La cultura política en 3 asaltos

Jaime Pastor

Muchos han sido los cambios y las discontinuidades que se han ido manifestando en la evolución de la cultura política desde mediados de los años 70 del pasado siglo hasta el momento actual. En este artículo trataré de resaltar las fases más significativas en todo ese largo proceso.

Una cuestión previa es, lógicamente, precisar qué concepto de cultura política voy a utilizar. Si una definición convencional de la misma, siguiendo a wikipedia, es la que la entiende como “el conjunto de conocimientos, evaluaciones y actitudes que una población determinada manifiesta frente a diversos aspectos de la vida política y el sistema político en el que se inserta”, es evidente que ese conjunto estará condicionado por los conflictos –y su gestión- que se dan en sociedades atravesadas por distintas líneas de fractura –de clase, de género, de etnia,…-, por lo que habrá que hablar no de una sino de varias culturas políticas en disputa.

Por eso hay que analizarlas de forma dinámica, siguiendo a Pierre Bourdieu y a Klaus Eder, como el “efecto de luchas sociales continuas al nivel del campo político” y, por tanto, estrechamente relacionadas con la competición entre marcos interpretativos diferentes de la realidad política y en torno a cómo responder a la misma. De ahí que no se pueda valorar qué cultura política es dominante, subalterna o alternativa sin relacionarla con los sucesivos ciclos de conflictos que hemos ido viviendo a lo largo de las décadas pasadas.

La cultura del consenso

Partiendo de esas cautelas, no hace falta extenderse mucho sobre cuál era la cultura política dominante bajo la dictadura: se trataba de una cultura de “súbditos” que, negando la existencia del conflicto, impedía mediante la represión la visibilidad pública de otras culturas alternativas. Frente a ella la progresiva reconstrucción del movimiento obrero a partir de 1962 y, luego, de otros movimientos como el estudiantil o el vecinal, iría sentando las bases de una cultura política alternativa, participativa y solidaria a favor de la democracia y la transformación social que llegaría a expresarse de forma masiva en los años 76-77.

Sin embargo, el desenlace final de la denominada Transición condujo a un pacto entre la elite reformista del franquismo y la mayoría de la contraélite opositora, conformando entre ambas una cultura del consenso (sobre el pasado, el presente y el futuro) como vía de resolución de los conflictos y de control de la agenda política. Un proceso que no se dio sin fuertes tensiones y resistencias (especialmente en el País Vasco), configurando un nuevo régimen que no nació a partir de una ruptura con gran parte del legado –represivo, institucional y simbólico- del franquismo y, por tanto, ya con un déficit de cultura democrática de partida.

La ley de Amnistía, el pacto de la Moncloa y la Constitución de 1978 fueron los contenidos más relevantes de ese consenso. Más allá del debate sobre los mismos, lo que se ha reconocido incluso por parte de muchos de sus defensores es que mediante ese triple consenso se fue fomentando una cultura democrática de “cinismo político”, caracterizada por la combinación de un “apoyo difuso” a la democracia con un desinterés por la política y por la tendencia al “voto útil” o/y a la abstención en un sistema cada vez más bipartidista. Éste sólo se vio atenuado por la presencia de partidos de ámbito no estatal cuya contribución a la gobernabilidad del régimen era periódicamente puesta a prueba.

Empero, esa cultura del consenso no dejó de verse cuestionada: desde la extrema derecha el 23F de 1981, pero también desde los “nuevos” movimientos sociales que confluyeron en un amplio bloque contrario a la permanencia en la OTAN. La campaña que este bloque desarrolló a partir de enero de 1981, pese a que finalmente se cerró con un referéndum en marzo de 1986 mediante la derrota del No, reflejó un claro disenso de amplios sectores de la sociedad española con el alineamiento del Estado español en torno al discurso de la “guerra fría” promovido por Reagan y sus aliados occidentales.

Fue en esta confrontación en donde se pudo comprobar el papel clave del liderazgo carismático de Felipe González gracias al apoyo de la gran mayoría de los medios de comunicación –con la TV, entonces sólo pública, en manos del gobierno de turno-, en la modificación de la opinión de una mayoría de la sociedad española que, según las encuestas, hasta pocos días antes del 12 de marzo de 1986 se expresaba contraria a la permanencia en la OTAN. La “democracia de audiencia” parecía consolidarse y, con ella, el modelo de partido profesional-electoral en un contexto de capitalismo neoliberal que favorecería una corrupción estructural en las décadas siguientes.

