Siendo hoy dos de mayo pudiera parecer una apuesta arriesgada publicar un artículo como este acerca de la Segunda República francesa de 1848. Sin embargo, hay en esa experiencia democrática un legado revolucionario sobre cómo afrontar las crisis de emergencia social que conecta tanto con el republicanismo popular enragé y jacobino de 1789 y 1793 como con la rebelión popular ibérica. No por casualidad Marx diría que la movilización de los pueblos ibéricos produjo aquella Constitución de 1812 «reproducción de los fueros antiguos pero leídos a la luz de la Revolución Francesa y adaptados a las exigencias de la sociedad moderna.» Este artículo de Le Vent Se Leve conecta así este hilo contestatario con la revuelta popular del mayo del 68 que estallaba en un 2 de mayo también. Y en esa revuelta contra el trabajo precario y el desempleo empobrecedor se reactualizaba la lucha por el derecho a la vida. A semejanza del Robespierre antiesclavista, y a favor de la independencia de las colonias, que frente a ese derecho vital declaraba; «Toda especulación mercantil a expensas de la vida de mis semejantes no es un negocio, es un robo y un fratricidio.» El dos de mayo de Madrid de 1808, el dos de mayo de París de 1968 y de 1848 comparten ese impulso democrático contra todo autoritarismo y contra toda desigualdad.

Se pudo constatar hasta que punto las conmemoraciones de los cincuenta años de Mayo del 68 fueron un fracaso.  De este acontecimiento han perdurado, como mucho, los avances sociales y la “revolución sexual” de los años posteriores.  Al igual que el “Che” Guevara, Mayo del 68 se ha quedado convertido en algo entre  un anuncio de chófer privado y un spot publicitario de Gucci. El inconsciente colectivo, actualmente adquirido en el espectáculo de la mercancía, en la sociedad líquida y en la era del vacío, se conforma con  sufrir el triunfo de eso que el sociólogo Michel Clouscard llamaba el  “liberalismo-libertario”. Pero parecería que lo que se pretende que olvidemos del 68 corresponde a lo que este tenía  en común con otro gran momento de la Historia francesa y mundial, todavía más ocultado: la revolución de 1848.

 

Efectivamente, esta última es, en muchos sentidos, una revolución olvidada. Sin embargo, como Mayo del 68, es un momento de «convergencia de luchas» entre estudiantes y obreros, como lo demuestran los relatos de la Educación sentimental de Flaubert. Al igual que Mayo del 68, trajo reformas y convirtió a la clase obrera en el verdadero «disruptor» del mundo político y social. Al igual que Mayo del 68, vuelve a utilizar la barricada como un instrumento político y simbólico puesto al día y se inscribe dentro de un movimiento agonístico de agitación europea e internacional (la «Primavera de los pueblos»).

 

Podemos entonces  preguntarnos ¿por qué, como nos recordó el historiador Maurice Agulhon, las «viejas barbas» del cuarenta y ocho tienen tan mala prensa en comparación con sus antepasados jacobinos de 1793, con sus sucesores comuneros de 1871 o, incluso, con los bolcheviques de 1913 o con otros “barbudos” cubanos? Es importante no olvidar que este momento histórico inesperado fue, en un principio, el tiempo de una revolución social en el que no escasearon grandes figuras de las que la República democrática y social no tiene nada de qué avergonzarse. Louis Blanc, el primer socialista de la Historia de Francia que formó parte de un gobierno, es una de estas figuras. Las ideas, la acción y las razones del fracaso de este defensor del derecho al trabajo y del Estado servidor  frente liberalismo triunfante nos permiten entender esta revolución fallida, «segunda derrota del proletariado».

Lamartine, miembro del Gobierno Provisional, defiende el 25 de febrero de 1848 la bandera tricolor «que ha dado la vuelta al mundo», frente a la bandera roja defendida por Louis Blanc y los trabajadores parisinos. © Museo Carnavalet.

