Las tensiones entre el feminismo heredero de la Ilustración y el transfeminismo se han dejado notar en los últimos meses. Para profundizar en este asunto hemos querido contar con Sam Fernández, activista transfeminista y experta en género. Sus aportaciones nos permiten adentrarnos en las complejidades intrínsecas al género y los nuevos retos que se abren para los feminismos. Quién queda fuera y dentro del sujeto político del feminismo parece haberse convertido en un nuevo espacio de disputa y objeto de polémica. La consideración de la relación del feminismo con la posmodernidad ha abierto un nuevo debate que nos interpela a todas.

¿Cuál debería ser la apuesta política que hay detrás de las políticas públicas LGTBI?

Desde mi punto de vista la apuesta es utilizar el interés en lo LGTBI para impulsar un cambio en las condiciones de vida del conjunto de la población más vulnerabilizada, así como en la forma de hacer política. Y habrá mucha gente que no esté de acuerdo conmigo, pero esta es mi opinión. Por ejemplo, si pensamos las políticas urbanísticas, invitemos a colectivos de personas con diversidad funcional para pensarlas conjuntamente. Esto nos obliga a nosotres -si no tenemos diversidad funcional- a salir de una visión capacitista de la calle (y del propio colectivo) y a los movimientos no centrados en lo queer a pensar la sexualidad como un asunto atravesado por las LGTBI-fóbias. El ejemplo que pongo es justo de una alianza que ya se está dando desde hace tiempo y que es un buen punto de referencia como espacio para construir políticas.

Me preocupa que la alternativa a hacer esto sea la de “incluir” lo LGTBI en políticas del cualquier corte, aquel que nos propongan. Si no nos queremos convertirnos en el barniz de la derecha, que la hay encantada de invitarnos a “sumar”, la apuesta por una política transversal e interseccional es un asunto que hay que acometer colectivamente. Eso no implica desaparecer como agente político concreto, como movimiento queer, sino estar desde ahí para fines que desbordan la política del “nosotres también queremos un cacho del pastel que nos habéis preparado”.

Parece que dentro del colectivo LGTBI se dan ciertas lógicas por las cuales un colectivo tan amplio acaba siendo invisibilizado por las demandas del hombre cis gay, ¿Cómo crees que se puede revertir esta dinámica?

Hace quince años las formas en que sucedía esta superposición de lo LGTBI a lo gay cis se traducía en prácticas excluyentes, incluso dentro de los propios colectivos, tan evidentes como la distribución de los cargos en las asociaciones o el uso de la palabra en espacios de reuniones; al tiempo que lo gay era lo único que lograba alcanzar las políticas públicas. No tengo dudas de que algunas de estas prácticas han sobrevivido al paso del tiempo pero creo que necesitamos un análisis más fino si queremos detectar los modos en que el machismo va mutando hasta el día de hoy en paralelo al auge del movimiento feminista (que es el que ha cambiado las dinámicas allí donde esto ha pasado). Voy a poner un ejemplo del terreno público. El Ministerio de Sanidad lleva décadas financiando campañas de prevención de ITS que, con sus efectos positivos y negativos, ha interpelado a la población gay y facilitado el acceso a preservativos. ¿Qué sucede con la prevención de ITS entre personas con vagina y clítoris (mujeres cis, hombres trans y parte de las mujeres trans)? Decir “nada” es mucho para definir el grado de atención del Ministerio a la salud sexual de la parte del colectivo que no entra en la definición exclusiva de “hombre cis gay”. Decir “nada” es demasiado para definir el presupuesto que se ha gastado el Ministerio en la última década en acercar los precarios cuadrantes de latex a las mujeres, por ejemplo (lo curioso es que los cuadrantes podrían servir también a hombres cis en sexo oral si está fuera una práctica a la que se le concediera importancia en la representación de la heterosexualidad). Digo que decir nada es mucho porque el asunto es que ni tan siquiera se lo han planteado. Pero hay más: hoy el reto no es solo deconstruir la centralidad del hombre cis gay en las políticas públicas, sino ser capaces de visibilizar y denunciar todos los demás atributos de ese super-modelo: el “hombre cis-gay” que construyen las políticas tiene capacidad de consumo, no es mayor ni sufre los efectos de la soledad, presenta capacidades estándars de movilidad y ni sube bordillos con dificultad ni le importa quedar en un bar con los baños en la planta de abajo; tampoco suma el estigma de un diagnóstico mental al de ser gay o bisexual. Y evidentemente, esto, son solo algunos ejemplos.

