Las primarias del Partido Demócrata en Estados Unidos han arrojado un inicio esperanzador para la revolución política que representan Bernie Sanders y Alexandria Ocasio Cortez. Los apretados resultados en Iowa y la victoria de Sanders en New Hampshire anuncian una disputada elección. De un lado, las viejas y nuevas caras del establishment del partido, como Joe Biden y Pete Buttigieg. Del otro, la alternativa democrática encabezada por Sanders y respaldada por jóvenes, feministas, sindicatos, migrantes y trabajadores. Por este motivo, ante esta importante coyuntura, publicamos este texto de Nancy Fraser y Lisa Featherstone, publicado originalmente en Jacobin.

Para las feministas, estas primarias presentan una clara elección entre avanzar en los intereses del 1 por ciento de las mujeres y luchar por la liberación del resto. Bernie Sanders está en el lado del 99 por ciento.

Somos feministas y votaremos por Bernie Sanders. De hecho, apoyamos a Sanders precisamente porque somos feministas.

Elizabeth Warren, Amy Klobuchar y sus partidarios, incluidos los del consejo editorial del New York Times, están defendiendo con firmeza que ha llegado el momento de que una mujer sea presidenta. Warren y sus partidarios han sido especialmente persistentes en estos llamamientos a la política de género. Si Bernie Sanders no estuviera en la carrera, podríamos estar de acuerdo. Pero la campaña de Sanders representa una oportunidad histórica para las mujeres.

No se nos malinterprete. Nos gustaría ver a una mujer presidenta tanto como a cualquiera. Pero no si nos cuesta la oportunidad de construir un movimiento que pueda realmente mejorar la vida de la gran mayoría de las mujeres. La campaña de Sanders ofrece precisamente esa oportunidad.

Todo el mundo sabe que Sanders defiende los intereses del 99 por ciento frente a la clase multimillonaria. Lo que no se entiende tan bien es que su campaña, y el creciente movimiento que le respalda, aborda eficazmente el sexismo, no sólo en sus formas manifiestas sino también en las raíces más profundas de la sociedad capitalista.

Si bien las políticas firmadas por Bernie —Medicare for All, matrícula gratuita en las universidades públicas, salario mínimo de 15 dólares, el Green New Deal o el fortalecimiento de los sindicatos— no son siempre reconocidas como feministas, se dirigen a los daños sociales causados por el género, así como por la clase y la raza.

Después de todo, la gran mayoría de los trabajadores con bajos salarios son mujeres. Elevar el salario mínimo es ampliar inmediatamente la libertad femenina, tanto en el trabajo como en el hogar. Y ampliar los derechos de negociación colectiva es darnos un arma poderosa en la lucha contra el acoso sexual y la agresión sexual en el lugar de trabajo.

Del mismo modo, el programa Medicare for All, que Sanders apoya sin reservas, beneficia de manera abrumadora a las mujeres, que utilizan más servicios de atención a la salud que los hombres y, por lo tanto, tienen mayores gastos médicos. Los beneficios son especialmente grandes para las mujeres negras, latinas y nativas, que no están aseguradas al mismo nivel que las mujeres blancas bajo el actual sistema basado en el beneficio económico.

Luego está el Green New Deal, que se entiende correctamente que beneficia a todos. Pero eso es porque la política no sólo es ecologista y en favor de la gente trabajadora, sino también anti-sexista y anti-racista. En la actualidad, las mujeres y las comunidades de color se ven obligadas a luchar con uñas y dientes por lo básico para sobrevivir, como el caso del agua limpia en Flint o Dakota. De hecho, se beneficiarán abrumadoramente de las inversiones en infraestructura ecológica y de los empleos protegidos sindicalmente y bien pagados que las acompañan. El Green New Deal encarna una promesa activista -de enfrentar las políticas ecocidas del capitalismo- frente a las atrincheradas raíces racistas y patriarcales que mantienen el sistema en su sitio.

De todos los candidatos, Sanders es también, de lejos, el más fuerte en lo que a menudo se llaman “cuestiones de género”: derechos reproductivos, educación infantil, permisos de maternidad y paternidad y derechos trans. Es fácil dar la palabra a esas cosas, y algunos de los otros candidatos también lo hacen, pero la campaña de Sanders identifica los recursos sociales materiales necesarios para convertir los derechos sobre el papel en libertades reales. La versión de Bernie del Medicare For All, por ejemplo, proporciona un acceso completo a la atención de la salud reproductiva, incluyendo el aborto, algo por lo que nosotras las feministas hemos estado luchando durante décadas. Esta es la única posición que verdaderamente garantice el poder de elección de las mujeres[1]: Después de todo, ¿de qué sirve el derecho al aborto si no puedes pagarlo o encontrar un proveedor?

Ciertamente, Elizabeth Warren merece reconocimiento por poner en la agenda el tema del cuidado de los niños en la campaña y hablar con elocuencia sobre ello. Pero Bernie Sanders ha estado abogando por el cuidado infantil universal para los niños pequeños durante décadas, promoviendo la legislación en 2011 con el objetivo de proporcionar tanto el cuidado infantil como la educación temprana a todos los niños, desde la edad de seis semanas hasta la escuela infantil. Sanders es también el único candidato en la carrera que se toma en serio la protección, la mejora y la disgregación de la educación pública K-12[2] —lo más cercano que tiene nuestra sociedad al cuidado universal de los niños—, incluyendo el aumento del salario de sus trabajadoras, mayoritariamente mujeres.

