Conversamos con Adolfo Rodríguez, Fito, militante histórico de la Sierra de Madrid. Activista en RECADE, en la plataforma 0,7, Director Económico Financiero Municipal del Ministerio de Presidencia Nicaragüense durante la Revolución Sandinista… Veamos si su experiencia nos ayuda a saber en qué se parece y en qué se diferencia la militancia política ayer y hoy.

¿Cómo ves tú la militancia hoy en día?

Con intensidad, incluso con demasiada intensidad, porque la verdad es que tengo ganas de descansar. Pero la vivo como una actividad cotidiana que es la que dirige mi vida desde los 16 años y centrándome más en otros aspectos concretos yo milito en los espacios sociales de la Sierra, también en Podemos y, especialmente con Podemos, con cierta desilusión, no una desilusión desesperada, sino la sensación de que hemos perdido una oportunidad, que pudimos ser un factor de cambio profundo y que ahora cada vez veo que no lo somos. También hay muchas cosas positivas, mucha gente maja, creativa. Y luego con la convicción esa, que tengo desde los 16 años, de que en estas cosas hay que ir más allá de lo que nos dicta la razón. A mí no me gusta la frase esta de Gramsci del pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad, porque creo que hay una razón muy cartesiana, cortoplacista que te abruma (la que te dice: aquí está Casado, Podemos peleándose con Casado, Carolina Bescansa aparece por Galicia…), pero hay otra razón más a medio plazo que te dice que la política es imprevisible y que lo único permanente es el cambio. Siempre pueden cambiar las cosas, a peor por supuesto, pero también a mejor. Siempre puede venir una generación que pegue una patada en la mesa y que rompa, como a mí me ocurrió en Nicaragua en los 70. Así que la vivo con esta especie de entusiasmo mezclado con desilusión.

En qué crees que ha cambiado la forma de vivir la militancia con, por ejemplo, hace treinta años? ¿Qué hay en común? ¿En qué hemos mejorado y en qué hemos empeorado?

Yo hace 30 años estaba en Nicaragua, en aquella época había una revolución y una guerra en marcha y había un contraste enorme con lo que estaba pasando en España o, si queréis, en Madrid. Entre Alaska con la movida y todo aquel revoltijo de bajo nivel intelectual y nefasto nivel político, mientas allí en Nicaragua, donde una de las consignas que se cantaba era aquella de que “sin una juventud dispuesta al sacrificio no hay revolución”. Mete la palabra sacrificio en una película de Almodóvar, a ver quién la podría decir. Y viví aquellos contrastes y viví cómo este país, con esa estafa política y cultural de la transición, iba hacia otro lado.

En mi militancia en España, cuando tenía dieciséis años, hacia finales de los 60, nosotros teníamos una enorme mochila, y no sólo en sentido negativo, que también. Mi generación, que me rodeaba en Madrid, en mi militancia, primero en el PCE y luego en la LCR teníamos muy presentes los clásicos, formaba parte de nuestras conversaciones cotidianas, hablar de acontecimientos que habían pasado hacía ya bastantes años. La Guerra Civil estaba muy presente, no sólo en nuestros debates políticos, sino en la vida cotidiana del país, en la gente, en la familia, en los silencios y en las palabras. Y luego teníamos un pasado reciente, el mayo del 68, pero no sólo el mayo francés, también el 68 italiano o la invasión de Checoslovaquia, que fue un hecho que impactó y que era un debate cotidiano de la militancia. Teníamos esa enorme mochila histórica, que daba seriedad a los debates y te hacía sentirte dentro de una corriente, pero como contrapartida que en esa mochila había cosas muy negativas, un dogmatismo relativamente grande, un cierto trascendentalismo histórico, que como eras parte de una corriente llevaba a alguna gente a hacer afirmaciones tremendas. Había compañeros que, estando en la cárcel, compañeros estalinistas, que nos llegaban a decir, medio en broma medio en serio: “joer, con lo bien que me caes y cuando hagamos la revolución te tendremos que fusilar”, porque consideraban que éramos heterodoxos y en el fondo contrarrevolucionarios. Ese dogmatismo llevó a cosas aberrantes, pero curiosamente muchos de los aberrantes pasaron de la aberración dogmática a la aberración antidogmática y a revolverse en el lodo (podríamos hablar de Carrillo…)

Otro elemento clave, que yo echo mucho de menos, era el de la masividad. A mí me detienen por primera vez en diciembre de 1970, el día que cumplía los 18 años, yo estaba desde los 16 en un activismo muy masivo. En los barrios, por supuesto en las fábricas, en las universidades, en los ambientes culturales,… Éramos mucha gente, incluso en pequeños pueblos, pequeños barrios. Y eso hasta los 80 se mantuvo así. Ahora somos más activistas recreados en nuestros propios espacios, en nuestras redes sociales.