De la revolución política a la revolución social: dos visiones de la República

 

Desde 1830, Francia «se aburre» (Lamartine) con una monarquía parlamentaria «a la inglesa», conocida como la Monarquía de julio. En la noche del 21 de febrero de 1848, la oposición legal al «rey de los franceses» Louis-Philippe y a su ministro conservador Guizot, se reune en la Madeleine para exigir una reforma electoral. El sufragio electoral, muy limitado en aquella época (censitario), está reservado a una minoría de propietarios, la base electoral que esta «izquierda dinástica» desea, sin embargo, ampliar. Por curiosidad, algunos monárquicos orleanistas o legitimistas  como Adolphe Thiers y Falloux acuden a la reunión: «¿No tiene miedo, pregunta Falloux a Thiers, de todo lo que acabamos de ver y escuchar? – No, para nadaSin embargo, insiste Falloux, ¿esto se parece bastante a la víspera de una revolución?¡Una revolución! ¡Una revolución! responde Thiers, encogiéndose de hombros, está claro que es usted ajeno al gobierno y que no conoce sus fortalezas. ¡Yo si las conozco! Son diez veces mayores que cualquier posible disturbio. Con unos cuantos miles de hombres bajo el mando de mi amigo el mariscal Bugeaud, haré frente a lo que sea. Mire, mi estimado señor de Falloux, perdóneme que se lo diga con una franqueza que no puede ofenderle, la Restauración solo está muerta de tonterías  y le garantizo que no moriremos como ella. La guardia nacional le dará a Guizot una buena lección. El rey con buen oído, escuchará y cederá a tiempo. “ Pero Thiers está muy equivocado, la Monarquía de julio ya no satisface a mucha gente: los ultra-monárquicos rechazan esta antecámara de la República, los verdaderos republicanos se sienten ofendidos desde que el «rey burgués» (al que Daumier caricaturiza como una pera) tomara las riendas de Francia después de la revolución de julio de 1830. Incluso la burguesía industrial está celosa de su hermana de las altas finanzas y se va inclinando suavemente hacia la oposición. La única arma de los oponentes se materializa a través de los banquetes en los que las brindis a la inglesa que se pronuncian son, de hecho, programas políticos disfrazados. A pesar del fracaso de la campaña de 1840 y de las prohibiciones de reunión de la prefectura, la oposición está decidida a actuar. Los acontecimientos habrían probablemente conservado un contenido legalista si, el 23 de febrero, la provocación de un manifestante en el boulevard des Capucines no hubiera acarreado un tiroteo, causando la muerte de unas cincuenta personas. La guardia nacional, que hasta entonces había sido la «guardia pretoriana» del rey, se une a la insurrección. A partir de ello la Monarquía de julio ha terminado: la segunda República está en marcha. Sin embargo, 1848 no es una simple revolución política, sino que es también una revolución social: después de la oposición y de la juventud estudiantil, es la acción de la clase trabajadora de los suburbios parisinos la que derrocó al régimen.

Caricatura de la época, que representa una alegoría de la República expulsando al Rey Louis-Philippe. © (“ve a  ahorcarte a otro sitio”).

El 24 de febrero de 1848 el pueblo de París, sumido en una violenta crisis económica y harto del famoso lema “¡enriqueceros!» del ministro Guizot, derroca a la realeza. Se establece un gobierno provisional. Este gobierno está compuesto por once republicanos de diversas tendencias (Dupont de L’Eure, Ledru-Rollin, Lamartine, Crémieux, Marie, Arago, Garnier-Pagès, Marast, Flocon, Louis Blanc y Albert). El bando republicano, que no perdía la esperanza de volver a ver la República en Francia, forjaba su unidad en torno a la lucha contra una monarquía que pocos parecían entonces considerar legítima, y ​​sobre la posibilidad de volver a escribir una Constitución republicana. Solo que, igual que la Revolución de 1789 vió surgir tendencias más o menos antagónicas en el seno de la familia republicana, dentro de la revolución de 1848 aparecen también diferentes tendencias, unidas todas ellas por el combate antimonárquico, pero desunidas por sus diferentes concepciones de la república. En 1848 estas dos tendencias se convierten en dos auténticos bandos opuestos en muchos puntos fundamentales. Además de los numerosos clubes de la izquierda y de la extrema izquierda, el campo liberal de republicanos moderados se aglutina principalmente alrededor del periódico Le National, mientras que el bando representante de la izquierda republicana jacobina, radical y socialista a favor de la «República democrática y social» (pronto llamado «democ-soc»), se agrupa más bien entorno al periódico La Réforme.

