Editorial

El 15M trajo al debate político nuevas demandas, impugnaciones a diversas instituciones, profundización de las discusiones y temas que pasaron de las calles a los bares, a nuestras casas y, en última instancia, a los medios de comunicación.

En pocos años, la televisión, que antes se interesaba poco por el debate político y jugaba a entretenernos con Gran Hermano o tertulias sobre la Pantoja, se convirtió, con el advenimiento de la crisis, en un lugar donde empezábamos a ver debates y programas en prime time que atendían a las reivindicaciones de la gente.

No pasó mucho tiempo desde que los debates televisivos dieran lugar también a una nueva forma de espectacularización política. Lo que hoy es noticia, mañana es olvidado con la misma rapidez en que un smartphone se queda sin batería. Los tiempos se aceleran hasta hacernos vivir en “la tiranía de la inmediatez” de la actualidad y la coyuntura. No hay tiempo para informarse, para intervenir de una forma responsable. Cuando queremos enterarnos en profundidad sobre lo que se está discutiendo, ya hay una sentencia sobre el tema, sobre si es importante o no y sobre cómo solucionarlo. Es el tiempo de los todólogos. El sofismo moderno no se enseña en las escuelas, se practica tras las pantallas.

En las redes, la batalla por el sentido de los temas sociales y políticos no se construye sobre un conflicto que busca sintetizar un nuevo significado, o sobre la voluntariedad de llegar a propuestas mejores y sostenibles. En las redes no se duda. Los debates de hoy tienen cimientos de arena, sirven para ganar al adversario y descalificarlo. Y poco más. Darle un 'zasca' a quien no piensa como tú es el objetivo... no importan los datos, los debates académicos o las investigaciones. Es lo mismo ser periodista que tertuliano, influencer o analista político. Nada de eso importa, porque parecemos haber empezado desde cero: todos tienen razón y gana quien es más ingenioso derribando al opuesto en una suerte de dialéctica digital. Ese es el panorama en el que nos movemos, ese es el lugar desde el que se hace periodismo y política.

La espectacularización de la política a la que asistimos a lo largo y ancho del planeta, y en la que todos los proyectos políticos nuevos han caído, de una u otra forma, trata de convertir la política en puro entretenimiento y devolvernos al lugar de quien compra un producto. Devolvernos de nuevo al lugar de las espectadoras.

Pero un espectador deja de serlo en cuanto toma iniciativa. Si hay momentos en la historia en los que pasamos de ser espectadores a ser protagonistas es porque dejamos de esperar a que otros hagan por nosotros y a que otros piensen por nosotras. No hay comunidades de reconocimiento, el “nosotras” al fin y al cabo, si no hay espacios para hacerlo. Tampoco hay posibilidad de un sujeto colectivo si lo que nos estructura más es el penúltimo enemigo interno o externo en vez de objetivos comunes, ideas y proyectos. Por todo eso, crear “asideros” como espacios de pensamiento a partir de problemas concretos (como decía recientemente Amador Fernández Savater en El Diario y como pretendemos hacer en La Penúltima) es una vacuna contra la inacción, contra la competencia entre los más y contra la reproducción de lo que ya existe. Es crear nuevas realidades en común y, con ello, construir otros mundos posibles.

Recuperar espacios y recuperar el control de los tiempos. No sólo para quienes podemos y queremos reflexionar, sino para quienes aún hoy no pueden hacerlo; para quienes deben de tener voz y aún hoy no la tienen. No ser dueño, o dueñas, ni del propio tiempo de nuestra vida es quizás una de las mejores formas de explicar en qué consiste el mundo neoliberal, patriarcal y racista en el que vivimos.

A menudo, no hay que engañarnos, somos nosotros y nosotras las que cuando hacemos política desde los diferentes ámbitos, aceleramos el tiempo siempre pensando que ha llegado la última oportunidad. La última oportunidad de ganar, por ejemplo, durante estos años. Luego vemos que en realidad nunca es la última oportunidad de nada, ni cuando se gana ni cuando se pierde. Si se gana es porque, en realidad, la victoria nunca es definitiva; si se pierde es porque siempre hay posibilidades de cambio. Esa presión por "la única oportunidad", por "la ventana de oportunidad" o por "la batalla final" ha marcado mucho el último ciclo político y ha limitado nuestras posibilidades de seguir empujando. Por eso esta es la penúltima revista, no la última. No viene a solucionar todos los problemas del mundo. Pero quiere colaborar para seguir empujando.