La espectacularización de la política

Nerea Fulgado, Miguel Garrido y Paula Aznar

Espectacularización. Menudo palabro. Cuando hablamos de conceptos tan abstractos, muy útiles para las grandes frases de la historia, conviene acudir a definiciones básicas con tal de intuir de qué puñetas estamos discutiendo. Dice la RAE de espectáculo en sus acepciones tercera y cuarta:

3. Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo, infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles. 4. Acción que causa escándalo o gran extrañeza. Dar un espectáculo.

Estas definiciones nos ayudan, ya que evitan que caigamos en una concepción apriorísticamente positiva del concepto. La segunda, de hecho, es particularmente útil, ya que en el lenguaje cotidiano es muy sencillo distinguir entre asistir a un espectáculo (de magia o de fuegos artificiales) y dar el espectáculo (un niño enrabietado o un borracho gritón).

Ahora sí, vamos al grano. 13:00h. La Sexta. El hilo musical acelerado y la gestualidad desmadrada de Ferreras parecen anunciar un vuelco irreversible en el panorama político, como si de un capítulo de 24 se tratase y Jack Bauer fuese a salir de un momento a otro para salvar el mundo. Pero no, simplemente nos encontramos ante una moción de censura, el cese de algún neonato Ministro o algún otro asunto con bastante menos chicha.

Hace ya unos años que nuestro país se contagió de los males que ya aquejaban a la Norteamérica de las campañas electorales a todo color y a la Italia del supremo Berlusconi y su populismo televisivo, puerta a Europa de este fenómeno durante los años 90. Los americanos son, desde luego, los expertos y padres de esta técnica: el seguimiento a la actividad de las primeras damas, las vacaciones de los Kennedy, la señorita Lewinsky compareciendo ante la prensa para decir que sí, que guardó el vestido, y cómo no, el fenómeno Trump. La escaleta de esta última campaña es bastante ilustrativa del tema que nos trae hoy aquí. Se abre el telón. En un lado tenemos al villano, al típico villano: multimillonario, insolidario, racista, machista y homófobo. En el otro, nos encontramos con nuestra heroína, defensora de los derechos civiles, de las minorías y las mujeres, que representa la experiencia, la estabilidad, la democracia y la libertad. Podría tratarse de la última peli de Marvel, pero no: es una construcción discursiva que actúa como trasfondo de la victoria del (odiado por muchos y querido por los suficientes) antihéroe Donald Trump. Los debates temáticos son casi insignificantes en esta cobertura. A cambio, nos encontramos con unos pocos ejes espectacularizados: el muro y los mexicanos, las relaciones con Putin, una fábrica desmantelada en el sur de Texas…

Esto es lo que entre la academia se denomina el game-frame, el enfoque de juego, que hace mucho que comenzó a comerse a su hermano inverso, el issue-frame, el enfoque de las temáticas o las políticas. La simplificación y la información “de fácil digestión” son los pilares, la emocionalidad constante es el cemento que mantiene en pie la estructura.

Volvamos a casa. Desde el año 2010 hemos asistido a un aumento exponencial del espacio que la “política” ocupa en la parrilla de los medios de comunicación españoles. El entrecomillado no es casual porque la mediación en la información política no se construye en base a un debate ideológico, ni siquiera a un análisis coyuntural sosegado de la actualidad, sino en base al entretenimiento puro y duro. Y es que el mercado es así, un día los realitys son la clave para vender esos cereales de desayuno que pagan los programas que se emiten entre un espacio publicitario y otro y, al día siguiente, la austeridad, la crisis económica y la contienda entre parlamentarios parecen haberse vuelto la pieza fundamental para conquistar a los espectadores. Las soft news, con su foco emocional, individual y episódico, han tomado el edificio. Poco espacio le queda a las llamadas hard news, con su profundidad y trascendencia tan poco comerciales. En un mundo en que el estímulo es la clave, el análisis y la comprensión contextualizada de los hechos han tenido que darse de baja en la competición. La información política se mueve ahora entre la anécdota y el thriller.

Pero, más allá de los grandes términos, ¿qué efectos tienen estos cambios sobre la cultura política del español medio? Lo fácil sería decir que una información de consumo rápido se corresponde con una sociedad de consumidores de contenidos basura. Demasiado fácil. Sobre todo si tenemos en cuenta que la política espectacularizada no es un hallazgo de nuestros tiempos, y que autores como Schwartzenberg (1978) sitúan como uno de sus grandes momentos a la corte de Luis XIV. Ya sabemos cómo terminó aquello. Como siempre, la respuesta a un fenómeno general debe buscarse en su implantación particular. Y es que no podría entenderse el tipo de información que describimos sin el lienzo totalizador del capitalismo neoliberal, individualizador y fragmentador de sociedades que ocupa nuestros días. Nos enfrentamos así a una población desilusionada políticamente, sometida a la tiranía del “todos son iguales”, incapaz de identificar los temas que la afectan directamente y mucho menos de tratar de incidir en esa realidad. Todos estos elementos son de una utilidad única para el sistema político-económico en el que nos desenvolvemos y, como tales, son potenciados desde los estratos que tratan de perpetuar su poder y superioridad y necesitan para ello de una sociedad dividida y adormilada.

Los ciudadanos asisten a un espectáculo en el que, como afirmaba Debord, una parte del mundo se representa delante del mundo y le es superior, siendo el espectáculo el lenguaje común de esa separación. ¿Podemos influir en el final de temporada de Juego de Tronos? ¿Podemos hacer que Jon Nieve negocie un pacto de paz con los caminantes blancos en lugar de dedicarse a recabar apoyos entre los Lannister? Por supuesto que no. Pues trasladen eso a la trabajadora precaria de Deliveroo que ve cómo el Gobierno de Sánchez olvida derogar la reforma laboral mientras que la exhumación del dictador copa sus pantallas.