Tres días después del “Mini-Super Martes” las primarias parecen cada vez más cerca de resolverse en favor del ala “corporativa” del partido demócrata. Así se refiere la izquierda norteamericana a quienes dominan el aparato del partido. El “establishment” que depende de la “clase de los donadores”. En cada proceso electoral, millones de dólares son inyectados por las grandes empresas (farmacéuticas, petroleras, contratistas militares…) a los distintos candidatos. Muchos de estos inversores son los mismos que financian los medios de comunicación, por lo que la integridad de políticos y periodistas está siempre bajo sospecha. Un elemento crucial de la campaña de Bernie Sanders ha sido negarse a cualquier donación que no venga del bolsillo de sus propios simpatizantes. Otros han buscado atajar el problema con la receta contraria: “Hace falta un verdadero millonario, que pueda utilizar su propio capital económico, para no depender del gran dinero”. Esta ha sido la exitosa estrategia de Donald Trump y la no tan exitosa apuesta de Michael Bloomberg. De una forma o de otra, el surgimiento de distintos populismos da crédito de la pérdida de confianza del pueblo estadounidense hacia sus élites. Un contexto que parecía favorecer el definitivo resurgimiento de Bernie Sanders, que ganó los tres primeros estados en disputa y que tras Nevada se había acomodado en el destacadísimo primer puesto de la carrera demócrata.

Pero el 3 de Marzo llegó el famoso Super Martes y lo cambió todo. El día anterior Pete Buttiegieg y Amy Klobuchar se retiraron de las primarias y escenificaron con Joe Biden un momento de unidad que, con la inestimable ayuda de la prensa, disparó al exvicepresidente en todas las encuestas. El efecto de la unificación del establishment demócrata funcionó. Aunque Sanders consiguió sobrevivir al Super Martes, ganando cómodamente en California, el estado más grande de los que votaban, siendo muy competitivo en Texas, el segundo estado más grande, y ganando en Colorado, Utah y Vermont (su estado natal). Por su parte Biden barrió en los estados del sur, de mayor población afroamericana (Alabama, Arkansas, Virginia, Tennesse) y sorprendió ganando en estados del nor-este, del centro y del medio-oeste (Maine, Minesota, Massachusetts, Oklahoma). Resultado total: ligera mayoría para Biden.

Saltaron las alarmas para el equipo de campaña de Sanders. Aunque el porcentaje de apoyo entre los jóvenes es abrumador (por encima del 70%), en términos relativos el grupo demográfico de mayores de 65 está siendo mucho más activo que las nuevas generaciones. Los afroamericanos han apostado en masa por Biden y algunos estados workingclass que en 2016 habían aupado a Sanders están cayendo en manos de Biden.

La máquina de mierda de la prensa «liberal» empieza a funcionar full-time. CNN, MCNBC y New York Times cambian radicalmente el trato hacia el «front-runner». Cuando Sanders adquirió ese estatus, los medios justificaron la extrema dureza con la que le trataban, en que el front-runner debe ser sometido a un exhaustivo escrutinio. La presión, según ellos, iba con el cargo. Sin embargo, el nuevo front-runner fue acogido por la prensa con desvergonzada dulzura. El trato hacia Sanders siguió con la misma crudeza que antes. Los opinólogos dedicaron todos sus esfuerzos en desprestigiar a Bernie. Que no tiene apoyo entre los afro-americanos, que el aumento en la participación que prometía no está sucediendo, que sus seguidores son crueles en internet, etc. Y por encima de todas las cosas, la idea de que Sanders es demasiado radical para ganar a Trump, mientras que Biden es el candidato que más probabilidades tendría en las generales.