Me parece que hoy el reto es construir políticas transformadoras del conjunto de la sociedad desde una perspectiva queer que desborde la etiqueta LGTB y su consiguiente sectorialidad, en lugar de usar el interés público que hemos ganado para trasladar antiguas políticas de visibilidad y reconocimiento al epicentro de las políticas públicas. Por antiguas me refiero al modo de enfocarlas, por supuesto.

En la charla de la Uni de Otoño te quedaste por mencionar los melones que tenías preparados para el movimiento trans ¿cuáles eran?

No era una interpelación exclusivamente al movimiento trans pero, evidentemente, afecta. Creo que tenemos que seguir repensando cómo construimos y proponemos nuevos nexos entre las anatomías, los cuerpos y las identidades que los hagan posibles, vivibles, reconocibles, deseables, placenteros o bellos (apelo a otras políticas de la belleza que no tienen que ver con el mercado). Tradicionalmente ese nexo se lo hemos dejado a la medicina. Por ejemplo, ¿cómo generamos referentes de cuerpos menstruantes que se viven y se nombran desde la masculinidad?, ¿es posible trabajar en la línea de dar vida a una conexión entre menstruación y masculinidad que no cabalgue sobre la contradicción? Insisto en que es un asunto feminista que no tiene por qué acometer exclusivamente el movimiento trans pero que interpela a la perspectiva política desde la que se hacen políticas trans. Creo que ya hemos entrado en un momento de matices también en el ámbito del activismo trans y quizás esté llegando el momento en que no sirven solo las políticas de reconocimiento. Y creo que una parte del activismo trans lleva muchos años disputando las condiciones del reconocimiento (qué hay que hacer o cómo hay que ser para ser reconocible) al tiempo que conjugándolo con la conquista de derechos. No sé si en esto estamos avanzando mucho, expreso mi duda.

¿Por qué crees que es necesario un no binarismo crítico?

Porque un no-binarismo crítico quiere decir que podemos cuestionar el interés político que hay en definir el mundo como un asunto binario (hay mujeres y hombres, las cosas son masculinas o femeninas, los cuerpos son de machos o de hembras, etc…), rescatar la complejidad que queda fuera de estos cajones decimonónicos y, al mismo tiempo -y aquí viene el adjetivo de crítico- hacer uso de esas mismas categorías cuando las necesitamos para denunciar y no invisibilizar el patriarcado y sus efectos (por ejemplo, los asesinatos machistas contra las mujeres cis). Pronunciarnos en contra del binarismo sexual y de género no nos impide hablar de mujeres y hombres como realidades sociales cuando lo necesitamos para expresar lo que vivimos.  

Dijiste que había que arriesgar el sujeto del feminismo y se armó una polémica en redes con un componente tránsfobo muy preocupante. Después de las semanas que han pasado ¿qué lectura haces de ello?

Sí, es así. Yo de hecho, en una semana, pasé por todos los géneros posibles (hombre cis, mujer trans, hombre trans…) según quien comentaba mi intervención; y todo en base a mi expresión de género, que era el dato más visible que la gente tenía de mí. Y eso que los comentarios se dieron en el seno del feminismo. Dudo que twitter cumpla los requisitos para evaluar cualquier debate de “medianamente serio” así que tampoco tiene más importancia que constatar cómo reaparecen las presiones y las tensiones con el género incluso en comentarios feministas (cómo mi camisa o mi corte de pelo aparecen relevantes para decidir mi legitimidad para hablar desde el feminismo). Al margen de esto, ahora llevaría más allá el análisis de esta situación que ya realicé en Pikara una semana después. Los comentarios que aparentemente resultan más ofensivos, los que son más abiertamente excluyentes con las personas trans, no me parecen numéricamente importantes pero tampoco los descartaría. Creo que hay otro lugar desde el que podemos rescatarlos para repensarnos. ¿Y si estos comentarios fueran la forma políticamente incorrecta de poner encima de la mesa sentires que hay en torno a lo trans que muchas veces no se están hablando por corrección? ¿Y si quiénes no les preocupan las personas trans dentro del feminismo están nombrando algo que de todas maneras está pasando en el seno del feminismo -pero que se expresa en conductas más moderadas-? Un reto interno quizás sea darnos espacios para hablar de cosas concretas como las atribuciones que le hacemos a la masculinidad de compañeros trans, en lugares de seguridad y cuidado mutuo.