La muesca de Bobby Sands

Una de las razones por las cuales el nombre de hablantes del gaélico irlandés no supera la cifra de los 100.000 en un país con más de seis millones y medio de habitantes, en el conjunto de la isla, tiene que ver con la ruptura económica y comunitaria de una sociedad empujada a la migración masiva a causa del empobrecimiento y las desigualdades más flagrantes a lo largo de los siglos XIX y XX. Hecho que provocó su diáspora hacia los Estados Unidos y Australia, entre otros lugares.

La otra razón se debe a la denigración sistemática de la lengua y al uso del Bata Scóir como método de imposición del inglés. Este método consistía en que por cada vez que un niño o niña hablaba irlandés tenía que hacer una muesca en este bastón para registrar la cantidad de palizas a recibir por haber hablado gaélico[i].

De forma parecida, cada vez que, en los años sesenta, la sociedad de Irlanda del Norte trató de conseguir los derechos civiles, existentes en el resto del Reino Unido, o plantear un debate político sobre la reunificación de Irlanda, se encontró castigada con el autoritarismo: las muescas no eran ni más ni menos que los muertos, los y las presas políticas, y la violencia aterradora de un Estado todopoderoso.

“No me rendiré” es una recopilación de artículos, en la que se incluye el diario de prisión, de un joven republicano irlandés que se convirtió en una muesca en el bastón del autoritarismo británico. La publicación de esta antología por parte de la editorial valenciana Antipersona es una invitación partisana a bucear en un momento especialmente duro y traumático de la historia de Irlanda.

“We Shall Overcome”. La lucha por los derechos civiles

A finales de los sesenta se creó la NICRA, la Asociación por los Derechos Civiles de Irlanda del Norte, con la voluntad de poner fin a los desalojos y a las violencias a las que había estado sometida la población del norte desde la partición de la isla en el proceso de independencia.

La NICRA venía a representar un clamor por la derogación del Acta de Poderes Especiales, vigente desde 1922, y por la conquista del sufragio universal en Irlanda del Norte. Ya que, mientras que en 1945 se había establecido el sufragio universal en el conjunto de Gran Bretaña, en Irlanda del Norte se aprobó en 1946 una “Ley de Representación Popular” que mantenía el sufragio censitario y lo reforzaba con un voto ponderado por el cual los directivos empresariales podían disponer de hasta 6 votos (Adams, 2003 [1991]: 44).

A su vez, el Acta de Poderes Especiales funcionaba como reglamento del búnker que el Estado Británico había erigido en el norte de Irlanda para controlar política y económicamente el conjunto de la isla a pesar de la independencia formal de una parte. Por esto, el Acta en tanto que reglamento de una institución pensada como estructura de ocupación brillaba por su autoritarismo: prohibiendo toda oposición y su prensa, prohibiendo mítines, ferias, procesiones, garantizando juicios bajo la jurisdicción de la policía militar de la RUC (la policía real del Ulster), detenciones sin cargos ni juicios…etc (Adams, 2003 [1991]: 46).

El ministro de Justicia del régimen del Apartheid de Sudáfrica, el afrikáner mr. Vorster, llegó a decir que si pudiera “cambiaria toda la legislación de esta clase (Actas Coercitivas [del régimen]) por una cláusula del Acta de Poderes Especiales de Irlanda del Norte” (Adams, 2003 [1991]:46).

Son estos los agravios arrastrados durante décadas los que hicieron estallar en los 60 la ira y la esperanza de toda una generación de jóvenes. Una generación enérgica que no estaba desgastada por la guerra civil ni por la represión de los años 40 y 50. Y que además se impregnaba de las sacudidas mundiales; desde la Guerra del Vietnam y las luchas anticoloniales hasta las luchas por los derechos civiles en Sudáfrica y los Estados Unidos. Gerry Adams producto también de esa época lo relata así:

“La gente no vivía de forma aislada a los cambios que se estaban produciendo en el mundo. Se identificaban en mayor o menor medida con la música, la política, el indefinido movimiento general de ideas y cambios de estilo. […] y uno de los más importantes mensajes que encontrabas en ellos es que se podía cambiar el mundo.” (2003 [1991]: 31-32)

La respuesta a este empuje civil consistió en el desembarco del ejército británico en 1969 en el Ulster, hecho que no ocurría desde 1922.