Para bien o para mal no tenemos referencias históricas, ni pasadas ni presentes (mira cómo está la cúpula dirigente de la Revolución Sandinista) y si alguien cree que los referentes van a ser Venezuela o alguna otra experiencia en América Latina, eso marca un poco la debilidad de la posición. Los proyectos que había en los 70 eran bastante definidos, como ya he dicho muy dogmáticos. Había quien te decía cuáles iban a ser las etapas históricas, lo que tenía que pasar… Ahora yo veo que hay una ausencia de proyecto, de definición de un modelo de sociedad frente a lo existente. Hay también mucha blandura en el análisis. Cuando oigo hablar a alguno de nuestros líderes sobre que queremos “un país mejor” las tripas intelectuales se me revuelven. El capitalismo es un sistema en decadencia, en metástasis, que destruye todo lo que toca y, desde el movimiento, no tenemos una visión, sobre todo en economía de modelo frente al modelo económico dominante.

Ahora veo que hay un compromiso más light, más blando, incluso que se recrea mucho o se retribuye. Antes el modelo político de tener dos o tres reuniones, o en América Latina el guerrillero, pues ahora el modelo es voy a un concierto, hago un viaje maravilloso. Veo cierta blandura en el compromiso individual y también en el colectivo. No es que nosotros fuéramos mejores por ninguna razón telúrica o tectónica, simplemente porque nos tocó esa época. Nos tocó la dictadura y, en un momento mi generación, la generación post mayo del 68, responidimos. Un dato: cuando yo estaba en segundo de económicas éramos 72 personas matriculados. Creo que 23 habíamos pasado por la cárcel. Era lo obvio, no para la totalidad, ni para la mayoría, pero sí para un colectivo muy potente

¿Y cómo ves el futuro, qué crees que pasa ahora?

No lo tengo nada claro. No veo ese factor subjetivo que para mí es esencial para un cambio político o una revolución, que es necesaria si ponemos en fila todo lo que está pasando. Podemos estar hablando de un partido o de otra forma de estructura militante. Yo creo que va a haber muchas convulsiones pero que no se va a decidir el vector de esas convulsiones. Evidentemente el neofascismo tiene un papel por la blandura de la izquierda. No lo tengo claro. Sé que va a haber una lucha. Una nueva generación, quizás los que tienen ahora diez o trece años, igual nos dan una sorpresa, como nos la dio el 15 M, aunque estábamos allí el 15 de mayo. Vienen años muy convulsos, de mucha lucha social, que pueden acabar de un modo u otro.

May Ramirez o May R Ayamonte activista feminista y LGTBI, autora de literatura juvenil, concretamente de novelas como Contra Corriente, De Nadie o Besos entre Líneas; con fuerte presencia en redes y especial interés en el impacto de la literatura en la juventud

¿Cómo vives tu militancia hoy en día?

Creo que vivo la militancia como una forma de vida. Sonará súper cliché, pero al final es la realidad: aplicas la militancia a cada cosa que te encuentras en tu vida. Más allá de eso también es algo que compagino con mi vida profesional como escritora, la militancia retroalimenta lo que escribo y viceversa. Es, de nuevo, llevarlo a cada faceta de tu vida. También es un momento difícil para la militancia, porque vivimos en un momento de desafección política desde la juventud -que parece ir recuperándose poco a poco a niveles sectoriales- que acaba afectando a tu militancia.

¿En qué crees que ha cambiado con respecto a, por ejemplo, hace 30 años?

Bueno, quizás a mí me toca hablar de aquello que tengo más cercano, que es el uso de la tecnología. Ya no solo porque la tecnología es una herramienta que nos ayuda a acercar -y a veces incluso alejar- la politización, sino también porque ahora militamos de una manera diferente. Hace 30 años empezaba un ciclo nuevo en el Estado Español donde en el ideario colectivo no había 30 años de estabilización de un sistema falsamente igualitario que ha sido capaz de educar generaciones en la no necesidad de cambio a través de los medios de comunicación, la educación y otros aparatos del estado. Y eso creo que hace que sea mucho más complicado transmitir la necesidad de organizarse y cambiar lo que tenemos.

¿Hay puntos comunes? ¿Cuáles?

La lucha sigue siendo la misma, no vamos a por algo que sea diferente a aquello por lo que se luchaba hace 30 años. Tampoco la forma de organizarse a nivel amplio ha cambiado, seguimos trabajando en los colectivos que nos dejaron como legado y construyendo otros cuya base sigue siendo la misma.

¿En qué crees que ha cambiado para mejor y en qué ha empeorado?

Ahora hemos mejorado la comunicación y hemos desarrollado herramientas que ayudan a acercarnos a muchas más personas. Sin embargo, ha empeorado la necesidad de organización; y quizás hemos perdido un poco de espíritu militante, porque cuantas más batallas perdemos y más se alarga el tiempo de lucha, más desafección política nos rodea.