No por ello dejaron de desarrollarse posteriormente conflictos y movilizaciones de protesta, como el de la objeción de conciencia y de insumisión a la mili (especialmente fuerte en Comunidades Autónomas, como Navarra y País Vasco, que también se habían expresado mayoritariamente en contra de la OTAN) y el protagonizado por el movimiento obrero a través de tres huelgas generales de 1988 a 1993. Pero no pasaron de basarse en una cultura de oposición y resistencias, insuficientes para contrarrestar la cultura hegemónica del “cinismo político”, facilitando ésta el relevo en el gobierno del PSOE por el PP y reforzando así el bipartidismo, pese a los esfuerzos de la IU de Julio Anguita.

La “antiglobalización”, nuevo punto de inflexión

El movimiento “antiglobalización” marcó una nueva fase. En nuestro caso tiene su red madrugadora en la RCADE: coincidiendo con la celebración de las elecciones generales, su Consulta Popular el 2 de marzo de 2000 sobre la abolición de la Deuda Externa de los países empobrecidos, contó con una participación de más de 2 millones de personas, pese a no haber conseguido su autorización legal. Fue sin duda un éxito de democracia participativa que luego ayudaría a la confluencia con las nuevas redes sociales que, vinculadas a un movimiento de alcance cada vez más global, llegarían a alcanzar su pico más alto en la jornada del “No a la Guerra” el 15 de febrero de 2003 (es entonces cuando se popularizan eslóganes como “le llaman democracia y no lo es” o “no en nuestro nombre”). En medio de esas iniciativas se dieron otras movilizaciones también relevantes, como las de los inmigrantes contra la Ley de Extranjería, las del estudiantado contra la LOU, las contrarias al Plan Hidrológico Nacional, la Huelga General del 20 de junio de 2002 y las del pueblo gallego contra el desastre del Prestige.

Ese ciclo de 2000 a 2003 significó, además, la incorporación a la acción política colectiva de una nueva generación que ya no aparecía lastrada por los frutos amargos de la Transición y que apostaba por una cultura de la movilización autónoma respecto a los partidos políticos, incluidos los de la izquierda del PSOE, así como con formas de organización asamblearias y un repertorio de acciones innovador, ya con los recursos que van ofreciendo las nuevas tecnologías de la comunicación. Serán nuevos colectivos procedentes de este movimiento los que tomarán la iniciativa de convocar a través de las redes sociales a la protesta delante de las sedes del PP el 13 de marzo de 2004. Una movilización clave que contribuyó, como sabemos, a un aumento de la participación en las elecciones del día siguiente que dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero.

Es, por tanto, fácil comprobar los sucesivos ciclos de movilización, pero también las discontinuidades y los límites de las nuevas culturas políticas alternativas en el marco del turnismo bipartidista y del “capitalismo popular” (con la corrupción y el clientelismo consiguientes) que acompañó a la burbuja financiera e inmobiliaria. Por eso no pudieron llegar a pasar del estadio resistente, dadas las correlaciones de fuerzas, con mayor motivo a medida que se acentúa el debilitamiento estructural y asociativo de la clase trabajadora

Aun así, el desgaste sufrido por la cultura hegemónica también iría haciéndose cada vez más visible, antes incluso de la irrupción del 15M, en los estudios de opinión que se iban haciendo. No fue casual que no sólo en el Estado español sino también en los países de la “tríada” (EE UU, Europa Occidental, Japón), centros motores de la globalización neoliberal, se observara una desafección ciudadana creciente hacia la “democracia realmente existente”, con el consiguiente descenso del alineamiento partidario y de la confianza en las instituciones, pero a su vez con el aumento de las formas de participación política no convencional en la mayoría de esos países.

El estallido de la crisis financiera a partir de septiembre de 2008 a escala global iría repercutiendo en la UE y, como se sabe, condujo al giro austeritario del gobierno de Rodríguez Zapatero a partir de mayo de 2010. Es a partir de entonces cuando el malestar ante lo que se percibe como el fin definitivo del “pacto social” y la oligarquización de los grandes partidos se va manifestando con mayor fuerza en amplios sectores sociales (según el Eurobarómetro de 2011, éramos ya una de las sociedades más insatisfechas con el funcionamiento de la democracia). Será una capa de la juventud, especialmente la de los hijos e hijas de “trabajadores de clase media”, la que aparecerá como principal catalizadora del sentimiento de frustración creciente de expectativas entre “los y las de abajo”, en contraste cada vez más indignante con el “rescate” estatal a “los de arriba” y el discurso dominante (“hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”).

