Repensar las utopías

Victor Valdés Camacho

Desde la construcción política del deseo, o al menos desde que Radio Futura predijese que “el futuro ya está aquí” en su famoso hit “Enamorado de la moda juvenil”, el relato acerca de la tensión literaria entre utopía y distopía, pura expresión política de las contradicciones sociales, es una tendencia que debemos atender.

Según Terry Eagleton, conocedor de las prácticas literarias en clave distópica y utópica, “los futuros transformados que no están de este modo anclados en el presente tienden a fetichizarse a gran velocidad y es que la utopía siempre posee un carácter autorrefutativo – ¿no parece sospechoso que en toda experimentación utópica, la sociedad es siempre inmutable y ajena a todo cambio?- de hecho, en el ensayo de Tomás Moro, “Utopía” coexisten algunos de sus ejemplos más claros, donde hasta los horarios de la holgazanería están pautados socialmente.

Para Jorge Moruno, nuestro incesante discurrir como ciudadanía se asemeja a una suerte de “cárcel de la felicidad, esto es, una suerte de clima coercitivo dónde nos vemos constantemente obligados a ofrecer nuestras mejores sonrisas, aunque nuestro salario no alcance para pagar el alquiler o las deudas ahoguen nuestro bienestar, porque en realidad, el reconocimiento es una nuestra fórmula de valorización capitalista. Precarios pero contentos.

Sin embargo, en un momento dónde el poder distópico es mucho más atractivo que las pretensiones utópicas, ¿existen herramientas para ensamblar partes de un imaginario utópico desde el movimiento de cambio en nuestro país? Para razonar una cuestión tan amplia como esta, conviene señalar dos premisas que Eagleton ya enunciaba: 1) la utopía no es un “lugar común” que irracionalmente advendrá con el socialismo sino más bien la “crítica inmanente” que posibilita la alteración del orden dominante, su deconstrucción en su sentido más institucional, reflejando la coexistencia del “adentro” y del “afuera”, cosa que en nuestra coyuntura representarían las fuerzas del cambio. Por otro lado, 2) el “marxismo resulta anti-utópico […] porque no se deja llevar por el sueño de una sociedad en la que todo conflicto se habría evaporado”.

La cultura política que viene no puede escapar de la irradiación del poder distópico, porque es fundamentalmente un elemento constituyente de los marcos de análisis que siempre asociaron diagnósticos políticos y económicos a “mitos”, “animales” o directamente “monstruos”. Como explica Mark Neocleous, en su investigación sobre la función política de la monstruosidad, el marxismo vinculaba metafóricamente al capital con la succión de la sangre que un vampiro propinaba al trabajo vivo, esto es, al proletario o proletaria. Sin embargo, el ejemplo distópico sin parangón que operó como ataque sistemático contra las mujeres durante siglos fue la caza de brujas y su asociación a la mujer. La magnitud del feminicidio, tal como desarrolla Silvia Federici en “Caliban y la bruja, exprime la idea de que el Estado organizó el ataque contra ellas en clave simbólica y económica: simbólicamente porque las “brujas” poseían un sistema de saberes, creencias y teorías en distintos campos que cuestionaban el poder patriarcal, y económicamente, porque dicho feminicidio era funcional a la reproducción de una división sexual e internacional del trabajo que comenzaba a configurarse.

Al contrario de lo que teoriza el teólogo y cristiano de base Juan José Tamayo: “Las personas y los proyectos utópicos, así como los movimientos sociales críticos con la globalización neoliberal, las organizaciones alterglobalizadoras que luchan por otro mundo posible, sufren hoy un clamoroso e inmerecido destierro consideramos que los “proyectos utópicos” están efectivamente excluidos del sentido común, precisamente porque la misma articulación del concepto “utopía” implica su propia irrealización. ¿Cómo el movimiento de cambio va a producir un imaginario (un “lugar común” de transformación) apelando a un concepto derrotado, vacío de potencial constituyente? Para Tamayo, sin “utopía en el horizonte se impone la barbarie, pero en contraste con Eagleton, el punto de colisión radica en qué modelo regulador de praxis utópica es contraria a los intereses transformadores, pues aunque reconoce que “en estos días escépticos y políticamente vapuleados, no está de moda el pensamiento utópico”, si pone el acento en que “La «mala» utopía nos convence de desear lo improbable […]cuando la única auténtica imagen del futuro es, a la postre, el fracaso del presente.

