las mujeres trajeran al Rey a París, el 5 y 6 de octubre de 1789, la Asamblea Constituyente continua, pero las sesiones se desarrollan entonces con un ambiente completamente diferente. El pueblo parisino asiste a las sesiones de la Asamblea. Su presencia en las gradas, junto con el creciente peso de los clubes, la proliferación de los periódicos y la difusión de rumores, someten a la Asamblea a la ley de las emociones populares y radicalizan las divisiones políticas. El salón del Picadero, en las Tullerías, donde se encuentra la Asamblea, es invadido regularmente por peticionarios, la gente grita desde las gradas, los diputados arremeten entre ellos y continúan sus peleas a través de la prensa. Las traiciones de Lafayette o de Dumouriez y la intensificación de la lucha contrarrevolucionaria engendran una atmósfera de miedo. Se denuncia y se pide que se decrete el arresto de sus colegas. Camille Desmoulins publica una «declaración de los derechos del acusador«.

Las sesiones de la Asamblea Constituyente, y después de la Asamblea Legislativa, tienen también momentos felices. Basándose en las transcripciones de las deliberaciones, Guillaume Mazeau informa de que durante los primeros 28 meses de la Revolución, al menos cuatrocientas carcajadas y burlas políticas entrecortaron los debates. Los diputados, desgastados por las tensiones, son también capaces de dejarse llevar por manifestaciones de alegría. Por ejemplo, cuando el diputado Antoine-Adrien Lamourette propuso el 7 de julio de 1792 a los diputados besarse en señal de fraternidad y, a pesar de sus desencuentros, todos lo hicieron. Por muy temporal y extraño que pudiera parecer ese momento, calificado desde entonces como «beso Lamourette», este hecho muestra el sentimiento que compartían los revolucionarios de entonces.

La revolución es también una fiesta. En este sentido, innova y rompe radicalmente con la tradición del Antiguo Régimen. Es el caso de la plantación de árboles de la libertad, de la organización de grandes festejos populares o del uso de los últimos medios técnicos. Guillaume Mazeau señala: “La hoguera, el petardo y los fuegos artificiales, constantemente utilizados, traducen perfectamente este expresionismo revolucionario, al mismo tiempo solemne y bravato. La escalada de la luz y del ruido tienen por objetivo, al contrario que las demostraciones de poder de los festivales del Antiguo Régimen, alejar el miedo, intimidar a los enemigos e infundir valor. Asociada con las virtudes regenerativas de la electricidad y del magnetismo animal, la pirotecnia es, de hecho, elogiada por su capacidad para electrificar las sensibilidades”.

La coexistencia de sentimientos alegres y de sentimientos tristes fue, indudablemente, una realidad desde los primeros momentos de la Revolución. Esta coexistencia continuó, sin duda, bajo la forma de equilibrio inestable hasta su final. Los cambios en el seno de esta economía emocional se operaron mucho más a través de cambios paulatinos que por saltos abruptos. Desde la aclamación de Luis XVI llevando la escarapela, hasta su decapitación el 21 de enero de 1793 pasa poco tiempo, pero una tal concentración de acontecimientos y de emociones hace que este corto período de tiempo parezca contener una eternidad. La relación del pueblo con su Rey es al principio, y durante mucho tiempo, fusional. El Rey puede considerarse como un padre ausente, incluso indigno, pero, al fin y al cabo, como un padre. Su huida a Varennes, los vetos sucesivos, la intensificación de la guerra en las fronteras, el manifiesto de Brunswick y la toma de las Tullerías acabaran por convertir la desafección en resentimiento.

Toma del palacio de las Tullerías el 10 de agosto de 1792, durante la Revolución Francesa. Jean Duplessis-Bertaux, 1793. Wikimedia Commons

Es imposible establecer una clara separación entre dos regímenes emocionales, la historia de las emociones no se presta a una lógica cronológica demasiado estricta. Sin embargo, planteamos la hipótesis de un cambio en 1792. La toma de las Tullerías el 10 de agosto, la proclamación de la República el 21 de septiembre de 1792 y las masacres de septiembre modifican el sentido de la Revolución Francesa y marcan el advenimiento de un régimen emocional nuevo.