Del 15M a Podemos

En medio de ese clima de indignación latente el 15M de 2011 marca el inicio de un nuevo ciclo cuyo alcance supera a todos los anteriormente vividos desde el tardofranquismo. Sus discursos -“No somos mercancía de políticos y banqueros”, “No es una crisis, es una estafa”, “No nos representan”, etc.-; sus formas de participación –democracia deliberativa y decisoria inclusiva, horizontalidad sin partidos ni liderazgos, isegoría…, con el apoyo de las redes sociales- y su repertorio de formas de acción –basadas en la desobediencia civil no violenta- le permiten conquistar en poco tiempo un alto grado de legitimación en la opinión pública.

Se va forjando así una nueva cultura política que va generando un nuevo ecosistema social, político y cultural que desvela crisis de representación política y cuestiona –aunque en distintos grados- la legitimidad del régimen (“le llaman democracia y no lo es” pasa a ser un eslogan de consenso en su interior), postulando en sus propias prácticas una “democracia real” alternativa y, por tanto, una nueva forma de hacer política.

En el marco del “efecto contagio” del 15M a otros sectores sociales –Mareas…- y de confluencia con iniciativas pioneras anteriores –principalmente, la PAH- esa nueva cultura política se muestra capaz de disputar la hegemonía que hasta entonces había mantenido la denominada “Cultura de la Transición”. Sus impactos serán visibles en la introducción de nuevos temas en la agenda política institucional, pero sin lograr por ello arrancar conquistas significativas frente al bipartidismo y sus políticas austeritarias.

Ante ese bloqueo institucional parecía abrirse una ventana de oportunidad (“Sí se puede”) en la que la hipótesis de “ganar” en el terreno electoral a los partidos del régimen se abre camino. El relativo éxito de Podemos en las elecciones europeas de mayo de 2014 así lo podía augurar, pero esa misma hipótesis se convirtió en la justificación de la puesta en pie de una “máquina de guerra electoral” en torno a un proyecto “populista” que fue entrando en contradicción cada vez más abierta con el “espíritu del 15M” y la cultura política que éste impulsaba.

Se fue forjando así una “cultura de ganadores” que descalificaba las culturas resistentes anteriores al 15M como “culturas de la derrota” y que, en nombre de la “eficacia”, fue adaptando su discurso, su programa y su forma partido (con un hiperliderazgo basado en una democracia plebiscitaria) a la lógica de la competencia electoral. Los resultados alcanzados hasta las elecciones generales de diciembre de 2015 parecían dar credibilidad a ese proyecto, pero no se llegó finalmente al “sorpasso” necesario para ser alternativa de gobierno a escala estatal. Esto generaría una frustración de expectativas cuyas consecuencias negativas todavía estamos sufriendo.

Distinta fue la dinámica vivida en procesos vividos con ocasión de las elecciones municipales de mayo de 2015, en donde se pudo comprobar la confluencia –y las tensiones, sobre todo las posteriores allí donde se llegó a formar gobierno- entre Podemos y sectores que aspiraban a reflejar en sus discursos, programas y formas de participación las aspiraciones que se habían expresado en el 15M. Sin embargo, el balance que se puede hacer ahora no es tampoco muy esperanzador en muchas de esas experiencias locales, especialmente en las grandes ciudades.

¿Y ahora?

Después de este largo recorrido, y ya en el nuevo escenario del gobierno de Pedro Sánchez, mucho nos tememos que la fractura vieja política vs. nueva política, ya deformada desde la aparición de Ciudadanos, se vea sustituida por una competencia cuatripartidista dentro de los límites impuestos por el régimen y la UE en nombre de la estabilidad y la gobernabilidad, compatible con su polarización en torno a las vías de solución de la cuestión catalana, la memoria histórica (ejemplo claro de la transacción asimétrica sobre la que se basa la Cultura de la Transición) o, como ocurre en el marco europeo, las migraciones.

Por tanto, si bien el giro austeritario a partir de 2008 (agravado por los escándalos de corrupción institucional y, en Catalunya, por la fractura nacional-territorial) ha ido erosionando las bases sociales de la cultura del consenso, tampoco la nueva cultura política generada por el 15M ha salido indemne de la mayoría de las experiencias de articulación de la política de movimiento con la política electoral.

Con todo, será necesario no hacer de la debilidad virtud y esforzarse, sobre todo desde el plano local, por una nueva articulación del ecosistema todavía vivo del 15M con las movilizaciones e iniciativas en marcha procedentes, entre otras, del feminismo (cuya HG el pasado 8 de marzo marca un nuevo punto de inflexión lleno de enseñanzas y de potencialidades y de “contagio”), de las y los pensionistas o, cada vez más, del sindicalismo alternativo que lucha contra la precariedad, la sobreexplotación y la nueva burbuja inmobiliaria.