Más de 22.000 soldados británicos desembarcaron en el norte de Irlanda y al sumarse a la policía militar, y a los grupos paramilitares protestantes, constituyeron una fuerza de 30.000 soldados (Adams, 2003 [1991]: 80 y 158).

Esta llegada pronto facturó un saldo de 8 muertos y más de 250 heridos por un gobierno británico que trató bélicamente las reclamaciones democráticas. El uso policial del ejército, la legalización de la tortura y de los encarcelamientos preventivos masivos generaron pronto una situación similar, o peor, que la que se encontraban los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos o Sudáfrica. Hecho que en seguida provocó el terror entre una gran parte de la población una buena parte de la cual huyó al sur. Solo en el mes de agosto de 1971 huyeron más de 8.000 personas de Irlanda del norte por miedo a la extrema derecha protestante y al ejército británico (Berresford, 2013 [1985]: 467).

El 30 de enero de 1972 la NICRA convocó en Derry una manifestación contra las torturas y los encarcelamientos preventivos indiscriminados. Ese día fue conocido como Bloody Sunday a raíz de los disparos a bocajarro del ejército británico contra la población civil.

Un joven Bobby Sands, de 18 años, se unió al Ejército Republicano Irlandés, como tantos otros miles, a causa de esa jornada sangrienta. El octubre de ese mismo año sería encarcelado y tratado de delincuente por oponerse, a la violencia del ejército británico, por cualquier medio necesario.

De las manis en las calles a las huelgas de hambre entre los barrotes de Long Kesh

Desde el principio los y las presas políticas tuvieron que hacer valer su voz con todo tipo de protestas para no ser torturadas, para ser escuchadas y para tratar de ganar una negociación política. Así lo explica Laurence Mckeown, ex preso republicano y compañero de penurias de Sands;

“Nuestra lucha, y esa batalla en particular, fue por una causa más grande: que nos reconociesen como presos políticos, que reconociesen que era un conflicto político” (2019: 8)

El mismo mayo de 1972 los y las presas del IRA comenzaron una huelga de hambre para conseguir sus objetivos. Al cabo de 35 días de huelga ganaron el reconocimiento de su estatus político. Pero esta victoria seria breve.

El gobierno británico reaccionó con dos maniobras para flanquear esta victoria: animando la ulsterización de la represión, esto es, delegando la represión en fuerzas locales, de nuevo, y, a su vez, poniendo en marcha una estrategia de criminalización de los presos, aunque justo antes de la huelga 2.000 presos y presas hubiesen visto reconocido su estatus político.

La ulsterización sirvió para atiborrar de armas a los paramilitares protestantes. Hasta el punto de que ya desde el primer momento, en 1970, el 80% de las armas registradas, 107.000, estaban en posesión de la extrema derecha protestante (Adams, 1997 [1996]: 162). Y esta desproporción, así como la cantidad de armas, no haría sino aumentar con los años.

La criminalización, por otra parte, estrategia recomendada por la Comisión Gardiner del parlamento británico, pretendía justificar los métodos militares contra el movimiento por los derechos civiles.

En 1975 se comenzó a tratar a los presos políticos como presos comunes, se creó el centro de tortura de Castlereagh y se sustituyó el encarcelamiento preventivo sin cargos por el encarcelamiento con barniz legal. Esta última medida fue espolvoreada con la creación de unos tribunales de excepción, los tribunales Diplock, que no disponían de jurado y aceptaban cargos basados en confesiones forzadas. De este modo se mantenía el encarcelamiento masivo, con barniz legal, y se presentaba como criminal a todo procesado por oposición al ejército británico.