Internet está lleno de videos que compilan las diferentes meteduras de pata de Biden y Trump ya está haciendo declaraciones al respecto. Hasta hace unas semanas, incluso en la televisión pro-demócrata se hablaba del tema, pero desde que el establishment le ha escogido como líder la cuestión se ha convertido en tabú. Lo paradójico del asunto es que el gran argumento a favor de Biden es precisamente su aspecto más vulnerable. La idea de que el actual Joe Biden sea capaz de vencer a Donald Trump en un debate televisivo cara a cara es tan disparatada que muchos en américa se están preguntando si, acaso, el establishment demócrata está más dispuesto a reelegir a Trump que a permitir que Bernie Sanders llegue a la Casa Blanca.

Tan real es el declive comunicativo de Biden, que su propio equipo de campaña ha admitido llevar una estrategia de «exposición mínima». Es decir, esconderle del público por miedo a lo que pueda decir. Ese es el candidato «electible»…

Lo paradójico del asunto es que el gran argumento a favor de Biden es precisamente su aspecto más vulnerable. La idea de que el actual Joe Biden sea capaz de vencer a Donald Trump en un debate televisivo cara a cara es tan disparatada que muchos en américa se están preguntando si, acaso, el establishment demócrata está más dispuesto a reelegir a Trump que a permitir que Bernie Sanders llegue a la Casa Blanca.

Esta semana era un momento crucial para la campaña de Bernie. Del Super Martes salió completamente vivo, pero la siguiente cita electoral venía demasiado pronto como para cambiar la dinámica. El martes 10 de marzo fue el «Mini Super Martes» en el que votaban algunos estados del sur y otros del Medio-Oeste que en 2016 fueron la gran baza de Bernie. Michigan era el estado más importante en disputa.

El goteo de apoyos de congresistas y senadores hacia la candidatura de Biden ha ido aumentado exponencialmente. Cada día 3 o 4 apoyos nuevos que sirven a la prensa para continuar con el relato sobre la “inevitabilidad” del candidato moderado. Sanders ganó estadísticamente entre quienes votaban en base al programa, y Biden se llevó el voto de quienes tenían como prioridad vencer a Donald Trump. La mayoría de sus votantes, incluso, se mostraron favorables a Medicare for all o la subida del sueldo mínimo, pero entendían que Biden era el candidato más seguro para ganar las generales.

La estrategia del establishment estaba saliendo según lo planeado y le tocaba a Sanders responder de alguna manera. Abrir alguna pequeña grieta en el relato avasallador de los medios corporativos. 2 días después del Super Martes Elizabeth Warren, la otra candidata «progresista» se retiraba de la carrera, abriendo la posibilidad de una imagen de unidad entre la izquierda que generase cierta simetría entre los dos bloques. Su renuncia llegaba tras quedar tercera en su propio estado y no haber conseguido superar la barrera del 15% en gran parte de las primarias. La noticia sobre un apoyo de Warren a Sanders podría ser el catalizador que revirtiera la dinámica creada con el apoyo de Buttiegieg y Klobuchar a Joe Biden tras Carolina del sur.

La campaña de Sanders era plenamente consciente de esto. Por ello Bernie lanzó varios Twits alabando la figura de Warren e invitándola a colaborar con él. Tanto en rueda de prensa, como en una entrevista con Rachel Maddow, Bernie se deshizo en elogios hacia la senadora. La respuesta de Biden, mucho menos entusiasta, acababa diciendo algo así como «le deseamos mucha suerte en el senado», dando a entender que no hay idea de ofrecerle cargo en una posible administración Biden.

Esto y unas declaraciones de Warren en la puerta de su casa en las que decía no haber decidido «aún» a quién apoyar, despertaron las ilusiones de los seguidores de Sanders. Por explicar brevemente quien es Warren:

Warren, que hasta los 47 años militó en el partido republicano, es docente de profesión y senadora por Massachusetts. Desde finales de los 90 se ha venido ganando gran prestigio entre la izquierda americana por enfrentarse a banqueros y legisladores acerca de temas como la desrregulación, los préstamos a la banca o la protección del consumidor. Su perfil era el de una mujer luchadora que acorralaba a los poderosos en las comisiones institucionales en las que les tocaba declarar.