 

La revolución como conciencia trágica de la historia

 

Las masacres de septiembre, durante las cuales más de mil hombres y mujeres fueron masacrados en las cárceles por su supuesta pertenencia a un complot contrarrevolucionario, suscitaron horror y asco. Con este hecho se inaugura una relación nueva con la violencia. Los acontecimientos parisinos y el endurecimiento de la represión en Lyon, Nantes y en toda la Vendée encuentran sus raíces en el agravamiento de la guerra en las fronteras. Según el sentir de los revolucionarios, hay que acabar con las conspiraciones de los enemigos del interior para restaurar la situación militar o, retomando las palabras de Robespierre, «La revolución es la guerra de la libertad contra sus enemigos“.

Para enfrentarse a las monarquías coligadas de Europa, la Convención vota, en febrero de 1793, el alzamiento en masa. Después de las sucesivas derrotas de los primeros meses, con Valmy comienza el ciclo de las victorias. Los reclutas del año II son temidos en toda Europa. Se está produciendo una nueva norma de género: los nobles del Antiguo Régimen son objeto de burla y retratados como afeminados y débiles; los soldados de la República, por el contrario, son alabados por su virilidad y su coraje. Del mismo modo, los miembros de la Convención son elogiados como atletas capaces de soportar el peor de los sufrimientos. François Furet cuenta que los doce miembros del Comité de Seguridad Pública trabajaban de 16 a 18 horas al día. La Revolución pone a prueba a los cuerpos, al mismo tiempo que desgasta a los espíritus. Los revolucionarios beben grandes cantidades de té y de café para mantenerse despiertos. Algunos consumen opio para poder dormir. El agotamiento físico es considerable, Danton se retira y Robespierre se ausenta del Comité de Seguridad Pública debido a una enfermedad pulmonar.

Pero la Revolución también está saturada de amor. En la Convención, las sesiones comienzan leyendo cartas a la gloria de los diputados. Robespierre recibe demandas de matrimonio. En los mercados se venden pequeños retratos de las grandes figuras de la Revolución llamadas «fisionotrazos». Se produce una oleada de amor durante estos años, que fueron también el escenario de amores imposibles y de amores trágicos inscritos dentro de una larga tradición literaria occidental. El número de parejas separadas por los acontecimientos es alto, siendo la de Lucile y Camille Desmoulins la más emblemática. La pareja maldita se convierte en un mito. En 1795, los últimos miembros de la Montaña se suicidan en pareja antes de ser alcanzados por la represión.

Al inaugurar una nueva economía emocional y destruir la antigua jerarquía social, la Revolución cambia las reglas de las relaciones de género. Aunque excluidas del derecho al voto, las mujeres hacen la Revolución tanto como los hombres. Comienza a emerger una cierta libertad sexual. Pero pronto, a medida que la situación se endurece, se establece un nuevo orden. Los clubes de mujeres se cierran en octubre de 1793 debido a su supuesta mayor vulnerabilidad a las pasiones, aunque su implicación en el club de los Cordeleros y la desconfianza política que ello implica puedan explicar, igualmente, esta decisión.

Esta época, un tiempo de libertad, está dominada por el sentimiento de que la Revolución era un «asunto serio». La hostilidad hacia las diversiones de la corte del Antiguo Régimen es manifiesta. El pueblo obliga a cerrar los teatros después de la destitución de Necker, se suprimen los carnavales y los bailes de máscaras en 1790 y se prohíbe el travestismo en 1793. Los revolucionarios afectan un aire impasible y serio en los retratos que se hacen de ellos. Marat declara: «prostituimos la sensibilidad e infravaloramos el sentimiento». Gusta el estilo neoclásico y esto se manifiesta en la elección de Jacques-Louis David para la organización de las fiestas oficiales. «Hay un puritanismo patriótico» resume G. Mazeau.