En marzo de 1978, 18 meses después de la protesta de la manta para mejorar las condiciones penitenciarias, seguida por más de 300 presos y presas, la administración carcelera decidió responder con más torturas y palizas en las prisiones. La protesta civil dentro de las prisiones no se hizo esperar:

“La mayoría de los presos que participaban en las protestas, tanto hombres como mujeres, apenas habían cumplido la mayoría de edad y más del 80% habían sido encarcelados como consecuencia de confesiones forzadas.” (Sands, 2019 [1981]: 94)

La degradación del trato penitenciario fue tal que cuando el arzobispo O Fiach visitó a los presos el 31 de julio de 1978 afirmó que: “Lo más cercano que he visto son los cientos de personas sin hogar que viven en las alcantarillas de los barrios pobres de Calcuta” (en Sands, 2019 [1981]: 95).

Ante la evidencia, en 1978 Amnistía Internacional presentó un informe en el que afirmaba la existencia comprobada de torturas y por lo tanto la necesidad de investigar las prisiones.

Pero la situación no cambio de ningún modo. Por eso, el octubre de 1979 los y las presas crearon un comité con cinco demandas fundamentales para humanizar las condiciones penitenciarias de los bloques H de la prisión de Long Kesh y de la prisión de mujeres de Armagh. El 27 de octubre de 1980 comenzaron una huelga de hambre que duraría 56 días. Y acabaría con una cesión engañosa por parte del gobierno británico. El cual enseguida se retraería del acuerdo y de cualquier cambio en política penitenciaria.

El uno de marzo de 1981 Bobby Sands, líder de los y las presas, comenzó su segunda, y última, huelga de hambre. Tras 66 días esta huelga terminaría con su muerte y la de nueve presos más que habían tomado parte en ella.

Me parece importante hacer constar que el trágico destino de la huelga no pretendía en absoluto el martirio sino ganar con tal de encarar el carácter político de las protestas y de la misma represión. Pues Sands era perfectamente consciente al escribir en su diario que:

“[Si] Estoy al borde de la muerte no solo [es] para intentar acabar con la barbarie del bloque H, o para obtener el reconocimiento legítimo de preso político, sino sobre todo porque lo que se pierde aquí se pierde para la república y para todos esos desdichados oprimidos a quienes estoy orgulloso de llamar pueblo sublevado.” (Sands, 2019 [1981]: 108)

Las críticas de algunos a la acción colectiva de los presos, como el obispo Daly, eran vistas por Sands como una terrible doble moral al arremeter contra las víctimas que invisibilizaba a los verdugos, como los militares responsables del Bloody Sunday.

A su vez, la reflexión sobre el carácter histórico de la situación autoritaria en Irlanda del Norte llevó a Sands, como a muchos otros jóvenes del momento, a una relectura de los clásicos republicanos irlandeses, empezando por el mismo James Connolly. “Cada vez que me desanimo pienso Armagh y en James Connolly. Nunca me podrán quitar esos pensamientos” llegó a decir Sands (2019 [1981]: 112). El 9 de marzo escribió en su diario que;

“Siempre pienso en James Connolly y en la calma y dignidad que mostró hasta el final, en su valentía y firmeza. Quizás no soy imparcial, porque ha habido miles como él, pero Connolly ha sido el hombre al que he admirado.” (2019 [1981]: 126)

El esfuerzo por buscar el reconocimiento político de los presos obedecía fundamentalmente a la conciencia de que su negación impedía toda posible solución política y, por tanto, justificaba la ocupación militar británica y el planteamiento del conflicto en términos de operaciones de antiterrorismo y contrainsurgencia.

Por eso, no se trataba tanto de las condiciones en prisión como de poner en entredicho el carácter delictivo por el cual se los había encarcelado sumariamente. Y aun así esto no significaba renunciar a mejorar las condiciones penitenciarias para todos los presos, comunes o políticos. Lejos de pretender privilegios penitenciarios, los republicanos:

“Han declarado que desean condiciones mejores y más humanitarias en los bloques. […]. Los presos republicanos entendemos mejor que nadie la difícil situación de todos los reclusos que están privados de libertad. No negamos a los presos comunes los beneficios, o cualquier cosa que ganemos, que pueda mejorar y hacer más fácil su situación. De hecho, en el pasado todos los presos se han beneficiado de las luchas carcelarias de los republicanos.” (Sands, 2019 [1981]: 128)

Finalmente, cuando Bobby murió el 5 de mayo de 1981 lo hizo habiendo sido escogido diputado al Parlamento Westminster, a pesar de que este aprobaría poco después la Ley Sands para impedir a los presos políticos presentarse a las elecciones (Adams, 2003 [1991]:117). Más de 100.000 personas acudieron a su funeral.