En 2016 el sector progresista, Bernie Sanders incluido, quiso que Warren se presentara a las primarias contra Hilary Clinton. Sin embargo, Elizabeth no dio el paso. Quién sí lo dio fue Bernie, pero no recibió el apoyo de Warren, pese a compartir gran parte del programa político.

En las primarias demócratas 2020 Warren ha optado por una línea algo distinta, presentándose a sí misma como la «progresista moderada» que, al contrario que Sanders, es capaz de llevar las cosas a cabo. Para ello hizo una serie de renuncias en el programa de Medicare for all y sumó a su equipo de campaña a asesores de Hillary y de Obama.
El cambio ideológico no vino solo por el lado de la moderación, sino por el de las «identity politics» o como le llaman despectivamente en EE.UU la ideología «woke». Esta línea ideológica consiste básicamente en la “interseccionalidad” como premisa para abordar los asuntos políticos. Tanto desde la derecha como desde la izquierda han surgido voces críticas que ven una cierta tendencia desde las identity politics a circunscribir los problemas al terreno del lenguaje, generando una división entre quienes aceptan los límites de lo “políticamente correcto” y quienes no lo hacen, automáticamente catalogados de racistas, sexistas, etc. Entre los primeros podemos contar una legión de twiteros, parte del New York Times y muchos progresistas multimillonarios de Hollywood, entre los segundos encontramos tanto a la derecha conservadora como a los sectores de la clase obrera que ven en peligro su forma de expresarse y que, paradójicamente, son quienes más sufren la explotación, el racismo o el sexismo. La diferencia en este sentido con Bernie, que ha recibido el apoyo de feministas de la talla de Nancy Fraser, no es tanto el apoyo a unas luchas u otras, sino la forma de abordarlas. Referencialidad simbólica o ataque estructural a la desigualdad, ahí se juega una batalla importante para la izquierda de todo el mundo.

En esta ambición woke, Warren acusó a Sanders en pleno debate televisivo de haberle «dicho en privado» que «una mujer nunca podría ser presidenta de EE.UU». Curiosa acusación para hacer a una persona que en 2016 estaba dispuesta a apoyar a Warren de haberse presentado a las primarias. Con esa misma actitud, Warren ha estado victimizándose por supuestos «twits ofensivos» provenientes de seguidores de Bernie. Ante lo que Warren culpa directamente a Sanders, ya que según ella «los líderes son responsables de sus seguidores» y «¿Qué clase de líder genera una dinámica de tanta violencia?». Los “Bernie-bros” fue el nombre que la prensa eligió para intentar desprestigiar a la enorme comunidad on-line que apoya a Sanders. Según los medios corporativos, estos son fundamentalmente hombres blancos que utilizan insultos sexistas y racistas para atacar a sus rivales. El relato tenía serios problemas para sostenerse, teniendo en cuenta que estadísticamente el seguidor de Sanders tiene más probabilidades de ser una mujer latina que un hombre blanco. En cualquier caso, llama la atención que en un país en el que más de 30.000 personas mueren al año por no tener seguro médico, la “izquierda” esté más preocupada de Twitter que de la realidad de la clase obrera.

Tanto desde la derecha como desde la izquierda han surgido voces críticas que ven una cierta tendencia desde las identity politics a circunscribir los problemas al terreno del lenguaje, generando una división entre quienes aceptan los límites de lo “políticamente correcto” y quienes no lo hacen, automáticamente catalogados de racistas, sexistas, etc.

Estos argumentos, muy vitoreados por el New York Times, tenían cierta lógica cuando se estaban disputando los votos del ala progresista. Lo que no parece muy coherente es que sirvieran de excusa para no apoyar a Sanders en su disputa con Joe Biden. Más teniendo en cuenta que Joe Biden fue el promotor de la ley de «bancarrota» contra la que Warren decidió lanzarse a la política. Más aún, teniendo en cuenta que Michael Bloomberg, contendiente al que Warren había denunciado como un corrupto multimillonario con escándalos de racismo y discriminación de género, acababa de retirarse de las primarias para dar su apoyo a Joe Biden.