Pero, sobre todo, es la amistad la protagonista. El sentimiento de hermandad se extiende por todo el territorio de la República. En sus Fragmentos sobre las instituciones republicanas, Saint-Just escribe: «El que dice que no cree en la amistad, o que no tiene amigos, está excluido» y añade que los amigos deben ser enterrados juntos. Esta concepción de la amistad, bosquejo de una antigua libertad formulada por mentes moldeadas por los autores clásicos inspirados en Atenas y Esparta, es, por supuesto, pública y solo posible dentro de los muros de la Sociedad.

Terror y virtud

 

El gobierno revolucionario, la dureza férrea del Terror, la guerra entre facciones y los estragos de la guerra en la Vendée y en las fronteras exacerban las costumbres al mismo tiempo que frustran las pasiones. Es importante revisar la historia del Terror y, si es necesario, según el trabajo de Jean-Clément Martin, eliminar su letra mayúscula y ponerla en plural para restituirla en toda su complejidad y volver a colocarla en la lógica de los imperativos coyunturales de la época. Pero el hecho es que la atmósfera de sospecha y de conspiración endurece la economía emocional de los años de terror. El 5 de septiembre de 1793, Barère proclama en la tribuna de la Convención que «el terror está a la orden del día«, constatando más con ello un proceso ya en marcha que iniciando un movimiento. El celo del tribunal revolucionario, los ahogamientos de Nantes, la terrible represión de Lyon y las leyes del 22 de Pradial agravan esta dinámica. Los miles de ejecuciones de los años 1793-94, los repetidos asesinatos políticos -empezando por el de Marat por Charlotte Corday, el 13 de julio de 1793-, las conspiraciones y la eliminación de las facciones imponen un clima de miedo y de angustia. .

Con la ayuda de la correspondencia de los diputados, de las actas de las asambleas y de los archivos de prensa, Timothy Tackett intenta describir el universo mental de los revolucionarios: «para entender los acontecimientos violentos de la Revolución, debemos entender que los propios terroristas estaban aterrorizados”. Se refiere al «estilo paranoico» de los líderes de la Revolución, un estilo que se extiende por toda la sociedad.

El Terror, definido por Robespierre como «el despotismo de la libertad», no trae consigo sin embargo la renuncia de la Revolución al establecimiento de un mundo nuevo y mejor.  Al contrario, el terror es el medio para lograrlo. El Incorruptible lo resume así: «La virtud sin la cual el terror es funesto; el terror sin el cual la virtud es impotente”.

La Revolución es una sucesión de duelos: «las comunidades políticas se sienten regularmente como comunidades aflictivas», señala Guillaume Mazeau que continúa diciendo: «Los contrarrevolucionarios se movilizan en torno a los símbolos más dolorosos de la monarquía y de la Iglesia: el culto al herido Sagrado Corazón de Jesús. Se lo cosen en ropa con símbolos monárquicos. Este símbolo otorga al sufrimiento el valor de ser una condición para la redención”. Este dolorismo político se expresa por una devoción total a la Revolución: «Ansiosos por dar testimonio de su virtuosa desgracia, muchos revolucionarios cultivan un verdadero masoquismo político. La exhibición de las heridas, enfermedades y agotamiento causados ​​por la entrega a la Revolución colocan a la mortificación en la cumbre de las virtudes revolucionarias”. La instrumentalización del dolor conduce a una martirología general y a un verdadero culto victimario que afecta a todas las facciones.