En general, entonces, la campaña de Sanders no trata los “asuntos de la mujer” como meros añadidos. A diferencia de las políticas propuestas por la mayoría de sus rivales, Bernie entiende que las reformas en la organización del trabajo asalariado deben ir de la mano de las reformas en la organización del trabajo de cuidado no remunerado y viceversa. Así, expresa una verdad feminista fundamental: los dos dominios están tan profundamente entrelazados que ninguno de ellos puede transformarse solo, aislado del otro. Sólo un cambio coordinado de ambos a la vez puede permitir la participación plena e igualitaria de la mujer en la sociedad.

Sanders es también la mejor opción feminista en materia de inmigración y política exterior. Nuestro país ha desatado una violencia militar catastrófica en Afganistán, Iraq y otros lugares de Oriente Medio; ha patrocinado innumerables golpes de Estado y planes imperialistas desestabilizadores en América Central y América Latina, todos ellos con efectos específicos en función del género. En estas regiones, como en otras, las mujeres son las principales responsables de la seguridad y la supervivencia de las familias y las comunidades. Esta labor, siempre desafiante, se vuelve punzante cuando la violencia, el conflicto y la represión autoritaria han hecho imposible la vida cotidiana. Para los que se encargan globalmente de criar a la próxima generación, tratar de proteger a los niños cuando huyen de la violencia en el hogar, solo para enfrentarse a una frontera militarizada y a un régimen estadounidense ansioso por encarcelar a los niños, se ha convertido en un proceso horripilante. Sanders y el movimiento que está detrás de él son las únicas fuerzas políticas que intentan cambiar nuestras políticas asesinas de inmigración y extranjería, una prioridad máxima para cualquier movimiento feminista serio.

Igualmente importante es que la campaña de Sanders identifica correctamente las fuerzas sociales que se interponen en el camino de sus objetivos feministas y en favor de la gente trabajadora. La clase multimillonaria y las megacorporaciones (bancos, farmacéuticas, IT, seguros y compañías de combustibles fósiles), como Bernie suele subrayar. Pero las feministas tienen el deber especial de oponerse a los neoliberales progresistas que están entre nosotros: aquellos que se complacen en codearse con plutócratas que se entusiasman por “romper el techo de cristal”, mientras abandonan a la gran mayoría de las mujeres en las garras del mercado. También debemos oponernos a quienes instrumentalizan los agravios de género, desplegándolos no para beneficiar a las mujeres, sino para minar a Sanders, dividir a la izquierda y reforzar las conspiraciones centristas y conservadoras que nos han fallado repetida e insensiblemente. 

Por el contrario, la campaña de Sanders identifica correctamente a nuestros aliados más probables y prometedores: sindicatos, antirracistas, inmigrantes, ecologistas y todo tipo de “trabajadores”, tanto remunerados como no remunerados. Sólo aliándose con estas fuerzas, las feministas podemos reunir el poder que necesitamos para derrotar a nuestros enemigos y lograr la justicia social.

En ausencia de tal perspectiva, y de las alianzas que ayudan a fomentarla, las feministas corren el riesgo de ser absorbidas por el tipo de alianza profana con Wall Street que aseguró la nominación de Hillary Clinton en 2016 y que nos trajo a Donald Trump. ¡Lo último que necesitamos ahora es repetir esa debacle!

Por último, las feministas deben considerar con cuál de los candidatos se puede contar para luchar por las mujeres —y de hecho por todo el 99 por ciento. Otros candidatos tienen algunos puntos feministas en sus programas. Pero simultáneamente han señalado su voluntad de hacer las paces más adelante con la clase donante[3]. Entre los candidatos, sólo Sanders entiende la necesidad de una lucha popular masiva posterior a las elecciones de noviembre. Sólo su campaña está comprometida con la construcción de un movimiento para el tipo de gran cambio estructural que las mujeres necesitan.

La campaña de Sanders entiende, también, que tal movimiento requiere expandir nuestro sentido de solidaridad. Al pedirnos que “luchemos por la gente que no conocemos”, anima a las feministas a unirse a las luchas antirracistas, ecologistas, por los derechos de los inmigrantes, laborales y otras luchas a favor de la clase trabajadora, incluso cuando también luchamos contra el sexismo.

¿Estaremos a la altura de este desafío?

Esta elección presenta una clara opción. ¿Cuál es nuestro principal y más urgente objetivo? ¿Colocar a una mujer en la Casa Blanca y esperar a que los beneficios se filtren a todos los demás o unirnos y ayudar a construir una campaña que priorice directamente las necesidades y esperanzas de la gran mayoría de las mujeres? Del mismo modo, ¿cuál es el verdadero significado del feminismo y de la igualdad de la mujer? ¿Paridad hombre/mujer dentro de las clases privilegiadas, lo que significa igualdad de oportunidades para la dominación de todos los demás, o la igualdad de género dentro de una sociedad organizada para el beneficio del 99 por ciento?

En otras palabras: ¿Seremos engañados por cínicas invocaciones de feminismo de aquellos que buscan socavar un movimiento de masas progresista? ¿O apoyaremos al único candidato en la carrera que está promoviendo una política que realmente mejorará las vidas de todas esas mujeres que pertenecen al 99 por ciento?

Bernie Sanders es ese candidato. No es a pesar de, sino porque somos feministas que declaramos con orgullo nuestro apoyo por él. 

Bernie es la verdadera opción feminista.

 

Texto publicado el 10 de febrero de 2020 en Jacobin Mag.

Traducción de Alberto Martínez.