Pero Warren no quiso apoyar a Sanders y la dinámica siguió intacta, con el relato de la electibilidad sonando a bombo y platillo. ¿Qué otras opciones le quedaban a Bernie?

Sin el apoyo de Warren y con la máquina de mierda a todo tren, Sanders necesitaba asestar algún golpe en el estado que revivió su campaña en 2016: Michigan.

Tras el Super Martes, Sanders anunció su estrategia de atacar a Joe Biden. Los argumentos principales serían: El apoyo a la guerra de Irak. El apoyo a los recortes sociales. El apoyo a los acuerdos de NAFTA y el Acuerdo Permanente con China, que afecta especialmente a las zonas más industrializadas como Michigan, sus reticencias al matrimonio gay y al aborto. Quedaron excluidas de esta estrategia las críticas sobre corrupción, sobre las mentiras (Biden ha sido descubierto mintiendo sobre un supuesto arresto por intentar ver a Nelson Mandela, así como varios plagios y otras mentiras escandalosas) y cualquier mención el evidente declive mental de su oponente. Pero quizás lo más llamativo de este tono conciliador para con su rival ha sido la utilización como preámbulo de frases del tipo: «Biden es mi amigo, es un tipo decente, pero tenemos diferencias de opinión».

Ante la pregunta directa de un periodista «¿Crees que Joe Biden perdería ante Trump?» Bernie respondió «Creo que Joe puede vencer a Trump, pero creo que yo tengo más posibilidades de hacerlo». Es imposible saber si una estrategia más agresiva hubiese marcado la diferencia, pero como mínimo parece necesario haberlo intentarlo. Los directores de campaña lo saben, por eso hay cierta diferencia de tono entre los Twits de Bernie, pasados por el filtro de sus community managers, y su discurso oral.

Aún a falta de cierta agresividad, Bernie apostó todo a Michigan. Mientras Biden cancelaba sus eventos «debido al Coronavirus», Bernie intentaba echar el resto. Consiguió el apoyo de Jesse Jackson (histórico líder de los derechos civiles), se llevó a Alexandra Ocasio Cortez y al Dr. Cornel West a multitudinarios mítines e invirtió en anuncios negativos sobre Biden a razón de los tratados económicos. Michigan, estado obrero, el estado de Flint, ciudad natal de Michael Moore cuyo sistema de agua está monstruosamente contaminado, estado del golpeado Detroit, era la última esperanza para dar un giro en los acontecimientos.

Lamentablemente el día de votar llegó y Michigan optó masivamente por Joe Biden. Aunque Sanders pudo mantener su liderato en Dakota del Norte y tiene posibilidades en Washington (aún no acabó el conteo), la derrota en Michigan, Idaho, Missouri y Misisipi le deja a unos 200 delegados de Biden. Las primarias no han terminado, aún quedan debates televisivos en los que una mala actuación de Biden podría cambiar su percepción en los votantes. Aún no ha votado New York que es uno de los estados más importantes y quien sabe si la crisis del Coronavirus no tiene alguna repercusión inesperada sobre las primarias, pero la realidad ahora mismo es que una remontada parece imposible.

Sanders anunció su estrategia de atacar a Joe Biden. Los argumentos principales serían: El apoyo a la guerra de Irak. El apoyo a los recortes sociales. El apoyo a los acuerdos de NAFTA y el Acuerdo Permanente con China, sus reticencias al matrimonio gay y al aborto. Quedaron excluidas de esta estrategia las críticas sobre corrupción, sobre las mentiras y cualquier mención el evidente declive mental de su oponente. Pero quizás lo más llamativo de este tono conciliador. Es imposible saber si una estrategia más agresiva hubiese marcado la diferencia, pero como mínimo parece necesario haberlo intentarlo.

Imposible porque en una semana vota Florida, uno de los estados más conservadores, que no perdona a Sanders unas declaraciones sobre Fidel Castro (en las que decía lo mismo que en su día dijo Obama, pero desde luego no recibió el mismo trato por parte de la prensa). Imposible porque la distancia entre uno y otro no hace más que aumentar y no hay visos de que nada vaya a cambiarlo.

