Nuevo auge del pinochetismo: el fenómeno de la ultraderecha en Chile

Por Javier Pineda Olcay, Abogado sindicalista y militante de la Convergencia 2 de Abril

La existencia de la ultraderecha en Chile no es un fenómeno nuevo. Los funcionarios civiles y militares de la dictadura, liderada por Augusto Pinochet desde septiembre de 1973 hasta marzo de 1990, negociaron su permanencia en el poder con la Concertación Política por la Democracia, cuyo primer presidente sería el demócrata-cristiano Patricio Aylwin.  

Esto ha significado que la derecha nunca se ha ido del poder: mantuvieron su presencia en los grandes grupos económicos, en el Congreso, en el Poder Judicial y en las Fuerzas Armadas. Se beneficiaron por las privatizaciones de las empresas públicas y por la mercantilización de derechos sociales como la educación y la salud; se mantuvieron jueces cómplices de la Dictadura; lograron escaños designados y electos bajo sufragio universal, bajo el concepto de “democracia protegida”, el cual permitiría que los militares designaran senadores hasta el año 2005; se mantuvieron en las Altas Jefaturas de las Fuerzas Armadas, incluyendo a Augusto Pinochet como Comandante en Jefe del Ejército hasta el año 1998. Y la guinda del pastel: la Constitución Política de la República aprobada fraudulentamente en 1980, se ha mantenido como la norma máxima de la República hasta el día de hoy. 

El bloque dominante de la Dictadura, una vez que ésta finalizara formalmente, debió ampliarse, incluyendo en él a los líderes de la Concertación Política por la Democracia. Este acuerdo, sellado tras el plebiscito de 1988, donde triunfó la famosa campaña del “No”, daría origen a una democracia “en la medida de lo posible”, eslogan que acuñaría el propio ex Presidente Aylwin. En la práctica, este nuevo bloque estaría conformado por los empresarios, Fuerzas Armadas, los partidos de derecha continuadores del legado de Pinochet (la Unión Demócrata Independiente y Renovación Nacional), y la nueva Concertación, conformada por la Democracia Cristiana y el Partido Socialista.

Ello implicó que los gobiernos postdictatoriales fueran de “consenso”. En los primeros años, se justificó mediante las amenazas de Pinochet de asestar un nuevo golpe de Estado en caso de responsabilizar a los autores de los crímenes de lesa humanidad de la Dictadura, de investigar los fraudes al erario público o de cambiar instituciones creadas por la Constitución de 1980 o por los decretos leyes de la Dictadura. Luego, los liderazgos de la Concertación se acostumbraron a administrar el régimen neoliberal instaurado por la dictadura, manteniendo sus instituciones por voluntad propia y no por amenazas externas. 

Como se dice hasta ahora: el neoliberalismo fue impuesto a sangre y fuego en dictadura, pero ha sido administrado y perfeccionado por los gobiernos de la Concertación. Las diferencias entre Concertación y Derecha sólo son discursivas, pues todos los gobiernos, incluyendo los dos periodos de Michelle Bachelet, sólo se han dedicado a administrar el modelo neoliberal. Estos “gobiernos de los acuerdos” donde convivían pinochetistas y no pinochetistas, permitieron cierta estabilidad a costa del bienestar de todo un pueblo y de la impunidad de quienes se beneficiaron con el saqueo de los recursos del Estado y de quienes cometieron crímenes de lesa humanidad. 

Sin embargo, no podemos afirmar que todo sigue absolutamente igual desde 1990. La situación para las Altas Jefaturas de las Fuerzas Armadas cambiaría a partir de dos hitos: la Reforma Constitucional de 2005, la cual mantiene el sistema neoliberal, pero reduce la participación política de las Fuerzas Armadas, y la muerte de Augusto Pinochet en 2006. Esto generó que la “familia militar” tomara distancia de los gobiernos de postdictadura, o bien, renegara de los crímenes de lesa humanidad para acercarse a los gobiernos de turno, como fue el caso de Juan Emilio Cheyre, Comandante en jefe del Ejército, que actualmente se encuentra condenado por su complicidad en asesinatos de militantes de la Unidad Popular. A partir de 2006 los principales autores de los crímenes de la dictadura comenzaron a ser enjuiciados, manteniéndose la impunidad para los funcionarios civiles. 

La condena social a estos crímenes generó que algunos representantes de la derecha oportunistamente renegaran de la figura de Pinochet y los crímenes de la Dictadura, todo con el fin de mantener el “legado económico”. No obstante este consenso de condena a las violaciones de los derechos humanos en dictadura, encontraría resistencias en la UDI – partido que hasta el día de hoy reivindica a Pinochet – y en sectores de Renovación Nacional, aunque este partido institucionalmente niega apoyar a Pinochet. La UDI ha representado aproximadamente entre un 25 y un 30% del electorado nacional en las últimas elecciones parlamentarias. 