 

Después de la caída de la monarquía, el Gobierno Provisional, que se instala en el Ayuntamiento de París, está por tanto compuesto por personal político nuevo, bien de Le National (mayoritario) bien de la Réforme (minoritario). El equilibrio de poder se expresa entonces en la Place de Grève, frente al Ayuntamiento. Los trabajadores, con banderas rojas en la mano, imponen al bando moderado a los representantes de sus aspiraciones (resumidas durante diez años en el nombre de «socialismo»). Con sus aclamaciones estridentes, imponen al que Marx considera, con un toque de burla, como el Robespierre de 1848, Louis Blanc, pero también, surgiendo de las entrañas del pueblo, a Alexandre Martin conocido como el obrero «Albert». Por primera vez en su historia, Francia tiene a dos socialistas en su gobierno y uno de ellos es un obrero.

El pueblo parisino quema el trono en la Plaza de la Bastilla en febrero de 1848. © Musée de lhistoire vivante.

La acción de este pueblo, que quema el trono en la plaza de la Bastilla, obliga al Gobierno a proclamar la República y a organizar elecciones para una asamblea constituyente. Antes de éstas, el gobierno legisla. Entre sus grandes acciones destacan el establecimiento del sufragio universal (masculino), la abolición de la pena de muerte por asuntos políticos y la abolición de la esclavitud (decreto Schœlcher de 27 de abril). Sin embargo, 1848 es una revolución social; la voluntad de organizar el trabajo y de garantizar a cada hombre, como un derecho absoluto, una función y una dignidad en la sociedad, parece imponerse. Este ímpetu de 190.000 obreros y artesanos parisinos hace que el gobierno decrete, el 25 de febrero, que «se compromete a garantizar el trabajo a todos los ciudadanos; reconoce que los trabajadores deben asociarse entre ellos para disfrutar de las ganancias de su trabajo«. Este decreto fue arrancado por el obrero Marche, quien, al entrar en la habitación donde estaba sentado el Gobierno, golpea con la culata de su rifle en el suelo y exige la Organización del trabajo. El gobierno provisional, ante la urgencia de una realidad social abrumadora y ante el crecimiento del ideario socialista, debe posicionarse sobre el proyecto de Louis Blanc. Este proyecto se puede resumir en pocas palabras cargadas de contenido: la Organización del trabajo debe consagrar el derecho al trabajo para todos y un Estado servidor debe, por tanto, poner en funcionamiento talleres sociales basados ​​en la fraternidad, la cooperación y el principio de asociación de los trabajadores. Para ello, es necesario crear un ministerio del trabajo, un auténtico «parlamento de trabajadores» que organice los «Estados Generales del trabajo». Louis Blanc incluso lo llama «ministerio del progreso», con el objetivo de introducir la República en los talleres.

Esta es una idea que resulta muy absurda para la mayoría del gobierno; ni siquiera entiende su significado: “¿No tienden todos los servicios públicos al progreso?, exclama. un ministerio del progreso tendría tan poco sentido como un ministerio de la rutina «. Pero, ante el verbo romántico de Lamartine, el partidario de la bandera tricolor, Louis Blanc, el partidario de la bandera roja, lleno de exigencia social, insiste. Si este nuevo Robespierre sale del gobierno, no se sabe a la cabeza de qué tropas podría volver: se acuerda por ello hacerle presidente de una «Comisión gubernamental para los trabajadores» con sede en el Palacio de Luxemburgo. A partir de entonces, los antiguos senadores monárquicos ceden sus opulentos lugares a los obreros que vienen a legislar. Marx describe la experiencia de Luxemburgo como «una sinagoga socialista cuyos sumos sacerdotes, Louis Blanc y Albert, tenían la tarea de proclamar el nuevo evangelio y mantener ocupado al proletariado parisino”, sumos sacerdotes que, además, «a diferencia de cualquier poder ordinario del estado […] no tenían ni presupuesto ni poder ejecutivo”. Para Marx, «mientras Luxemburgo buscaba la piedra filosofal, en el Ayuntamiento se manejaba la moneda de curso legal«. Aunque Marx señala una realidad, esta Comisión, sin embargo, está tomando iniciativas de legislación y de progreso social que es importante no olvidar.

.

Louis Blanc  © Julia Gómez Sáez.