En definitiva, todos estamos empezando a aceptar que el candidato más de izquierdas, más popular y más honesto de la historia reciente de EE.UU no va a ser capaz de ganar al aparato del partido demócrata. De lo cual, y aunque sea pronto aún, me gustaría empezar de sacar algunas conclusiones preeliminares:

  • Esta generación, a la que nos ha dado por llamar «Millenials», está dando muestras de un espíritu rebelde y transformador. El movimiento juvenil mundial contra el cambio climático debería habernos alertado de esta cuestión.Hablamos de una generación que ha nacido después de la crisis del 2008, que no conoce el capitalismo en el estado de expansión previo. Una generación cuyo tiempo vital ha coincidido con la inminencia de la catástrofe climática. Una generación que ha crecido paralelamente al auge del feminismo y del movimiento LGTB, con todo lo que estos movimientos tienen de transformadores. Y una generación que ha encontrado en internet un medio alternativo a la prensa corporativa.Esa ha sido la generación que ha aupado a Bernie Sanders, la que en pleno Estados Unidos se declara abiertamente «Socialista» y contraria al status-quo.  Y ha sido, también, la generación contra la que el partido demócrata ha puesto todos sus recursos. Le toca reflexionar al partido demócrata sobre su propia viabilidad, si sigue dedicando todos sus esfuerzos a frenar la ola de cambio que las nuevas generaciones y el movimiento progresista vienen agitando.
  • Otra conclusión que saco es la importancia de la figura de Barack Obama en EE.UU. Pese a la indignación que genera el establishment en la población, Obama sigue siendo el político mejor valorado en América. Esto quizás se deba a que él mismo se presentó en su momento como el candidato «anti-establishment». Paradójicamente, él y no otro, es el principal artífice de la rebelión de esa oligarquía demócrata contra quienes exigen sanidad universal y fin de las guerras. En esta ascendencia que Obama tiene aún sobre el partido demócrata ha jugado un papel crucial la comunidad afroamericana, que en este caso se ha decantado por una figura “segura” ante una amenaza que han considerado peor que el propio status-quo: Donald Trump.Esta es, en parte, la gran batalla ideológica dentro del Partido Demócrata: Quienes buscan la “vuelta a la normalidad” en clave Barack Obama contra “la excepción Trump”. Y los que ven en Trump un síntoma de un sistema neoliberal decadente que exige grandes reformas. Teniendo en cuenta que muchas de esas reformas no implicarían más que sumarse al resto de países desarrollados en materia de sanidad, educación, política exterior… la radicalidad aquí no está en la idea, sino en el desafío a los poderosos que supondría.
  • La otra sensación que tengo es de impotencia. Uno podría pensar que EE.UU no está preparado para un cambio profundo, y en cierta medida el resto del mundo tampoco. Pero, que Trump sea presidente, que la extrema derecha esté tan al alza en Europa y en el mundo, prueba que la democracia neoliberal está en crisis. Que la globalización está en crisis, así como la gestión de la robotización, los sistemas educativos, la respuesta al cambio climático…Y, sin embargo, la izquierda transformadora está aún muy lejos de dar un golpe en la mesa. Latinoamérica a principios de los 2000 pareció abrir un camino que Europa tras la crisis de 2008 podía seguir. Syriza fue la primera, y la última, en ganar unas generales, pero se encontró con la cruda realidad de no tener herramientas reales para llevar a cabo su programa. Los estados han cedido tanta soberanía a los mercados que ni siquiera un gobierno puede hacerles frente. Deprimente pero cierto.