A pesar del apoyo férreo de la UDI a Pinochet, un sector del mismo partido consideraba que la derecha chilena no estaba protegiendo lo suficiente a los militares condenados por crímenes de lesa humanidad y que estaba perdiendo su identidad. Este sector levantó la candidatura presidencial en las elecciones de 2017, de José Antonio Kast, diputado de la UDI que llevaba 16 años en el Congreso, como la “cara nueva” del sector. Su discurso logró cuadrar a los sectores más reaccionarios de la derecha y en la primera vuelta presidencial obtuvo un 7,8%. El programa de José Antonio Kast, figura más destacada de la ultraderecha chilena en la actualidad, no dista en nada de lo que ha planteado este sector en los últimos 45 años. No obstante, su estrategia comunicacional tiende a mostrarse fuera de la “clase política”, para capitalizar los descontentos del sistema neoliberal en Chile, que se encuentra fisurado pero no derrotado. 

Esta posición de outsider provoca que dirija sus críticas hacia los gobiernos de la Concertación, ahora llamada Nueva Mayoría por la inclusión del Partido Comunista, como también al Gobierno de Sebastián Piñera. Aunque con éste último tiene más cuidado: golpea mediáticamente lo suficientemente fuerte para que la “gente” lo vea como una alternativa, pero lo suficientemente suave para que los simpatizantes de Piñera y los partidos de Gobierno lo apoyen en una eventual segunda vuelta presidencial. 

Tras la elección presidencial, Kast creó su propio movimiento llamado Acción Republicana, emulando la estética del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia. La particularidad de este movimiento es que permite la afiliación de militantes de otros partidos políticos, por lo cual ha logrado reunir a miembros – incluyendo diputados – de la UDI y de Renovación Nacional. Actualmente las encuestas lo sitúan como uno de los candidatos con mayores proyecciones para las elecciones presidenciales de 2021, y esto es también gracias al impulso de los medios. 

Son los mismos pinochetistas de siempre con nuevo nombre. La élite de siempre se muestra como una alternativa ante el fracaso del neoliberalismo, sin embargo, vienen con más de lo mismo. Un discurso neoliberal en lo económico; xenofóbico y racista en materia de migración; misógino ante el crecimiento del feminismo; conservador en los valores, enarbolando las campañas en contra del aborto y de las leyes de matrimonio igualitario o de identidad de género; autoritario en lo político y policial en lo securitario. Importando el modelo de la ultraderecha en otros países.

Su programa no tiene nada de nacionalista y las únicas muestras de populismo recaen en materia de migración y seguridad. La ultraderecha sigue impulsando el saqueo de nuestros bienes comunes por las multinacionales. Sigue siendo racista, a pesar de beneficiarse de la existencia de inmigrantes en situación irregular que constituyen mano de obra barata. Sigue siendo misógina y conservadora, lo que le ha permitido articularse con los sectores más reaccionarios de las iglesias evangélicas neopentecostales, que aporta un sector popular del cual ha carecido la derecha en los últimos años -los evangélicos neopentecostales han tenido un crecimiento importante en los últimos años, representando a un 20% de la población nacional. 

El escenario en Chile no es distinto a lo que ocurre en otros países de América Latina, principalmente, en Brasil, cuyo presidente Bolsonaro se ha transformado en un faro para los reaccionarios de la región. Pero lejos de ser proyectos nacionalistas, estos gobiernos conservadores y de ultraderecha están asociados completamente con los intereses de los Estados Unidos. 

El desafío es plantear una alternativa popular que haga frente al crecimiento de estos sectores de ultraderecha cuyo caldo de cultivo es un sistema neoliberal en crisis. Esto implicará, como decía Gramsci, mostrar sus debilidades políticas y hacernos cargo de sus fortalezas ideológicas. En el caso chileno, esto significa atacar su discurso de ser lo “nuevo” de la política, demostrando que los financian los empresarios corruptos de siempre; que son políticos de la élite que solo se han cambiado de partido, pero que todos provienen del entorno pinochetista más duro, asociados con criminales de lesa humanidad; que sus líderes como José Antonio Kast no viven de su trabajo, sino que siempre han sido mantenidos por empresarios y/o por el Estado. 

En cuanto a sus puntos fuertes, es importante desarrollar una política en materia laboral que muestre a los verdaderos enemigos en la precarización del empleo: los empresarios, y no los trabajadores extranjeros. Debemos desarrollar una política securitaria que no tenga por centralidad el control policial, sino el fortalecimiento de la organización de las comunidades y las políticas de reinserción social. Y en el ámbito de los valores debemos insistir en la protección de los derechos humanos, incluyendo el derecho a la autonomía sobre nuestros cuerpos y el derecho a decidir de las mujeres. 

Ante el crecimiento de la ultraderecha a nivel mundial, en sus versiones neoliberales autoritarias y neofascistas, es necesario construir alternativas desde los pueblos al sistema capitalista neoliberal que hoy es caldo de cultivo para el crecimiento de estos grupos. Tal como era años atrás – aunque con tareas y desafíos nuevos – el dilema sigue siendo: socialismo o barbarie.