Un Estado servidor, garante del derecho al trabajo

Esta preocupación por la cuestión social es, por lo tanto, lo que marca la ruptura entre republicanos moderados, preocupados simplemente por dar a Francia una constitución política, con los herederos del jacobinismo y partidarios del socialismo. Pierre Leroux (a quien se le atribuye la paternidad de la palabra «socialismo» en su acepción moderna) declara, por esa razón,  el 14 de febrero de 1848: «No necesito deciros que no son vuestros principios los que hacen que los hombres de la oposición actúen, muy al contrario: si nos estuvieran escuchando, si sospecharan que hay socialistas que piensan en seguirles, ello bastaría para impedirles caminar […] No hagáis nada con aliados semejantes. Dejad que los burgueses resuelvan sus diferencias entre ellos ”. Del mismo modo, el famoso anarquista mutualista Proudhon señala en sus cuadernos el 24 de febrero de 1848: «Es una cohorte de abogados y escritores, a cada cual más ignorante, y que van a disputarse el poder. No tengo nada que ver con todo eso«. Louis Blanc, a quien no asusta ni la cohorte de abogados ni la brecha cada vez más profunda entre republicanos moderados y socialistas, cree, por su parte, que, en un acuerdo basado en la forma republicana del régimen, las dos tendencias encuentran un punto de acuerdo favorable a los intereses económicos y sociales de la mayoría: en una palabra, conciliar la reforma política y la reforma social.

 

Para las víctimas del «feudalismo industrial», para las presas del sistema capitalista y de la competencia «impura e imperfecta», la presencia de Louis Blanc en el gobierno es sinónimo, al menos, de mejora de las  las condiciones de vida y, en el mejor de los casos, del advenimiento de un nuevo sistema, más respetuoso con el trabajo y con los trabajadores. De hecho, es el trabajo lo que está en el centro de las preocupaciones de 1848, trabajo, cuya única regulación dirigida a los trabajadores es, en ese momento,  solamente la ley (poco aplicada) del 22 de marzo de 1841 sobre la prohibición del trabajo niños menores de ocho años. El trabajo es la principal preocupación de Louis Blanc, pero es un «trabajo atractivo» (como lo decía Fourier) y no alienado el que él defiende: el trabajo liberado de la explotación, el trabajo que no se somete a la ley del mercado, al «exterminio» de la competencia o a la dictadura plutocrática del capital. Defiende por tanto la idea de crear talleres sociales, unidades de producción basadas en el principio de la Asociación y cuyos propietarios son los propios trabajadores. Sin embargo, a diferencia de Proudhon, sigue convencido de que es mediante la intervención estatal que estos talleres pueden ser posibles. Esto es lo que él llama el Estado servidor (en oposición al Estado amo), servidor porque es democrático y, por lo tanto, pertenece a todos.

 

De hecho, la verdadera notoriedad de Louis Blanc en el mundo obrero comienza con un folleto publicado en 1839, Organización del trabajo. Este panfleto, escrito en el año del fracaso de la toma del poder por las armas de los revolucionarios Barbès y Blanqui, aparece en un período en el que proliferan las publicaciones socialistas. Sin embargo, es el suyo el que alcanza a esta parte de la población a quien el poder predica “la paciencia y la resignación«. Si el Libro del pueblo del cristiano social Lamennais tiene en ese momento un cierto éxito, Organización del trabajo, folleto bastante breve y relativamente accesible, suena como un auténtico eslogan  positivo, con la fuerza de una propuesta y no de una simple crítica. Este elemento explica probablemente su éxito superior al del escrito  ¿Qué es la propiedad? de Proudhon (de título interrogativo y con un contenido bastante largo y poco accesible) o también al del muy famoso Viaje a Icaria del comunista utópico Etienne Cabet. Este rotundo éxito le permite a Louis Blanc hacerse un nombre, alcanzar el rango de representante de las clases trabajadoras y escribir la víspera de la Revolución: «Organización del trabajo: hace cuatro o cinco años estas palabras expiraron en el vacío. Hoy resuenan de un extremo al otro de Francia.”

