¿Seguimos pudiendo?

Jacinto Morano y Rodrigo Amirola

Con su particular maestría para sintetizar núcleos del sentido común de época en una imagen, el Roto retrató el paisaje de la Puerta del Sol: Los jóvenes salieron a la calle y todos los partidos súbitamente envejecieron. El entusiasmo de plazas abarrotadas de gente de todas las edades y con trayectorias vitales muy diferentes contrastaba con la apatía con la que se encaraban las elecciones municipales y autonómicas del domingo 22 de mayo Lo único importante parecía ser lo que iba a pasar a las 00:00 horas de la jornada de reflexión en la Puerta del Sol, con la concentración más relevante que se recuerda prohibida por la autoridad electoral. Y lo que sucedió fue muy elocuente: absolutamente nada. La noticia fue la alegría autocontenida – ni siquiera eufórica – una tranquilidad inquietante que se respiraba en torno al oso y el madroño. Quizás solo los militantes más avezados esperaban una carga policial, como la que días atrás había enviado Rubalcaba a desalojar la acampada y cuyos efectos se querían mágicos. La mayoría de la gente no estaba nerviosa, porque sabía que no iba a pasar nada. El Gobierno sabía que no podía intervenir en aquel momento y lugar a riesgo de seguir dilapidando su legitimidad. La gente estaba dándose cuenta de su poder frente a las instituciones.

Entre los partidos realmente existentes reinaba el desconcierto. El PP fue el ganador claro de la jornada electoral. Desde su nueva posición, decía que había que escuchar a los indignados, pero con una arrogancia memorable les animaba a presentarse a las elecciones. El PSOE, aún recuperándose de su escalabro electoral, oscilaba entre la condescendencia ante los que consideraba votantes naturales suyos y los amagues de denuncia de una nueva versión de la pinza de los 90. UPyD intentaba ponerse a la cabeza de una concentración, que no reconocía en absoluto ese lugar, mientras IU se partía en dos entre quienes no entendían nada y veían en las plazas un enemigo inaprensible y quienes se volcaron y participaron de las asambleas.

Las elecciones generales llegaron unos meses después y el desconcierto se convirtió en certidumbre. La participación cayó en más de un millón y medio de votos. Los partidos realmente existentes no habían sido capaces de leer la situación o, sencillamente, ya no podían hacerlo. Desde cierto punto de vista, era lógico: todos, independientemente de su logo de partido, eran ellos. Aquellos que no estaban en las plazas, sino en los edificios y coches oficiales. Aquellos que no miraban por el conjunto del país, siendo servidores públicos, sino exclusivamente por sus intereses. Aquellos que atravesaban la puerta giratoria de la cúpula partidaria al consejo de administración con una facilidad pasmosa y se llenaban los bolsillos. Aquellos que eran ajenos al drama de los desahucios, a los despidos, a las dificultades para llegar a fin de mes o incluso al exilio económico de los jóvenes en búsqueda de un futuro. Los que no miraban “por la gente” sino exclusivamente por sus intereses.. Era indiferente que no todos los miembros de la élite política y económica se ajustaran a ese estrecho patrón. Era indiferente que, en un pasado reciente, algunos de esos partidos políticos hubiesen recibido el apoyo de los ciudadanos de las plazas. El mayo español había logrado que imaginásemos que podíamos vivir sin ellos.

Después regresó “la normalidad”, pero ya nada sería igual. Estábamos inmersos en un largo preludio: algo iba a pasar, pero era imposible saber qué. El PP continuaba por la senda de las políticas de austeridad, las contrarreformas estructurales y los recortes de derechos, inaugurado por ZP con su giro neoliberal y políticamente suicida en 2010 y su posterior consagración constitucional a mayor gloria de Bruselas. La corrupción, instalada desde hacía décadas en el corazón del capitalismo de amiguetes del régimen del 78, corroía la legitimidad de las instituciones y de sus principales actores, mientras ensanchaba la brecha entre la gente común y ellos. La monarquía se renovaba de forma exprés, sintiendo el cambio de ritmo social en marcha. Un desconocido y guapo Sánchez sucedía a Rubalcaba, por primera vez, a través de unas primarias competitivas. Mientras tanto, las plataformas municipalistas surgían por doquier, la PAH enseñaba dignidad y las Marchas la paseaban. Las Mareas de todos los colores se organizaban para defender derechos y agitaban el alma de los viejos sindicatos. Y, después de todo, una oportunidad: Podemos

Se imponía un mandamiento: no ser como ellos. Si su tren de vida era inalcanzable para las mayorías, entonces limitación de salarios. Si las finanzas habían expropiado la política y las grandes empresas garantizaban cómodas puertas giratorias, entonces prohibición de la financiación bancaria. Si la política se había convertido en una profesión, en la que apoltronarse, entonces limitación de mandatos. Si las cúpulas de los partidos ahogaban la libertad de pensamiento, de discusión de ideas y de acción, entonces primarias abiertas. Si los partidos se habían anquilosado, convirtiéndose en aparatos al servicio de sí mismos, entonces fronteras difusas entre éstos y la sociedad. Si un carnet de partido se había convertido en una llave que abría todas las puertas, entonces partidos sin carnet.

Y a “ellos” se les empezó a llamar casta. Además de tener una oportunidad, le podíamos poner palabras a las cosas. De la arrogancia del “preséntense a las elecciones” la casta pasó a mirarse alarmada ante el espejo. La noche del 24 de mayo de 2014 unas elecciones europeas, que casi ninguno había marcado en el calendario, se convirtieron en el segundo gran acontecimiento del ciclo político abierto desde las plazas. Los frikis de Arriola no estaban solo en Madrid y habían llegado para quedarse.

