Hoy que hierven sangres por las presuntas falsificaciones de datos y la opacidad de información en torno al coronavirus -de más está hablar de la otra corona-, es vital poner sobre la mesa la verdadera estafa informativa: vertidos, emisiones y sus consecuencias. Siguiendo la línea ciega del beneficio económico.

Que esta línea siga siempre latente cobra importancia al definirla como la misma base del capitalismo salvaje que juega el rol de virus en esta crisis superior que es la medioambiental. El capitalismo es inherentemente expansivo, su fin en sí es el crecimiento de la economía y de ahí que su éxito se traduzca en mantener su extensión, a costa de explotar al planeta y a las personas y esto en un mundo con recursos naturales limitados no conducirá más que a una crisis mayor.

Todos los Capitanes a posteriori del sector derechista coinciden en la mala gestión de la emergencia sanitaria que ellos ya previeron. A toro pasao, claro; pero la incoherencia reside en esta misma defensa de decisiones que debieron haberse tomado y que a la vez sean los agentes antagonistas de estas medidas: cualquier ataque a lo público fueron contra-medidas a la prevención y protección ante la pandemia. Y punzando de manera más genérica, en España el presupuesto para ciencia está por debajo de la media europea, un auténtico sector en precario y sin papel en la política pero que sin embargo ahora se le pide responsabilidad, la delicadeza del sistema sanitario se refleja también en el científico. Ahora de manera global se están haciendo inyecciones brutales en investigaciones biomédicas, regando esa planta que no se regaba antes y pidiéndole los frutos que le correspondían. Se ve entonces el error de recortar en ciencia y de no escucharles.

Esto mismo vemos a mayor escala en la crisis climática, volverán a aparecer estos videntes tardíos que paradójicamente son a su vez lamebotas del mismo sistema devorador del planeta. La misma derecha que se vanagloria como ese suplente que no habría fallado el penalti es la misma que desvió fondos de la sanidad pública para financiarse y la que defiende privatizarla al servicio de la camarilla pudiente. Pero eso sí, a las 20:00 al balcón a aplaudir. Aunque se mantienen firmes con su discurso de odio promoviendo el racismo, la fragmentación, el individualismo como con la compra masiva de armas en EEUU o culpando a la mujer del 8M de todo esto. Se volverá a presionar a la ciencia hoy humillada y silenciada sirviéndose del cortoplacismo, la misma que hoy nos ha advertido del coronavirus lleva años haciéndolo con la crisis climática: puede ser un buen comparador de la magnitud de cada crisis. No debemos entonces olvidar que las contra-medidas que ya hace el sector liberal en contra del planeta serán causa directa de esta futura crisis mayor. Ya se refleja en el reciente decretazo cobarde de la Junta de Andalucía aprovechando el confinamiento: retroceso en medidas ambientales y en participación pública espoleando la especulación urbanística. Esto junto a la militarización de la vida y más restricciones a la ciudadanía en nombre de un bien mayor no llevará más que a un prólogo autoritario de ecofascismo donde la minoría poderosa sea la única beneficiada de estas medidas.

 

La incoherencia reside en esta misma defensa de decisiones que debieron haberse tomado y que a la vez sean los agentes antagonistas de estas medidas: cualquier ataque a lo público fueron contra-medidas a la prevención y protección ante la pandemia.

 

