Repensar la militancia

José Enrique Ema

En los últimos años hemos vivido una extensión generalizada del descontento y la politización que, a pesar de los logros alcanzados, no ha cuajado como voluntad colectiva con capacidad política determinante. Podríamos identificar algunas causas describiendo la rigidez de los mecanismos institucionales y el peso de los poderes fácticos tan a favor de los sectores dominantes; revisando autocríticamente nuestros propios límites organizativos y de cultura política; o valorando la capacidad movilizadora o de creación horizontes deseables de futuro en nuestros análisis y propuestas táctico-estratégicas.

Creo que toda nuestra finura para la discusión sobre los análisis y propuestas se vuelven presunciones más o menos superficiales a la hora tener en cuenta el tipo de sujeto necesitamos para hacer viable y durable el cambio que queremos. A veces pareciera que lo confiamos todo a una suerte de espectador hiperactivo al que podemos convocar eternamente mediante mil maneras de identificación y adhesión (desde los “me gustas” en internet hasta el momento del voto electoral). Otras veces actuamos como si fuéramos a despertar al militante combativo dormido en cada individuo mostrando dramáticamente la verdad de los hechos. O, directamente, reproducimos y alentamos en la práctica algunos rasgos de la misma subjetividad neoliberal que queremos combatir.

Esto ocurre, por ejemplo, cuando hacemos de la vida militante “lo otro” excepcional que separamos de nuestra vida cotidiana. En ocasiones a base de intensificación hiperestimulada de ritmos y tareas en nuestras organizaciones, de sobrecompensación sacrificial y heroica del militante capaz de los más exigentes esfuerzos… sostenibles solo durante un tiempo concreto. Mediante la promoción y la expectativa de soluciones inmediatas que a veces son más eficaces para calmar nuestra indignación, que para hacer más viables procesos de cambio de largo recorrido. O mediante la transformación espectacularizada del antagonismo político en polarizaciones identitarias ellos/nosotros que, vía resentimiento, finalmente nos acercan más al hartazgo que a la responsabilización durable.

Desde luego, necesitamos intensidad, empuje y entusiasmo militante. También, conectar con los ritmos, códigos y herramientas de hoy en día. Hasta la más radical y transformadora novedad política parte y participa de las mismas formas de vida que quiere transformar. Pero también necesitamos modos de compromiso político capaces de prefigurar ya en la práctica, y en el presente, otros modos de vida con más futuro. De habilitar un lugar para otras sensibilidades y experiencias que puede interrumpir en la vida cotidiana lo que también queremos derrotar en la vida pública.

Si el neoliberalismo se ha convertido en hegemónico no es únicamente por sus mecanismos coercitivos y sus condiciones materiales capaces de doblegar cualquier posible voluntad de resistencia. No hay estructura social que no funcione contando con la complicidad de los sujetos. Y su modo más efectivo hoy es aquél que localiza en la autonomía y la libertad individual la causa última de nuestra vulnerabilidad y precariedad vital. En este sentido el neoliberalismo funciona como una formidable maquina de generación de culpa individual (vives en un mundo de infinitas posibilidades para todos… si no te va bien entonces es porque no te has esforzado lo necesario) y de desresponsabilización colectiva.

Pareciera que no nos queda resquicio alguno para problematizar el modo como aceptamos aquello a lo que se nos obliga. Para hacernos más capaces de decir que no a lo que ya hay como el único destino posible. En definitiva, para mantener abierta la posibilidad de la política como creación de otras posibilidades atravesando los impasses de las decisiones que no cuentan con todas las garantías.

En este escenario, invitar a repensar la militancia no significa hacer de ella un objeto de estudio teórico sino un continuo ejercicio de experimentación práctica que sea capaz mantener abierta esta cuestión como reto y como condición central para cualquier proyecto de cambio. Los diagnósticos, las estrategias … son muy importantes, tanto como la construcción de un cuerpo colectivo con capacidad política determinante y de sostener el deseo de otra cosa a pesar de las dificultades.