Por Lucía  Fuster Pravato y Agustina Santomaso

Hablar de feminismo en la Argentina del 2018 nos significa el desafío de ver el mar desde adentro, de movernos con las olas. La marea verde, como se dio a llamar en alusión a los pañuelos verdes que reclaman por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito generó una inflexión en el movimiento feminista y de mujeres.

En 2018 el aborto rompió el cerco mediático colándose en la radio, la televisión y los diarios, se impuso en la agenda mediática y legislativa. El proyecto de ley por el derecho al aborto voluntario, después de siete veces presentado en el congreso, alcanzó por primera vez a discutirse en recinto: se aprobó en la Cámara de Diputados y fue rechazado en la Cámara de Senadores. El debate legislativo se acompañó con una fiesta feminista en la calle que alojó a una generación de adolescentes que ingresó a los procesos de politización de la mano de tres generaciones de feministas que veían azoradas la inundación de shibre en las calles. El reclamo se conectó con lucha y organización en distintos países de América Latina.

Asistimos así a un doble movimiento del feminismo: su masificación y su articulación a partir del objetivo común, el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Este doble movimiento, se dio acompañado de la identificación de la estructuralidad de las violencias de género y la posibilidad de ponerle nombre a ese sistema de gobierno en términos masivos: patriarcado.

La presente masividad del feminismo no se explica sin una breve genealogía del movimiento. Podemos remontarnos a fines del siglo XIX cuando se fundó el primer periódico de y para mujeres anarquistas; en la primera mitad del siglo XX se destacó el movimiento sufragista; en la década del sesenta y setenta las mujeres formaron parte activa de la radicalización política y fue entonces cuando se conformaron las primeras organizaciones declarativamente feministas. Tras la brutal dictadura cívico-militar de 1976, que interrumpió todo proceso de movilización y politización social, el retorno democrático fue un terreno fértil para la reorganización del movimiento feminista y de los movimientos sociosexuales: se creó la Comunidad Homosexual Argentina en 1984, se organizó el Primer Encuentro Nacional de Mujeres en 1986, la Primera Marcha del Orgullo Gay en 1992 y se desplegaron distintos grupos activistas-académicos sobre la diversidad sexual y genérica.

Asimismo, no se puede obviar el surgimiento en 2015 del movimiento #NiUnaMenos como reacción a los sistemáticos femicidios en todo el país. Desde entonces el movimiento continuó ampliando los espacios de inserción con el desafío de no perder radicalidad en la masividad. Gestó el primer paro al actual gobierno neoliberal de Macri donde se pasó de aquella reacción en contra de la violencia a la visibilización de las desigualdades de género estructurales: si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras, vivas y libres nos queremos, y el icónico canto callejero que le reclama al movimiento sindical la conducción del mismo por parte del feminismo. 

A lo largo de más de 130 años los reclamos fueron ampliando e interseccionándose:contra el patriarcado, contra la heteronorma, pero también contra el neoliberalismo, contra el colonialismo y contra el extractivismo. La transversalización del feminismo se traduce en la convivencia de múltiples identidades: jóvenes, travestis, trans y lesbianas, mujeres indígenas, campesinas, mujeres migrantes, mujeres racializadas, desocupadas, trabajadoras, sindicalistas, estudiantes y responsables del cuidado.

Sin embargo, frente a la masificación, transversalización y radicalización del movimiento feminista argentino, también reaccionan y se organizan sectores de la sociedad civil. Capturando un modelo de discurso de derechos, sectores religiosos -católicos y evangélicos- bregan contra lo que dieron a llamar la ideología de género. Estos sectores, con el pañuelo celeste como insignia, pretenden restituir un modelo de familia patriarcal, adultocéntrico y cis-hetero normado, desconociendo los derechos de las mujeres, de las infancias y de las disidencias sexo-genéricas.

Hacer un “estado de situación” del feminismo en Argentina finalizando el 2018 implica explicitar diversos desafíos que el movimiento enfrenta y las diversas estrategias que entran en disputa y tensión, militancias partidarias, activismos independientes, organizaciones sociales y colectivas feministas no partidarias. Esta pluralidad, que la mayoría de las veces es potencia, exige esquivar una homogeneización del movimiento feminista. La lucha contra el neoliberalismo no invoca posiciones unívocas, sino estrategias distintas en diversos terrenos. La contienda electoral de 2019 tal vez sea hoy la que enfrenta mayores tensiones al interior del movimiento. Algunos sectores apuestan a una articulación más amplia en términos políticos partidarios como estrategia para enfrentar al neoliberalismo y ello le supone también grandes desafíos.