La política de lo cotidiano

Rugby, contra viento y marea

En un país futbolero hasta las trancas, el éxito de proyectos como el Vallecas Rugby Unión supone una victoria importante para quienes apuestan por una manera diferente de entender el deporte.

No mucha gente sabe que hace menos de doscientos años el rugby y el futbol eran una misma cosa: un juego de orígenes antiguos y discutidos de naturaleza popular y masiva cuya misión principal es trasladar un objeto (que a veces se asimilaba una pelota) desde un origen a un destino.

En el siglo XIX el ya conocido como football comienza a extenderse por los patios de las escuelas inglesas. La leyenda asegura que a nadie se le ocurría nunca agarrar el balón con la mano. A nadie salvo a William Webb Ellis, alumno del Colegio de Rugby, que decidió un buen día de 1823 que no había razones para no hacerlo y amarró un primitivo balón con los dedos para llevarlo al otro lado del campo.

Según los investigadores este origen mítico no es muy plausible. Pero lo cierto es que las normas no estaban fijadas en ninguna parte. El creciente interés de las autoridades escolares por encajar la práctica en sus programas educativos obligó a intentar consensuar unas reglas mínimas comunes, pero no pudo ser. La falta de acuerdo con respecto a la legalidad de las manos o a los golpes que debían suponer una infracción provocó que en 1863 los partidarios del estilo Rugby se retiraran del proyecto de la primera federación de fútbol de la Historia. En 1871 fundarán la suya.

Tanto el rugby como el fútbol llegaron a España hace menos de siglo y medio en la maleta de algunos inmigrantes ingleses. No obstante, la desbordante popularidad del balón pie eclipsó el desarrollo de cualquier otro deporte, relegándolos a un papel secundario en la película diaria de los medios.

El cuento no fue igual en todos lados. Países como Irlanda, Italia o Francia son mucho más punteros en una actividad que, si bien vive tiempos de apogeo, aún se encuentra en vías de profesionalización. Excluyendo al mundillo universitario y a la aldea gala de Pucela, el rugby es todavía un perfecto desconocido.

No obstante, hitos colectivos como la conquista de cuatro campeonatos europeos desde 2010 por parte de la selección nacional femenina están contribuyendo a unas estadísticas de espectadores y rugbistas en alza. Las leonas están reclamando, con toda la razón del mundo, que se les permita disputar el prestigioso seis naciones, del que se les excluye por razones históricas y por una analogía incomprensible con el equipo masculino (que también está, dicho lo cual, mejorando notablemente sus resultados).

Pero las cifras son las que son: en 2017, según datos del Consejo Superior de Deportes, el Rugby suponía, por número de licencias, el deporte vigesimotercero en España. Menos de 35000 personas, el quinto a nivel colectivo por detrás del voleyball o del balonmano. Apenas trescientos clubes. En resumen, un deporte minoritario.

Para muestra, un botón. La nueva edición de Masterchef Celebrity cuenta con la presencia de Jaime Nava, capitán del equipo español de Rugby XV. El actual jugador del Alcobendas es uno de los referentes en la historia patria de su disciplina, pero su figura es anónima para la audiencia. La mayoría de los comentarios en Twitter reconocían no tener ni idea de quien era, aunque prometían empezar a seguirle la pista dada su exhuberancia corporal. Nava podría haber sido pintor, bombero o astrofísico: su minuto de gloria correrá a cargo de sus biceps. Pero… ¿y si los concursantes hubieran sido Pau Gasol o Sergio Ramos? Las comparaciones son odiosas.

A tenor del contexto, no hay riesgo en concluir que la existencia de un equipo de rugby es en sí mismo un hito. Exige a quien lo juega entrenamiento, constancia y sacrificio personal para, si acaso, emprender una carrera cuyas posibilidades de dedicación remunerada y exclusiva son inversamente proporcionales al riesgo de lesionarse.

El caso del Vallecas Rugby Unión tiene aún más mérito. Vallekas es un barrio futbolero, con permiso del boxeo, en el que la gente es del Rayo además o en vez del Madrid y del Atleti. El único atisbo de rugby se remonta, de hecho, a una sección con la que contaba el equipo franjirrojo hace cincuenta años. Desde entonces, desierto.

Pero es que el VRU no es un conjunto cualquiera. El primer intento (el Vallecas Rugby Club) no respetaba, a juicio de los impulsores, los valores que caracterizan al deporte y al barrio: solidaridad colectiva y compromiso. Estas ideas fuerza marcan un equipo autogestionado y organizado en comisiones de trabajo cada vez más presente en el tejido social del barrio. Montan recogidas de alimentos, cuentan con stand propio en las fiestas populares de la Karmela, colaboran con asociaciones como Orgullo Vallecano…

Sus nuevas equipaciones, presentadas en la Compañía de Cervezas Valle del Kahs, demuestran su orgullo barrionalista, con una “VK” enorme e icónica atravesando la zamarra. Este bar hace las veces de patrocinador oficial y sede oficiosa del tercer tiempo, es decir, esa tradición particular por la cual el equipo local convida al visitante a comer y a beber para enterrar el hacha de guerra.

Aunque sin duda, la joya de la corona es su equipo femenino. El rugby de mujeres tiene que lidiar también con todos los obstáculos expuestos previamente, pero multiplicados por la discriminación y los estereotipos machistas. Hasta los años 70 no se tiene constancia de su existencia en España. Espoleado por la nueva ola feminista, y por el éxito cosechado en las facultades universitarias, se ha convertido poco a poco en un fenómeno que suma adeptas todos los años. Estas asociaciones deportivas, a semejanza de otros grupos estudiantiles, se financian con eventos y fiestas autoorganizadas y colaboran con otros colectivos de su facultad

De ese mundillo proceden también las pioneras de Vallecas, que se conocían por haber jugado juntas en Obras Públicas, y decidieron bajar a entrenar. A fecha de hoy, y en menos de tres años, más de treinta jugadoras quieren pagar una ficha anual para una liga federada que no es precisamente barata.

El proyecto, en torno al que gira un centenar de personas, mira con optimismo su futuro. La reciente puesta en marcha de una escuela infantil se suma a la próxima construcción de un mini estadio por parte del Ayuntamiento, una obra necesaria ante la ausencia de instalaciones específicas en el distrito. Cimientos sólidos para un club que ha optado, como William Webb Ellis, por transgredir algunas reglas.