Si bien es verdad que el socialismo en su concepción clásica no es íntegramente “eco”, el capitalismo en cambio sí es íntegramente “anti-eco”: el oxímoron ecocapitalismo se autodefine como vigía del capital natural, lo que conlleva no tener en cuenta ni la democracia ni los límites ecológicos. Y no creo que la negativa a volcarnos como sociedad contra esta lacra como sí se ha hecho con la crisis sanitaria se deba a la simpleza que se está defendiendo de que nos sentimos fuera del “sistema Tierra”, de hecho quienes más y antes sufren las consecuencias de esta otra crisis son también la población menos protegida y quienes más en contacto con la naturaleza, o lo que queda de ella, están: la mayoría social. Sino que quienes además de fuera, se sienten dueñxs del planeta, no han visto aún amenazada su chistera. La élite no empieza a recoger cable hasta que con la pandemia no cae la bolsa, entonces el alarmismo se torna real, la intervención del Estado necesaria y los neoliberales ahora son solo liberales clásicos que ya defendían todo esto, no vayan a reconocer que un microorganismo ha sido capaz de hacer tambalear su libre mercado infalible. Son precisamente ellxs, quienes se han lucrado de la autodenominada e imperialista globalización que ha propiciado la extensión del virus quienes que deben someterse económicamente a paliar la crisis. Que no vengan con socializar pérdidas. Además de usar de colchón lo social, como en la crisis climática también se pide al mundo responsabilidad individual para solucionar una crisis avivada por la flor y nata de la economía: en un contexto en el que según la Universidad de Leeds el 10% más rico consume veinte veces la energía del 10% más pobre y 187 veces más combustible se reafirma que el problema ambiental es de clase.

Tampoco las crecientes muertes por la enfermedad han sido catalizadoras del sentimiento comunitario. La European Heart Journal señala a la contaminación como responsable de 8,8 millones de muertes al año, además de enfermedades e infecciones. Igualmente, vivir en una región contaminada aumenta las probabilidades de contraer enfermedades y que estas se vean agravadas: la Alianza Europea de Salud Pública publicaba un informe sobre otro virus de la familia “coronavirus”, el SARS-CoV de 2002, que por la similitud que tiene con el actual a este nuevo se le bautizó como SARS-CoV-2. En este vinculaba a este viejo coronavirus con los niveles de contaminación: “los pacientes en regiones con niveles moderados de contaminación del aire tenían un 84% más de probabilidades de morir que aquellos en regiones con baja contaminación”. Con el pretexto de actualizarlo al virus de hoy la Sociedad Italiana de Medicina Ambiental (SIMA) ha presentado un estudio que afirma que las partículas atmosféricas ayudan a transportar de forma óptima al vector. “Cuantas más partículas de polvo, más autopistas se crean para los contagios”. Por otra parte, el deshielo es grifo de enfermedades: a medida que se descongela el permafrost y el hielo tibetano se han descubierto virus que se mantenían congelados y podrían liberarse al mundo, amenaza para la que hoy solo estamos en una antesala. ¿Acaso esto no suma al contador de muertes por capitalismo?

Además de usar de colchón lo social, también se pide al mundo responsabilidad individual para solucionar una crisis avivada por la flor y nata de la economía: en un contexto en el que el 10% más rico consume veinte veces la energía del 10% más pobre y 187 veces más combustible se reafirma que el problema ambiental es de clase.

Entonces, aparte de lo retratado que queda cualquier neoliberal con la situación, esta deja tres lecturas: una que los gobiernos, aquellos elegidos por el pueblo, no toman palabra hasta que la banca le suelta correa y, hasta ahora, para asegurar primero el flotador de esta aunque llegue a perjudicar a este pueblo espectador; la segunda es que por mucho del “quiero pero no puedo” ante la crisis climática que nos han hecho ver, sí que pueden: controlar los transportes, escuchar e invertir en ciencia, nacionalizar empresas como en Italia, meterle mano al sector privado como en España o intervenir desde Europa, a rasguños, en favor de lo social. Pero solo dejan ver que se podría mucho más. Y la última, que fortalecernos socialmente como comunidad cuidándonos y protegiéndonos supone la primera barrera ante los arañazos del sistema que ataca la vida. Desde lo local a lo global pasando por el ecosistema: internacionalismo frente a ese sector político que, al final, siempre son quienes están a favor del gas.

 

 

Por Antonio García Rodríguez, miembro de RAÍZ, espacio de debate rebelde y asambleario.