Louis Antoine de Saint-Just. Pintura de Pierre-Paul Prud’hon (1793). Wikimedia Commons

La conciencia respecto a la violencia cambia en esos años de terror. Primero es percibida como la resistencia a la opresión y a la violencia estatal («Los amos nos han convertido en bárbaros porque ellos mismos lo son«, escribe Babeuf), pero la violencia política banalizada genera un creciente cansancio. Los miembros de la Montaña no entienden este deseo de tregua. Lo que se ha llamado a posteriori y, por construcción, el «Gran Terror”, iniciado en 1794 por las leyes de Pradial, ha provocado un cambio en las conciencias. Saint-Just lo presiente así cuando dice: «La revolución está congelada, todos sus principios están debilitados”.

Con la patria en peligro y con la guerra empeorando, la muerte acaba por envolver rápidamente a toda la Revolución. Los doce hombres sobreexcitados que ocupan la pequeña sala reservada para el Comité de Seguridad Pública en el pabellón «Igualdad» del palacio de las Tullerias están abducidos por la muerte. Saint-Just escribe: “Las circunstancias son solo difíciles para aquellos que retroceden ante la tumba. Yo imploro a la tumba, como una bendición de la providencia, para ya no ser testigo de los crímenes urdidos contra mi patria y contra la humanidad. […] Desprecio el polvo del que estoy compuesto y que os está hablando. Se podrá perseguir y hacer morir a este polvo, pero desafío a que se me separe de esta vida independiente que me he concedido en los siglos y en los cielos«. Y Jaurès continua comentando: “Exaltación sombría y esterilizante. Estos hombres tenían sus ojos como fascinados por la puerta de la muerte que tantas veces habían abierto para otros. Y justo cuando habría sido necesario que la Revolución confiase en la bondad de la vida y serenase a los corazones obsesionados por recuerdos sangrientos, ellos mismos se arriesgan en vano, incesantemente, con la idea de acostarse en la tumba”. La caída de Robespierre, el 9 de Termidor, marca un punto de inflexión.

 

Termidor. ¿Hacia un nuevo régimen emocional? 

 

Con la Montaña derrotada, la Revolución cambia de cara. Los protagonistas de los acontecimientos de Termidor fueron en su mayor parte los compañeros de Robespierre, a quien traicionaron, y la guerra de Vendée y las ejecuciones en masa continúan. Con todo ello la transición entre dos regímenes emocionales, está consumada.

En Noventa y tres Víctor Hugo cuenta: “a la ciudad trágica sucedió la ciudad cínica. Las calles de París han tenido dos aspectos revolucionarios muy distintos, antes y después del 9 de Termidor; el París de Saint-Just dejó paso al París de Tallien«, y prosigue, ”Se sale de Luis XIV como se sale de Robespierre, con gran necesidad de respirar. De ello nació la Regencia, que abre el siglo, y el Directorio, que lo cierra. Dos saturnales después de dos terrorismos. Francia toma las de Villadiego, fuera del claustro puritano al igual que del claustro monárquico, con la alegría de una nación que se ha evadido. Después del 9 de Termidor, París estaba alegre, con una alegría insensata. Le invadió una alegría malsana. Al frenesí de la muerte siguió el frenesí de la vida y la grandeza se eclipsó».

Para describir el cambio que se opera en las almas y en los cuerpos, nos parece prudente utilizar el término anacrónico de Orden moral. Con los sucesos Termidor la Revolución se invierte. El Directorio asume el deseo de detener la Revolución y eso implica, en primer lugar, controlar las costumbres y restablecer una estricta jerarquía social. La constitución del 5 de Fructidor del Año III proclama: «Nadie es un buen ciudadano, a menos que sea buen hijo, buen padre, buen hermano, buen amigo, buen esposo». Se restaura el sufragio censitario. Los protagonistas de los sucesos de Termidor se disponen a regenerar y a civilizar a las masas populares. Durante los años 1797-1798, el instituto nacional comienza a reflexionar sobre el papel de las emociones en la generación del radicalismo. El restablecimiento de la paz civil implica despolitizar y apaciguar al pueblo. Guillaume Mazeau lo resume de esta manera: «La política razonada debe suceder al tiempo de las pasiones«.

