¿PODEMOS escapar de la Ley de Hierro de la Oligarquía?

por Andrés Villena y David Pino

Años diez del siglo pasado. En Alemania se agita aquel fantasma que unas décadas antes abría El Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Los partidos obreros y los sindicatos socialistas registran una afiliación creciente que obliga al imperio guillermino a aprobar medidas de protección social que representarán un primer germen del estado del bienestar.

Un joven socialista, el sociólogo Robert Michels, ha estudiado bajo el magisterio de Max Weber, que vaticina que toda revolución acaba atrapada por el espíritu racional de la modernidad, una ‘jaula de hierro’ que hace que la burocracia sea el sino de cualquier proceso de cambio.

Michels, que pertenece todavía a la Segunda Internacional y que va a ser marginado en la academia por su militancia de izquierdas, analiza el comportamiento de los partidos y sindicatos alemanes en una investigación que dejará huella. Su conclusión se conoce después como la ‘Ley de Hierro de la Oligarquía’: a partir de un cierto tamaño, toda organización sustituye los fines por los medios y dedica la mayoría de sus esfuerzos a conservar sus recursos y a reforzar las posiciones de sus dirigentes. En resumidas cuentas, “el ser aplasta al deber ser”; el poder se vuelve inevitablemente conservador.

Pese a que toda la obra de este pensador está teñida de un pesimismo democrático que tratará de redimir, probablemente a la desesperada, uniéndose al movimiento fascista de Mussolini, Michels comprueba realidades difíciles de discutir: los obreros carecen de tiempo (trabajan muchas horas) y de cualificación (por razones parecidas) para adoptar determinadas decisiones e incluso para acudir a todas las reuniones y asambleas; los líderes políticos se profesionalizan y, además, terminan por acercarse ideológicamente a otro tipo de dirigentes, como los de las empresas, con los que tienen que negociar continuamente.

El resultado es la burocratización de los partidos y la muerte de la revolución como proyecto ideológico: una pequeña élite, organizada en torno a redes de confianza personal, política y profesional, se separa inevitablemente de la militancia. El partido revolucionario experimenta un fenómeno conservador, toda una paradoja elitista que, según teóricos de similares postulados, como Wilfredo Pareto y Gaetano Mosca, se produce de manera circular a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Parece previsible que la socialización en las instituciones de una democracia de carácter elitista como la española –parlamentos y ayuntamientos, fundamentalmente– haya traído aparejada la disminución de la participación de los líderes de los nuevos partidos como Podemos en sus asambleas, círculos y agrupaciones originales. Esta es una manifestación empírica del ya mencionado distanciamiento minoría-mayoría. Michels, nacido en el siglo XIX, perseguía una ley social que rindiera como las de la física, vinculando el aumento del tamaño de los partidos al progresivo abandono de los valores iniciales: “los líderes que al principio no eran más que órganos ejecutivos de la voluntad colectiva, se emancipan al poco tiempo de la masa y se hacen independientes de su control”.

Una formación como Podemos que, pese al acoso externo sufrido durante todos estos años, ha hecho bandera –y en cierto modo, lo ha conseguido en algunas ocasiones– de realizar una política diferente a la que se encontró al llegar, ha reflejado esta deriva conservadora, por ejemplo, cuando ha oficiado consultas acerca de determinadas circunstancias personales de algunos de sus líderes, obviando la necesidad de dichas consultas en otras áreas que, como los Presupuestos Generales del Estado, afectan a la mayoría de la población española.

Pero es difícil encontrar una teoría social exenta de valores: para Michels, que murió siendo fascista, no había democracia posible sin élites. Según este, cuando el desapego de la clase política favorece que surjan fuerzas alternativas, la dinámica social y la estructura propiciarán que el proceso se repita, reforzando además la ideología dominante. De la revolución y la regeneración a la desilusionante circulación de élites solo media un paso.

¿Puede la nueva política evitar caer en la trampa oligárquica? Una interpretación más abierta y menos pesimista de la regla de Michels arroja una respuesta afirmativa. Si bien el capital social que acumulan los líderes políticos en el desempeño de su labor les brinda una ventaja difícilmente renunciable frente a la militancia, su vocación política y progresista debe motivarlos a compartir la mayor cantidad de recursos posibles con su base social para evitar la excesiva dependencia de la clase política. La advertencia de Michels sobre la frecuente desmotivación de la militancia señala el reto de una organización como Podemos, que debe abordar cuanto antes cuestiones de importancia política trascendental como esta, pese a que ningún otro partido lo haya hecho antes.

El siglo XX ha servido como una inmejorable base de datos para una tesis que, con innegables matices, se viene cumpliendo hasta la actualidad. Pero los aciertos en la teoría de Michels no deben conducir a nadie a tirar la toalla. Todo lo contrario. Del conocimiento de las dificultades existentes nacen las propuestas más sólidas y fiables. Hay tiempo y soluciones si quedan energías, y seguro que sigue siendo así. Y quizá el propio Michels, de haber podido viajar en el tiempo, aconsejaría esto último. No le tengamos tan en cuenta todo lo anterior.