Su lucha no fue en vano porque con la huelga la situación saltó a la prensa internacional y se produjo una importante reflexión acerca del papel del Sinn Féin. Papel que cada vez fue tomando mayor importancia política y electoral. Hasta el punto de jugar un rol capital en los acuerdos de paz de Viernes Santo, diecisiete años más tarde de la huelga de hambre de Bobby y sus compañeros.

Sands se convirtió, con 27 años, en un trágico ejemplo del autoritarismo del gobierno británico, encabezado en concreto por Margaret Tatcher, pero también:

“[en un] ejemplo de la lucha de los republicanos por la unificación de Irlanda, como hombre sencillo que se negó a ser un ciudadano de segunda en su propio país” (Antipersona, 2019: 157-158).

Sin ser revolucionarios profesionales de ningún tipo Bobby y sus compañeros mostraron la increíble determinación de un puñado de jóvenes hartos de ser pisoteados:

«Bobby Sands era un hombre común. Los hombres y mujeres de las mantas de Armagh no eran superhombres ni supermujeres. Eran gente común y corriente que, en circunstancias extraordinarias, se levantaron para desafiar el sistema y fueron más allá de él.» (Adams, 2001 [1995]: 197)

El trébol del republicanismo popular irlandés

De esta manera Sands se convirtió en un símbolo del republicanismo popular irlandés que había florecido en las últimas décadas y que tomaría aún más empuje en las siguientes. Para Sands en la consecución de un orden social más justo:

“todos, republicanos o no, tienen un papel que jugar. […]. Hay tanto por hacer que ninguna élite o pequeño grupo puede encargarse de todo, solo la gran masa de la nación irlandesa puede asegurar el logro de la República Socialista, y solo se puede conseguir con trabajo duro y sacrificio.” (2019 [1981]: 140)

Ya que Sands era bien consciente del intercambio desigual, entre Irlanda y el Reino Unido, por el cual este se beneficiaba de la desindustrialización y de la concentración de la propiedad agrícola. De modo que los bienes manufacturados llenaban Irlanda a cambio de unos pocos productos del primer sector. Además, claro, de recibir trabajadores desesperados para trabajar a cualquier precio en Inglaterra a falta de trabajo en su propio país. Sin olvidar los beneficios obtenidos por las elites propias y los partidos de derechas subordinados a esta relación dependiente.

La Gran Hambruna de la patata de 1845-1849 sería una muestra extrema en el siglo XIX de esta relación dependiente basada en el intercambio desigual. Si en 1845 vivían más de 8 millones de personas en la isla al cabo de cuatro años un millón había emigrado y otro millón y medio había muerto a causa de la desnutrición y las epidemias. Hambruna artificial porque no faltaba comida, aunque la epidemia afectara a la patata, pero el grano, la avena y la cebada se exportaban a Inglaterra por la necesidad de los campesinos de vender toda su cosecha con tal de pagar los arrendamientos a sus terratenientes (Berresford, 2013 [1985]: 165-167).

De ahí la terrible resistencia de un Estado Británico, y la connivencia de las derechas irlandesas, a una solución democrática para Irlanda:

“Políticamente, se ha dicho que para Gran Bretaña deshacer sus vínculos con Irlanda le supondría desenredar la misma naturaleza del Estado Británico. Cualquier radicalización de la sociedad irlandesa se convierte en una amenaza para el establishment británico hasta el punto de que ofrece un estímulo para la gente en Gran Bretaña y tiene un efecto radicalizador en términos políticos específicamente británicos” (Adams, 2003 [1991]: 132).