  • Otro elemento a destacar es el de la prensa. Cada vez resulta más entendible la obsesión de Rafael Correa con los medios de comunicación. En su momento parecía imprudente que un político fuese tan crítico con el baluarte de la «libertad de expresión». En estas primarias se vuelve a confirmar que la corrupción de los medios de comunicación y su infinito compromiso con el poder es uno de los principales retos para la izquierda mundial. Debe ser una tarea de primer orden para la izquierda estudiar cómo funcionan exactamente estos medios. Entender que su eficacia no se basa solo en repetir una y otra vez las mismas opiniones sesgadas, sino en la forma de abordar a los candidatos, el tratamiento que se da a las noticias. De un candidato no se revisa su historial en lo más mínimo, al otro se le pregunta sistemáticamente por unas declaraciones a un periódico en 1987. El escándalo y la polémica funcionan así. Se trata de la importancia y la cantidad de minutos que se le quiera dar a una noticia u a otra. 0 minutos a la Corrupción de Biden, interminables horas a la supuesta simpatía de Sanders por Fidel Castro…
  • Final Point: Siendo sinceros, no parece posible que la dinámica de estas primarias cambie. El movimiento de Bernie va a fracasar en su principal objetivo. No es razón para desdeñar su enorme aportación. Un movimiento que ha cambiado el debate público y la forma de hacer política en EE.UU y que establece una base sobre la que en el futuro quizás se puedan recoger frutos. El debate sobre su legado posiblemente se intente abordar cuestionando si debió ser más radical o, por el contrario, más transversal. Según mi opinión no está ahí la clave. No niego que, coyuntural como es la vida, otras formas de discurso podrían haber provocado otros efectos. Pero no hay concatenación de palabras sobre un atril que modifique un elemento histórico profundo. Si Sanders fracasó no fue por discurso ni por retórica. Y si así fuera, no es porque haya una fórmula o una receta que podamos descubrir. Posiblemente la retórica de Obama fue un hecho diferencial en su victoria, pero también hubo otros hechos igualmente relevantes. Otros líderes han triunfado sin retórica alguna, por lo que conviene ser prudente antes de decretar las causas de una derrota electoral. Creo que si algo hay que aprender de Bernie es su capacidad para entender el momento histórico y para plantear alianzas desde un punto de partida honesto y auténtico. El cambio cultural que EE.UU está viviendo en sus sectores más progresistas ha encontrado en Bernie un espejo en el que mirarse. La característica fundamental de su liderazgo ha sido la consistencia que la ha acompañado en toda su carrera política. Quizás un aprendizaje para la izquierda española pueda ser la necesidad de deconstruir la idea de que la audacia está intrínsecamente vinculada al oportunismo. Los pueblos quieren líderes en los que creer, y eso no se fabrica en un despacho con el CIS delante. Se genera espontáneamente cuando se promociona a los cuadros realmente válidos. El que sea militante que piense por un momento en su asamblea (o agrupación o como se llame) y que piense cuantas veces ha visto que promocionen los militantes más inteligentes y bien-intencionados, y cuantas veces a aduladores, interesados y dogmáticos. Cuantas veces el buen trabajo con los movimientos sociales ha sido castigado por desafiar la “estrategia” de tal o cual órgano. Cuantas veces las decisiones son tomadas únicamente en base a dinámicas internas y no a debates estratégicos.

Diga lo que diga la tesis doctoral de Errejón, o la tertulia en el chalet de Pablo Iglesias, la clave del triunfo no la tiene nadie, no es una palabra ni un discurso, ni un grupo dirigente. Tiene más que ver con el sentido del momento histórico y la honestidad de quienes marcan el camino. El movimiento de Bernie Sanders, el laborismo de Jeremy Corbyn, el frente amplio de Pepe Mujica, el MAS de Evo Morales, la Syriza de Tsipras, el PSUV de Hugo Chavez son ejemplos tan distintos de LO MISMO que quizás debemos empezar a ver en ellos lo sustancioso y no fetichizar lo superficial.

La clave del triunfo no la tiene nadie, no es una palabra ni un discurso, ni un grupo dirigente. Tiene más que ver con el sentido del momento histórico y la honestidad de quienes marcan el camino.

Por Rodrigo Bazzano, activista social.