Se produce un doble movimiento: al restablecimiento del orden en la esfera pública, que es ante todo un orden moral, se responde con la relajación de las costumbres individuales en la esfera privada. Bajo el Directorio, la esfera pública está como vaciada a la vez que la esfera privada se sacraliza. Ahora se condena el abandono de la familia para dedicarse al trabajo revolucionario, cosa que hasta ese momento estaba bien valorada. Se rechaza el espíritu de sacrificio. Termidor restablece la familia patriarcal como unidad básica de la sociedad. La retirada a la esfera privada debe considerarse como la búsqueda de refugios emocionales mencionada por William Reddy y que son la garantía de la libertad civil a la que aspira la sociedad burguesa. En esto, la Revolución Francesa es la auténtica matriz de cualquier sociedad liberal moderna.

El discurso de Benjamin Constant, pronunciado en 1819, Sobre la libertad de los antiguos en comparación con la de los modernos, está todavía profundamente marcado por el trauma del terror. Esta ponencia, sobre el sistema de gobierno representativo, compila toda la doctrina burguesa sobre la separación de lo privado y de lo público. Apuntando a Mably, Rousseau y a todos los políticos de la Montaña que, según él, estaban moldeados por una concepción anticuada de la libertad, Constant escribe: “Ya no podemos disfrutar de la libertad de los Antiguos, que consistía en la participación activa y constante en el poder colectivo. Nuestra libertad, la nuestra, debe consistir en el disfrute pacífico de la independencia privada «.

La separación entre las esferas pública y privada se corresponde con la estricta distinción teórica entre la razón y las «pasiones»: las emociones se condenan como fuente de todo el caos revolucionario y ya no se toleran, salvo en el ámbito doméstico.

El Directorio, si bien reinstaura una moral rígida con el fin de controlar a las masas, también supone un período de alivio. Lo único que importa en ese momento es aflojar la soga de la esfera pública, a la vez  que los vicios privados se toleran y se desecha la pesada virtud de Robespierre. La burguesía redescubre el gusto por los salones y por los jardines. Las fiestas del Directorio ilustran mejor que nada lo que G. Mazeau describe como la privatización, la mercantilización y la despolitización de las celebraciones colectivas que vuelven a ser marcadores sociales. Y continúa diciendo: “La cultura festiva, un poco hortera, de esta burguesía urbana, evoluciona hacia un modo de diversión distinguido, con emociones inteligentemente orquestadas, desconectado de objetivos cívicos e integradores. Las fiestas oficiales se orientan ahora a proteger al pueblo de sus pasiones naturales y mal controladas «.

La guerra de la Vendée continua todavía y el tribunal revolucionario prosigue su trabajo. La muerte, sin embargo, se vuelve menos dura. La sociedad francesa se describe a sí misma como civilizada y «hemofóbica» (que teme a la sangre). La guillotina funciona aun, pero sale del centro de París. Los protagonistas de los acontecimientos de Termidor se inventan el tema del «Sistema del Terror», cuyo único responsable habría sido Robespierre.

Robespierre abucheado en la Convención Nacional el 27 de julio de 1794. Pintura de Max Adamo (1870). Wikimedia Commons

El 20 de mayo de 1795, la multitud de los sans-culottes invade la convención y decapita al diputado Féraud antes de colocar su cabeza en una pica. Esta enésima invasión, durante la cual la multitud exige «pan y la Constitución de 1793«, es la última jornada revolucionaria de Paris. La capital no conocerá otra antes de 1830. Michelet lo resume así: «La gente ha vuelto a su casa“.

 

La denigración de las masas. 