Un diagnóstico, por cierto, extraordinariamente semejante al hecho por E. P. Thompson en su obra “La formación de la clase obrera inglesa”. Donde señalaba dos momentos históricos previos, durante la formación del cartismo en los años cuarenta del XIX y durante las rebeliones republicanas irlandesas del XVIII, en los que:

“pareció posible unir en una estrategia revolucionaria común el jacobinismo inglés y el nacionalismo irlandés. Si O’Connor hubiese sido capaz de ganarse Irlanda como se ganó el norte de Inglaterra, el movimiento cartista y el de la Joven Irlanda [movimiento republicano irlandés nacido a raíz de la Gran Hambruna contra los terratenientes irlandeses y la dominación británica] podrían haber llegado a un estallido insurreccional común.» (Thompson, 2012 [1963]: 482-483)

Por ello, y en consecuencia, Bobby Sands defendía, como Connolly y Adams, la autodeterminación por su efecto politizador y democratizador que en el caso de Irlanda tenía que servir para la construcción de una vida comunitaria sin dominación ni servidumbre con tal de permitir a todos los ciudadanos y las ciudadanas, y por tanto, al conjunto del pueblo de Irlanda, vivir, participar y dirigir su propio país.

Y a la vez construyendo una propuesta política diferente a la del nacionalismo conservador. Porque para Sands, como Connolly; “el nacionalismo sin socialismo […] tan solo es una recreación nacional” (2011 [1897]: 43).

En todo este proceso, y a pesar de todos los tipos de Bata Scóir, el Estado Británico no pudo impedir la reconstrucción de una cultura nacional propia que con la lucha por los derechos civiles estimuló de nuevo el interés por la lengua desde el interior de las mismísimas prisiones:

«en los Bloques H [Bobby] fue el catalizador del renacimiento de la lengua irlandesa que vio cómo el inglés era reemplazado como el idioma de los presos» (Adams, 2001 [1995]: 197)

Y de este modo, en el proceso de recuperación del orgullo colectivo, se reconstruyó un nosotros mismos republicano, feminista, ecologista, nacional y popular.

*Publicado originalmente en catalán en Debats pel Demà.

Notas

[i] Ver: Redacción, “Beating The English Language Into The Irish, Quite Literally”, An Sionnach Fionn, publicado el 13 de septiembre de 2016. Disponible aquí:

https://ansionnachfionn.com/2016/09/13/beating-the-english-language-into-the-irish-quite-literally/

Bibliografía

Adams, Gerry, Hacia la libertad de Irlanda, Txalaparta, Nafarroa, 2003 [1991].

Adams, Gerry, «Bobby Sands: un recuerdo personal» en La búsqueda de la paz, Txalaparta, Nafarroa, 2001 [1995], pp. 195-198.

Adams, Gerry. Antes del amanecer: una autobiografía, Txalaparta, Nafarroa, 1997 [1996].

Antipersona, “Una historia del Úlster. A modo de introducción” en No me rendiré, Antipersona, València, 2019, pp. 15-32.

Antipersona, “Cadáveres sobre la mesa. A modo de epílogo” en No me rendiré, Antipersona, València, 2019, pp. 149-158.

Berresford, Peter. Historia de la clase obrera irlandesa, Hiru, Guipúscoa, 2013 [1985].

Connolly, James. “Socialisme i nacionalisme”, publicado en Shan Van Vocht en enero de 1897, incluido en Socialisme i nacionalisme, Fundación Federico Engels, Madrid, 2011, pp. 40-43.

Mckeown, Lawrence, “Prólogo” en No me rendiré, Antipersona, València, 2019, pp. 5-14.

Sands, Bobby, “La huelga de hambre” en No me rendiré, Antipersona, València, 2019 [1981], pp. 87-104.

Sands, Bobby, “Diario” a No me rendiré, Antipersona, València, 2019 [1981], pp. 105-148.

Thompson, E. P., «Comunidad» en La formación de la clase obrera inglesa, Capitán Swing, 2012 [1963], pp. 441-487.