En definitiva, más allá de la jerarquía de opiniones de los maestros del pensamiento utópico, existe una proliferación en los movimientos populares por desarrollar una idea de postcapitalismo que funcione como imaginario de cohesión en torno a los debates y perspectivas estratégicas, y que se desarrollan, fundamentalmente, a través de las redes virtuales. Acerca de este asunto, César Rendueles plantea que las tecnologías de la comunicación en el marco del desmembramiento de la «utopía neoliberal» han acelerado una crítica a la modernidad: “El ciberutopismo actualiza una idea muy presente en los movimientos revolucionarios modernos: la superación de la tutela comunitaria tradicional […] la crítica de la fantasía de la red desde un punto de vista comprometido con el cambio político exige someter a examen también el modo en la izquierda se planteó este problema fundamental.

Aun reconociendo que el espacio político del cambio y el movimiento popular tienen una esfera de producción de pensamiento que funciona como un lobby rojo de vastas dimensiones y que llamamos redes sociales, coincidimos con Rendueles que el método es determinante: resulta más sencillo, en estos términos, imaginar una democratización de algunas redes sociales (¿acaso Twitter no te proporciona la libertad de escribir 120 o 240 caracteres?) que introducir la democracia radical en empresas multinacionales.

La realidad virtual subsume a la material. Mujer, 30 años, ciclomensajera de Deliveroo. Propinas de 2’50€ por entrega, falsa autónoma. Ese perfil tan común en nuestras ciudades y entornos urbanos, se ha organizado “dentro y contra”. Dentro de las tecnologías de la comunicación, por ejemplo, dañando la imagen de la empresa en redes y contra la precariedad como forma de vida. Libre en las redes, explotada en el curro. Como si las redes sociales fuesen un espacio de protección, de seguridad, una suerte de reminiscencia del Estado de bienestar aplicado a los deseos utópicos de superación de una realidad distópicamente anudada al neofascismo trasnacional, las violencias económicas y patriarcales y exclusión social y étnica.

Efectivamente, pensar la transición postcapitalista implica reconocer lo irrealizable de la utopía en los tiempos que vivimos, o al menos, nuestra contradicción con un mundo sin contradicciones. Para el movimiento del cambio, un imaginario utópico o mejor, “postdistópico” junto a una cultura política común y arraigada en lo cotidiano, puede ser un instrumento para ensamblar las dimensiones que Eagleton mencionaba a propósito de la tensa relación del marxismo con el mundo que está por venir: lo procedimental y lo utópico. Que las negras tormentas vuelvan a agitar los aires.

  1. Eagleton, Terry. (2010) LA UTOPÍA Y SUS OPUESTOS. Minerva: Revista del Círculo de Bellas Artes, ISSN 1886-340X, Nº. 15, 2010, págs. 52-57
  2. Moro, Tomás. Utopía.
  3. Moruno, Jorge. Narrativas del país IV Futuro imposible: https://www.youtube.com/watch?v=Ulx-8bexDq0&feature=youtu.be
  4. Eagleton, Terry. IBIDEM.
  5. Neocleous, Mark. (2008) Il mostro e la morte Funzione politica della mostruosità. Derive Approdi.
  6. Federici, Silvia (2010). CALIBÁN Y LA BRUJA. MUJERES CUERPO Y ACUMULACIÓN ORIGINARIA. TRAFICANTES DE SUEÑOS
  7. Tamayo, Juan José. https://elpais.com/cultura/2018/04/25/actualidad/1524664133_288947.html
  8. Eagleton, Terry. Íbidem.
  9. Eagleton, Terry. Íbidem.
  10. Rendueles, César. Sociofobia: el cambio político en la era de la utopía digital () Capitan Swing.