 

La Revolución Francesa es este evento matriz que ha ejercido su influencia a lo largo de los dos siguientes siglos. Desde 1830 hasta 1848, desde la Comuna hasta el Frente Popular, todos los grandes acontecimientos de ese periodo de tiempo han estado condicionados por el trágico y glorioso recuerdo de la Revolución. La Revolución inaugura también la memoria traumática del desenfreno de las pasiones. Las clases peligrosas fueron temidas durante todo el siglo XIX. Después de la revuelta de los canuts de Lyon se lee en el Journal des Débats: “Hoy en día, los Bárbaros que amenazan a la sociedad no están en el Cáucaso ni en las estepas de Tartaria, sino que se encuentran en los suburbios de nuestras ciudades industriales». La Comuna de París, más que cualquier otro episodio, reabre las heridas de la Revolución. A finales del siglo XIX, la «psicología de masas» nace como reacción al auge del movimiento obrero. En el primer capítulo de su libro La razón populista, Ernesto Laclau recopila las obras de los autores que se aglutinan alrededor de esta disciplina. Las masas se convierten en objeto de estudio por derecho propio, desde Gustave Le Bon hasta Gabriel Tarde a través de Hippolyte Taine. Estos tienen, como telón de fondo, el miedo a que la historia se repita y la duda sobre los medios para canalizar las pasiones populares.

La historiografía dedicada a la Revolución es igual de fascinante, ya que en ella se han dado cita todas las confrontaciones durante más de dos siglos hasta ahora, sin llegar nunca a desvincularse de la sobrecarga política y emocional asociada a los años revolucionarios. Por ello, en el contexto de la Guerra Fría, la historia de la Revolución francesa es un campo de batalla como cualquier otro. François Furet publicó en 1978 su libro Pensar la Revolución francesa, contra la historiografía marxista y en el contexto de la publicación del archipiélago Gulag y de los nuevos filósofos. En esta obra lleva a cabo una relectura de la historia de la Revolución analizando la historiografía producida por este acontecimiento. Escribe lo siguiente: “En 1920 Mathiez justificaba la violencia bolchevique por el precedente francés, aduciendo que existían circunstancias comparables. Hoy en día, el Gulag nos lleva a repensar el Terror debido al proyecto con identidad común de ambos. Las dos revoluciones están vinculadas […]. Hoy en día, por el contrario, se les acusa de ser consustancialmente sistemas de represión meticulosa sobre cuerpos y mentes «. Defensor de una izquierda antitotalitaria que considera a la Revolución francesa como la raíz del bolchevismo y a los gulags como la continuación del «sistema del Terror», François Furet analiza el proceso de las pasiones revolucionarias que comenzó el mismo día siguiente de la Revolución.

Siguiendo los estudios de Thomas Dixon, hasta ahora hemos preferido utilizar el término emociones en lugar de pasiones, porque emociones corresponde a una categoría de análisis secularizado con menos carga política que las pasiones, que son vistas con desconfianza y son objeto de todos los odios Quizás la historia de las emociones pueda inaugurar una nueva concepción de la relación entre la razón y las emociones. En cualquier caso, este es el objetivo de la historiadora Barbara Rosenwein, quien rebate en sus obras la perspectiva civilizatoria de Norbert Elias, a quién considera dependiente de un paradigma racionalista nunca cuestionado. Según ella, la historia de las emociones debe acabar con el deseo de demostrar la supuesta existencia de un proceso de civilización basado por completo en la falsa dicotomía pulsiones / contención y en la creciente descarga de las pulsiones a través del desarrollo del autocontrol. La separación entre la razón y las emociones sería, por lo tanto, parte de una construcción histórica y filosófica llevada a cabo en el marco del paradigma racionalista occidental. Estas concepciones de la no linealidad del proceso de civilización provocan un profundo cuestionamiento de la separación entre la razón y las emociones y abren el camino para la recuperación de éstas.