Los manuales se demostraron inservibles. Los partidos políticos realmente existentes estaban desorientados y no tenían capacidad de detectar al “objeto político no identificado”, que se había fraguado en Podemos y en sus alrededores. Una marca electoral, que aún no era un partido, y se ofrecía como una herramienta para la gente, para el pueblo, para todos aquellos que no eran ellos y que necesitaban o anhelaban cambiar las cosas. Las encuestas certificaban lo que mayo había prometido: había un futuro posible sin ellos.

Llegó el momento, en el que se bifurcaba el camino. Podemos apostó mayoritariamente por una opción, que, desde cierto punto de vista, cabe calificar de “conservadora”: una “máquina de guerra electoral”, que tratase de navegar las energías sociales - hasta ese momento solo insinuadas –, dirigida por unos pocos situados en torno a un liderazgo carismático, y cometiera los menores errores posibles de cara a una opinión pública entusiasmada. En los términos de todo o nada, que se planteó la discusión, empezaron muchos de los posteriores problemas de a joven formación política. Era su primera y la última oportunidad. Casi nadie pensó en el día después.

Entretanto, llegó el acelerado y ansiado ciclo electoral: las adelantadas elecciones andaluzas, las elecciones municipales autonómicas y municipales de mayo, las últimas elecciones catalanas del “voto de tu vida” – siempre la ilusión de estar frente al final – y el pretendido punto de llegada: las elecciones de diciembre de 2015. El resultado fue sorprendente y dejaba al país en una situación inaudita con cuatro grandes formaciones políticas y dificultades para formar un Gobierno claro, pero no se lograron los objetivos: incluso con sus peores números el PSOE se mantenía lejos tanto en votos como en escaños. Y, entonces, los pactos, las mayorías posibles y las investiduras nos sentaron fatal. El carácter de outsider sin responsabilidad se esfumó definitivamente. Y, seguramente, nos faltó claridad en nuestro proyecto y nuestros objetivos y astucia en los tiempos. No nos convertimos en ellos, pero el pedregoso territorio institucional y nuestra falta de consistencia nos penalizaron duramente.

Porque los objetos políticos no identificados no duran para siempre y, además, casan mal con la normalidad. Los adversarios toman nota y neutralizan algunas de tus ventajas competitivas. Además, no había una hoja de ruta diseñada para el momento después del día que nacimos. Nadie había contado con que esa ocasión fuera la penúltima y sobre todo nos habíamos dotado en muy poco tiempo de un diseño institucional extraordinariamente rígido para ser reformado.

¿Cómo construir una organización abierta a la sociedad y, al mismo tiempo, dotada de reglas y contrapesos para los de dentro, que limiten el poder de la dirección, si hay que tomar decisiones fundamentales y dirigir la actividad parlamentaria? ¿Cómo mantener el espíritu de apertura hacia la sociedad civil, si hay que articular acuerdos con una pluralidad de fuerzas (internas y externas) que quieren, y deben, estar representadas? ¿Cómo ser un partido capaz de coordinar esfuerzos e inteligencias desde los más diferentes lugares y proyectar programas generales de acción sin caer en la odiosa Ley de Michels? ¿Cómo construir proyectos de transformación no tan frágiles, es decir, no tan dependientes de las figuras carismáticas, en la época de la espectacularización de la política y con una sociedad tan desarticulada y ajena a la política de partido?

Nadie dice que sea fácil. No lo es. Y no se trata de despachar el problema en unas pocas líneas apresuradas como en este artículo. Se trata de plantearse la cuestión y tratar de abordarla colectivamente en un momento por entero diferente. Y se trata también de evidenciar que el verdadero problema es negar que sea un problema. No se trata de llamar al Asalto al Cuartel General como si estuviéramos en Beijín en 1968, pero mucho menos de un autocomplaciente “esto es lo que hay”.

Por todo el globo surgen fuerzas políticas de un signo y otro que están poniendo en cuestión el statu quo actual y, en cierta forma, a los actores tradicionales configurados en la forma partido. La erosión de los Estados sociales y democráticos de Derecho constituidos tras el pacto de posguerra y sus actores principales se nos presenta como irreversible tras décadas de neoliberalismo y de resistencia al cambio. Nuestras democracias parlamentarias ya no “funcionan”: no solamente están generando una profunda inseguridad material y vital en sus poblaciones, sino que ello les está haciendo enfrentar una fuerte crisis de legitimidad. Así experiencias como Momentum en el Reino Unido en pleno proceso de Brexit o el socialismo rejuvenecido de Bernie Sanders en EEUU intentan abrir vías nuevas y pueden ser una fuerza de inspiración. Pero también Trump y sus redneckers que ponen nervioso al tradicional partido republicano o los actores que conforman el monstruoso Gobierno de Italia están jugando en esa crisis de legitimidad. Todo el espectro ideológico está atravesado por la certidumbre de que algo debe cambiar. Es ilusiorio dejar al margen de ese cambio la cuestión de la organización.

Porque el problema sigue ahí, si se quiere ver. Las elecciones generales de 2016 volvieron a los niveles de participación de 2011, cuando el desapego era máximo. Según el CIS un 25 % de los españoles piensa que uno de sus tres principales problemas es la corrupción y hasta un 20 % “los políticos y la política”. Ni la independencia de Cataluña, ni la inmigración ni otras cosas que constituyen verdaderas neurosis colectivas a izquierda y derecha.

A lo mejor, sólo a lo mejor, de lo que se trata no es de buscar giros discursivos innovadores o planteamientos más o menos radicales, sino de reconocer que algunas de las causas que nos elevaron a los cielos siguen operando y que si no les damos solución, pueden devolvernos a los infiernos.