 

Esta filosofía organizativa considera al obrero como un miembro de una clase que tiende a la emancipación (el proletariado), pero también y en tanto que individuo propio, titular de los derechos inherentes a su persona, tanto más importantes para él en cuanto que la organización social no le permite beneficiarse adecuadamente de ellos. Entre estos derechos está el que Louis Blanc defiende especialmente: el derecho al trabajo. El origen de este derecho, que quiere colocar en la cúspide de los derechos mas inviolables y sagrados, es, además, un auténtico derecho oponible, una deuda que la sociedad tiene para con el hombre. El origen de este derecho al trabajo es el derecho natural de cada individuo a la existencia y a la vida garantizada por la sociedad, ya sea a través de la asistencia, ya sea a través del trabajo. En otras palabras, el hombre debe beneficiarse de una auténtica seguridad social. Concibe por  tanto este derecho como un «título absoluto» del obrero, basado en la contrapartida de un verdadero deber de fraternidad pero que también le confiere un verdadero poder. «El derecho al trabajo es el derecho que tienen todos los hombres de vivir trabajando. La sociedad debe, por los medios productivos y generales de que dispone y que se organizarán más adelante, proporcionar trabajo a los hombres aptos que de otro modo no pueden obtenerlo”. Implica, por lo tanto, un derecho a la herramienta de trabajo, pero también al fruto del trabajo, es decir, un justo derecho al salario y un derecho al descanso y al ocio.

«Nadie tiene derecho a lo superfluo hasta que cada uno tenga lo necesario». Anónimo, pegatina de color para una hoja suelta © Museo Carnavalet.

Louis Blanc  saca sus ideas del derecho a la existencia de Robespierre y Babeuf y les agrega los principios fundamentales de los padres fundadores del socialismo crítico-utópico: la organización de los productores y de la producción, del gusto de Saint-Simon, el trabajo atractivo y adecuadamente remunerado, del gusto de Charles Fourier, y la lógica del taller basada en los principios de cooperación y solidaridad, del gusto de Buchez. Después del reinado holístico del catolicismo donde lo colectivo aplastaba al individuo y a la libertad, vino el reinado del protestantismo donde el individualismo desenfrenado destruye lo colectivo y la igualdad, y deberá venir después el reinado del socialismo, «nuevo cristianismo«, que reconciliará y equilibrará las dos tendencias en la República democrática y social  sin renunciar a nada de la fórmula «Libertad, Fraternidad, Igualdad, Unidad«. Haciendo que el derecho al trabajo sea un deber del Estado hacia los ciudadanos, basado en el concepto del derecho a la existencia, al mismo tiempo que una deuda para con los hombres, como un derecho idealmente exigible ante cualquier tribunal, sin perder por ello su carácter de derecho social, Louis Blanc plantea la presuposición de la Fraternidad. Consigna de la revolución de 1848, que la inscribió definitivamente como el lema de la República, la Fraternidad al igual que la Solidaridad, es para Louis Blanc el requisito previo y el resultado lógico del derecho al trabajo. En la medida en que Blanc distingue en el hombre dos propiedades -las necesidades y las capacidades-, los derechos que ofrece la primera propiedad son inseparables de los deberes que conlleva la segunda. Sin embargo, estas dos propiedades están vinculadas, del mismo modo que lo están el derecho y el deber, en la medida en que forman parte de una organización de trabajo con bases socialistas. Solo pueden basarse en el sentimiento de fraternidad. De hecho, ese es el significado que se le da a la idea «A cada cual según sus capacidades, ahí está el deber; a cada cual según sus necesidades, ahí está el derecho”.

 

Esta concepción implica una definición adecuada del derecho, de la libertad, de la propiedad y del trabajo. Para dotar a este derecho del calificativo de deuda del Estado al de obligación, Louis Blanc piensa en los mecanismos idóneos y continua su búsqueda polemizando con todos los que le critican. De hecho, este derecho implicaría una Fraternidad a la que Tocqueville o el economista liberal Frédéric Bastiat se oponen porque es «obligatoria» y, por tanto, contraria a la libre espontaneidad que normalmente ésta supone. Vemos entonces surgir en los discursos conservadores y liberales, la crítica de la asistencia y del intervencionismo económico como una tiranía del Estado «proveedor de todas las existencias», así como encontramos los anatemas y las descalificaciones  de utopismo quimérico y contrario a la naturaleza egoísta del hombre. Los socialistas consideran en cambio que el altruismo es totalmente inherente al hombre y que el egoísmo no excluye en absoluto la solidaridad. A partir de ello, distinguen entre la solidaridad egoísta y la solidaridad altruista. Esta última conduce evidentemente a la asociación libre de los trabajadores. «Si el socialismo llegara al poder, proporcionaría a las diversas aptitudes el medio para manifestarse, les animaría a elegir y, abriendo así una carrera a la primera de las libertades, la de las vocaciones, adelantaría el momento deseado en el que cada uno, en el ‘taller social, ya no estaría empleado de siguiendo el azar del nacimiento, sino de acuerdo con las indicaciones de la naturaleza”, escribe Louis Blanc. Efectivamente, si el estado organiza, no regenta y alienta y promueve la asociación mediante créditos ventajosos mientras que respeta la libertad de los trabajadores. Al non possumus del laissez-faire, Louis Blanc no quiere responder al estilo Nerón: «No: ¡pan ganado a través del trabajo!”, afirma. Este socialismo fraternal, asociacionista e interclasista, teñido de deismo cristianizante, se enfrentará a la violencia del conservadurismo político.