Los acontecimientos revolucionarios, así como su legado en el imaginario colectivo y en las ciencias sociales lo demuestran: se asocia al pueblo con las pasiones y la continuidad de la civilización requeriría la relegación de éstas y, en consecuencia, la expulsión del pueblo fuera de la sociedad. En definitiva, la dialéctica del retorno y el reflujo del pueblo revela la esencia intrínsecamente política de la distinción entre razón y pasiones. Frente a esta separación arbitraria, se puede estar de acuerdo con Frédéric Lordon en que los sentimientos son el vehículo de las ideas, que son quienes les proporcionan el impulso y la capacidad de influencia a éstas. Afirmar la unidad de la razón y de las emociones es iniciar el movimiento que acabará por devolver el encanto a lo político.

Si la Revolución desgarró la historia de Francia y agitó la del mundo entero fue precisamente porque las emociones formaron ese magma inestable capaz de dotar de poder a las ideas. ¿Cómo podemos dudar, por lo tanto, de que su rehabilitación pueda traer consigo el retorno de las pasiones y el despertar de la historia?

Por Antoine Cargoet. Publicado originalmente en Le Vent Se Lève. Traducido por Beltza Rodríguez-Antigüedad.

Bibliografía :

Benjamin Constant, De la liberté des anciens comparée à celle des modernes, Mille et une nuits, Paris, 2010

Thomas Dixon, From passions to emotions ; the creation of a secular psychological category, Cambridge University Press, 2003

Victor Hugo, Quatrevingt-treize, Gallimard, 1979

Jean Jaurès, Histoire socialiste de la révolution française, Tome sixième, Editions sociales, Paris, 1972

Jean Jaurès, Pages choisies, Editions Rieder, Paris, 1928

Jacques Julliard, Les gauches françaises, 1762-2012 : Histoire, politique et imaginaire, Flammarion, 2012

Ernesto Laclau, La Raison populiste, Seuil, Paris, 2008

Hervé Leuwers, Robespierre, Fayard, Paris, 2015

Frédéric Lordon, Les affects de la politique, Paris, Seuil, 2016

Guillaume Mazeau, Émotions politiques : La Révolution française, in Histoire des émotions

Histoire des émotions Vol. II – De l’Antiquité aux Lumières, dir. Alain Corbin, Jean-Jacques

Courtine et Georges Vigarello Seuil, 2016

Timothy Tackett, Anatomie de la Terreur : Le processus révolutionnaire, 1787-1793, Éditions du Seuil, 2018

Timothy Tackett, Becoming a Revolutionary : The Deputies of the French National Assembly and the Emergence of a Revolutionary Culture (1789-1790), Pennsylvania State University Press, 2006

 

Sitografía :

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Paula Cossart, « William M. Reddy, The Navigation of Feeling. A Framework for the History of Emotions, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, 380 p. », Revue d’histoire moderne & contemporaine, 2005/1 (no 52-1), p. 237-237. DOI : 10.3917/rhmc.521.0237. URL : https://www.cairn.info/revue-d-histoire-moderne-et-contemporaine-2005-1.htm-page-237.htm

Jan Plamper, The History of Emotions : An Interview with William Reddy, Barbara Rosenwein, and

Peter Stearns,  »History and Theory », 49 (May 2010), pp. 237-265 URL : http://www.rmoa.unina.it/1477/1/RM-Plamper-Interview.pdf

Bénédicte Sère, « Histoire des émotions : l’heure des synthèses. Notes critiques », Revue de l’histoire des religions, 2017/1 (Tome 234), p. 119-132. URL : https://www.cairn.info/revue-de-l-histoire-des-religions-2017-1.htm-page-119.htm

 

El autor agradece finalmente a Thomas Branthôme y a Hugo Rousselle por las charlas apasionantes que ha tenido con ellos, las cuales han aportado une ayuda decisiva para la redacción de este papel.

Foto de portada : Insurrección del 20 de mayo de 1795. Cuadro de Alexandre-Evariste Fragonard.