Cuando hablamos del sujeto del feminismo sería interesante partir de cierta inseguridad que produce la consideración de que un concepto cualquiera no es un todo cerrado. Aún no. Como en cualquier otro concepto al uso, la estrategia de interpelarlo hasta llegar a saber si se puede desbordar consistiría en problematizar o discutir su diversidad constitutiva. Sería el caso al establecer la(s) mujer(es) como sujeto político de pleno derecho. Inmediatamente se impone repensarlo para preguntarse por quiénes integran esta categoría. Abrir la discusión sobre un sujeto utilizado discursivamente es un ejercicio de integración e inclusión de un amplio conjunto de personas diversas que se corresponde con la acepción de “mujer” y toda la variedad que entraña, es decir, con las mujeres heterosexuales, trans, lesbianas, migrantes, racializadas, diversas funcionales, queer, no binarias y, en general, de todas aquellas que se sientan en condiciones de responder a tal categoría.

Saber de antemano lo que es el sujeto y dar por sentado quién puede responder a la pregunta “¿quién?” es, sin duda, la mejor manera de liquidar una rica estrategia deconstructiva que, muy al contrario, reinterpreta, desplaza, o descentra. Se puede decir, ya, que desestabilizar un concepto herméticamente cerrado es una tarea necesaria. En el intento de ampliarlo se contemplan todos sus aspectos posibles y al replantear una crítica sensata, puede comprobarse hasta qué punto se abre a múltiples consideraciones. Con todo el rigor y el respeto, eso sí, al trabajo histórico que ha supuesto, en el movimiento feminista, llegar a formulaciones con el intento de “construir” un sujeto político, desde que Simone de Beauvoir afirmara, en pleno existencialismo, que la categoría “mujer” se fabrica a través de la civilización, porque “no está biológicamente determinada”. Por lo tanto, el delimitar conceptos para hacerlos inalterables en el tiempo no es una práctica política deseable. Más bien, lo que resulta de una clasificación ordenadora es una violencia conceptual, una verdad indiscutible impuesta por la tradición. La respuesta a la pregunta “¿quién?” viene desplazando muchas cosas. Por ello, no se trataría ni de “liquidar” ni de “sostener a cualquier precio” al sujeto sino de trabajar sobre sus efectos y sus estrategias diferenciadoras. Considero imprescindible salir al paso del uso excesivo, y con tanta falta de rigor, de la palabra deconstruir con todo lo que lleva consigo.

Deconstruir el sujeto «mujeres» no significa prescindir de él en absoluto, ni liquidarlo. Nos ha costado mucho trabajo a las mujeres como para eso. Más bien, permitiría que las mujeres trans, las lesbianas, las chicanas, las negras y cualesquiera otras formen parte de él. Deconstruir es incluir, es hacer una crítica honesta de algo tan traído y llevado históricamente como el «sujeto». He llegado a leer con desasosiego incluso que esta estrategia de pensamiento, la deconstrucción, guarda la amenaza de que se le usurpe a las mujeres su condición de sujeto político.

No hay ni última, ni verdadera palabra sobre quienes responden a la interpelación del sujeto político porque tiene diversos tratamientos. La respuesta es problemática siempre y nunca unidireccional. Hay múltiples voces, mujeres todas de diversas identidades que tienen el derecho ético y político de responder a esa pregunta. Cuando se habla de deconstruir, enseguida se invita a entrar en escena a Judith Butler y a su elaboración de toda una teoría de la identidad que trata de responder a la pregunta de por qué solo hay una manera de ser hombre/masculino y de ser mujer/femenina. Teoría que supuso una apuesta valiente a finales de los años ochenta del pasado siglo en Estados Unidos. Cosa a tener muy en cuenta a la hora de inscribir, de una manera muy precipitada en la obra de Butler, una inexistente relación que enlace el sujeto a la política. Toda su teoría se basa en la “identidad”, no en el “sujeto”, algo nada trivial a la hora de evidenciar una clara diferencia epistemológica. El sujeto no es el origen de la identidad, ni viceversa. La práctica deconstructiva altera y cuestiona todo origen también, pero eso se queda para otro rato… Por ahora, la cuestión de la opresión está ligada, en todo el corpus de la obra de Butler, a la identidad y a la construcción cultural de la heterosexualidad normativa, no a la relación entre capitalismo y patriarcado. A pesar de que considera la heterosexualidad normativa fundamental en el mantenimiento del capitalismo, su solución tiene un rasgo liberal indiscutible, por mucho que afirme como el sistema puede subvertirse a través de las prácticas paródicas performativas. A pesar de que abren una grieta irreparable en los estereotipos de género, no cabe duda que estas prácticas tienen un marcado carácter individualista. La lucha se establece en el propio cuerpo para liquidar esa identidad opresora, a la vez que cuestionan la “identidad mujer”. A simple vista, es bastante discutible que Butler ofrezca un horizonte a la emancipación de las mujeres en general, ni resuelva la desigualdad y la opresión del sistema capitalista, pero sí crea una especie de paraguas bajo el cual todas las personas no binarias se sientan cómodas y no cuestionadas.  Tomar el control de la propia identidad, en una continua revisión, constituye una grieta considerable en los estereotipos tradicionales, pero, aún siendo muy importante, no es condición suficiente para subvertir un sistema opresor. De hecho, en la actualidad Butler, lejos de ser una activista como pueda ser Angela Davis, sigue ocupándose de la vulnerabilidad del ser humano, sometido a las presiones normativas a pesar de vivir aún en los márgenes de la ley.

Lejos de originar un nuevo dualismo identidad y sujeto, tan ineficaz  como cualquier otro, si es que se hablara de deconstruir el sujeto del feminismo, no sólo no se liquidaría la “mujer” sino que se contemplaría también a las mujeres en toda su pluralidad racial, social, política y de género, y entonces el discurso que lo avala, debe apuntar al proceso que lleva implícito definir un algo, para lo que habría que subvertir la situación. En este caso supondría atender las reivindicaciones de las diferentes voces que se oyen en ese sujeto, que se presta a la diversidad en el género o que integra un feminismo antiracista, a la vez que apunta a la desigualdad de un sistema opresor, como el capitalista y su aliado el patriarcado. Saber qué nos importa a las mujeres y qué políticas necesitamos para vivir en una sociedad más justa, sería la manera de subvertir el proceso para llegar a definir ese “nosotras” y responder claramente y con toda justicia a esa pregunta inaugural, a ese “¿quién?” del sujeto del feminismo enlazado a la política.

Todo este proceso ha caminado, una vez establecida la inseguridad del sujeto y de las subjetividades, desde instancias esencialistas a entender mejor de qué hablamos cuando nos referimos a la “interseccionalidad” o a una noción de maraña, tal y como lo describe Lucas Platero, y donde es más preciso hablar de la categoría “mujer” y, en todo caso, contemplar un sujeto político “inclusivo, amplio y lo más espacioso posible. Un feminismo total que ensanche los márgenes para que quepan todas” tal y como lo desarolla, entre otras, Angela Davis.