Las jornadas de junio de 1848 contra el cierre de los talleres nacionales, suprimidos por el general Cavaignac. Pintura de Horace Verneta.

El fracaso del socialismo de 1848

La Comisión de Luxemburgo se reúne el 1 de marzo. Se organiza como un «Parlamento del Trabajo» que basa su legislación en una conciliación entre 231 delegados patronales y 242 delegados obreros (cifra que se duplica después de un mes). Lleva a cabo la «reducción del número de horas de trabajo» en París y en las provincias, la prohibición del regateo («es decir, la explotación de trabajadores por parte de subcontratistas de obras»), elabora proyectos de protección de los trabajadores y crea una serie de asociaciones obreras y agrícolas. Defiende la idea del derecho a la vivienda y la creación de establecimientos (inspirados en los falansterios de Fourier) para proporcionarlo.

 

Toma asimismo la iniciativa en la creación de oficinas de colocación laboral para desempleados, eliminando intermediarios y estableciendo tablas estadísticas de la oferta y de la  demanda de trabajo. Sufriendo el problema de la inmigración laboral y de la xenofobia dentro de la clase trabajadora, «coloca a los trabajadores extranjeros empleados por Francia bajo la protección de los trabajadores franceses y […] confía el honor de la República hospitalaria a la generosidad de la gente. Además, anticipándose a los tribunales laborales, instaura un «Tribunal Superior de Conciliación», auténtico tribunal de arbitraje laboral.

 

Sin embargo, el Ayuntamiento compite con los Talleres Nacionales para resolver el problema del trabajo. Estos talleres, una auténtica caricatura de las ideas socialistas, son en realidad una reminiscencia de los talleres de caridad del antiguo régimen. No reorganizan el trabajo como un taller social, sino que son una solución precaria que empeora la situación. Esta caridad maquillada se lleva a cabo sobre la base de trabajos (muy a menudo de movimiento de tierras) inútiles y, por lo tanto, insultantes para los trabajadores. Se está muy lejos de la organización del trabajo basada tanto en la utilidad productiva como en el desarrollo de los trabajadores en la dignidad.

 

El derecho al trabajo se salda finalmente con un fracaso y con el triunfo del republicanismo liberal de los moderados y finalmente de los conservadores. Las elecciones constituyentes se llevan a cabo el 23 de abril (a pesar del intento desesperado de los socialistas de ampliar el plazo electoral) y de ellas surge una asamblea de republicanos que se dice”del mañana» con poco interés en las nuevas ideas. Debido al resultado mediocre del campo socialista en las elecciones, el equilibrio de poder se vuelve menos favorable a las ideas de Louis Blanc y su ministerio del trabajo que quería «sin brusquedad, la abolición del proletariado«. Armand Barbès  se hace cargo entonces de la defensa de su compañero que «la patria mereció mucho«. Su discurso resume bastante bien el divorcio consumado entre los republicanos: “Hay dos escuelas: una está a favor del laissez faire y del laisser passer; la otra dice que, en todos estos asuntos laborales, el estado debe intervenir, proscribir el mal, hacer triunfar el bien. Louis Blanc se ha dedicado a esto último«.

 

Una manifestación el 15 de mayo (en solidaridad con Polonia) se convierte en un jornada revolucionaria y en invasión del Palacio Borbón y del Ayuntamiento. Los insurgentes intentan entonces imponer las ideas de la segunda escuela pero, faltos de preparación, fracasan. La extrema izquierda, acusada de conspiración, se ve decapitada de sus principales líderes que son arrestados (para ser llevados ante el Tribunal Superior de Justicia de Bourges) o, como Louis Blanc, forzados a huir. Se descalifica el derecho al trabajo e incluso se decide cerrar los Talleres Nacionales (únicos subsidios de los obreros parisinos para garantizar su supervivencia). El resto de la izquierda que se opone a su supresión, es barrido durante las jornadas de junio, en las que el general Eugène Cavaignac masacra a los trabajadores insurgentes parisinos (de 5.000 a 6.000 muertos). Las Asociaciones pasan a ser perseguidas como sociedades políticas disfrazadas. El proletariado sufre lo que Benoît Malon llamará su segunda derrota (prefiguración de su tercera derrota, que será la Comuna de París de 1871). La concepción triunfante del trabajo y de la propiedad es, por lo tanto, la burguesa de Adolphe Thiers de la que Paul Lafargue, el yerno de Marx, se burlará en su obra El Derecho a la Pereza. La República será ya conservadora.

 

A pesar de la acusación de Proudhon (siguiente en la lista de los proscritos) y de su famosa frase del 31 de julio: «O la propiedad se impondrá sobre la República, o la República se impondrá sobre la propiedad», lo que se proclama en la Constitución del 4 de noviembre de 1848 es un impreciso derecho de asistencia, la misma Constitución que crea por primera vez la función de presidente de la República. Sin embargo, la asamblea legislativa que viene a continuación, aún más conservadora que la constituyente, recupera, con la ley del 31 de mayo de 1850, el sufragio universal y le da al presidente Louis-Napoleón (elegido el 20 de noviembre de 1848) una justificación para su golpe de estado del 2 de diciembre de 1851 (que pretenderá restablecer). El príncipe-presidente, editor en 1844 de La Extinción del Pauperismo, un folleto socializante, encuentra también apoyo entre obreros contrarios a una república antidemocrática y antisocial. Louis-Napoleón, que había conocido a Louis Blanc en Fort Ham en 1844, impone una imagen de él mismo mucho más social que la república que derroca.

 

Donde Blanc toma, según  Marx en el 18 brumario de Louis Bonaparte, la apariencia de un “Robespierre de broma», es en su fracaso de un gobierno que no tenía, a diferencia de Robespierre en el Comité de Seguridad Pública, ni el control ni la maestría, como tampoco tenía el control del pueblo de París. Después de eso será olvidado por las historiografías anarquistas (que prefieren a Proudhon) y marxistas (que prefieren a Blanqui, quien pronunciará además palabras duras contra él). Más tarde, Lenin escribió un texto titulado A la manera de Louis Blanc estableciendo una analogía entre el presidente de la Comisión de Luxemburgo y el jefe socialista-revolucionario del gobierno provisional ruso de 1917, Alexandre Kerenski, tomando al primero como un ejemplo “tristemente célebre [… ] que en realidad solo servía para reforzar la influencia de la burguesía sobre el proletariado ”. Este juicio es, sin embargo, el de un revolucionario que juzga a posteriori para no reproducir ni los errores de 1848, ni los de la Comuna ni, incluso, los de 1905. Sin embargo, las ideas de Blanc serán recuperadas por el movimiento obrero y mas tarde por el PCF después la liberación. La constitucionalización de los derechos-deuda, como el derecho al trabajo, vuelve a estar de actualidad cuando el equilibrio de poder tras la Segunda Guerra Mundial permite a la asamblea constituyente de1946 y a su mayoría social-comunista imponer el derecho al trabajo en el preámbulo de la constitución. De esta forma las famosas conquistas sociales se abren camino. Todavía, en el bloque de constitucionalidad, la realización de este derecho se funda, sin embargo, en una obligación de medios y no de resultados lo que relativiza su alcance.

 

Aunque Louis Blanc evoca hoy más una estación de metro que a un diseñador del socialismo, se puede sin embargo constatar que sus ideas forman todavía hoy parte de la actualidad. Las cuestiones del desempleo y, de forma mas amplia, del trabajo, están en el centro de los problemas políticos y de las luchas del siglo XXI. «Estados Generales del trabajo» para repensar la organización de este último, podrán imponerse quizás de nuevo para tratar de resolver estos problemas fundamentales.

Publicado originalmente en  Le vent se lève por Honoré de Raspail. Traducido por Belzta R. Antigüedad.